𝐿𝑎 𝑃𝑟𝑖𝑚𝑒𝑟𝑎 𝑅𝑜𝑠𝑎 𝐵𝑙𝑎𝑛𝑐𝑎
20/𝓶𝓪𝓻𝔃𝓸
En una ciudad al corazón de México, donde la elegancia se respira en cada rincón y el lujo se vuelve costumbre, existe un lugar codiciado por turistas de todo el mundo: Polanco.
Un escenario de apariencias perfectas, donde las sonrisas son tan pulcras como las fachadas… y las verdades, tan frágiles como los pétalos de un sakura en primavera.
Ahí, entre avenidas impecables y jardines cuidadosamente adornados, se alza una de las familias más reconocidas tanto por periodistas como por los residentes de la zona: los Torres.
Un apellido que, a ojos del mundo, brilla como el oro.
Un apellido que promete poder, prestigio y perfección…
o al menos eso creen quienes jamás han sentido el peso de pertenecer a él.
Porque ser parte de los Torres no es un privilegio.
Es un infierno disfrazado de jardín.
Un jardín donde las flores no crecen libres…
sino bajo condiciones estrictas, como si cada vida fuera cultivada únicamente para cumplir un propósito.
Y fue en ese jardín donde nació Antonella Alessandra Torres, la hija mayor.
Primogénita de un hombre capaz de destruir carreras con una sola palabra, y de una mujer cuya belleza, aunque innegable, jamás fue suficiente para salvarla de su propio destino.
Dicen que una madre es el primer refugio.
El primer calor.
El primer amor.
Pero para Antonella, una alfa dominante de cabellera rojiza y mirada firme, aquello nunca fue más que una idea lejana, casi inexistente… como una flor que jamás llegó a florecer.
Nunca conoció el calor de su madre.
Ni siquiera al nacer.
Porque para aquella mujer, atrapada en las mentiras del amor, no hubo lugar para el afecto…
solo para cumplir con su deber: concebir un heredero.
Un embrión.
Una vida que, de no haber nacido como alfa, habría sido arrancada sin titubeos… como un capullo defectuoso que jamás debe ver la luz.
Así comienza una historia que ningún noticiero se atrevería a contar.
Una historia que no aparece en portadas, ni se pronuncia en voz alta.
Una historia que vive y se pudre en el silencio…
en la mente de aquellos que llevan la sangre de ese hombre.
Ese hombre al que Antonella no puede nombrar sin sentir cómo florece, en su pecho, un profundo y venenoso odio…
como un crisantemo marchito bajo el frío del invierno.
Antonella no solo cargaba con los remordimientos que su padre había sembrado en ella…
también llevaba el peso de una familia que jamás sintió como propia.
Dentro de los Torres, todos eran alfas.
Alfas comunes, recesivos… y solo dos dominantes.
Ella.
Y él.
Una semejanza que la perseguía incluso en sueños, como una sombra imposible de abandonar.
Su padre no lo ocultaba: deseaba que Antonella fuera su sucesora.
Que tomara su lugar.
Que se convirtiera en su reflejo.
Pero, en el presente, aquello aún no era más que una promesa lejana…
una que se veía opacada por las constantes humillaciones de sus hermanastros,
y por la fría indiferencia de su madrastra.
Una mujer impecable.
Elegante.
Perfecta ante los ojos del mundo.
La mujer que su padre eligió.
La mujer que reemplazó a su madre.
Y bastaba con ese pensamiento…
para que el estómago de Antonella se retorciera en náuseas.
Porque sabía que, si seguía ese camino, terminaría igual que él.
Se veía a sí misma como un ramo de rosas rojas.
Hermosas a la vista, admiradas por cualquiera que se atreviera a contemplarlas…
pero llenas de espinas invisibles, afiladas, capaces de hacer sangrar a quien se acercara demasiado.
Y al final del día…
ella también tenía espinas.
Porque Antonella Alessandra Torres no había nacido para ser protegida.
Había sido elegida para cazar.
Mientras su padre siguiera con vida, ese sería su destino.
Los cazadores…
eran la raíz más oscura de la empresa familiar.
Aquellos que se encargaban de cobrar las deudas que no podían pagarse con dinero.
Los que silenciaban, eliminaban, desaparecían.
Y Antonella odiaba cada segundo de ello.
Odiaba arrebatar vidas…
de la misma forma cruel en la que le arrebataron a su madre.
Pero no había escapatoria.
Era eso…
o morir.
Con el tiempo, y a pesar de su repulsión, se convirtió en la mejor.
La jefa.
La cazadora más letal dentro de aquel infierno disfrazado de imperio.
Su destino había sido escrito mucho antes de que pudiera comprenderlo.
Comprometerse con el omega designado para ella,
ocupar el lugar de su padre,
y vivir encadenada a un legado que nunca eligió…
hasta el último día de su vida.
