Un amor sin instrucciones

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Summary

Bicky le teme a lo desconocido. A los besos que duran más de la cuenta. A las decisiones que cambian todo. Cuando una presencia inesperada irrumpe en su vida, lo que comienza como una simple convivencia se transforma en una cadena de primeras veces: el primer beso real, el primer error, la primera vez que siente que alguien la ve de verdad. ¿Y si sus primeras veces no son como ella las imagina?

Genre
Romance
Author
daphne
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capitulo 1

Siempre me han dado miedo las relaciones. Todo lo que implican: tener que aguantar una mirada, agarrarse de la mano, abrazarse y más. Pero mi mayor miedo (y creo que el de muchas) es tener que dar un beso. Y, obviamente, me falta el terror más grande en la vida de una mujer: el día en que pierda mi virginidad. Pero una cosa a la vez.

Volviendo al tema del beso, puede que ante los demás se note que nunca he dado uno y que la idea me aterra. Yo siempre he creído en la teoría del hilo rojo y puede que suene muy cursi, pero si te pones a pensar, cada loco tiene su loca... y yo todavía espero que llegue mi loco.

—¡BICKY! —mi hermano mellizo me grita desde la puerta, interrumpiendo mis pensamientos.

<<¿Cree que no lo escucho o qué?>>

Me quito los audífonos de un tirón.

—¿Qué? Sebastián, ¿no crees que gritarme ya es mucho cuando estás literalmente parado en mi puerta? —le respondo fastidiada.

—Te llevo llamando un montón, mándate a revisar esas orejas.

Le hago una mueca.

—¿Qué quieres?

—Mamá nos llama, ya está el almuerzo.

—Bueno, ya bajo.

Por un momento veo lo lindo que es mi hermano. Es muy molesto, pero eso no le quita lo atractivo. Es de altura promedio, tiene ojos color miel, piel clara y un cabello ondulado divino, y la forma en la que se viste va a juego con su personalidad. Lástima su forma de molestar, pero yo creo que varias botan la baba por él.

Apago la música de mi celular y bajo al comedor. Empiezo a oler el sazón de mi mamá; ella es chef y su comida es maravillosa. Mi papá está sentado en el comedor con una llamada en el teléfono, y mi hermano está cargando a Sophia, nuestra hermana menor. Ella es hermosa: tiene los ojos verdes como mi papá y yo; solo Sebastián sacó los ojos de mi mamá. Hasta ahora me doy cuenta de que somos una familia muy unida.

<<Nunca lo noté. Ay, por Dios, Bicky>>

—Bicky, coge a tu hermana. Sebastián, ayúdame a pasar los platos —dice mi mamá con su voz dulce y empalagosa, que hace que todas sus órdenes suenen casi como cumplidos.

—Sipi —le respondo, y le hago una mueca a Sebastián.

Acomodo a Sophi en su silla y empiezo a darle su comida. Mi mamá deja mi plato enfrente mío mientras mi papá cuelga el teléfono.

—¿Con quién hablabas, pa? —pregunto curiosa.

—Con González —responde. González es su secretario personal—. Me dijo que había un problema con uno de los hoteles en Puerto Rico, pero ya lo solucioné.

Mi papá es dueño de Luminos Hotel & Resort. Disfruta mucho su trabajo y le gusta estar en todo.

—Qué bueno —respondo optimista.

Mi mamá le pasa el plato de comida a mi papá y le da un besito.

—Gracias, J —dice mi papá.

—De nada, H —responde ella con una sonrisa.

¿Que por qué se dicen así? Mi mamá se llama Helena Johnson y mi papá James Harris. ¿Lo notaron? Tienen la inicial del apellido del otro, y eso les pareció muy curioso cuando se conocieron, así que lo tomaron como apodo.

—Amor, ¿hoy vas al restaurante? —le pregunta mi papá a mi mamá.

—No, hoy Lu se va a hacer cargo.

Mi mamá es dueña de uno de los restaurantes más exquisitos del mundo, Hanson House (sí, otra vez los apellidos), y trabaja en uno de ellos. También ama lo que hace; según ella, cocinar es su vocación, y nosotros no tenemos ninguna duda. Incluso, en muchos hoteles de mi papá el restaurante que se maneja es el de ella. Gracias a eso y a que se esfuerzan mucho, no estamos nada mal económicamente.

