Chapter 1
Hay una versión de mí que existe solo cuando hay ojos encima.
Se sienta derecha. Sonríe en el ángulo correcto. Levanta la copa con la mano apropiada y la baja en el momento justo. Sabe cuándo reírse de un comentario mediocre de un lord que cree que es brillante, y sabe cuándo mirar hacia otro lado sin que parezca un insulto. Esa versión de mí lleva un vestido color marfil esta noche, con bordados dorados en el cuello que me tomaron tres horas colocar porque Mara insistía en que el lazo izquierdo necesitaba rehacerse hasta que quedara perfecto. Esa versión se llama Helena Selene Hengst, Segunda en la Línea de Sucesión, Princesa de Solaria, futura esposa de William Velmont.
Y la otra versión —la que no corresponde en escencia a nada que una princesa no deba representar — estaba oculta y así debía permanecer, por lo menos por esta noche.
Esta noche hay demasiados ojos.
El Gran Salón del Palacio de Solaria resplandece como si alguien hubiera atrapado el sol y lo hubiera obligado a quedarse. Cada candelabro cuelga de las vigas de roble con racimos de velas blancas, y la luz se derrama sobre los manteles bordados en dorado, sobre las copas de cristal llenas de vino de ciruela, sobre los hombros de mujeres que llevan joyas heredadas de madres que ya no están. Afuera, en los jardines y en las calles de la capital, el pueblo celebra el Festival del Sol Naciente con hogueras y música que llega hasta aquí como un murmullo feliz, como una promesa de que el invierno ya pasó y que lo que venga será mejor.
Kael está tres pasos detrás de mí. Lo sé sin mirarlo. Llevo dieciocho años sabiendo exactamente dónde está Kael sin necesidad de buscarlo, de la misma manera que sé dónde están mis pies. Es parte de mí, o yo soy parte de él, o simplemente hemos existido tanto tiempo en la misma órbita que ya no hay diferencia. Esta noche lleva la capa oscura de los Arcanos con con hornamentaciones de plata, que se que le parecen algo escesivo e innecesario que solo añade peso y limita el movimiento, y sé que si me diera la vuelta lo encontraría con seria, serena y tranquila, que porta con una naturalidad envidiable.
Me pregunto si él también extraña a Hector esta noche.
Probablemente no se lo permita.
Mi padre está al otro extremo de la mesa principal, riendo de algo que le dice Lord Cornwall, uno de los nobles de los Valles cuya familia lleva tres generaciones tratando de casar a alguna hija con alguien de sangre real. Tiene esa risa que reconozco desde que tengo memoria, la risa que le arruga los ojos y le hace parecer diez años más joven —la risa que, según Lord Harry, era exactamente la misma que tenía antes de que todo pasara, antes del río, antes de que hubiera un antes. Mi padre es un hombre que ha aprendido a cargar peso sin que se note en la postura. Es el rey más completo que conozco, y lo digo sabiendo que no tengo mucho punto de comparación, pero hay algo en la manera en que trata a las personas —al cocinero igual que al Lord , al mozo de cuadra igual que al general de más medallas— que me parece una forma de grandeza que no se aprende. O naces con eso o no.
Hector no está aquí esta noche.
Eso es el ruido constante debajo de todo lo demás. El zumbido que no se va.
Lleva un año en el frente. Un año de cartas que me llegan a través de mensajeros, escritas con la letra apretada y torcida de alguien que escribe sobre el muslo en lugar de en un escritorio, llenas de quejas sobre el barro vespero y sobre lo que Jacob llama “la cocina de campo más abominable del continente conocido”, y entre línea y línea, lo que no dice pero que yo leo igual: que está bien, que está vivo, que todavía es él. El último correo tenía ocho días de viaje. Antes de eso, doce. El intervalo se estira y yo empiezo a hacer matemáticas que no quiero hacer.
Edmound está a mi derecha.
