Armadura de metal
N. de la A.: Antes de empezar, quisiera decirles un par de cosillas que les ayudarán a entender el motivo de este fic:
1.- Aquí, Leon S. Kennedy no es el súper agente del gobierno estadounidense que nos presentan en RE4. Tiene varios años menos, que se traduce en menos experiencia y un carácter más similar al de RE2. He aquí la razón de algunas situaciones que se presentarán a lo largo de la historia.
2.- Cuando escribí “Ojos color cielo”, me olvidé que Hunnigan aparecía recién en el RE4 (año 2004), y la puse al inicio. Pero no quise corregir ese error, me gusta que en este universo, ellos se conocieran desde que Leon ingresa como agente a STRATCOM.
3.- Noiholt NO SOY YO. Esto no es ni un self-insert, ni un Leon y tú, ni un Leon x reader, ni rayita, ni nada de eso. Noiholt Maüser es un personaje ORIGINAL en el que he trabajado mucho para que se integre de forma orgánica al universo Resident Evil, como si fuera también un personaje del canon. Y, con orgullo, considero que lo he logrado.
4.- La creación de este fic fue darle un gusto a mi querida amiguita Laia, y también replantear con más peso los hechos que llevaron a estos dos personajes a recorrer el camino que algunos lectores conocieron en el fic original. Siento que había ideas buenas, pero cero experiencia. Aquí he volcado mi experiencia, me he preocupado de ceñirme lo más posible al canon, y las licencias creativas que me he tomado, que tengan sentido y se sientan como si fueran parte de la historia original.
5.- Las canciones de este capítulo son: Is this love? de Whitesnake; Is this love? de Survivor (sí, mismo título, grupos distintos XD); Secret de Orchestral Manoeuvres in the Dark, y Learning to Fly de Pink Floyd.
Luego de este tremendo testamento, pasamos a la acción :D ¡gracias por leer!
Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Capcom, excepto la lunática Noiholt Maüser, esa chiquilla sí que es mía x’D
Washington, Estados Unidos. Día 1 de enero del año 2000.
—¿Austria? —inquirió Leon, frunciendo el ceño.
—Sí. Tenemos un brote reportado del virus T, pero como cerraron la ciudad no hay peligro de que se expanda. —Ingrid Hunnigan acomodó sus lentes sobre el puente de la nariz con un gesto cómico—. Es un pueblo pequeño, así que no deberías tener problemas para rescatar posibles supervivientes. Los jefes han pedido que vayas solo, por tu experiencia en Raccoon City. En último caso, si necesitas apoyo, los soldados que resguardan las fronteras de la ciudad podrán ayudarte.
—Qué bonitas vacaciones de año nuevo me esperan… —murmuró, alzando las cejas mientras recibía una imagen panorámica del pueblo al que lo llevarían.
La joven morena levantó la vista hacia él con ademán serio, absolutamente profesional.
—Puedes enviarme fotos —le dijo, cambiando a un tono burlón.
—¿Desnudo? —Rio.
—Ja, ja. Muy gracioso. Vete a cumplir con la misión, Leon —ordenó, disimulando con éxito la gracia que le había hecho ese comentario.
—De acuerdo. Pero luego no digas que me echas de menos. —Volvió a mirar la imagen—. ¿Cómo se llama el pueblo?
—Grüneger.
—Ahora me pesa no haber tomado esas clases de alemán que me ofrecieron… —suspiró, agitando el pedazo de papel en sus manos.
Giró sobre sus talones y caminó hacia la salida, abriendo la puerta y dedicándole una sexy sonrisa a Ingrid. Ella le respondió con un gesto de su mano: «vete».
Leon salió definitivamente, cerrando la puerta a su espalda.
«Bueno, tendré mucho tiempo para leer ese diccionario que me compré».
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Viena, Austria. Día 2 de enero del año 2000.
En una de las oficinas más escondidas del parlamento austriaco se discutía la situación de Grüneger, el pequeño pueblo en donde se reportó aquel brote del virus T. Los políticos, preocupados por la situación que se suscitaría en el país de saberse lo ocurrido, discutían acaloradamente sobre la opción de, simplemente, enviar una bomba y destruir el lugar por completo. Siempre podrían culpar a otro país del ataque, o alegar que un experimento salió mal, pero sin duda el peor escenario era que la ONU entrara en conocimiento de lo que ocurría.
Uno de los senadores más influyentes conocía la historia de Raccoon City, y por eso pidió ayuda a Estados Unidos. ¿Y qué hizo ese maravilloso país?, pues enviar a un agente que operaba en la STRATCOM bajo la supervisión del Servicio Secreto.
Solo uno.
Leon Scott Kennedy. Veintidós años, un metro ochenta de estatura y físico trabajado; setenta y seis kilogramos de músculos, agilidad, inteligencia y altas dosis de sarcasmo.
El grupo de políticos que debatía a grito pelado qué hacer comenzó a silenciarse paulatinamente mientras él caminaba hacia ellos. Lo quedaron mirando con estupor. ¿Un chiquillo?, ¿un jovencito que apenas sabía sonarse la nariz era la gran ayuda que Estados Unidos les había brindado? Sin duda debía ser una broma.
Pero Leon les dedicó una sonrisa de suficiencia. No se dejaría amedrentar por un grupo de viejos mentalmente cuadrados.
—Necesito que me entreguen toda la información que tengan, señores —dijo con voz firme—. Mi misión principal es buscar sobrevivientes, aunque no descarto eliminar la mayor cantidad de amenazas... si las hay, claro, que es lo más probable.
—¿Está usted seguro de lo que hace? —intervino el mayor de los políticos, acariciándose el mentón—. Las amenazas biológicas no son un juego de niños.
—Lo dice alguien que nunca ha abandonado la comodidad de su oficina. —Rio—. Aceptémoslo: ustedes no tienen idea de cómo enfrentar la situación; pero yo sí. En ese caso... —estiró la mano derecha—, ¿la información, por favor?
Los parlamentarios se miraron los unos a los otros, estupefactos. Pero decidieron hacerle caso. Pues ante cualquier eventualidad, podrían ejecutar el plan b y luego lavarse las manos.
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Grüneger, Austria. Día 5 de enero del año 2000
«¡Maldita lluvia, maldito suelo resbaladizo!».
Correr por las calles de aquel pueblecito estaba resultando una odisea de proporciones bíblicas. No tropezarse ni caerse de bruces le parecía más difícil que acabar con la plaga de zombis que surgía por todos los rincones, como ratas. Ya casi se le había acabado la munición de su fiel pistola modelo H&K VP70, y la información que le entregó el gobierno era, por lo menos, cuestionable. Leon asumió su fallo regañándose a sí mismo. ¿Por qué confió en ellos y su información? Ahora tenía que buscar un refugio y conseguir balas para su arma. Faltaba que le diera una pulmonía y se muriera tosiendo sangre, en vez de matar infectados.
El olor a carne descompuesta no atenuaba ni siquiera con las fuertes lluvias. ¿Es que no podría tomar una bocanada de aire decente hasta que saliera de esa ciudad?
—Maldita sea, Hunnigan… —gruñó, pegándole a su intercomunicador empapado—. ¿Qué pasa con la jodida señal? ¡Mierda!
No había caso. Desde hace un buen rato que no lograba contactar con ella y, sin su guía, le estaba costando mucho llegar a cualquiera de sus destinos. La lluvia caía tan espesa que mirar al frente estaba siendo casi imposible. Y tampoco podía quedarse quiero mucho rato, pues los zombis podían aparecer de un momento a otro, con sus alientos putrefactos y botando carne descompuesta por el camino, como si dejaran un testimonio físico del estropicio que estaban causando en el pequeño pueblo austriaco.
—¿Una fábrica de calzados? —murmuró Leon de pronto, contemplando el gran edificio que se erguía frente a él con el imponente nombre «Schuhfabrik Goldstein» ocupando gran parte del frontis.
Era una buena oportunidad para guarecerse de la tormenta. Ni siquiera lo pensó dos veces; se lanzó corriendo hacia la enorme entrada de metal con tanto ímpetu, que tropezó un segundo antes y chocó las manos abiertas contra la puerta. Bueno, qué más daba, tampoco había espectadores humanos que se rieran de su torpeza.