Cuando todos estamos sentados en la mesa, miro a Sebastián con una mirada cómplice. Hoy queremos salir a una fiesta y nos toca hacer lo más difícil: pedir permiso. Ellos no son tan exigentes, pero cuando se trata de fiestas o de quedarnos en casas ajenas, se vuelven como policías, así que Sebastián y yo siempre nos preparamos bien.

—Señor H y señora J —bromea Sebastián—, ¿será que hoy Bicky y yo podemos ir a una fiesta? —añade, terminando de pasar la comida que tenía en la boca.

Mis papás se miran, como si hablaran con los ojos.

—¿Dónde es? —pregunta mi mamá.

—En la casa de Sara —respondo yo, cruzando los dedos.

—¿Van a ir los dos? —pregunta mi papá con un tono serio.

—Sí, señor H —responde Sebastián, tratando de aliviar el ambiente.

—Wow, qué novedad, que van a hacer algo los dos —añade mi mamá con sarcasmo.

Mi hermano y yo somos muy unidos; es algo que siempre nos elogian. Ellos se quedan en silencio un momento.

—Por favor, es para empezar bien el año —les ruego.

—¿Y van a beber? —pregunta mi mamá.

—Sí —respondemos al mismo tiempo. Nos miran extrañados.

—Es mejor ser sinceros, ¿no? —agrega Sebastián. Yo solo asiento con una sonrisa.

—Está bien —dice mi papá.

Sebastián y yo sonreímos.

—Pero... yo los llevo, y cuando quieran devolverse piden un taxi —añade mi mamá.

¿Piden un taxi? Eso sí es una novedad. Casi nunca nos dan hora de llegada.

—¿En serio? ¡Gracias, Doña J! —me levanto de un brinco y abrazo a mi mamá.

Sebastián hace lo mismo con mi papá. Nunca nos habían dejado salir sin que nos recogieran, y la idea nos encanta.

Terminamos de comer y lavo los platos. Son como las 3:30 de la tarde, y la fiesta es a las 7:30, así que aún tengo tiempo.

—¡Bicky! —grita Sophi desde la entrada al patio—. Ven a la piscina.

—¡Voy! —le respondo. A ella le encanta la piscina; nunca se cansa, y yo amo acompañarla.

Subo a mi habitación para ponerme un bikini. Mientras subo las escaleras, entra una llamada: es Sara, mi mejor amiga.

—¿Aló? —digo.

—Bicky, ¿sí les dieron permiso? —pregunta intrigada.

—¡Sí! Y no nos dieron hora de llegada, ¿puedes creerlo?

—Te dije, sabía que los iban a dejar —responde arrogante.

—Ajá, como digas. Más tarde te llamo, linda. Voy a la piscina un rato —le contesto.

—Está bien. Que no se te haga tarde, y asegúrate de que mi novio —que no sabe que es mi novio— venga.

—Ya debes dejar esos gustos curiosos atrás, amiga. Nueva página, ¿sí? —le digo mientras entro a mi habitación.

—Ajá, como digas. Te tengo que dejar. Bye, te quiero.

Cuelga, dejándome con la palabra en la boca.

Sara siempre ha tenido una obsesión con mi hermano, desde el jardín, cuando nos conocimos. Pero bueno, no la culpo: todas están muertas por él.

Voy a mi clóset y saco un bikini de líneas azules. Sin pensarlo mucho, me lo pongo y me recojo el cabello en un rollito. Me queda muy bien: tengo piernas finas, caderas anchas y mis pechos no son tan pequeños.

Agarro una toalla y mi teléfono, y bajo al patio. Sebastián cuida a Sophi en la piscina; mis papás están sentados a la sombra, compartiendo una copa de vino. Dejo mis cosas a un lado y me tiro a la piscina de clavado.

Sophi nada hasta mí con sus flotadores.

—¿Vamos a jugar a las sirenas? —me pregunta con esa voz dulce que me derrite.

—¿Y yo qué? —dice Sebas desde una esquina.

—Tú puedes ser el sireno que nos rescata —añade Sophi con una sonrisa gigante.

—Me conformo —responde Sebastián, sin salida.