Siempre termina a mi derecha en estas cenas, con la precisión silenciosa de alguien que ha estudiado los patrones de asignación de asientos y ha encontrado la manera de aparecer exactamente donde quiere sin que nadie lo note haciendo el esfuerzo. Es alto —lo es casi tanto como Hector— y esta noche lleva un jubón granate oscuro que resalta sus ojos café, los mismos ojos que tienen todos los Hengst excepto Hector y yo, que heredamos los ámbar de mamá. Edmound se parece mucho a su madre, pero tiene en los pómulos algo que no es Lyliana. Algo que me resulta difícil de nombrar.
—Estás mirando al vacío —dice, en voz baja, sin dejar de contemplar la sala.
—Estoy pensando —corrijo.
—Para ti es casi lo mismo. —responde
Le doy una sonrisa lateral, la que reservo para cuando quiero aparentar más calma de la que siento.
—¿esos son los velmont?
Edmound levanta apenas la comisura derecha. No es exactamente una sonrisa. Es más bien la expresión de alguien que sabe algo y disfruta de saberlo.
—Así es, Lord Arlos y a su lado, ese es William.
Lo dice como si William fuera un detalle menor en una lista larga. Observo la sala con disimulo hasta que los encuentro: Arlos Velmont, un hombre cuadrado con la mandíbula de alguien que lleva décadas tomando decisiones que cuestan vidas y dinero, sentado con la rigidez de un señor feudal que lleva la incomodidad de la capital escrita en cada centímetro del cuerpo. Y junto a él, William.
William Velmont es, objetivamente, un hombre de buen aspecto. Alto, porte erguido, mandíbula limpia. Cabello castaño claro que cae con la clase estudiada de alguien que se preocupa por él. Ojos azules que desde aquí parecen fríos. Lleva las ropas con naturalidad, lo cual es un punto a su favor —hay hombres que se ahogan en los jubones de gala como si les apretaran el pescuezo— y hay en él algo que podría confundirse con elegancia.
Pero hay también algo que falta. No sé nombrarlo todavía. Una especie de... quietud, o quizás es que lo comparo con la única referencia que tengo de un prometido potencial, que es mi hermano, y Hector nunca ha estado quieto en su vida.
—¿Qué opinas? —le pregunto a Edmound, en voz lo suficientemente baja para que solo él lo oiga.
El me mira de reojo. Hay un instante antes de que responda, tan breve que casi no existe.
—Que tiene buenas manos para un hombre que nunca ha sostenido una espada.
Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme. Porque tiene razón, y porque soy consciente de que reírme de mi futuro esposo en su noche de presentación oficial sería un desastre diplomático de proporciones menores pero suficientemente vergonzosas.
—Qué útil que seas tan observador —digo en cambio.
—Es uno de mis talentos.
La lisonja habitual. El intercambio de siempre, el que hemos tenido cientos de veces, el que hace que Edmound parezca un primo y no —
No.
Esta noche no.
El problema con ser la brújula de la familia es que no puedes apagar la aguja.
Martha me lo dijo una vez, hace tres o cuatro años, cuando yo tenía catorce y estaba rabiando porque Ada había roto algo en mi cuarto y papá la había perdonado en el tiempo que tardé en respirar hondo. Tú eres la que siempre sabe hacia dónde ir, me dijo, y lo dijo como si fuera un regalo, pero yo lo sentí esa tarde como una cadena corta. Porque las brújulas son estaticas, siempre estan fijas, señalan el norte a donde debes ir y nada más, por que no pueden interferir en las desiciones de a quien están dirigiendo.
Yo señalo el norte. Esta noche el norte es ese anuncio que mi padre hará después de la tercera copa, cuando el salón esté suficientemente cálido y suficientemente alegre para que la noticia suene como celebración y no como lo que es.