Intentó mover la puerta, pero parecía trabada; a punta de patadas y maldiciones consiguió por fin abrirla. Era muy pesada.
Entró y cerró de golpe. No quería arriesgarse a que apareciera alguna sorpresa. Y pensando en eso, se giró rápidamente hacia atrás con el arma empuñada. No había nadie. De hecho, el aire parecía ligeramente más respirable, una pizca, pero se agradecía igualmente. Encendió su linterna y dio un rápido vistazo a su alrededor. Maquinaria industrial por todos lados, que podía fácilmente esconder presencias indeseables, como zombis, Lickers, algún Tyrant…
Leon sacudió la cabeza. No era buena idea pensar en detalles como esos.
Lo que sí parecía buena idea era hallar un lugar para sacarse la ropa y secarla. Los servicios básicos como el agua y la luz no habían sido cortados porque se esperaba que Leon rescatara supervivientes, por lo que no era una idea descabellada habilitar una oficina y usarla como refugio momentáneo, al menos hasta conseguir comunicación con Hunnigan. Todavía contaba con varios días a su favor para completar la misión.
Caminó con cuidado, pegando la espalda en la extensa pared y agudizando profundamente el oído, atento a cualquier pequeño sonido que alertara peligro.
«¡BAM!».
—¡Mierda! —exclamó en voz baja, escuchando que el ruido se repetía dos veces más. Esos eran disparos de pistola… ¿dónde?
Un nuevo impacto resonó en todo el perímetro. Leon comenzó a trotar en dirección de la reverberación, impaciente por rescatar a quien necesitara su ayuda. A menos que los jodidos zombis hubiera aprendido a usar un arma. En tal caso…
«¡BAM!».
Ahora el disparo de una escopeta lo hizo saltar. ¿Es que esa persona tenía allí un arsenal de armas? Pues enhorabuena: podría recargar. Ojalá no se gastara todas las balas disparando a lo loco.
Estaba seguro de poder encontrar el lugar donde se originaron los ataques. A paso extremadamente sigiloso, Leon se acercó a la puerta de una oficina que parecía amplia. Empujó la entrada semi abierta, y escuchó casi de inmediato el característico reptar de un cuerpo viscoso sobre el suelo de madera. Luego, dejó de sonar por lo que intuyó que estaba «muerto». Y además percibió la respiración agitada, casi al borde del colapso, que parecía provenir de una mujer.
Leon tragó saliva, empuñando su arma con más fuerza y preparando una estrategia que le permitiera rescatar al inocente, y no morir a escopetazos en el intento.
—Verdammtes Mistvieh! —exclamó la persona.
Confirmado: era mujer, y tenía una voz pequeña y dulce que contrastaba con la fiereza de su grito.
—¡No soy un zombi! —siseó Leon, acercándose muy suave y despacio hacia el interior de la gran oficina. ¡Por favor, que la mujer entienda inglés!
Silencio. La respiración de ella seguía siendo agitada, y el agente temió que no le hubiera comprendido. Sin acercarse, decidió que era momento de probar lo aprendido en ese diccionario.
—Ich bin ein Agent! —habló con toda la firmeza que era capaz, intentando transmitir a la mujer la tranquilidad que sin duda le faltaba.
—Tu acento es horrible, americano —murmuró ella en inglés. Su tono de voz trémulo le inspiró escalofríos. ¿Tanto se notaba que venía de América?
—Soy un agente del gobierno estadounidense —explicó, satisfecho de no tener que seguir hablando en alemán—. Pero antes de sentarnos a tomar el té, necesito liquidar a ese infectado que está tirado allá. —Comenzó a caminar hacia el cuerpo y lo señaló con la punta de su bota —. La única forma de matarlos definitivamente es destruyendo su cabeza. Si no lo haces, podría volver a levantarse y eso sería bastante problemático. ¿Me permites…?
Sin esperar respuesta, Leon dobló la rodilla derecha y aplastó brutalmente el cráneo del zombi, destruyéndolo de inmediato. Una explosión de carne podrida y sesos malolientes se esparció por el suelo, pero al menos el peligro que representaba ese cuerpo ya había sido eliminado. Leon alzó la vista; aún no podía verle la cara a su interlocutora, pero sin duda, ella le veía a él. Una pequeña lámpara de gas iluminaba con poco éxito el lugar, y el escenario parecía aún más macabro. Solo faltaba la risotada sarcástica de alguna bruja come-niños de esos cuentos infantiles de terror, que mantenían a los infantes tapados hasta las orejas en sus camas y sin ganas de escaparse a la calle por las ventanas.
—Quiero ayudarte —dijo el agente, mirando hacia el fondo de la habitación—. Me llamo Leon Kennedy. Fui enviado aquí para buscar supervivientes. Esta zona es la penúltima que me falta revisar. —Dulcificó ligeramente su tono—. No te voy a hacer daño, así que, por favor, baja tu arma.
—¿Cómo sabes que te estoy apuntando? —le cuestionó, con un acento alemán incluso más marcado que en la frase anterior.
—En tu situación yo lo haría. A todo lo que se mueva —puntualizó.
La sinceridad en su respuesta pareció agradar a la mujer. Colgó la escopeta en su espalda y caminó derecho hacia el agente. Tras unos cuantos pasos, la luz por fin alcanzó su rostro e iluminó además su cuerpo.
Leon la contempló por unos segundos, antes de notar que la miraba descaradamente. Era una pequeña chiquilla de físico entrenado, rubia y muy blanca, con delicados ojos celestes que le recordaron un cielo despejado. Llevaba el cabello hasta más abajo de los hombros, y un mechón teñido de negro, desde la frente hacia la oreja. Cuando llegó frente a él, notó que era además muy baja y apenas le llegaba al esternón. Parecía una muñeca de porcelana. ¡Qué joven debía ser!
—Mucho gusto, señor Kennedy —dijo la chica, tendiéndole la mano—. Me llamo Noiholt Maüser. No pertenezco a ningún lugar y no represento a nadie. Yo soy mi única causa para pelear.
—Interesante. Llámame Leon —pidió, aceptando el saludo. La mano de Noiholt le pareció muy pequeña y suave, consiguiendo que se preguntara cómo había logrado sobrevivir—. ¿Tu nombre, eh…?
—Noiholt. Así como suena.
—Lo siento, nunca había escuchado uno similar. ¿Noiholt? —pronunció, vacilante.
—La «o» y la «hache» suenan más duras en alemán, aun así, te ha quedado bien, señor —sonrió brevemente.
—Gracias. —También sonrió—. ¿Y tú...?, ¿cómo es que hablas inglés?
—Soy intérprete.
—Ah.
Ella le dedicó una segunda sonrisa fugaz, algo tensa, que no le concedió expresión alguna a su rostro, sin embargo. Leon frunció el ceño, dándose cuenta que los ojos de Noiholt parecían teñidos de hielo. Sin proponérselo, continuó recorriéndola con la mirada. Estaba vestida con una camiseta ceñida al cuerpo de color negro y calzas en el mismo tono; botas de seguridad, un grueso cinturón y cartucheras especiales para guardar armas y munición terminaban de adornar el cuerpo de la muñeca. Tragó saliva.
—¿He pasado su evaluación, señor? —inquirió en tono ligeramente burlón.
—Solo me preguntaba cómo alguien de aspecto tan… encantador, había conseguido mantenerse con vida —admitió, desviando la mirada.
—¡Encantador…! —repitió fascinada, cabeceando hacia los lados como negando la extraña observación del agente americano.
—¿Tienes alguna clase de entrenamiento? —Observó atentamente sus piernas torneadas.
—Un poco. Llevo algunos años practicando Silat y Muay Thai. —Enrojeció y miró hacia atrás, disimulando su reacción.
—Entiendo. ¿Y cuánto tiempo llevas aquí?
—Algunos días. Intenté escapar y fallé. —Se encogió de hombros—. Han cercado el lugar. Somos todos potenciales proyectos de zombis. Quise mostrarles que no me han mordido, pero amenazaron con dispararme si trataba de huir a la fuerza. Me habría desnudado con tal de que me dejaran salir.
