Chapter 1: ¿El Comienzo y El Fin se una Vida?
Valker tenía dieciséis años y el cuerpo aún no había decidido del todo si pertenecía a un hombre o a algo a medio formar. Un metro sesenta y ocho. Cabello castaño liso que le caía sobre la frente y se pegaba a la piel con el sudor frío de la madrugada. Ojos oscuros que no reflejaban la luz de la lámpara de noche, apagada hacía horas.
Estaba sentado en el borde del colchón. El tupperware de arroz frío le rozaba los dientes cada vez que mordía. El plástico tenía el sabor de la nevera: humedad vieja, restos de otras comidas, el leve regusto a metal. Masticaba sin prisa. En la cocina, las voces de Edgar y Aliza se enredaban como cables pelados. Dinero. Trabajo. Él. Las palabras no llegaban claras, solo el ritmo: queja, pausa, queja más baja, el roce de una silla contra el suelo.
La ventana ya estaba entreabierta. La mochila, apoyada contra el marco, contenía exactamente lo que necesitaba: ropa doblada sin cuidado, billetes arrugados juntados durante meses, el cuaderno de tapa negra donde escribía cosas que nadie leería nunca. El cuaderno pesaba más que el dinero.
Se levantó. El colchón crujió bajo su peso, un sonido pequeño, doméstico, casi obsceno en la quietud. Miró la habitación una última vez. Las paredes tenían manchas de humedad que parecían mapas de países que nunca existirían. El escritorio, con los bordes mordidos hasta la madera, guardaba las marcas de noches en las que los dientes habían sido la única forma de no gritar. La cama olía a sudor viejo y a la costumbre de ahogar el llanto contra la almohada.
No dijo nada. Pasó la pierna por el alféizar. El tejado del porche recibió su peso con un leve crujido de tejas frías.
El aire de la una de la madrugada le golpeó la cara como una mano abierta. Por un segundo el pecho se le abrió de golpe, como si el aire de fuera fuera más denso, más real, y por fin cupiera dentro de la caja torácica que había aprendido a mantener contraída.
—¡HIJO!
La voz de Aliza reventó desde el pasillo. La luz cortó la oscuridad de la habitación en un rectángulo amarillo y sucio. Valker no giró la cabeza. Corrió. Las zapatillas resbalaron un instante sobre las tejas húmedas. Saltó. El jardín lo recibió con el olor a tierra y a hierba pisoteada. La verja crujió bajo sus manos. La cruzó de un brinco. La risa le salió sola, corta, rota, mientras el asfalto empezaba a golpear las suelas.
No llegó a la esquina.
El camión blanco no frenó.
El impacto fue limpio. Seco. Definitivo.
El cuerpo de Valker voló varios metros. Cayó contra el bordillo y no se movió más.
No hubo tiempo de gritar. Solo el sonido breve de metal contra carne, y después el silencio que deja un cuerpo cuando deja de ser persona.
Antes de eso —mucho antes, cuando aún medía menos de un metro veinte—, la puerta de casa se cerraba con frecuencia.
Una tarde de octubre llegó del colegio con la mochila colgando de un solo hombro. Llamó. Aliza abrió solo lo suficiente para que se viera media cara y un ojo.
—Te mandé a comprar pan. No lo trajiste.
—Se me olvid—
La puerta se cerró. El cerrojo giró con un clic seco, casi educado. Valker se quedó mirando la madera. Llamó otra vez. Golpeó con los nudillos. Nada. Se sentó en el escalón. El estómago le gruñó con una voz que no era suya. Pasó una hora. Pasaron dos. La gente caminaba frente a él sin detenerse. Un perro se le acercó, olió las zapatillas y siguió de largo, como si el olor a niño solo fuera otra cosa más en la acera.
Cuando el auto de Edgar aparcó, Valker intentó esconderse detrás del contenedor de basura. No sirvió.
—Otra vez tú interponiéndote.
El primer golpe le dio en la oreja. El segundo en el estómago. El tercero le abrió la ceja. Edgar ya no gritaba. Hablaba bajo, casi cansado, mientras el cinturón subía y bajaba con el mismo ritmo con el que se respira cuando uno está harto. Valker dejó de pedir perdón después del cuarto impacto. Solo intentaba proteger la cabeza con los brazos. En algún momento la visión se le llenó de puntos negros y el asfalto se acercó de golpe.
Ocho horas después abrió los ojos. La mejilla le ardía pegada al suelo frío. La sangre de la ceja se había secado en una costra que tiraba cada vez que parpadeaba. Se incorporó despacio. Nadie lo había movido. Nadie había llamado a nadie.
Se quedó sentado en la acera con las rodillas contra el pecho. Las lágrimas le salieron sin permiso, calientes, inútiles. No gritó. Solo preguntó en voz baja, una y otra vez, por qué. Por qué él. Por qué el cuerpo seguía insistiendo en existir si solo servía para recibir.
Entonces recordó la voz de Alaker.
El abuelo no hablaba mucho. Cuando lo hacía, las palabras se quedaban clavadas como astillas bajo la uña. Una tarde, después de otra noche de gritos, Alaker lo había sentado en el porche de su casita y le había dicho, mirando al frente, sin girar la cabeza:
—No te rindas, nieto. Eres de los que pesan. No más que nadie. No menos. La opinión de los otros es ruido. Tú decides dónde pones el pie. Y aunque todos te den la espalda, siempre habrá alguien que te tienda la mano. Solo tienes que seguir andando. Sin desviarte. Aunque duela. Aunque sangres. Al final del camino vas a entender por qué valió la pena no caer.
Valker se limpió la cara con la manga. Se levantó. Las piernas le temblaron, pero se sostuvieron. Esa misma noche decidió que, cuando tuviera suficiente, se iría. Y no volvió a mirar atrás.
Hasta ahora.
Ahora flotaba.
No había suelo. No había cielo. Solo una negrura que no tenía temperatura ni dirección. Su cuerpo era transparente. Podía ver a través de las manos, de los huesos, de la carne que ya no era carne. Intentó hablar. La voz no salió. Intentó moverse. El movimiento se retrasaba, como si el vacío no estuviera de acuerdo con su existencia y se negara a reconocerlo.
Los bordes de sus dedos empezaron a parpadear. Primero blanco. Después estático. Líneas de código erróneo cruzaron el negro, se retorcieron y se deshicieron como gusanos quemados. Un ruido seco —el sonido exacto de un archivo que se corrompe de golpe— le llenó la cabeza.
¡HFUU!
Perdió la consciencia otra vez.
Cuando abrió los ojos, el viento le azotaba la cara con una fuerza que le arrancaba el aliento y le llenaba la boca de un aire que no era aire. Estaba cayendo. El suelo era un mapa lejano de luces y oscuridad, a más de un kilómetro de distancia. Intentó volar. Intentó frenar. Las piernas se movieron solas, torpes, como si el cuerpo recordara cómo nadar pero no cómo morir otra vez. El grito le salió del pecho sin permiso, largo, desgarrado, mientras la velocidad aumentaba y el mundo de abajo se acercaba demasiado rápido, demasiado real, demasiado dispuesto a recibirlo otra vez.