Respiro, con el poco margen que me permite el corsé
Ada encuentra la manera de llegar hasta mí entre el primer y el segundo plato, con la elegancia de alguien que ha aprendido a moverse por salones llenos de gente como si el espacio se abriera específicamente para ella. Lo hace. Siempre lo hace. Ada tiene dieciséis años y ya sabe cosas sobre la naturaleza de los cuartos llenos de gente que yo todavía estoy aprendiendo.
—¿Ya lo viste? —susurra, deslizándose a mi lado con la excusa de abrazarme.
—Sí.
—¿Y?
—Y nada, Ada.
—Helena. —Su voz tiene ese tono, el de alguien que me conoce demasiado bien para conformarse con una respuesta corta, me mira con sus ojos café claro —los más claros entre los cuatro, casi color miel cuando le da el sol— y hay en ellos una mezcla de compasión genuina y algo que en otra persona podría ser morbo pero que en Ada simplemente es curiosidad. —¿Estás bien?
La pregunta es tan directa y tan llena de ella que me obliga a detenerme un momento.
—Estoy perfectamente bien —digo, y luego, porque es Ada y porque mentirle es gastar energía que no tengo, añado —Estoy haciendo lo que hay que hacer.
Ella asiente muy despacio entendiendo la diferencia.
—Silas dice que puede haber noticias del frente antes del fin de esta noche —ofrece, como si eso ayudara.
—Silas dice muchas cosas. —No sé por qué digo eso con ese tono; el arcano de mi hermana menor últimamente me produce una incomodidad que no sé de dónde viene y que tampoco sé cómo nombrar.
Ada me pone la mano en el brazo, brevemente, y luego desaparece de vuelta hacia su lado de la mesa con la misma gracia con que llegó. La sigo con la mirada hasta que la veo sentarse junto a Lord Pemberton y sonreírle con esa sonrisa suya que hace que hombres tres veces su edad hablen demasiado y digan demasiado y no noten que ella los está escuchando con una atención muy específica.
Mi hermana menor, todavía cree en cuentos de hadas, todavía espera que el príncipe llegue a caballo y el final sea feliz.
No tengo corazón para decirle que los caballos llegan cubiertos de barro.
Baran no está.
Lo noto en el momento en que empiezo a buscarlo inconscientemente, el inventario automático que hago en cualquier cuarto: papá, sí, al fondo; Ada, sí, con Pemberton; Edmound, sí, a mi derecha; Kael —
Baran no está.
No es que falte de su asiento. Su asiento lleva vacío desde antes de la primera copa, lo cual significa que o no ha llegado por estar perdiendo el tiempo en cosas infimas con tal de perderse el anuncio, o se le habrá hecho tarde, y ambas opciones me producen el mismo pellizco en el pecho porque Baran no llega tarde a las cenas de estado a menos que tenga una razón, y sus razones suelen ser del tipo que no se pueden mencionar en voz alta en salones llenos de gente.
Le busco los ojos a Khan, que está apostado cerca de la columna izquierda con la expresión de piedra que usa cuando está siendo deliberadamente hermético. Lo miro, pero el desvía deliveramente la suya, Khan siempre sabe exactamente dónde está Baran, es lo que se espera de el, sin embargo el problema es que la lealtad de Khan a mi hermano es tan absoluta que preferiría comerse la espada antes que delatarlo.
Termino el primer plato sin probar casi nada. El segundo llega y todavía no esta Baran. Mi padre no ha notado la ausencia —está demasiado ocupado gestionando a Lord Cornwall y al nuevo embajador de los ducados del sur, que tiene la costumbre irritante de hablar por encima de los demás— pero Edmound sí la nota. Lo veo en la manera en que sus ojos pasan por el asiento vacío y regresan a la sala sin detenerse.
El vino de ciruela es demasiado dulce.
Baran aparece cuando el segundo plato está a la mitad.