—Claro.
—De hecho, tú deberías haberme hecho esa prueba hace rato. —Comenzó a levantarse la camiseta, dejando al descubierto su torso y el bonito sujetador que llevaba puesto.
—¿Qué? —escupió al ver lo que esa chica hacía—, ¡no!, basta —la detuvo, sujetando sus muñecas con las manos—. He visto suficiente. Te creo.
—De acuerdo. —Se arregló la ropa, pestañeando sorprendida—. No eres muy profesional, señor Kennedy. Si me transformara en este momento podría morderte el cuello fácilmente.
—Conozco las fases del virus a la perfección. No necesitas demostrarme nada. —Le acarició brevemente un brazo, tranquilizándola.
Noiholt se dio cuenta de que el joven agente parecía fuerte y sincero. Movió la cabeza en señal de aprobación.
—Estás empapado —observó, tocando la chaqueta de Leon—. En el piso de arriba tengo una oficina que he adaptado para sobrevivir mientras espero que la lluvia se detenga. Subamos. Tú la revisas y cuando la consideres segura, cerramos y te quitas la ropa para que yo la seque con el calentador. Incluso puedes darte una ducha. Vamos —pidió.
—Okay… —Leon se sintió apabullado por la seguridad en la voz de Noiholt. Pero una ducha y ropas secas eran una oferta demasiado tentadora como para descartarla.
Ella lo asió de un brazo y lo guio hacia el vestíbulo, esquivando la maquinaria industrial que ocupaba todos los rincones. Subieron las escaleras en silencio y llegaron frente a unas enormes puertas de madera.
—¿Sabes disparar? —le preguntó antes de hacer ningún movimiento.
—Sí, mi padre era militar y me enseñó, aunque nunca fue de mi agrado —admitió.
—Eso es muy conveniente. —Aquello explicaba muchas cosas para él—. Toma tu arma y quédate detrás de mí. Yo voy a protegerte.
Noiholt lo miró con la boca abierta. ¿Protegerla...?, ¿en serio? Eso iba bien para el guion de una película rosa, pero no para ella, aunque terminó asintiendo porque no era momento de sostener conversaciones inútiles. Se colocó detrás de Leon y empuñó el arma mientras él abría lentamente las puertas. Entró de golpe, apuntando hacia todos lados y dando rápidos vistazos a cada rincón típico donde los zombis solían dar sorpresas. Noiholt le pisaba los talones y eso, en vez de estorbarle, le daba cierta sensación de seguridad. Algo muy extraño.
Pero la oficina realmente estaba habilitada para vivir en ella. Leon bajó su arma, convencido de que era muy poco probable encontrar algún infectado allí. Era un lugar amplio, se notaba con todos los muebles corridos hacia las paredes y en medio, un colchón. Más allá, una cocinilla a gas, y a su lado muchas latas de alimentos en conserva. Leon se preguntó en qué momento ella asaltó un supermercado para conseguir todo eso.
Se giró hacia atrás para verla, completamente extrañado. ¿Qué sobreviviente se preocupa de esas cosas? Pues sin duda su padre hizo mucho más que solo enseñarla a disparar.
—Esa es la única ventana, y muy pequeña para que alguien entre —siseó la chica.
—Bien. ¿Qué hay tras esa puerta? —señaló con la barbilla.
—El baño.
—Voy a revisarlo. Tú bloquea la entrada.
—Sí, señor.
Leon caminó sigilosamente hacia su objetivo mientras Noiholt acarreaba mesas y sillas para cerrar el enorme portón. Se sobresaltó cuando escuchó la patada con que el agente se internó en el cuarto de baño. Luego de unos segundos, Leon reapareció con expresión tranquila.
—Todo limpio. —Alzó su dedo pulgar.
—¿Termino de bloquear, entonces?
Él repitió el gesto de su mano. Noiholt asintió y se dirigió hacia un rincón para arrastrar un enorme escritorio de madera. Leon la alcanzó y la ayudó a levantar el otro extremo, colocándolo en el portón de tal forma que ni una horda de zombis conseguiría deshacer la barrera.
—Listo. —Noiholt parecía complacida con su obra. Miró a Leon—. El baño tiene agua caliente. ¿Sabes por qué no la han cortado?
—Sí, es por mí. Les pedí que mantuvieran los servicios básicos mientras me aseguro de rescatar sobrevivientes.
—Estupendo. Dame tu ropa y la secaré en el calentador de allá —lo señaló.
—¿Puedo al menos desnudarme en la privacidad del baño? —dijo con algo de sarcasmo, pero sin mala intención.
—No te tardes. —El comentario le había hecho gracia. No se lo explicaba—. Aún tenemos que comer y dormir —añadió disimulando su extrañeza.
—Mujeres… —gruñó un poco—. ¿Por qué siempre me tocan las mandonas?
Leon entró al cuarto de baño y, antes de cerrar la puerta, Noiholt le arrojó una gran manta.
Cuando ella quedó sola, comenzó a rebuscar en la comida enlatada, buscando lo más apropiado para reponer energía. Encontró unos embutidos con altos niveles de proteína y carbohidratos; recordó algunas lecciones que le dio su padre y supo que esos tarros eran lo mejor que podía usar. Los tomó y con un cuchillo empezó a abrirlos. Luego, en una ollita de metal, los vertió y comenzó a calentarlos al fuego de la cocinilla. Era una suerte que hubiera una tienda de menaje al frente de la fábrica, allí pudo hacerse con muchos implementos.
Cuando la comida ya tenía buena textura y estaba bien caliente, Leon emergió del baño. Apareció tras un montón de vapor tibio; si aquella no fue la mejor ducha de su vida, al menos era la que más había disfrutado. Envuelto en la manta que Noiholt le dio, caminó hacia ella y observó la comida con curiosidad.
—¿Dónde está tu ropa? —preguntó la chica.
—Cierto, lo había olvidado. Voy por ellas.
—No, quédate y no te enfríes. Yo las traigo. —Dirigió sus pasos hacia el baño.
—¡Espera! —Intentó detenerla, pero ya era tarde.
Noiholt volvió con rapidez y puso una silla frente al calentador, acomodando las ropas de Leon en forma tal que se secarían a la brevedad.
El agente se tapó la cara con una mano cuando vio sus calzoncillos en poder de aquella pequeña rubia.
—¿Sabes...?, eso podría haberlo hecho yo perfectamente —observó, ligeramente avergonzado.
—No veo cómo, si estás sujetando la manta con ambas manos. —Se giró hacia él—. ¿Comemos?
En motivo de reacción, Leon cruzó las manos sobre su pecho cubierto con la frazada.
—Antes que nada, responde una pregunta.
—De acuerdo. —¿Qué querría saber?
—¿Por qué tienes todo esto? —Dio unos pasos distraídamente, siguiendo la cocinilla, los alimentos y el calentador con la mirada—. Eres como… la superviviente perfecta.
Noiholt enrojeció con esas palabras. Tragó saliva antes de contestar.
—Esta fábrica era propiedad de mi madre. Aquí guardaba muchas cosas. Me serví de ellas para esperar que el temporal se acabara. ¿Está mal?
—No, no… no me malinterpretes —apretó la boca—. Pero ninguna de las personas que he rescatado en mi vida se había preocupado de esas cosas. Me llamó la atención... Eso es todo.
Ella frunció el ceño con aquellas palabras. Se dejó caer frente a la comida e hizo un gesto con la mano para que Leon hiciera lo mismo. Cuando lo tuvo al lado, tomó un cuenco de metal y empezó a servir.
—Está cometiendo un grave error, señor Kennedy. Yo no soy una damisela en peligro. —Elaboró una pausa, meneando la cabeza hacia los lados—. ¿Eres el tipo de persona que siente la obligación de salvarlos a todos? Pues ten esto en mente: tú no me estás rescatando.
Leon abrió la boca para protestar, pero Noiholt lo interrumpió alargando una mano y entregándole el pocillo lleno de comida, más una cuchara de metal. Sus ojos grandes e inexpresivos le invitaban a comer sin continuar la discusión.