Jugamos un rato y, cuando nos dimos cuenta, ya eran las 6:20.

Sebastián y yo salimos corriendo de la piscina, y mi mamá se encargó de sacar a Sophi.

Me bañé, me puse un vestido verde esmeralda precioso, me maquillé y terminé de peinarme. Mi hermano y yo salimos de la habitación al mismo tiempo.

—Te ves bien. Ese vestido combina con tus ojos —comenta mi hermano en tono halagador.

—Ay, quién lo viera, diciéndole cosas bonitas a su hermana —respondo, molestándolo.

—No hace daño decir mentiras —dice sarcástico mientras se dirige a las escaleras.

—Bobo —le hago una mueca mientras bajo los escalones.

—Pensé que no iban a bajar —dice mi mamá, con las llaves de la camioneta en la mano.

—Perdón, Sebastián no sabía qué vestido ponerse —me encojo de hombros y sonrío.

Siento la mirada asesina de mi hermano.

Mi mamá no aguanta la risa.

—Vamos, van a llegar tarde.

Cuando llegamos, nos despedimos de mamá con un beso en la mejilla y nos bajamos. La casa está repleta y la música a todo volumen. Sebas y yo caminamos hacia la entrada. Al abrir la puerta, está Sara repartiendo tragos a quien se le atraviese.

Se ve muy bonita —aunque ella, de por sí, ya lo es—. Tiene los ojos negros, el pelo largo y pelirrojo, pecas, y lleva un vestido rojo corto que combina perfecto con sus tacones.

—Hola, linda —le digo para llamar su atención.

—Hola, hermanitos —dice en broma, inclinándose para darnos un beso en la mejilla.

Cuando va a saludar a mi hermano, dirige los labios directo a los de él. Sebastián se echa un poco hacia atrás y estira los brazos.

—Uy, creo que ya se te subió el trago a la cabeza, linda —dice él.

—Nope, sigo sobria —responde ella, tambaleándose un poco hacia adelante.

—¡Hey, Sebas! —lo llaman sus amigos desde la sala.

—Toma, encárgate de la borrachita —me dice empujando suavemente a Sara hacia mí.

—¿Okey? —respondo mientras él se aleja.

—Ay no, estuve a punto de probar esos labios —dice mi amiga, enderezándose y mordiéndose el labio inferior.

—No lo ibas a lograr. Él no es pendejo... parece, pero no —respondo cruzándome de brazos.

—¿Y tú cómo sabes que no estoy borracha? —pregunta acomodándose el cabello.

—Te conozco. Sé cómo eres cuando estás borracha.

—Supuse que no me creerías la verdad —admite.

—Bueno, que empiece la fiesta —grito, tomando un trago de la bandeja.

Todos gritan y la música sube aún más. Sara deja la bandeja en una mesa y me lleva a la pista de baile. Me encanta bailar; me desahoga y me relaja muchísimo.

Desde lejos veo al grupo de mi hermano observándonos. Son seis chicos, incluyendo a Sebas. Me da curiosidad saber de qué hablan.

—¿A quién miras? —grita Sara en mi oído.

—Ay, no me grites —me quejo—. Estaba mirando al grupo de mi hermano.

—¿Y qué tienen?

—Nos están mirando mucho, ¿no crees? —añado.

Ella mira por encima de mi hombro y se ríe.

—Los hombres siempre andan en manada, ¿no?

Sonrío.

—Pero el de la izquierda te está mirando a ti —dice Sara, volviendo a mirar.

—¿Quién? —pregunto.

—No sé, creo que es nuevo. No tengo idea de quién es.

Giro la cabeza y lo miro. Es muy guapo: alto, de ojos azules grandes y una piel bronceada que le queda increíble.

—Uy, creo que a alguien le gustaste —dice Sara, agarrándome el mentón para que la mire.

—Mmm... pues no está nada mal —admito.

Sara me lanza una sonrisa pícara y seguimos bailando un rato más. De vez en cuando miro al chico detrás de mí. Con el paso de los minutos, se va quedando solo; a todos los demás se los llevan a bailar, incluido mi hermano.

De repente, Sara me coge del brazo y se dirige hacia el chico. No me doy cuenta por estar metida en mi mundo, hasta que siento un empujón en seco. Doy un paso en falso, choco con alguien y pierdo el equilibrio.

