La marca de un beso inexistente.
El sol de la tarde se filtraba entre las hojas de los robles, proyectando sombras alargadas y doradas sobre el césped del jardín botánico. Era uno de esos días de abril donde el aire todavía conserva un rastro de frío, pero las flores ya han decidido que es hora de despertar.
Clara estaba allí, con la espalda contra la hierba húmeda y un cuaderno de dibujo apoyado en las rodillas. Sus dedos, manchados de grafito y un toque de verde musgo, se detuvieron en seco cuando ella apareció.
Elena no caminaba, parecía deslizarse entre los arbustos como si conociera el idioma secreto de las plantas. Se detuvo a pocos metros y, sin pedir permiso, se dejó caer a su lado. El olor a pintura fresca y a una colonia cítrica inundó el espacio personal de Clara.
— Tienes algo aquí —dijo Elena, acercando su rostro tanto que Clara pudo contar las motas doradas en sus ojos oscuros.
Antes de que Clara pudiera reaccionar, Elena presionó su pulgar con suavidad sobre la mejilla de la otra chica, justo donde una mancha de óleo rojo se había secado minutos antes. Al retirar el dedo, la marca seguía allí, pero ahora tenía la forma perfecta de una presión deliberada, casi como el rastro de unos labios que nunca llegaron a tocar la piel.
Clara sintió un vuelco en el estómago. El mundo a su alrededor —los pájaros, el murmullo de la fuente, el viento en las ramas— se quedó en silencio. Solo existía ese centímetro de piel ardiendo bajo la mirada de la desconocida.
— Parece la marca de un beso —susurró Elena con una sonrisa traviesa, sin apartar la vista—. Uno de esos que se dan en sueños y se quedan grabados al despertar.
Clara tragó saliva, apretando el lápiz contra el papel. No sabía quién era esa chica de piel canela y gestos decididos, pero en ese instante, bajo el cielo de la primavera que apenas comenzaba, supo que su cuaderno de bocetos nunca volvería a estar lleno de paisajes vacíos.
— Es solo pintura —logró decir Clara, aunque su voz sonó más como una rendición que como una aclaración.
— Lo sé —respondió Elena, recostándose en la hierba y cerrando los ojos—. Pero las mejores historias siempre empiezan con una mentira hermosa.
Y allí, entre el trébol y la tierra, comenzó el primer capítulo de algo que ninguna de las dos sabía cómo terminaría. Aquella era, oficialmente, la marca de su primer beso inexistente.