Tragó en seco. Sin proponérselo, esa muchacha había dado en el clavo con algo que realmente le hería… pero no quería entrar en detalles sobre eso; en vista de que no tenía sentido replicarle, se limitó a dar un sorbo a la comida. ¡Y estaba bastante rica, a pesar de ser enlatada! Cosas extrañas de la vida.
Miró a Noiholt. Comía con tanta hambre como él, y le dieron ganas de saber más cosas.
—Eres muy joven —afirmó, pensando en cómo preguntarle la edad sin parecer grosero.
—Tú también, y además eres agente del gobierno —dijo sin parar de comer.
—Cierto. Tengo veintidós años. —Alzó las cejas—. ¿Sabes? Fui policía antes de convertirme en agente.
Noiholt se apartó unos centímetros, apreciándolo mejor.
—No pareces un poli —se mofó—. Demasiado lindo para eso. Un modelo de Calvin Klein, quizá —y bajó la mirada hacia un costado.
Leon pestañeó un par de veces, pensando que podría sonrojarse por primera vez en la vida.
—Solo lo fui por un día. No modelo —aclaró—, miembro del RPD, «Raccoon Police Department». Tal vez sea eso. —Suspiró—. ¿Y tú?
—Yo, ¿qué?
—Cuéntame de ti. Vamos a pasar un rato juntos así que me gustaría saber quién me acompaña. ¿Cuántos años tienes?
—Cumplí veinte hace una semana y algo.
—Ya veo. —Recordó la información que le dieron del gobierno austriaco y, considerando la cantidad de errores que habían cometido (probablemente a propósito), decidió que lo mejor era obtener información de un sobreviviente—. Necesito que me expliques lo que has visto de toda esta situación. No confío en la historia que me entregaron cuando llegué.
—¿Y sí confiarías en mi versión? —Pestañeó, escéptica.
—Eres la parte directamente afectada —aclaró.
—Herr Kennedy… —musitó en forma cansina—, deberías tener cuidado con esa actitud. Tal vez un día te engañen por ser tan abierto.
Leon apretó la mandíbula, recordando que sí había pasado por esa experiencia. Pero se negó a pensarlo más o terminaría en posición fetal preguntándose «por qué», como tantas noches luego del escape de esa maldita ciudad.
—No sé cómo ha pasado todo esto —Noiholt habló, tomando al agente por sorpresa—. Suelo viajar mucho y, cuando llegué aquí, ya estaba todo muy raro. Mi madre y yo salimos a comprar víveres; al volver un tipo se volvió loco… ¡así, de la nada! —Arrojó el cuenco vacío al suelo sin esconder la ira que le provocaba hablar de eso. Se agarró la cabeza a dos manos y dejó de hablar, respirando pesadamente.
Leon torció el gesto al cruzársele una idea por su mente, después de haber visto la forma con que Noiholt se expresaba. Antes, habló acerca de su madre en pasado y él creyó que no estaba aquí. Pero si estuvieron juntas hace días…
—¿Dónde está tu mamá? —preguntó en un hilo de voz, intuyendo la respuesta.
La pequeña rubia cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire antes de contestar.
—No está más. Yo… —vaciló, tragando saliva—, yo tuve que…
—No —interrumpió sin querer, espantado con una realidad peor de lo que imaginó.
—Lo hice por ella. —Se encogió de hombros—. En verdad, era su mejor opción.
Noiholt levantó las rodillas y se abrazó a sí misma bajo la atenta mirada de Leon, quien analizaba todos sus gestos. Esos ojos celestes, fríos como el hielo, contrastaban con el ligero temblor de su barbilla y su pecho. Parecía una niña pequeña, cuando antes se veía cargando al mundo en sus hombros.
—¿Recuerdas que te dije del tipo que enloqueció? —continuó el relato sin más dilación. Leon asintió—. Mordió el tobillo de mamá; al verlo, lo pateé para defenderla. Fue un reflejo, nunca imaginé qué era lo que realmente estaba pasando… Regresamos a casa; yo estupefacta y ella aterrada, claro. Poco después comenzó a actuar de manera extraña. Cuando vi que me estaba atacando, la eludí. Me empujó hacia la calle y yo me defendí sin hacerle daño, pero… no era ella, ¿verdad? —Dedicó al agente una mirada implorante—. No era ella. Y por eso lo hice.
Leon no sabía qué decir después de esa historia. Dejó el pocillo a un lado y se mordió nerviosamente los labios.
—Nadie debería pasar por una experiencia como aquella —dijo luego de una corta pausa—. Lo lamento mucho. No sé cómo puedes mantenerte de pie.
—Estoy destrozada por dentro. —Clavó sus ojos en los azules de él—. Llámalo un «estado de supervivencia». Evado la realidad solo para sobrevivir. No debo llorar… —agachó la cabeza—, si lo hago, me iré a la mierda. No puedo, tengo que salir de aquí y vivir, porque es lo que mamá hubiera deseado para mí. Supongo que pagaré el precio por mi crimen…
La voz de Noiholt se quebró en esa última frase, obligándola a carraspear para que no se notara demasiado. Pero Leon ya podía entender cómo se sentía la chica y, alargando el brazo derecho, la tomó de un hombro y se lo apretó, dándole algún ligero consuelo, demostrándole que estaba ahí. Ella le miró de nuevo y le sonrió; un gesto que se vio algo extraño porque sus ojos no se alegraron. Cayó en la cuenta que ninguna sonrisa había alegrado su rostro en todo el rato que habían compartido. Pero el gesto estaba ahí, y Leon estrechó los ojos. La apreció mejor. Lo sintió.
Era bella. Muy diferente al tipo de mujer que solía gustarle, pero la muñeca de porcelana comenzaba a remover algo muy escondido, muy oculto dentro de sí. El hecho de que ella llevara aquel infierno en su interior le producía empatía, y en el momento que la conoció, se dio cuenta que había despertado su instinto protector, ese que creyó muerto luego de todo lo ocurrido en Raccoon City. Tragó saliva, sin dejar de mirarla. Era como si sus ojos celestes refulgieran de hielo, sin delatar emociones, pero sus palabras hicieran de perfecto contrapunto. Sintió como si pudiera verla por mucho tiempo más, tentado a descubrir lo que ocultaba.
Hasta que ella rompió el contacto visual, incapaz de seguir siendo escaneada por más tiempo bajo la coraza de hierro que protegía su alma de caerse a pedazos.
—¿Quieres comer más? —inquirió despacio, moviéndose con cierta torpeza.
—Sí, por favor. —Alzó su cuenco y se lo entregó, rozándole la mano sin proponérselo.
Noiholt separó los labios al tiempo que un ligero rubor le cubría las mejillas. Leon se preguntó si la había intimidado al mirarla fijo por tanto rato. Pero ella pareció recuperarse muy rápido, pues llenó los pocillos y le entregó uno, desviando el rostro hacia abajo.
El resto de la comida transcurrió en silencio. Solo el golpeteo incesante de la lluvia les recordaba que afuera había tormenta… y zombis paseándose por las calles en completa impunidad.
—Tengo agua que fue hervida en esa botella —indicó la chica, cuando vio a Leon levantarse del suelo y rebuscar algo por los rincones.
—Gracias. —Le había adivinado el pensamiento.
—Tomaré una ducha antes de dormir. Acomódate por mientras.
La pequeña rubia mandona había vuelto. El agente compuso un gesto adusto —muy habitual en él— cuando la vio adentrarse en el cuarto de baño. ¿Qué pasó con la chica tímida y sonrojada de hace tan poco?
Tal vez era de esas personas que se ponen agresivas cuando están asustadas. Sí… debía ser eso. Leon asintió con la cabeza, sintiéndose ridículo por pensar en aquellas cosas estando solo.
Caminó hacia la silla y palpó sus ropas: estaban secas. Impresionante. Se las colocó rápidamente y echó un vistazo a su comunicador. Ninguna señal de Hunnigan. Probablemente, la mujer estaba vuelta loca buscándolo. Ojalá no se preocupara demasiado.