Lo veo entrar por la puerta lateral, la que da a los corredores del ala este, con esa clase de paso apresurado que se intenta disfrazar de calma y que solo engaña a quien no lo conoce. Lleva el jubón bien ajustado y el cabello peinado, que ya es más que lo habitual en él cuando tiene prisa. Saluda con una inclinación de cabeza a dos lords que lo interceptan brevemente, responde algo que hace reír a uno de ellos —el cinismo de Baran tiene ese efecto, la gente ríe antes de entender que acaba de ser descartada— y luego cruza la sala hacia su asiento con la eficiencia de alguien que sabe exactamente cuánto tiempo lleva ausente y cuánto puede justificar.
Se sienta a mi izquierda.
—Llegas tarde —digo, sin mirarlo, sin modificar la expresión.
—Una demora menor —dice él.
—Ajá.
—Un asunto de estado.
—Ajá.
Silencio de tres segundos. Lo conozco demasiado para apresurarlo.
—El vino está demasiado dulce —añade.
—El vino esta dulce desde que empezó la cena. —Finalmente lo miro, y entonces lo veo.
Es un detalle pequeño. Un rastro de color en el cuello, justo debajo de la oreja derecha, en el ángulo donde el cabello oscuro se curva. Rosa viejo. Un tono específico que reconozco porque Elizabeth Talbot lleva ese mismo color en los labios esta noche, lo vi cuando entró con su madre al salón hace una hora, y lo noté precisamente porque es un color que Elizabeth no suele usar y que su madre probablemente eligió por ella.
Sigo mirando al frente.
—Tienes algo en el cuello —digo, con la voz absolutamente plana.
Baran no se mueve, ni siquiera parpadea, pero hay un milisegundo de quietud que me dice que sabe exactamente a qué me refiero.
—¿Dónde?
—Debajo de la oreja derecha. —Tomo el borde de mi servilleta de lino, lo mojo discretamente en el vaso de agua, y me vuelvo hacia él con la naturalidad de quien ayuda a un hermano a quitarse una mancha de vino. —Quieto.
Es lo que hacía mamá, me acuerdo de repente y sin querer. Cuando éramos pequeños y nos manchábamos antes de las presentaciones formales. la servilleta, la impaciencia afectuosa.
Paso el lino por el rastro de color y Baran lo deja hacer, aunque hay en su postura la rigidez de alguien que está siendo razonablemente mortificado.
—Cuándo —digo en voz baja— piensas darle una bienvenida adecuada a la familia Talbot.
—Ya le di la bienvenida.
—Baran.
—Helena.
—Está su madre aquí, está su hermana. —Retiro la servilleta, el rastro ha desaparecido. —Si alguien lo hubiera visto antes que yo, esta noche tendríamos tres problemas en lugar de dos.
Él exhala por la nariz. Es el sonido que hace cuando tengo razón y no quiere admitirla.
—Un año —dice, y en esas dos palabras hay algo que no es sarcasmo, que no es el escudo habitual. Algo más parecido a lo que Baran guarda debajo de todas las capas. —No la veía desde hace un año, Helena y ayer por la tarde empecé a pensar que quizás Katherine ya había conseguido lo del lord del sur. Que quizás Lizzie había llegado esta noche con un anillo que no puse yo. —Pausa. —Necesitaba saber que era real. Que estaba aquí. Que todavía era posible.
Me quede un momento sin decir nada.
Fuera, la música del festival llega amortiguada a través de las paredes de piedra. Alguien en algún lugar está cantando algo que no escucho bien. Mi padre ríe al fondo del salón. Ada convence a Pemberton de algo con esa sonrisa suya.
—¿Lo sabe Khan? —pregunto finalmente.
—Khan no estaba en el corredor del ala este.
—Eso no es lo que te pregunté.
Baran me mira de perfil. Tiene los mismos huesos que papá —la misma estructura en la mandíbula, la misma anchura en los hombros— los ojos son café oscuro, intensos, y esta noche están más quietos de lo habitual. Menos sarcasmo. Más él.
