Un mundo entre barreras

All Rights Reserved ©

Summary

Dos hermanos, un apellido que pesa como una lápida y un amor prohibido que florece entre el dolor y la sangre. En la mansión Shenorvic, la perfección es la única ley, y cada error se paga con cicatrices. Mientras Leyden oculta su obsesión tras una máscara de hielo, Lira se desmorona en silencio. ¿Hasta dónde llegarán para romper las barreras de un mundo que solo quiere destruirlos?

Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
13+

Comienzo

Narrador: Leyden Shenorvic

El nudo de la corbata de seda me apretaba la garganta tanto como las expectativas de mi padre. Me miré al espejo, ajustando el saco de mi traje negro, impecable, sin una sola arruga, tal como se esperaba del heredero de los Shenorvic. Mi reflejo me devolvía la imagen de un hombre joven, educado bajo la disciplina más rígida, destinado a cargar con el peso de un apellido que se sentía más como una lápida que como un privilegio.

Pero detrás de esa mirada fría y calculadora que tanto orgullo le daba a mi progenitor, se escondía una verdad que me quemaba las entrañas. Una verdad que no tenía nombre, o al menos, uno que la sociedad de este pueblo bendijera.

—Leyden, tu padre te espera en el gran salón. No lo hagás esperar, sabés cómo se pone —la voz de mi madre resonó desde el pasillo, gélida, cargada de esa autoridad que solo los años de opulencia y desprecio pueden forjar.

Salí de mi habitación, caminando con paso firme sobre la alfombra roja que amortiguaba mis pasos. Al pasar frente a la puerta de Lira, me detuve un segundo. Apenas un suspiro. Escuché un sollozo ahogado, un gemido de dolor que me hizo apretar los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas.

La puerta estaba entreabierta. La vi. Estaba sentada frente a su tocador, tratando de cubrir con polvos de arroz una marca violácea que nacía en su hombro y bajaba por su espalda, cortesía del "correctivo" matutino de nuestra madre. Su vestido de seda blanca, con encajes finos, contrastaba de forma cruel con la piel lastimada.

Ella me vio a través del espejo. Sus ojos, esos ojos que compartían mi misma sangre pero que brillaban con una alegría que yo ya había olvidado, se llenaron de una esperanza que me dolió más que cualquier golpe.

—¿Leyden? —susurró ella, su voz era un hilo de seda rompiéndose—. Me duele... mucho.

Sentí el impulso de correr hacia ella, de envolverla en mis brazos y decirle que quemaría esta casa con todos adentro si volvían a tocarla. Pero la sombra de mi padre apareció al final del pasillo. Tuve que ponerme la máscara de nuevo. Tuve que ser el hijo perfecto, el hermano distante.

—Ponte el vestido de cuello alto, Lira —le dije con una frialdad que me supo a hiel en la boca—. Parecés una tonta llorando por nada. Si mamá te castigó, habrá tenido sus razones. Dejá de buscar lástima y bajá a cenar de una vez. Te odio cuando te ponés así de débil.

Me di la vuelta sin mirar atrás, ignorando el pequeño jadeo de dolor que escapó de sus labios al escuchar mis palabras. Me dolía el pecho, sentía que me faltaba el aire. La apartaba porque la amaba con una intensidad que me aterraba, porque cada vez que la veía sufrir, el deseo de protegerla se mezclaba con algo más oscuro, algo que no debía sentir por mi propia hermana.

Bajé las escaleras, con el rostro de piedra, listo para ser el orgullo de los Shenorvic, mientras por dentro, mi alma se arrodillaba ante el altar de mi mayor pecado.

Narrador: Lira Shenorvic

El aire entraba a mis pulmones en hilos delgados, casi inexistentes. Las manos de la doncella tiraban de los cordones de mi corsé con una fuerza mecánica, hundiéndose en mi cintura hasta que sentí que mis costillas crujían bajo la presión. Me había acostumbrado a ese dolor sordo; era el precio de ser una Shenorvic, el costo de ser la "joya" que mi madre pretendía pulir a base de golpes y encajes para entregarme al mejor postor de la nobleza.

Me miré al espejo. Mi cabello rubio cenizo caía en ondas perfectas, idéntico al de él. Nuestros ojos, dos lunas plateadas que brillaban con el mismo fulgor, me devolvían una mirada que intentaba ocultar el miedo. Éramos el reflejo exacto del otro, la misma esencia dividida por el capricho del género.