Todo pasa tan rápido que, cuando abro los ojos, es el chico lindo. De cerca se ve aún mejor y no lo puedo negar. Nuestras piernas están entrelazadas y nuestras respiraciones agitadas; estamos tan cerca que casi puedo oír su palpitar.

—Ay, Bicky, perdóname —dice mi amiga, sacándonos del trance.

Sara se acerca y me coge del brazo. Yo desvío la mirada y paso saliva. Me levanto con ayuda de ella.

—¿Estás bien? —me pregunta el chico, con una voz ronca muy sexy.

—Emm... sí, gracias —tartamudeo un poco.

—Así que... Bicky, ¿verdad? —añade.

—Sí, ¿y tú?

—Miguel. Un gusto.

—Qué forma tan diferente de conocernos, ¿no? —suelto una risita.

—Sí... ¿de casualidad te gustaría tomar algo? —añade, bajando la cabeza y rascándose la nuca.

—Claro, me encantaría.

Mientras nos alejamos, volteo para mirar a Sara. Ella me dedica una mirada cómplice.

—¿Y qué te gustaría tomar? —me pregunta mientras me siento.

—Mmm, no sé... sorpréndeme —le digo para aliviar el ambiente.

Él alza su mano para llamar al mesero y le dice algo al oído.

—Te lo tomaste muy en serio, ¿no? —sonrío.

—Es uno de mis talentos —responde en tono juguetón.

—Mmm, ¿y es que tienes muchos? —pregunto.

—Búscame después de las 11 p. m. —se acerca un poco y murmura—, y si quieres te los muestro todos.

Aprieto los labios. Obvio ya sé a qué se refiere, pero yo solo quiero un beso, no el paquete completo.

—Sus bebidas —interrumpe el camarero nuestro juego de miradas, y gracias al cielo, porque no creía aguantar más.

Miguel se separa y empuja la copa hacia mí. El trago es de un rojo intenso y tiene una pequeña fresa en el borde. Es muy parecido a un daiquiri.

—Dale, pruébalo —dice con entusiasmo.

Agarro la copa y le doy un sorbo sin pensarlo.

—Mierda —gruño cuando siento arder mi garganta, lo que me hace carraspear un poco.

<<Mierda>>.

—¿Muy fuerte para ti, princesa? —añade Miguel en tono burlón.

Me río por lo bajo y lo miro de arriba abajo.

—No, sabes que no. Lo que pasa es que los de mi clase somos un poco más refinados para escoger tragos, pero tranquilo, yo me acomodo a cualquier clase.

Agarro la copa y, en un momento de locura, me bajo todo el cóctel sin pensarlo. Miguel me mira tan sorprendido como alguna parte de mí lo está. Me levanto de la silla, acomodándome el vestido.

—¿Vamos a bailar o te vas a quedar ahí sentado toda la noche?

Le digo agarrándole la mano. Aparentemente se quedó sin palabras, así que lo jalo hacia mí, llevándolo a la pista de baile. Llegamos al centro, que está oscuro, y empiezo a mover mis caderas al ritmo de la música. Él solo se deja llevar.

Estamos muy cerca, y él cree que no me he dado cuenta de que quiere que me voltee, pero obviamente no voy a dejar que me manosee. Hace menos de diez minutos se burló de mí; toca hacerlo sufrir un poco más.

Cuando se acaba la canción, siento que me jala de la cintura con firmeza. Su respiración está agitada y empieza a abrirse paso entre los borrachos. Cuando me doy cuenta, estamos en un lugar pequeño y oscuro; por unas rejillas entra la poca luz de la casa.

—Sabes, me caes bien —murmura mientras me pega a la pared y se acerca a mí.

—¿En serio? Y eso que no me conoces ni un poco —respondo siguiéndole el juego. La verdad, me sorprende haber contestado; el licor ya me está afectando, y mucho.

—¿Te acuerdas que te dije que tenía varios talentos? —apoya sus manos en la puerta, a los lados de mi cara.

—Sí, pero también me acuerdo que están disponibles desde las 11 —digo jugueteando con mi cabello.