—Si —dice. —Khan lo sabe.
—Baran —Lo miro de vuelta.
—Helena —empieza.
—No te estoy pidiendo que no quieras a Lizzie. —me resulto importante aclararselo. —Te estoy pidiendo que seas más cuidadoso, Katherine Talbot tiene ojos en los lugares más inconvenientes de este palacio, y si algo de esto llega a sus oídos antes de que papá pueda hacer algo al respecto, el margen que tienes ahora desaparece completamente.
Baran asimila esto. Lo veo en la manera en que la rigidez de sus hombros cambia, se vuelve algo menos defensiva y algo más calculadora. Ese es el Baran que a veces me preocupa más que el sarcástico: el que entiende las cosas demasiado bien y decide que las entiende.
—¿Y si ya no hay tiempo para esperar que papá haga algo al respecto? —pregunta en voz baja. —¿Y si esta noche anuncia el compromiso tuyo y la siguiente semana Katherine viene con el lord del sur y es demasiado tarde?
No tengo una buena respuesta para eso.
—Entonces esta noche no era el momento para el corredor del ala este.
Silencio.
—Pero Ellie —dice Baran, y hay algo defensivo en eso. —Tu no entiendes —
—No me importa entender Baran —Soy suave cuando lo digo, porque no es una acusación. —Me importa que tuvieras esa mancha en el cuello en un salón lleno de gente que tiene todo el interés del mundo en encontrar motivos para complicar la vida de esta familia. —Vuelvo a mirar al frente. —Elizabeth es una buena chica y se que la quieres, eso lo sé, solo— respire para calmar mis propios nervios- Solo sé más cuidadoso.
Él no respndio de inmediato. Cuando lo hace, es con el tono de siempre, el escudo reconstituido:
—Y me dicen que Hector es el guerrero.
—Hector lucha con espadas. Yo lucho con otro tipo de cosas.
Baran me mira un segundo más de lo necesario. Luego toma su copa.
—El vino sigue frío —dice.
—Sí —digo. —Lo sé.
Mi padre se pone de pie cuando la tercera copa está casi vacía.
Lo hace con la misma naturalidad con que hace todas las cosas importantes: sin anuncio, sin fanfarria previa. Darien Hengst no necesita pedir silencio. El silencio llega solo cuando él se levanta, como si el cuarto entendiera que algo vale la pena escuchar.
—Esta noche —empieza, y su voz llena el salón sin esfuerzo— Solaria celebra el comienzo de la cosecha. Celebramos la luz que regresa después del invierno, la promesa de que lo que sembramos con trabajo y con fe puede crecer. —Pausa. Sus ojos recorren la mesa, se detienen brevemente en mí con algo que es difícil de describir. —Y esta noche tenemos también razón para celebrar el futuro de nuestra familia. —Levanta la copa. —Es con gran alegría que anuncio el compromiso de mi hija Helena con William Velmont, Hijo de la casa que ha sostenido a Solaria con generosidad y honor.
El salón responde como los salones responden: aplausos, exclamaciones, el sonido de copas levantadas. Me pongo de pie porque es lo que corresponde hacer, y sonrío porque es lo que corresponde hacer, y el vestido marfil cae perfectamente porque Mara rehízo el lazo tres veces y valió la pena.
Al otro extremo de la sala, William Velmont se levanta también. Me mira. Levanta la copa. Hay en su mirada algo que podría ser orgullo y podría ser superioridad o podrían ser ambas cosas mezcladas, y desde aquí no puedo saberlo con certeza.
Le sostengo la mirada.
Sonrío.
Más tarde, cuando los platos del tercer curso ya están en la mesa y la música se ha vuelto más alegre y el vino ha hecho su trabajo en los invitados, me escabullo hacia el balcón que da a los jardines del este. Es una táctica conocida: el momento en que la fiesta alcanza su temperatura óptima, nadie nota una ausencia de diez minutos, especialmente si Kael se queda en el umbral con esa expresión suya que detiene a cualquiera que intente seguirte.