…O al menos, eso era lo que ella creía.
Aquel día parecía tan ordinario como cualquier otro.
Antonella ya conocía perfectamente el orden de su rutina, cada clase, cada movimiento… todo estaba calculado.
Los exámenes se acercaban, y con ellos, la presión habitual.
Se encontraba en su asiento cuando la campana del recreo resonó por todo el campus.
No le dio importancia.
Hasta que alguien interrumpió su paz.
—Oye… ¿ya viste a los de nuevo ingreso? —preguntó un beta, acercándose con una emoción sospechosa—. Dicen que están muy atractivos… ¿por qué no vamos a ver?
Antonella giró lentamente el rostro hacia él, mirándolo como si acabara de decir la mayor estupidez del siglo.
—¿Perdón? —respondió, con un tono seco—. Creo que escuché mal… o tal vez ya me estoy volviendo loca por oír semejante tontería.
El beta hizo una mueca, claramente ofendido.
—Ay, ¿y qué tiene? Vamos, no pasa nadaaa —insistió, jalándola del brazo con dramatismo—.
Antonella frunció el ceño de inmediato y soltó su agarre sin dudar.
—Está bien… pero no me toques —dijo con frialdad, comenzando a caminar.
El beta sonrió, como si hubiera ganado la batalla.
Grave error.
Al llegar al campo, el ambiente estaba saturado.
Demasiados omegas.
Demasiadas feromonas.
Demasiado… todo.
Antonella apenas dio un par de pasos antes de sentir cómo el estómago se le revolvía.
—…No —murmuró.
Y sin más, dio media vuelta y salió corriendo.
No pensó.
No explicó.
Simplemente huyó.
Hasta llegar a su lugar seguro.
El jardín abandonado detrás de la escuela.
Aquel sitio, olvidado por todos, pero sagrado para ella.
Ahí, el aire era distinto.
Más limpio.
Más… real.
El aroma de las flores la envolvió de inmediato, calmando su respiración poco a poco.
Cerró los ojos mientras caminaba despacio, dejando que la fragancia la guiara.
Hoy el día está lindo…
puedo sentir el aroma más fuerte que de costum—
Antes de terminar su pensamiento—
—¡Ah!—
Se estrelló contra algo.
O más bien… alguien.
Su pie chocó primero, haciéndola perder el equilibrio, y en cuestión de segundos, cayó.
Pero no contra el suelo.
No.
Cayó sobre algo… sorprendentemente suave.
Cálido.
Y con un aroma…
Un aroma que la envolvió por completo.
No era invasivo.
No era abrumador.
Era… perfecto.
Como un ramo recién cortado: rosas blancas, tulipanes, margaritas… con un sutil toque de menta y lavanda.
Su cuerpo se tensó.
Su mente se quedó en blanco.
Y por un segundo… todo desapareció.
Hasta que
—Oye… no es por ser grosero ni nada, pero… pesas —dijo una voz debajo de ella, con evidente queja—. Siento que me estás aplastando los huesitos.
Silencio.
Procesamiento.
Impacto.
Antonella reaccionó de golpe, levantándose bruscamente… solo para perder el equilibrio otra vez y caer de espaldas contra la tierra.
—…Genial —murmuró, mirando el cielo.
Parpadeó.
Giró la cabeza.
Y entonces lo vio.
El “suelo” en el que había aterrizado… tenía nombre.
Un omega.
Cabello castaño con destellos dorados, casi rozando el rubio.
Ojos verdes, tan frescos como el tallo de una planta.
Y unos lentes…
Bueno.
Unos lentes que ya no eran lentes.
Rotos.
Destruidos.
Difuntos.
Antonella observó la escena en silencio.
Luego los lentes.
Luego al omega.
Luego otra vez los lentes.
Y, por primera vez en mucho tiempo…
Sintió algo que no supo cómo describir.
Una ruleta caótica de emociones girando dentro de ella.
Confusión.
Irritación.
Curiosidad.
Y algo más.
Algo cálido.
Algo peligroso.
El omega se levantó con torpeza, sacudiéndose la ropa mientras buscaba algo entre el suelo.
Sus lentes.
—Ay, no, no, no… —murmuró con evidente tragedia—. Los acabo de comprar… ¿por qué siempre me pasa esto?
Los recogió con cuidado, aunque estaban claramente… en estado crítico.
Aun así, se los colocó.
Porque ver borroso tampoco era opción.
Parpadeó un par de veces, enfocando como pudo, y entonces giró hacia Antonella, extendiéndole la mano con naturalidad.
—¿Te encuentras bien? —preguntó—. ¿O eres muda o algo así?…
—¡OH, NO! —se alteró de pronto—. ¿No me van a quitar la beca si agredí a alguien con discapacidad, verdad?
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces—
Antonella soltó una carcajada.