Giró la cabeza hacia el costado derecho y clavó la vista en el colchón. Demasiadas comodidades para una misión de rescate. Distraídamente, se dejó caer en él y se preguntó cómo Noiholt, con ese cuerpo menudo, había sido capaz de arrastrarlo hasta el segundo piso. En realidad, no valía la pena analizarlo, pero era algo que le llamaba la atención.
Paseó la vista nuevamente por todo el lugar, ahora con más calma. Se fijó que en la parte más alta de un estante se encontraban algunas mantas. Decidió coger dos, porque las noches en Austria le habían enseñado que debía tomar precauciones. Se encaramó en el mueble de madera y estiró un brazo, tratando de alcanzar su objetivo. Así lo encontró Noiholt al salir del baño.
—Yo traté de hacer eso, y casi me desnuqué —se mofó la chica.
—Pues porque eres muy pequeña. —Cogió las mantas y las arrojó al suelo.
A Noiholt le dio un tic en la ceja cuando escuchó aquella palabra que se refería a su altura. Apretó los dientes, luchando contra su instinto natural de mandarlo a la mierda. Pero, ¿qué diablos podía saber este tipo sobre ella y lo que causaba su reacción negativa?
Bueno, pequeña era preferible a «maldita enana nazi del demonio».
—Gracias —escupió Noiholt entre dientes, tomando uno de los cobertores y arrastrándolo hacia el colchón.
—¿Por qué el malhumor? —murmuró, asombrado.
—Uhm —gruñó, acostándose de golpe.
Leon la miró con ojos muy abiertos. ¿Qué rayos había pasado?
Se acostó también, colocándose cuidadosamente a su lado. Se tapó bien y cerró los ojos. Comenzaba a quedarse dormido, cuando un murmullo suave alcanzó sus oídos.
—Odio mi estatura. Lo siento.
—De acuerdo —respondió adormilado, reparando en el tono arrepentido de Noiholt.
—Ahora duerma, señor Kennedy.
No alcanzó a protestar. El sueño lo envolvió por completo en un santiamén.
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Grüneger, Austria. Día 6 de enero del año 2000.
«—Ya es hora de que aprendas cómo se usa un arma de fuego —dijo el señor Friedrich Maüser, una tarde de sábado.
Noiholt, que en ese momento contaba con escasas doce primaveras, frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—No me interesa —masculló.
—Es importante que sepas defenderte.
—Para eso estoy aprendiendo… —dio un giro rápido y lanzó una patada al aire bastante torpe— ¡Muay Thai! —Perdió el equilibrio y terminó trastabillando.
Friedrich se carcajeó con muchas ganas, como pocas veces lo hacía.
—¿Llevas cuatro clases, y ya te crees una experta? —se burló, sin mala intención.
—¡Uhm! —Volvió a cruzarse de brazos, cuando consiguió recuperar la postura—. No tengo intenciones de ir por ahí matando gente. Ese es trabajo de los militares. —Dedicó a su padre una mirada recelosa.
El señor Maüser hizo una mueca de puro espanto.
—¡Noiholt! —exclamó, negando con la cabeza—. Nosotros protegemos a la gente, a la nación, esa es la labor que cumplimos. Cuidamos de nuestros seres queridos, porque son lo más importante que tenemos. De eso se trata, pequeña.
—¿No pueden cuidarnos sin matar personas? En la escuela dicen que eso está muy mal —insistió, tozuda.
—Ellos tienen razón. Todo se trata de una cosa de límites y situaciones específicas. —Tomó asiento en el sofá e invitó a su hija a acompañarlo. Ella lo hizo—. Dime algo, si una persona se planta con un revólver frente a tu madre y quiere hacerle daño, ¿hasta dónde llegarías para protegerla?
Noiholt apretó los labios, pensando. En el colegio no la habían puesto a imaginar una situación de ese calibre, pero que alguien amenazara la vida de su mamá… No podía negarlo, papá tenía razón. ¿Qué no haría para salvarla?
—Sí, hija. Matar está mal—continuó él—, sobre todo por venganza. Pero hay situaciones donde los parámetros se estiran. Son límites que conocerás a medida que vayas creciendo. Por ahora, debes saber que no siempre el mejor camino está en el diálogo.
—¿No puedo simplemente patear al atacante hasta que esté inconsciente? —murmuró, aún pensativa.
—Puedes, pero ¿qué pasaría si tu rival tiene un arma? Por muy rápida que llegues a ser, no podrías escapar a una lluvia de balas.
—En las películas sí —declaró con una sonrisa.
—En las películas, los alemanes somos los malos —sonrió también.
Noiholt rio definitivamente, balanceando las piernas en ademán juguetón.
—Vale. Enséñame a usar armas de fuego —accedió de buen humor.
—Muy bien —puso una mano en la cabeza de su hija—, pero antes, quiero que recuerdes algo. En la vida diaria siempre antepón el diálogo a cualquier circunstancia. Sin embargo, habrá gente cobarde que no querrá conversar. Sé crítica. Aprenderás que distintas situaciones requieren distintas reacciones.
—De acuerdo, papi.
Friedrich revolvió bruscamente los cabellos de Noiholt, que chilló y trató inútilmente de defenderse. Atacó a su padre con sus tiernas manitas de infante, y este le respondió con risas y más sacudidas a la cabeza, hasta que ambos quedaron agotados de tanto jugar».
Noiholt abrió los ojos de golpe. Tenía la respiración agitada y sentía el sudor correrle por la frente. ¿Por qué tenía que soñar con su padre justo ahora?
Giró la cabeza hacia atrás, dándose cuenta de que Leon no estaba. Debía encontrarse en el baño, por lo que saltó del colchón y corrió a calentar comida. Quién sabe cuándo podrían volver a alimentarse decentemente.
Llevaba un rato en eso, cuando vio que el agente salía del otro cuarto y se reunía con ella.
—Mejor comemos bien antes de salir, ¿verdad? —Empezó a servir en los cuencos sin esperar respuesta.
Leon asintió, dado que ella se había contestado sola.
Y el transmisor por fin se dignó a sonar. ¡Hunnigan!
—¡Leon! ¿Estás ahí?
Noiholt dio un respingo desde su posición, al escuchar la urgencia con que la mujer al otro lado de la línea le llamaba.
—¡Por fin podemos hablar! Hemos tenido una tormenta infernal desde hace días —respondió alegremente—. Pensé que esta porquería ya no funcionaba. —Agitó el transmisor, con los ojos fijos en él.
—Las comunicaciones no se han restablecido del todo… No puedo captar tu señal. ¿Dónde estás?
—En la penúltima zona que debía visitar. He encontrado a…
—¿Encontraste a la superviviente? —interrumpió.
Leon frunció el ceño, dando un rápido vistazo a Noiholt. Ella también se veía sorprendida.
—¿Cómo sabes que hay una superviviente?
—Conseguimos conectarnos a las cámaras de seguridad en forma remota. Sabemos que ella hizo un intento por salir en la puerta número cuatro, pero no la dejaron pasar pues no sabían si estaba infectada. No puedo distinguirla a la perfección, pero se ve delgada y tiene el pelo más abajo de los hombros… Lleva pantalones y una camiseta. ¿La tienes, o es alguien más a quien has rescatado?
—Es ella, Hunnigan. —La miró de nuevo, dándole más atención.
—Bien —su voz sonaba muy aliviada—. De lo que hemos podido monitorear desde aquí, hay una pareja de mediana edad en la última zona de tu itinerario. Ve a la avenida Reintalstraße y busca una pizzería, en la esquina con Danzermül. El hombre parece llevar una chaqueta como de cuero; la mujer un vestido y botas. ¿Podrás encargarte de ellos llevando a la chica?
—Sí. En cualquier caso, puede esperarme cerca. La protegeré sin problemas.
Noiholt articuló un exagerado «no» con los labios. El agente levantó un dedo para detener cualquier comentario, en vista de lo cual ella suspiró y continuó sirviendo la comida.
—Esas son buenas noticias, Leon. No hay más supervivientes, así que luego de eso los esperan en la puerta número siete. Contacta conmigo apenas hayas terminado tu misión. Las muestras que enviaste están siendo analizadas en el laboratorio central. Por cierto, ¿qué pasó con tu automóvil? La señal de su GPS está detenida desde ayer.
