Prólogo: La Venganza
El aire de la calle sabía distinto al de la Prisión Militar, pero la libertad es relativa cuando tu alma ya tiene dueño. Una vez fuera, supe que no bastaba con regresar; tenía que ascender. Tenía que volverme indispensable.
Reynosa era una herida abierta, un territorio sin un verdadero "Jefe" que supiera contener la hemorragia. Con esa certeza, solicité audiencia con el Patrón y el Coronel.
La reunión fue tensa. El humo de los habanos apenas disimulaba el olor a acero y desconfianza. Había un obstáculo técnico, una regla no escrita: el Grupo "Las Flores" éramos el brazo armado, los perros de ataque, no los administradores del negocio.
—Para cazar lobos hay que ser lobos, mi Coronel —les recordé, usando su propia filosofía en su contra—. Pero un lobo con hambre y sin territorio se vuelve impredecible.
Semanas de silencio, de cumplir órdenes sucias sin torcer el gesto, sirvieron para ablandarlos. El Patrón, que siempre valoró la lealtad muda por encima de la ambición ruidosa, finalmente asintió. "El Tony" fue la pieza clave en el ajedrez; él les vendió la idea de que yo sería el conejillo de indias. Si yo lograba domar Reynosa, abriría la puerta para que el resto de los compas del batallón tomaran plazas grandes.
Podía ver el hambre en los ojos de mis compañeros. "El Buffalo" ya salivaba por Ciudad Juárez, y "El Moi"... bueno, Moi quería Monterrey, aunque sus demonios internos dijeran lo contrario.
Para controlar una plaza no necesitas un ejército, necesitas dos pilares: un cerebro financiero y un martillo para imponer la ley de "La Compañía".
El cerebro lo importé. No me fiaba de los contadores locales, así que llamé a mi novia Nuvia. Le pedí prestada a Jimena, la mujer que hacía magia con los números de su burdel en Ciudad Victoria.
El martillo fue más difícil. Propuse a "El Moi". El tipo era letal, pero andaba arrastrando los pies, consumido por una depresión oscura.
—Démelo a mí, Patrón —prometí—. Yo me encargo de que su fusil no tiemble.
Con la frialdad de Jimena y la violencia contenida de Moi, Reynosa floreció. El flujo de mercancía era tan constante que el dinero dejó de ser una preocupación para convertirse en estadística. Impuse una regla de oro: perfil bajo. Nada de secuestros, nada de robar autos a civiles.
—El mejor trabajo es el que se hace bajo las coladeras —les repetía. No queríamos levantar polvo. Queríamos ser fantasmas.
Hasta que la realidad nos golpeó en la cara.
Recuerdo la tarde perfectamente. Estaba cerrando un trato con un contacto gringo cuando Jimena entró. No traía carpetas ni libros de cuentas. Traía los ojos inyectados en sangre y miedo.
Le hice una seña al gringo para que saliera. Jimena se quedó parada, temblando. Tardé unos segundos en entender que el problema no era dinero, ni drogas, ni el ejército.
—Es Nuvia —susurró.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Nuvia había salido del burdel con un cliente. Setenta y dos horas. Ese es el número maldito. Setenta y dos horas sin una llamada, sin una señal. En nuestro mundo, eso no es una ausencia; es una sentencia.
LA MORGUE Y LA CAZA
Dejé a "El Moi" a cargo de Reynosa con una sola mirada; él sabía lo que significaba. Jimena y yo devoramos la carretera hacia Ciudad Victoria. El velocímetro marcaba 160, pero el tiempo parecía estancado.
Al llegar, la esperanza ya se había podrido. La noticia nos golpeó en la entrada del Semefo: Nuvia estaba en una plancha de acero. Los forenses, burócratas de la muerte, esperaban a un familiar para el trámite.
Entré. El olor a formol y sangre vieja se me metió en la nariz, un olor que conocía bien del ejército, pero que nunca esperas oler en tu mujer.
Allí estaba. Se parecía a ella, y al mismo tiempo, era una extraña. Tan joven, tan pálida, tan quieta. Los moretones eran mapas de violencia sobre su piel; le faltaban las joyas que le regalé. Se lo habían llevado todo, hasta la dignidad. La encontraron desnuda en un parque público, como basura.
El forense, un tipo gris con prisa por irse a casa, soltó el diagnóstico sin levantar la vista de su tablilla:
—Violación tumultuaria. Causa de muerte: asfixia mecánica por estrangulamiento.
Sentí cómo se me tensaban los nudillos. Tuve el impulso ciego de destrozarle la cara ahí mismo por su falta de tacto, por tratarla como un expediente más. Pero mi entrenamiento militar se impuso. Respiré hondo. La ira es gasolina; no podía desperdiciarla en un empleado de gobierno. La necesitaba para el que lo hizo.
