No fue rápido
Un día como cualquier otro, abrí los ojos.
Jhon y yo llevábamos un año casados. Sin embargo, ese día mi vida cambió para siempre.
No me pude mover.
Podía pensar claramente, y podía mover mis ojos a un lado y otro, pero mis miembros no me respondían.
Cuando mi marido despertó y se percató, me llevó al médico.
Nada pudieron hacer por mí.
Pero él no me abandonó.
Yo no tenía a nadie más que a él, y él no me abandonó.
Sin embargo, un par de años después, cuando ya parecía cada vez más desmejorado, se sentó junto a mí y me dio la noticia: iba a volverse a casar.
Llevaba saliendo unos meses ya con esta chica… Tiffany.
Me puse triste, pero ni siquiera podía llorar. No podía controlar ni siquiera eso. Pero tal vez fuese mejor así.
—Pero —me dijo— no creas que voy a abandonarte. Al contrario, ahora podré irme a trabajar tranquilo sabiendo que hay alguien aquí para ti. Para cuidarte.
Cuando me dio la noticia, parecía tan culpable, tan arrepentido.
Lloró. Nunca lo vi llorar de aquella manera.
Tiffany llegó algunos días después. Era una chica linda. Rubia, alta… todo lo que yo no podía ser. Eso me dolió.
¿Era aquel el tipo de mujer que de verdad le gustaba? ¿Acaso no era yo suficiente?
Cierto, no podía moverme, pero si de verdad quería complacerse, no me hubiese importado dejarle hacer lo que quisiera conmigo.
Pero no. Él no era ese tipo de hombre. Fue eso lo que me enamoró de él.
Y el hombre que amo ahora estaba con otra.
Quería morirme.
Pero cumplió su promesa. No me abandonó. Y Tiffany fue buena conmigo.
Al principio.
Jhon siempre me dejaba encendida la TV con el programa que me gustaba. Ella sabía bien cuál era. Pero no le importaba. No se tomaba la molestia de dejarme ver algo que me entretuviese.
Jhon no tardó en empezar a verse mejor. Las ojeras desaparecieron y se veía más repuesto en general.
Engordó un poco, pero no se veía mal del todo.
Pero Tiffany se cansó.
Debía cargarme hasta el baño, cambiarme el pañal, vestirme…
No era fácil.
Las discusiones no tardaron en volverse el pan de cada día.
Al principio trataban de tenerlas lejos de mí, aunque yo podía escucharlos. Luego, a Tiffany dejó de importarle restregarle en cara a Jhon lo estúpido y egoísta que era al dejarla cuidándome, incluso en la habitación.
Jhon trataba de llevar la discusión a otro sitio, por supuesto, pero ella decía que, de todos modos, yo ya estaba muerta. Que no podía pensar. Que era un cascarón vacío que solo representaba una carga para él. Para ellos. Para su vida de casados.
***
Un día, Jhon regresó y no encontró a Tiffany en la casa. Ella había salido a tomar con unas amigas. Luego, por supuesto, de desquitarse conmigo, como siempre.
Jhon llegó cansado del trabajo, me saludó, y al ver que no había sido aún aseada, me desvistió, me cambió el pañal… y entonces lo vio. Vio lo que Tiffany me había estado haciendo.
Se horrorizó al ver las heridas y los moretones.
Y la esperó.
Cuando Tiffany regresó, ebria, él la golpeó. La golpeó hasta casi matarla.
Nunca había visto a Jhon perder así el juicio.
Él ya no era mi Jhon. El hombre del que me enamoré se había convertido en algo más, y yo tenía la culpa de ello.
Sí, la culpa era toda mía.
Tiffany, ya repuesta de aquella paliza, empezó a cuidarme bien de nuevo. Por un tiempo, claro.
Pronto aprendió a herirme sin dejar marcas.
Hoy Jhon salió de nuevo al trabajo.
Se despidió de mí con un beso en la frente, y de Tiffany con un beso en la boca.
Ella siempre me mira cuando lo hace. Sabe que me duele.
Pero ese día fue diferente.
Tiffany invitó a un desconocido a la casa.
Le fue infiel a Jhon con aquel hombre de ojos maliciosos.
Día tras día, aquello siguió. Con un hombre, luego con otro. No tardaba en aburrirse del mismo sujeto.
Hasta que uno de ellos le preguntó por mí.
Entonces, sus ojos se encendieron de maldad.
Ella le explicó mi situación con lujo de detalle, y él hizo la pregunta que esperaba no tener que escuchar nunca.
—¿Puedo…?
Tiffany aceptó sin dudarlo. Y trajo una cámara.
***
La vida continuó.
Tiffany se las ingeniaba para hacerme cada día más miserable. Cada día era más creativa.
Pero Jhon no era estúpido.
Alguien le enseñó uno de aquellos videos de Tiffany.
Entonces, una tarde, llegó temprano del trabajo.
Le disparó al par de hombres que Tiffany había invitado ese día.
Ella se arrastró a sus pies. Le pidió perdón. Le dijo que cambiaría.
Y entonces él la mató. Un disparo certero a la cabeza.
Lloró en posición fetal por casi una hora.
Entonces, se acercó a mí, con los ojos cargados de lágrimas, y me apuntó con el arma.
Pero no pudo hacerlo.
Me abrazó. Me pidió perdón por haberme dejado sola, por no saber lo que Tiffany estaba haciéndole.
Entonces, salió de la habitación.
Escuché el ruido de un disparo en la habitación contigua.
***
Una semana después, yo seguía ahí. También los cuerpos.
Ya el hedor era insoportable, pero el saber que al fin iba a ser libre, dentro de poco, enmascaraba la hediondez del lugar.
Pero entonces la casa empezó a llenarse de moscas. Luego, aparecieron los ratones y las ratas.
Vi cómo se comían los cuerpos de Tiffany y de los otros hombres.
Entonces, cuando ya casi no quedaba nada de ellos, vinieron por mí.
No fue rápido.