—Nueva regla —hace una pausa mientras mira la hora en su teléfono—: desde las 8 hay disponibilidad.

De la nada, me rodea la cara con las manos y se estampa con brusquedad en mis labios. Me besa desesperadamente; su lengua se mueve en compás con la mía. Mis movimientos son torpes y creo que lo nota, porque empieza a guiarme, señalándome hacia dónde ir.

Es una sensación satisfactoria. Para ser mi primer beso, está yendo muy bien.

Nos empezamos a quedar sin aire y me separo un poco.

—No está mal para ser tu primer beso —dice él con una sonrisa burlona.

—Eres un buen instructor —admito.

—¿Me das tu número? —pregunta mientras saca el celular.

—Mmm... no.

Frunce el ceño.

—Encuéntralo tú solito, lindo —doy media vuelta hacia la puerta y la abro.

—¿Una pista? —pregunta antes de que me vaya.

—Tengo un hermano —le guiño el ojo mientras cierro la puerta.

Intento abrir paso por la pista de baile con una sonrisa en la cara, tratando de procesar lo que acaba de pasar, cuando de repente Sara me sorprende. Tiene la respiración agitada y el cabello recogido en un chongo mal hecho.

—Bicktoria Harris Johnson —dice, tratando de recuperar el aire.

—Deja de llamarme así, solo es Bicky, loca —respondo calmada.

—Te estoy buscando desde hace horas. Tu hermano está muy mal —dice agitada.

—¿Qué? ¿Qué tiene? ¿Qué pasó? —salgo de mi mundo, preocupada.

—Está en mi habitación, vamos.

Me agarra de la mano y me arrastra entre la gente.

Mientras corremos, empiezo a imaginar todos los escenarios posibles:

<<¿Se desmayó? ¿Se intoxicó? ¿Le pegaron? ¿Lo acuchillaron?>>.

Cuando abro la puerta, veo a mi hermano tirado en la cama, mirando al techo. Está pálido, con los ojos rojos y llenos de lágrimas, la nariz un poco sonrojada. Parece intacto, así que descarto las últimas dos posibilidades.

—¿Sebas? —digo mientras camino hacia él y me siento en el borde de la cama.

—Hermanitaaa —balbucea y gira la cabeza hacia mí.

—¿Qué tienes? ¿Por qué llorabas? —pregunto acariciándole el pelo.

—Es que... es que... —hace una pausa mientras las lágrimas le corren por las mejillas y se sienta—. Yo... es que yo la amaba, ¿sabes? La amaba de verdad... de verdad.

Frunzo el ceño.

—¿Qué? Sebastián, ¿de quién hablas?

—Pues ¿de quién va a ser? De Bella, del amor de mi vida, la niña de mis ojos, la mujer de mi...

—Bueno, ya. No exageres. Es una del montón y, además, es mucho menor que tú —interrumpe Sara con fastidio.

—Espera... ¿Bella, la de segundo grado? —miro a Sara.

—Sí, la bajita, manipuladora, grosera y mentirosa del colegio —suspira largo.

—Ella no es mentirosa, es... perfecta, simpática, tierna, amable, soc... —solloza él.

—Cállate, Juan Sebastián Harris Johnson —lo interrumpo mientras se limpia las lágrimas—. ¿Cómo se te ocurre meterte con ella? Es la peor mujer... o mejor dicho, niña del mundo. Y además es menor que tú.

—Uno: no me digas Juan. Dos: la amo, te lo juro. Y tres: para el amor no hay edad... pero igual nada de esto importa, Bicky. Ella... ya no me quiere —dice, cuidando las palabras.

—Deberías leer más, Sebastián. Ese dicho no significa lo que tú crees —aclara Sara.

Miro a mi hermano con ternura. Todavía no puedo creer que haya salido con ella, pero es evidente que está sufriendo.

—¿Qué? ¿Me veo muy vulnerable? —solloza mirándonos.

Sin pensarlo, me abalanzo sobre Sebastián para abrazarlo. Sorprendentemente, Sara hace lo mismo. Para estas cosas ni siquiera necesitamos mirarnos.

—Esto es lindo —dice mi hermano rodeándonos con los brazos.

—Mañana nos vamos a arrepentir, así que cállate —dice Sara cerrando los ojos.