Una risa limpia, inesperada… casi ajena a ella misma.
—No —respondió, aún con una ligera sonrisa—. Estoy bien… y, por suerte, no soy muda.
Hizo una pequeña pausa, bajando la mirada.
—Y… lo siento por tus lentes. De verdad. Yo puedo comprarte otros.
El omega dejó escapar un suspiro exagerado, llevándose una mano al pecho.
—Ay, gracias a Dios… —murmuró dramáticamente—. Ya me veía sin beca y viviendo debajo de un puente..
Se agachó frente a una jardinera cercana, como si nada hubiera pasado, comenzando a arrancar con cuidado la maleza que invadía las flores.
—Y sobre los lentes… no te preocupes —añadió—. Yo puedo comprar otros…
Hizo una pausa.
La miró de reojo.
—…Pero si insistes, tampoco te voy a detener.
Antonella lo observó en silencio por un momento.
Sus movimientos eran suaves.
Cuidadosos.
Casi como si cada flor importara.
Y entonces lo entendió.
—Así que… por eso estabas en el suelo.
El omega sonrió apenas, sin dejar de trabajar.
—Sí —respondió con calma—. Es un desperdicio que un lugar tan bonito esté en condiciones tan deplorables.
En ese momento, la campana sonó a lo lejos.
El recreo había terminado.
El omega se levantó rápidamente, sacudiéndose las manos.
—Bueno, chica fantasma —dijo con ligereza—, es hora de irme.
No quiero que me pongan falta.
Y sin más…
Salió corriendo.
—Espera… —intentó decir Antonella.
Pero ya no estaba.
El jardín volvió a quedarse en silencio.
Y ella… simplemente se quedó ahí.
Pensando.
Quería saber su nombre…
Y durante todo el día…
no pudo dejar de pensar en él.
No prestó atención en clase.
No escuchó a nadie en casa.
Por un instante, todas sus precauciones, sus pensamientos oscuros… incluso sus propias maldiciones internas, desaparecieron.
Porque lo único que ocupaba su mente…
era aquel chico.
Esa noche, recostada en su cama, Antonella permanecía con los ojos abiertos, fijos en el techo.
No podía dormir.
No quería dormir.
Su mente no se lo permitía.
Se sentía… extraña.
Inquieta.
Casi al borde de la locura.
Y mientras las horas avanzaban, sus pensamientos no hicieron más que intensificarse.
Su cabello suave…
su aroma delicado…
la calidez de su cuerpo…
…
Y entonces—
Su mente cruzó una línea.
Una que ni ella misma comprendió cómo.
Se encontró imaginándolo de una forma distinta.
Más cercana.
Más… íntima.
Su respiración se volvió irregular.
Un calor repentino recorrió su cuerpo.
Y en ese instante—
—¡¿Qué demonios estoy pensando?!—
Se levantó de golpe.
Sin dudarlo, caminó directo al baño y, a las cinco de la mañana, se lanzó agua helada sin previo aviso.
El impacto la hizo jadear.
Se quedó unos segundos en silencio, con el agua escurriendo por su rostro… hasta que alzó la mirada hacia el espejo.
—¿Qué te pasa, Antonella Alessandra?… —murmuró, frunciendo el ceño—. Pareces una puberta con esos pensamientos.
Se sostuvo la mirada unos segundos más.
Y luego, simplemente… se rindió.
Se arregló en silencio y salió de casa antes de lo habitual.
Pero no fue a la escuela.
No todavía.
Sus pasos la llevaron a una óptica.
—Buenos días —dijo, con su habitual compostura—. ¿Podría ayudarme a encontrar unos lentes para miopía?
No dio más explicaciones.
No las necesitaba.
Minutos después, con una pequeña bolsa en mano, salió del lugar.
Y entonces sí…
Se dirigió a la escuela.
—
Al llegar a la entrada, lo vio.
Su corazón se detuvo por un segundo.
Sin pensarlo, comenzó a caminar directo hacia él.
Pero algo… no estaba bien.
Su expresión.
Su postura.
Su color.
Estaba pálido… no—
rojo.
Su respiración era irregular.
Su cuerpo… inestable.
—Oye… —alcanzó a decir Antonella, acelerando el paso.
Pero antes de que pudiera llegar completamente—
El omega se tambaleó.
Y en cuestión de segundos…
se desplomó.
Antonella reaccionó por instinto.
Lo sostuvo antes de que tocara el suelo.
Su cuerpo estaba caliente.
Demasiado caliente.
—…¿Qué…?
Sus ojos se abrieron levemente, sorprendidos.
Y por primera vez desde que lo conoció…
el aroma de aquel omega no era suave.
No era delicado.
Era intenso.
Peligroso.
Y completamente descontrolado...
Continuará....
Tararan eso esto por el día de hoy así q voy a tratar de subir los caps más seguidos gracias por leer