—Lo volqué —admitió a regañadientes.
—¿Otro más? —Hunnigan exhaló un pesado suspiro—. A ver cómo consigo que el seguro nos pague esta vez.
—No debería ser tan difícil, es un vehículo del gobierno —respondió con sorna.
—Buena suerte. Y no desaparezcas de nuevo —le advirtió.
Apenas Leon hubo cortado la comunicación, recibió en las manos un cuenco lleno de comida y una mirada celeste que parecía revelar cierta ansiedad. Aunque era difícil determinarlo, pues el hielo dominaba su semblante europeo.
—No te preocupes, Noiholt —pidió, su ceño fruncido como siempre—. Todo estará bien. Rescataremos a la pareja y nos largaremos de aquí.
—Pero seré de utilidad —afirmó según se sentaba en el suelo—. Podré ayudarte, señor Kennedy. No cargarás conmigo como si fuera un estorbo.
—Jamás pensaría en ti de esa forma. —Tomó lugar al lado de ella—. Debes parar esto. No necesitas demostrarme nada. Eres una superviviente y cumpliré mi deber contigo. Es lo que hago, ¿por qué no lo entiendes?
Noiholt cerró los ojos y, sin decir palabra, comenzó a dar cucharadas a su comida. Apenas parecía prestar atención a sus movimientos, lo cual le indicó a Leon que la conversación no iba a continuar. Meneó rápidamente la cabeza y se dedicó a terminar el desayuno, porque mientras antes partieran, antes podrían rescatar a esas personas.
Al cabo de veinte minutos, ambos se encontraban fuera de la fábrica no sin algún contratiempo, como la urgencia de liquidar con rapidez un par de zombis escondidos en los rincones de las instalaciones; Leon se deshizo de ellos sin llegar a despeinarse.
Noiholt, por su lado, llevaba una mochila en la espalda con algunos elementos que ella consideraba indispensables: la cocinilla, un par de pocillos metálicos, sus respectivas cucharas, varias latas de comida, y algunos artículos de aseo. Leon no se opuso, pues estaba de acuerdo en que podrían usarlos. Él, a su vez, cargaba con una manta térmica muy liviana, pensando en el caso de que no pudieran escapar aquella misma tarde. Y no pudo llevar la mochila de Noiholt, pues esta se negó rotundamente. De nuevo, su comportamiento le llamaba poderosamente la atención. ¿Qué pasaba por su mente?
—¿Adónde vamos? —preguntó la chica. Pero Leon continuaba ajeno a su voz, sumido en sus propias reflexiones—. Señor Kennedy… —Noiholt le tomó un brazo, haciendo que él despertara—, ¿adónde vamos?
—Ah…, eso. —Sacó apresuradamente de su bolsillo un papel arrugado, y se notaba que apenas había sobrevivido a la lluvia de los días anteriores—. Se llama… Laakirchen, si mi perfecto alemán no me falla.
—Laakirchen —repitió ella mientras Leon le dedicaba una mueca—. No está cerca de aquí. ¿Tienes idea de cómo llegar? Escuché que volcaste tu vehículo.
—Gracias por recordármelo —murmuró—. Aún no he pensado en ello. ¿Está muy lejos como para ir a pie?
—Podríamos, pero nos demoraríamos horas.
—Entiendo. —Comenzó a mirar a su alrededor, buscando algún automóvil en buen estado que les pudiera servir.
—Si puedes arreglar el mío, lo usaremos.
Leon se giró rápidamente hacia ella.
—¿Tienes un auto? —Casi gritó.
—Claro. No deberías sorprenderte —respondió algo ofendida—. Por desgracia lleva varios días a la intemperie y no sé en qué condiciones se encuentra. No soy nada buena con la mecánica automotriz, por eso no logré encontrar la falla, pero seguro que tú sí puedes.
—Obviamente. —Leon amaba la mecánica desde que tenía uso de razón, y al ingresar como policía lo obligaron a aprender mucho más de lo que había estudiado por su cuenta—. ¿Dónde está?
—Al frente de la fábrica —indicó, señalando en su dirección.
—Bien, aquí vamos. —Trotó hacia el vehículo; un precioso Mercedes-Benz 190 de color negro. Por supuesto, tenía que ser alemán.
Leon sacó su arma de servicio y apuntó cuidadosamente hacia el interior. Noiholt de inmediato lo imitó, poniéndose a su espalda. Abrieron todas las puertas con rapidez, pero ningún zombi se encontraba en el interior. Entonces arrojaron las mochilas a los asientos traseros mientras el agente pensaba que el vehículo debía tener unos diez años de antigüedad, aunque se veía bien cuidado.
—¿Qué le ocurrió?
—No lo sé. Había pensado que la batería estaba muerta, o la carne de un zombi que arrollé se metió por alguna parte…
—Diría que tenemos buenas posibilidades de hacerlo partir. —Claro, mirando el parachoques se encontraba la evidente marca de un golpe—. ¿Tienes la llave?
—La… la perdí. —Bajó la mirada y de pronto, pareció encogerse—. Lo siento.
—No te preocupes. —Puso una mano en su hombro con el objetivo de impedir que se desanimara—. Hagamos lo siguiente: tú vigila el perímetro y yo revisaré el motor antes de intentarlo hacer partir. ¿Qué dices?
—Por supuesto, señor. —Volvió a enderezarse mientras respondía—. Solo debes preocuparte del auto. Yo me encargaré de cualquier inconveniente.
Leon vio algo en la mirada de Noiholt que le hizo confiar. Tal vez fue el brillo o la determinación que desprendían, pero aquellos ojos celestes refulgían fiereza y seguridad. La suficiente como para que decidiera confiarle su espalda, al menos por un rato. Parecía esa la única emoción clara y concisa que ella lograba transmitir. Volvió a mirar hacia el auto y levantó el capó, buscando el desperfecto que le impediría encenderse. Se veía normal, y la sangre que manchaba los alrededores no era tanta como para pensar que ahí estaba el problema… hasta que Leon pilló un cable flojo. ¡Seguro que era eso!
—¡Te tengo! —exclamó, tomando su navaja suiza del bolsillo y maniobrando con ella. Estaba seguro de conseguir que el carro se moviera. Y al recordar que no estaba solo, le metió un poco de conversación a la chica para aligerar el ambiente—. ¿Cómo es que no has perdido la cabeza con los zombis, Noiholt? Me parece que te has tomado todo con demasiada… naturalidad.
—Es que prefiero no darle vueltas al asunto. —Oteaba los alrededores con rapidez, desconfiando incluso de la tranquilidad que parecía acompañarlos.
—¿Tienes alguna conexión con Umbrella? —Esa idea le rondaba el pensamiento a Leon desde la noche anterior.
—Hablas de la compañía farmacéutica que se fue a la bancarrota, ¿verdad? —Él asintió—. Para nada, ni siquiera usaba ese medicamento que ellos producían… ¿Cómo se llamaba? Ah, sí: Adravil.
Por alguna razón que Leon desconocía, las respuestas de Noiholt le sonaban muy forzadas cuando se extendían más allá de algunas palabras. Como si ella se obligara a hablar más de la cuenta… ¿Sería cosa de su imaginación?
—Todos decían que era estupendo para los dolores musculares —Noiholt seguía cotorreando—, pero me quedo con mi viejo ibuprofeno de siempre. ¿Por qué lo preguntas?
—Umbrella tiene la culpa de todo lo que está ocurriendo. Esta no es la primera vez que me enfrento a algo así. Recuerdas que te hablé de que fui policía en Raccoon City, ¿verdad? Hace poco más de un año explotó por completo. ¿Escuchaste algo de eso?
La pequeña pensó un segundo, antes de contestar.