Jimena estaba a mi lado, pálida, pegada a mí como una sombra. Sabía quién era yo para la difunta y, más importante, sabía que era lo que venía.
Me volví hacia ella y le hablé en voz baja, conteniendo mi rabia:
—Quiero un nombre, Jimena. Localízalo. Le voy a arrancar la vida a pedazos.
La noticia corrió por las venas de la organización más rápido que la pólvora. Mis teléfonos no dejaban de vibrar. "El Buffalo", "El BB", "El Moi", "El Tony". Todos llamaron. Todos se cuadraron. Estaban listos para dejar sus plazas y venir a respaldarme. La lealtad en este negocio se paga con sangre.
Pensé en llamar a mi suegra, pero colgué antes de que diera tono. No. Esto no se dice por teléfono. Volvería a Matamoros, miraría a Doña Dolores a los ojos y le entregaría a su hija.
Saqué un fajo de billetes grueso, obsceno. Compré la voluntad del encargado del Semefo.
—Envuélvala en mantas y súbala a mi camioneta —ordené—. Y este expediente... nunca existió.
Yo sería su juez y su verdugo. No necesitaba papeles oficiales.
De vuelta en el burdel, fuimos directo a las cámaras de seguridad. Jimena tecleaba con manos temblorosas hasta que dio con el archivo.
Ahí estaba. Hace dos noches. Un tipo en la mesa de billar. Güero, gordo, chaparro. Un depredador disfrazado de cliente. La ley de la compañía es clara: si el cliente paga, se le atiende. Pero este tipo rompió la rutina; se la llevó fuera. Tenía un departamento de soltero en las afueras, la coartada perfecta para un hombre casado.
La última imagen me heló la sangre. Salían juntos. El tipo caminaba erguido, triunfante. Nuvia... Nuvia caminaba mal. Iba chueca, como si los zapatos no fueran suyos, o como si algo dentro de ella ya estuviera roto antes de salir.
—¿Quién es? —pregunté a las chicas.
—Un alto funcionario del banco —dijo una, bajando la voz—. Está casado, tiene una hija en la prepa.
—Es un cerdo —añadió otra—. Solo le gusta por detrás y se pone loco si le dices que no.
Miré la pantalla congelada en la cara del gordo. Un banquero. Un padre de familia. Un sádico.
—¿Dirección? ¿Rutina? —ladré.
No tuve que esperar mucho. Con toda la maquinaria de la "Compañía" enfocada en un solo objetivo, su privacidad duró lo que dura un suspiro. En un par de horas, su vida entera estaba en mis manos.
LA TRAMPA
Tony era el líder natural de "Las Flores", siempre el primero en patear la puerta y el que tenía la oreja del Patrón, pero esa noche el mando táctico era mío. Esta era mi guerra, y mis compas se alinearon sin hacer preguntas.
La inteligencia vino de casa. Una de las chicas y su hermana conocían la rutina del objetivo: viernes, cantina del centro, alcohol.
Les di instrucciones claras, como si fueran soldados rasos antes de una incursión:
—Se ponen sus mejores trapos. Lo interceptan. El objetivo es sacarlo de ahí ahogado en alcohol, pero caminando. Lo quiero en las cabañas de la parte alta, donde las señoras ricas juegan a esconderse. Y escuchen bien: bajo ninguna circunstancia lo lleven a su departamento.
Nos movimos como en los viejos tiempos. Tony, "El Buffalo", "El Moi", "El BB" y yo. Llegamos antes al hotel y aseguramos el perímetro. No hubo violencia innecesaria; los encargados entendieron rápido que, por esa noche, la administración había cambiado de manos. Nos dieron acceso total al cuarto de monitores.
A las 19:00 horas, el vehículo entró. Todo iba según el reloj.
Solo la hermana menor bajó a recepción. "El BB", fingiendo ser el conserje, le entregó la llave con una mirada que transmitía las últimas coordenadas de la misión.
Desde la oscuridad del cuarto de seguridad, mis ojos se clavaron en la pantalla granulada. Ahí estaba.
Media un metro sesenta, si acaso. Pesaría ochenta y cinco kilos de grasa mal distribuida. En el monitor blanco y negro se veía pálido como la leche cuajada. Intentaba tapar su calvicie con un peinado ridículo, estirando los pocos pelos que le nacían sobre la oreja. Sentí una náusea profunda. Odié su impunidad. Odié el poder que le permitía a un gusano así destruir algo tan vital como Nuvia.
—Ya entraron —murmuró Tony a mi lado.