El aire de afuera es frío, huele a pino y a sal marina, los dos perfumes constantes de esta ciudad que vive entre los bosques y los acantilados como si no pudiera decidir a cuál de los dos pertenece.
Me apoyo en la balaustrada de piedra.
Abajo, en los jardines, uno de los mozos de cuadra — que parece no tener mas de unos diez años y una energía que lo hace correr en lugar de caminar — persigue a uno de los perros del palacio alrededor de una fuente apagada. Se caen los dos al mismo tiempo, el niño y el perro, y el niño ríe con esa risa específica de quien tiene diez años y no le importa el barro.
Lo observo durante un momento.
Allá arriba, en el frente, Hector está en algún lugar que no puedo ver en ningún mapa que haya estudiado. Durmiendo en el barro, probablemente. O de guardia.
Mara tiene su última carta guardada en el cinturón. Se la pase esta tarde antes de que empezara a arreglarme, doblada dos veces, con el sello ya intacto por que lo que contenia esa carta era algo que debía permanecer de esa forma. Solo hasta mañana, le dije, y se la entregue en la mano, aveces resulta doloroso como las cosas genuinas deben permanecer bajo sellos que no deben romperse.
La tengo en el bolsillo del vestido ahora. Ha estado ahí toda la noche. No me la he sacado.
Detrás de mí, escucho pasos. No los pasos de Kael —los conozco de memoria—
Ada.
—¿Te siguió alguien? —pregunto.
—Solo Silas —dice, con una pequeña mueca de resignación. —Se quedó con Kael. —Cruza el balcón y se apoya junto a mí en la balaustrada. —¿Cómo estás? Y esta vez dímelo de verdad.
Le doy el espacio de un segundo.
—Extraño a Hector —digo.
Ada asiente, lento. —Yo también.
—Y estoy pensando en William Velmont y en la manera en que me miró cuando papá hizo el anuncio.
—¿Eso es malo?
—No lo sé todavía. —Miro hacia los jardines. el mozo de cuadra ha atrapado al perro y lo abraza con una satisfacción desproporcionada. —Los hombres que puedo leer no me dan miedo. Los que no puedo, me producen precaución.
—Quizás solo es tímido.
—Quizás.
Ada apoya la cabeza brevemente en mi hombro. Es un gesto de cuando éramos más pequeñas, de las noches de tormenta, cuando los truenos eran demasiado fuerte y ella cruzaba el corredor hasta mi cuarto y nos quedábamos así, calladas, hasta que pasara.
—Va a estar bien —dice. —Tú siempre estas bien.
Quise responder, decirle que no siempre, que hay noches donde el insomnio no me permite descansar, dias donde solo quiero quedarme en el bosque y no volver a salir nunca, momentos donde sueño con algo mas simple incluso si eso significa una vida mas dificil, pero la respuesta no sale, se queda detenida en mi esternon. Adentro, la música sube y alguien empieza a cantar algo sobre el sol que regresa, el festival del sol naciente sigue su curso.
Me enderezco.
—Vamos adentro —le digo a Ada.
Ella se despega del hombro y me sonríe, esa sonrisa suya que todavía cree en los finales felices.
La dejo creer.
Kael y Silas están en el umbral cuando cruzamos la puerta. No pregunta nada, ambos retoman sus respectivas posiciones, los tres pasos de distancia detrás de mí con la precisión absoluta de alguien que nunca los perdió del todo.
El salón es caliente, brillante y lleno de un ruido que solo parece alegría.
La versión de mí que existe cuando hay ojos encima vuelve a asentarse en el cuerpo, sonríe en el ángulo correcto, levanta la copa con la mano apropiada.
La otra versión guarda sus pensamientos para cuando se apaguen las velas.