—Espera —clamó girándose hacia él, muy agitada—. Entonces, ¿son verdad los rumores de que Raccoon City fue borrada del mapa? No quise preguntártelo cuando me hablaste de tu trabajo como policía… Salió en las noticias de todo el mundo, aunque no ofrecieron ninguna explicación. Yo estaba estudiando en Múnich el ’98. Cielos… —su voz adoptó un deje compasivo—, ahora comprendo por qué me dijiste que conocías a la perfección las etapas del virus. Estuviste allí…
—Así es —respondió Leon mientras golpeaba los carbones con el cuerpo de su navaja, pensando que podrían estar sulfatados—. Fue un asco. Mi primer día como poli y… bueno, ya ves. Lo único positivo de allí fue conocer a Claire; ella se convirtió en mi mejor amiga. Aunque tampoco puedo olvidarme de Sherry —rectificó, con una ligera sonrisa dulce en los labios que hizo enrojecer a Noiholt—. Juntos, los tres, escapamos de ese lugar por los pelos. Sherry es una niña maravillosa de la cual fui tutor un tiempo. —Alzó la vista, viendo a su acompañante con la boca entreabierta y la respiración agitada—. Con Claire siempre estamos en contacto. Ellas valieron la pena todo el sufrimiento. Y… —se detuvo porque su mente había viajado a un lugar oscuro que siempre conseguía evitar—, otra…, eh…, olvídalo. No tiene caso.
Noiholt le dedicó una mirada que, tras la frialdad, escondía gran confusión.
—Con esto de seguro que enciende el motor —anunció el agente en tono triunfal, cerrando el capó y trasladándose al asiento del conductor. Se agachó y, cerca del área de los pedales, comenzó a rebuscar los cables que necesitaba.
De pronto, el espeluznante canturreo de unos cuantos zombis destruyó el silencio que los acompañaba. Leon y Noiholt se pusieron en guardia al mismo tiempo, saliendo el primero del vehículo y adelantándose un par de pasos, con su arma empuñada.
Ella le agarró un brazo.
—Tú solo preocúpate del auto, que yo los liquidaré. A la cabeza, ¿verdad?
—Siempre a la cabeza —murmuró, dejándose convencer por la fiera determinación que leyó en su mirada. No había rastro de duda; ni antes, ni ahora. Podía dejarle esa responsabilidad por unos instantes, aunque seguiría atento para darle protección apenas se viera sobrepasada. Ese era su trabajo, y Noiholt tendría que hacerse a la idea eventualmente.
Leon volvió a su tarea, que era quitar el recubrimiento de caucho que protegía los contactos de metal del vehículo. Una vez descubiertos, los uniría para echar a andar el Mercedes-Benz 190 y correr a rescatar los supervivientes. Claro que eso nunca era tan fácil como en las películas.
Juntaba los alambres y no conseguía que el motor partiera. O algo había hecho mal o realmente el auto no tenía arreglo. ¡Maldición! Tenía que pensar en algún plan b.
Se distrajo un segundo al escuchar los irregulares disparos que emitía el arma de Noiholt. La oyó mascullar alguna cosa en alemán, pero no pudo entender nada.
—¿Estás bien? —inquirió, alzando la mirada y consiguiendo atisbar el momento exacto en que un zombi caía muerto al suelo, bajo una breve lluvia compuesta por sus propios sesos.
—Sí, todo bajo control —respondió, secándose en el pantalón el sudor de sus manos. Levantó nuevamente la pistola y disparó con aceptable precisión—. ¿Qué tal vas tú?
—Está difícil. Tal vez debamos pensar en un plan alternativo —volvió a juntar los cables, escuchando que en esta oportunidad el motor parecía cobrar alguna vida—… o tal vez no. Si consigo que…
No pudo terminar la frase pues el agudo chillido de un zombi diferente al resto interrumpió el ulular continuo que resonaba en el perímetro. Noiholt retrocedió unos pasos instintivamente; aquel infectado era más rápido que los demás, y de apariencia notoriamente más asquerosa. Contuvo una náusea desde el fondo de su estómago cuando el hedor le golpeó las narices. No solo se veía peor, también olía peor. Diez veces peor.
—Himmel! —exclamó en su idioma natal al ver con el rabillo del ojo que no solo se acercaba uno de aquellos zombis rápidos. Desde ambos costados, emergía un número peligroso para atacarlos. Apretó el arma y se quitó el sudor nuevamente—. ¿Cómo vas? —preguntó, en un tono más agudo que el de costumbre.
—¡Ya casi! —En verdad, estaba a punto de lograrlo—. ¿Tienes problemas?
Noiholt no le contestó. En cambio, Leon reparó en sus manos trémulas y su respiración agitada, factores que mermaban bastante su buena puntería. Frunció el ceño pensando en qué pasaría por su mente para ponerse de esa forma. Luego, recordó que así había dado un final piadoso a su madre…
Sacudió la cabeza con brusquedad. No era momento de pensar en algo así.
Y el motor partió.
—¡Noiholt! —gritó —. ¡Vámonos ya!
Ella no perdió el tiempo. Retrocedió y se giró hacia Leon, lanzándose a la carrera sin pensar en nada. En unas cuantas zancadas conseguiría llegar al vehículo, y mientras corría calculaba los segundos que le tomaría abrir la puerta y meterse dentro. Leon en tanto, se apoyó en la puerta del conductor y comenzó a disparar hacia los zombis más cercanos. De no haber contratiempos, todo saldría sin novedades.
Excepto porque siempre hay algún pero.
Cuando la chica estaba a punto de alcanzar su objetivo, una masa putrefacta apareció desde un costado y se arrojó sobre ella, haciéndola rodar por el suelo. En un acto reflejo, Noiholt sujetó el pescuezo de aquel bicho y alejó los dientes de su piel. Abrió bien los ojos, para encontrarse con un espectáculo que no esperaba.
Sobre ella se cernía una asquerosa versión de lo que en algún momento fue un perro. Lo que ahora trataba de morderla era, en realidad, un montón de carne a cuatro patas mal sujeta al esqueleto, con el hocico lleno de sangre seca y saliva, ojos inyectados de hambre y dientes afilados.
Noiholt, concentrada en evitar la mordida de aquel repugnante ser, escuchaba al agente americano gritar su nombre como si estuviera a kilómetros de distancia. Tenía que pensar rápido, pero el forcejeo con aquella aberración era tan violento, que no podía empuñar su arma y volarle los sesos. Tampoco estaba resultando levantar las piernas y apartarlo. Se encontraba en una posición por completo desfavorable, y con un enemigo más que peligroso.
Volvió a rodar junto con el repulsivo engendro. «No, esto no está resultando», pensó mientras trataba de adoptar una posición de defensa que la ayudara a quitárselo de encima.
Y de pronto, lo vio volar por encima de su cabeza. Y también, a Leon Kennedy. Parecía una película a cámara lenta. Animal y agente rodaron por la tierra levantando una estela de polvo a su paso. Este último introdujo su arma en el hocico del perro y apretó el gatillo, perforándolo con un certero balazo. Noiholt no lo podía creer. Leon se había lanzado a protegerla como si fuera un kamikaze, ¿acaso no se daba cuenta del peligro al que se expuso?
—¡¿Qué rayos crees que haces?! —chilló la chica, levantándose del suelo con el cuerpo lleno de tierra.
—Salvarte el jodido trasero —explicó él con voz tranquila. ¿Qué diablos le pasaba a ella, en realidad?
—¿Tú qué? —volvió a chillar como si no pudiera comprender aquellas palabras—. ¿Por qué lo hiciste?
—¿Por qué lo…? —repitió, esta vez sorprendido por completo. Puso los brazos en jarra y ladeó la cabeza—. ¿Estás loca? Mi deber es protegerte.
—No tienes que hacerlo, ¿cuándo lo vas a entender? —Caminó hacia él y lo jaló de un brazo—. No soy una maldita damisela en peligro.
—¿Por qué te pones así? —inquirió, mirándola como si fuera un extraterrestre.
Noiholt apretó la mandíbula y soltó su ropa. Giró sobre sus talones y recogió su arma, disparando a los zombis más rápidos en la cabeza y haciéndolos caer de inmediato. Solo quedaban algunos a la distancia, y eso era una mala señal. La tranquilidad nunca significaba nada bueno. Caminó hacia el vehículo, con intenciones de subirse en el asiento del pasajero. Leon fue tras ella, pensando que trataba de evitarlo desquitándose con los zombis.