En la pantalla, las hermanas ejecutaron el plan. Lo desvistieron rápido, aturdiéndolo con caricias y prisa. Empezaron a besarse entre ellas, subiendo la temperatura, manipulando su atención como expertas. Luego, lo guiaron hacia el baño.
Ese era el punto ciego. El momento crítico.
—Ahora —ordené por el radio.
La puerta de la cabaña se abrió sin ruido. "El Moi" y "El Buffalo" entraron. No llevaban armas en las manos, llevaban un bulto envuelto en sábanas. Se movían con esa eficiencia macabra que habíamos perfeccionado en el batallón.
Mientras el banquero fantaseaba bajo la ducha con las dos chicas, mis compas depositaron el cuerpo inerte de Nuvia en la cama. La acomodaron bajo las cobijas, como si estuviera dormida, esperándolo.
Salieron tan rápido como entraron. Segundos después, las hermanas emergieron del baño. Tomaron su ropa hecha bola y salieron de la cabaña corriendo, desnudas, dejando la puerta entreabierta y el escenario listo.
El banquero se quedó solo en el baño, secándose, creyendo que era el rey del mundo, a punto de salir a cogerse a dos mujeres. No tenía idea de que lo que le esperaba en esa cama no era calor, sino el frío absoluto de la muerte.
LA REUNIÓN FAMILIAR
El gordo corrió hacia la cama impulsado por la lujuria, con la verga dura y la mente en blanco. Arrancó las cobijas de un tirón y se lanzó sobre el cuerpo de Nuvia. No le dio tiempo a su cerebro de procesar el olor. Abrazó carne que llevaba cuarenta y ocho horas descomponiéndose.
El grito no fue humano. Al sentir la frialdad viscosa y el hedor golpeándole la cara, se arqueó hacia atrás como un molusco al que le echan sal. Saltó sobre el colchón, retorciéndose, pataleando para alejarse de la muerte.
Esa fue nuestra señal.
La puerta se abrió de golpe. No entramos corriendo; entramos dominando el espacio.
De un solo golpe seco, con la culata del arma, "El Tony" sentó al tipo en el suelo. Antes de que pudiera recuperar el aliento, "El BB" ya lo tenía inmovilizado en una silla de bejuco, atando manos y pies con cinchos de plástico.
Al verlo ahí, indefenso, con el pito encogido por el terror hasta parecer el de un niño, lo entendí: la venganza no es un plato que se sirve frío. Es una droga. Y yo me estaba inyectando la primera dosis.
"El Buffalo" y "El Moi" salieron en silencio. Tenían otra misión: recoger a los invitados VIP.
El banquero temblaba, sus ojos iban de un lado a otro. Cuando vio nuestros uniformes pixelados, el miedo se convirtió en pánico. Se orinó encima.
"El Tony", sin decir una palabra, destapó una botella de plástico y vertió un chorro de ácido clorhídrico sobre sus pantorrillas lampiñas. La piel siseó. El grito del gordo se ahogó en su garganta.
Me acerqué, invadiendo su espacio personal.
—¿La reconoces? —pregunté con voz suave, señalando el cadáver amoratado en la cama.
El tipo negó con la cabeza, frenético, llorando moco y lágrimas.
—No. No, jamás he visto a esa persona. ¡Se lo juro por Dios!
—Ten cuidado a quién le juras —susurré, sacando mi cuchillo—. Si mientes, te voy a arrancar un brazo.
"El BB" encendió la televisión. La estática dio paso a la imagen clara del burdel.
—¿No sabes quién es? —insistí.
Tony volvió a inclinar la botella. Esta vez el ácido cayó en los muslos. El olor a carne quemada empezó a mezclarse con el de la podredumbre de la habitación.
En la pantalla, la verdad se reproducía en bucle: él, sonriente, poderoso, junto a la mesa de billar. Nuvia a su lado. Él sacándola del lugar.
—¿Lo vas a negar otra vez? —le dije, obligándolo a mirar la pantalla.
El gordo aulló, suplicando piedad. Tony se aburrió de los juegos químicos. Sacó un machete corto. De un tajo limpio, le cercenó cuatro dedos del pie izquierdo.
El banquero abrió la boca para gritar, pero Tony fue más rápido: vació una botella de vinagre sobre la herida abierta.
El dolor debió ser cegador, absoluto.
Para que sus gritos no alertaran a nadie fuera de la cabaña, le embutí un calcetín empapado en ácido dentro de la boca. Sus alaridos se convirtieron en gemidos ahogados y burbujeantes.
Una y otra vez, "El BB" repetía el video. El banquero pavoneándose en la pantalla, el banquero mutilado en la silla. Pasado y presente.
Perdí la noción del tiempo disfrutando del espectáculo, hasta que la puerta se abrió de nuevo.