—¿Cuál es tu problema, Noiholt? —dijo en tono resentido y siguiéndola a una distancia prudente —. Soy un agente del gobierno, quiero protegerte, ¿cuántas veces tengo que decírtelo?
—¿Por qué?
—¿Puedes por favor dejar de preguntarme eso?
—¡Leon! —musitó usando su nombre de pila por primera vez.
Él se detuvo al escucharlo, notando que aquel acento alemán hacía que sonara de una manera especial como jamás habría imaginado. Vio que la chica se agarraba la cabeza a dos manos, completamente desesperada.
—Entiendo que sea éticamente correcto que quieras protegerme, pero ¿no te das cuenta de lo absurdo que es? ¡Ni siquiera me conoces! —Se dio la vuelta para mirarlo—. ¿Quieres ser un héroe, sacrificarte por alguien que podría no valer la pena? Pues tengo noticias para ti: los héroes mueren. —Apretó los puños—. No sabes quién soy. Así que deja de hacer el ridículo.
Leon quedó boquiabierto al final del discurso. Estaba en blanco, buscando alguna cosa que responderle y no herirla en el proceso. Porque sentía el orgullo pisoteado y escupido, ¿así le agradecía haberle quitado el peligro de encima?
—Si no vas a conducir, lo haré yo —dijo ella con brusquedad.
—Tú indícame el camino.
«Jodida austriaca mandona», se quejó en su interior. Le iba a sacar de quicio a la menor provocación como siguiera portándose de esa forma neurótica.
Se metió al automóvil y enganchó primera, impaciente por salir de allí. Cuando Noiholt cerró la puerta, aceleró bruscamente y ambos quedaron pegados a los asientos. Vaya, tenía buena velocidad el vehículo, a pesar de ser un poco antiguo. Cuando Leon hubo llegado a quinta marcha —en un tiempo récord—, se relajó. La chica a su lado le daba indicaciones esporádicas de la ruta a seguir, pero se fijó en que parecía temblar. ¿De qué? ¿Miedo?, ¿ira? Evidentemente, Noiholt no estaba bien de la cabeza. ¿Y quién podría, luego de vivir tales circunstancias?
No se dio cuenta de que su brazo había actuado con vida propia, hasta que lo sintió desplazarse desde la palanca de cambios hacia el regazo de ella. Le tomó una mano y la apretó, preguntándose si era eso lo que le faltaba. ¿Acaso necesitaba algún contacto humano que la hiciera resistir la tristeza que guardaba? Noiholt giró la cabeza y le miró en ese instante. Por primera vez desde que se conocieron, hace ya muchas horas, sus ojos color cielo transmitieron una emoción concreta: dolor. Un dolor intraducible.
—No hagas eso —susurró en voz pequeña y quebrada. Como si fuera a llorar en cualquier instante.
—¿Por qué? —Necesitaba saber a qué se refería exactamente.
Pero ella no respondió. Con delicadeza, apartó su mano y se envolvió con sus propios brazos, casi como si intentara desesperadamente poner una empalizada entre ellos. ¿Estaba concentrada en no romperse, era eso?
Su postura le recordó un muro. Una barrera de metal impenetrable. Una armadura.
Movió la cabeza en forma negativa y siguió conduciendo. Esquivaba zombis y perros con cierta tranquilidad, pues embestirlos no resultaba buena idea. Era mejor conservar el auto en las condiciones más adecuadas posibles, si querían irse con la pareja hacia la puerta número siete.
Tomó por fin la avenida Reintalstraße y alcanzó la velocidad de cien kilómetros por hora. Necesitaba llegar rápido a destino.
Al cabo de cinco minutos aproximadamente, Noiholt le indicó que aparcara el auto. Leon lo hizo de tal manera que lo dejaba un poco escondido, pero además fácil de acceder para arrancar si tenían problemas.
Salieron del vehículo y corrieron hacia la esquina de enfrente.
—Esa debe ser la pizzería que mencionó la mujer del comunicador —indicó Noiholt.
—Quédate junto a mí y no actúes por tu cuenta. Si necesito que me cubras, te lo haré saber.
—Sí, señor —aceptó a regañadientes.
La puerta principal de vidrio estaba trancada desde adentro, lo cual les indicó que la pareja debía haber tomado esa medida para evitar ataques. Leon saltó una valla y se dirigió a la entrada de atrás. Noiholt lo siguió de cerca, esquivando la valla con mucha habilidad. Pegaron las espaldas a la pared y escucharon atentamente, buscando algún indicio de peligro en el ambiente. Al estar todo en silencio, Leon consideró que era momento de entrar. Retrocedió un poco y luego derribó la puerta de madera con una sólida patada. Al momento de ingresar, el espantoso hedor a putrefacción les golpeó de lleno el sentido del olfato. Noiholt se tapó la boca para no vomitar y Leon sentía que le ardían los ojos debido a la fuerza de la podredumbre.
Corrieron por la enorme cocina, atentos a cualquier signo de infección. Pero al parecer no se encontraban zombis allí, por lo cual el agente se arriesgó a hablar en voz alta.
—Noiholt, pregunta si hay alguien aquí.
—Ist jemand hier? —gritó.
Ambos se concentraron en el silencio. Nada.
—Hallo? —insistió la chica, aunque nadie respondió a su llamada—. O están muy asustados, o se fueron.
—Puede ser. Voy a abrir esa puerta. Ponte detrás de mí.
Ella le hizo caso, empuñando su arma para cubrirlo lo mejor posible. Leon tomó la manilla, inspiró profundo y empujó la puerta con un movimiento rápido y eficaz. Al instante, descubrieron a un zombi haciendo acto de canibalismo con un compañero en el fondo de la habitación. El agente de inmediato les dio fin a ambos infectados, acertando fácilmente en las cabezas de cada uno.
—No... —gimió Noiholt, al darse cuenta que las ropas de esos zombis coincidían con la descripción entregada por Hunnigan.
—Llegamos tarde. ¡Maldición! —Apretó el puño y asestó un fuerte golpe a la pared, tan frustrado por haber fallado en su misión que se olvidó de todo lo que venía pensando.
La pequeña rubia se adelantó unos pasos y sujetó esa mano furiosa contra su pecho, sorprendiéndolo enormemente.
—No puedes rescatarlos a todos, Leon. —La voz se le quebró al pronunciar su nombre, y el aludido volvió a sentir algo extraño en el fondo de su pecho—. Estás haciéndolo lo mejor que puedes. No te sientas culpable.
Luego, lo soltó y caminó unos metros a la deriva, frotándose la cara y la nuca. Leon se quedó mirándola unos segundos, estupefacto y completamente confundido. ¿Era ella la misma chica que lo llamó ridículo hace un rato atrás?, ¿la misma que se burló de su instinto protector?, ¿la misma que hace poco le pidió que no la tocara?
Frustrado, pensó que podría sufrir de síndrome bipolar, aunque lo desechó rápidamente con un dejo de culpabilidad.
—¿Qué hacemos? —Ella interrumpió sus divagaciones con cuestiones terrenales.
—Ya que hemos fracasado aquí, y esta es mi última zona por revisar, pues deberíamos largarnos. Vamos al auto y revisemos qué tan lejos nos queda la puerta número siete.
—De acuerdo.
Deshicieron el camino recorrido y volvieron a la puerta trasera. Pero antes de cruzar el umbral, se detuvieron al mismo tiempo.
Había una tormenta infernal afuera.
—¿Cuándo demonios se largó a llover así? —gruñó Leon entre dientes, pensando con rapidez si podrían hacer un viaje largo con esas condiciones climáticas.
—Es la época del año —explicó, haciendo que el agente de nuevo reparara en lo dulce que sonaban sus palabras con aquel acento alemán.
—Necesitamos encontrar un refugio. Volvamos al auto.
—Yo sé que hay una armería no muy lejos de aquí. Si vamos a escondernos, creo que es el lugar ideal ¿verdad?
Leon alzó su dedo pulgar, indicándole que le gustaba la idea. En vista de lo cual se marcharon a la carrera y, luego de revisar bien el vehículo, partieron en dirección al lugar propuesto por Noiholt.