"El Buffalo" y "El Moi" habían vuelto. Y no venían solos. Arrastraban a dos mujeres con las cabezas cubiertas.
Cuando les quitaron las capuchas, el banquero emitió un sonido gutural, un chillido que le rasgó la garganta a través del calcetín.
Su esposa y su hija adolescente estaban ahí.
Ellas gritaron al ver la escena: la sangre, el cadáver en la cama, y al padre de familia convertido en un guiñapo sanguinolento rodeado de soldados.
La reunión familiar estaba completa.
EL ESPEJO ROTO
Las despojamos de su ropa y de su dignidad en segundos. La orden fue tajante: debían besarse. No por placer, sino para romper la mente del espectador. Lloraban, presas del pánico, sin entender por qué el infierno había entrado en su vida, así que aplicamos el protocolo estándar: un calcetín en la boca para ahogar los ruegos. El silencio era necesario; el miedo, obligatorio.
Tony, siempre creativo para el dolor, encendió un taladro industrial. El zumbido eléctrico llenó la habitación, mezclándose con los gemidos ahogados del banquero. Tony no dudó; fue directo al recto anal de la hija.
Mientras tanto, "El Buffalo" se encargó de la esposa. La montó sobre la cama, replicando con exactitud quirúrgica la perversión del banquero: la tomó por la fuerza, brutalmente, mientras apretaba un cinto de cuero alrededor de su cuello.
Observé la escena con detenimiento. La cara de la mujer pasaba del rojo al violeta, sus ojos inyectados en sangre parecían querer escapar de sus órbitas, idénticos a los de Nuvia en la plancha del forense. Estábamos proyectando sus propios pecados sobre la gente que él amaba.
Quisiera decir que en ese momento sentí repulsión. Quisiera decir que una parte de mí, el soldado que juró proteger a la nación, quiso detenerlos. Pero estaría mintiendo.
En ese instante, viendo la brutalidad desplegada, sentí que el universo se equilibraba. Me pareció un castigo justo. Necesario.
El banquero, atado y mutilado, tenía los ojos clavados en la escena. Veía su propia oscuridad reflejada en nosotros. Su cerebro no pudo procesar la culpa y el horror simultáneos.
Vimos cómo se ponía rígido. Su pecho se convulsionó violentamente y sus ojos se pusieron en blanco.
Un infarto masivo.
Cuando su cuerpo quedó flácido en la silla, sentí una punzada de decepción. Se podría decir que el hijo de perra tuvo suerte. Su corazón le regaló una salida rápida, salvándolo de las horas de agonía que todavía le teníamos programadas.
EL BAUTISMO DE FUEGO
No dejamos nada al azar. Vaciamos las últimas botellas de ácido sobre los restos, asegurándonos de que la identidad se disolviera junto con la carne. Luego, el bautismo final: dos galones de diésel esparcidos sobre la masacre.
El olor químico picaba en la garganta. Saqué mi encendedor. La pequeña llama bailó un segundo en el aire frío antes de dejarla caer.
El rugido fue inmediato. El combustible prendió con violencia, devorando la madera, los cuerpos y los pecados de esa noche.
Retrocedimos unos pasos, pero no nos fuimos. Los cinco nos quedamos ahí, parados en línea, siluetas recortadas contra el infierno naranja que habíamos desatado.
El viento de la sierra soplaba helado, un contraste brutal contra el calor del incendio. Sentí un escalofrío recorrerme la columna, una descarga eléctrica que erizó mi piel. Mi corazón no latía; martilleaba contra las costillas a mil por hora, bombeando una adrenalina negra y espesa.
Estábamos asimilando lo que éramos ahora. Ya no había vuelta atrás.
El silencio entre nosotros solo lo rompía el crepitar de la estructura colapsando, hasta que "El Tony" rompió la quietud.
Su voz sonó grave, profunda, como una sentencia:
—En la sombra vivimos... —empezó, mirando las llamas.
—En el estruendo reinamos —continuó, alzando la voz.
Uno a uno, como si un resorte invisible nos conectara, nos unimos al rezo. Nuestras voces se mezclaron en una sola, recitando aquel credo deformado que ahora era nuestra única ley:
—Nuestra lealtad es el escuadrón —dijimos al unísono.
—Nuestro destino, el combate.
—El miedo es un lujo; la duda, un enemigo.
El fuego iluminaba nuestros rostros, ya no había rastro de humanidad en ellos, solo determinación.
—Cuando el mundo arde y el cielo cae... nosotros avanzamos.
—No pedimos piedad, no damos descanso.
Tony nos miró a cada uno a los ojos antes de soltar la última línea, sellando nuestro pacto:
—Solo victoria… o la muerte.