Hice una mueca cuando la tela del vestido de cuello alto, el que Leyden me ordenó usar, rozó la piel viva de mi hombro. El castigo de mi madre todavía ardía, una red de marcas rojas que gritaban bajo la seda.

—"Te odio cuando te ponés así de débil" —repetí en un susurro, y las palabras de mi hermano se clavaron en mi pecho con más fuerza que el mismo corsé.

Me dolía. Me dolía que me mirara con esa distancia glacial, que me escupiera ese odio frente a la puerta, como si mi dolor fuera una molestia para su ascenso al trono de la familia. Pero mientras me terminaba de abrochar los botones pequeños de la espalda, una duda me asaltaba el corazón. Mi mente quería creer que lo hacía para protegerme, que sus palabras eran un escudo para que mi padre no sospechara lo que realmente pasaba en esta casa. Pero a veces... a veces me quedaba mirando el vacío de su mirada y me preguntaba si ese odio era real. Si de verdad yo era una carga para el perfecto heredero.

—Señorita Lira, su madre dice que si tarda un minuto más, subirá ella misma —avisó la doncella con voz temblorosa.

El pánico me recorrió la columna. No podía permitir que ella volviera a entrar aquí hoy.

Salí de la habitación con paso vacilante. En el pasillo, el silencio de la mansión se sentía denso, cargado de secretos que las paredes parecían susurrar. Al llegar al descanso de la escalera, lo vi a él. Leyden estaba de espaldas, esperando. Su traje elegante marcaba sus hombros anchos, la viva imagen del control.

Bajé los peldaños intentando que mi respiración no sonara agitada. Cuando estuve a su lado, el aroma de su perfume —madera y algo metálico, como la tormenta— me inundó los sentidos. No me miró, pero sentí cómo su mandíbula se tensaba.

—Ya estoy lista, Leyden —dije con un hilo de voz, buscando aunque fuera un destello de calor en sus ojos de luna.

Deseaba que me tomara de la mano, que me dijera que todo era una actuación, que me sacara de este infierno de etiquetas y protocolos. Pero él solo asintió con una frialdad que me dejó helada, ofreciéndome su brazo como si fuera un trámite más de su educación.

—Caminá derecho, Lira —murmuró sin mirarme—. Y por lo que más querás, no derramés ni una sola lágrima en la mesa. No arruinés la cena con tus debilidades.

Apreté mis dedos sobre su brazo, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la tela. Su rechazo era mi único consuelo, y mi alma, en su rincón más oscuro y retorcido, prefería su desprecio a la indiferencia de cualquier otro hombre en el mundo. Porque al menos, cuando me odiaba, sus ojos estaban puestos solo en mí.

Narrador: Leyden Shenorvic

—Es... está bien —respondió ella.

Su voz fue apenas un hilo de seda rompiéndose en el aire pesado del pasillo. En un parpadeo, vi cómo Lira recomponía su postura, irguiéndose con una rigidez que me dolió en el alma. Su rostro, que segundos antes era un mapa de dolor y súplica, se transformó en una máscara de mármol, gélida y perfecta. Ni un rastro de emoción, ni una grieta en su fachada de dama de alta alcurnia.

Esa era la educación de los Shenorvic: si te estás muriendo por dentro, asegurate de que tu cutis luzca impecable por fuera.

Sentí un vacío amargo en el estómago al verla así. Yo la había orillado a ese silencio, yo le había exigido que escondiera su humanidad para que nuestro padre no tuviera excusas para destruirla más. Pero verla tan vacía, tan carente de esa chispa que solía tener, me hizo sentir como el verdugo más cruel de esta casa.

Caminamos hacia el comedor principal. El eco de nuestros pasos sobre el piso de madera pulida era lo único que rompía el silencio sepulcral. Mi brazo, donde ella se apoyaba con una delicadeza que me quemaba a través del traje, se sentía de plomo. Quería cubrir su mano con la mía, apretarla y decirle que lo sentía, que cada palabra de odio que salía de mi boca era un sacrificio para mantenerla a salvo de los ojos de la vieja guardia. Pero no podía. No aquí, donde las paredes tienen oídos y las sombras sirven a mi padre.

Al entrar al salón, el calor de la chimenea nos golpeó, pero yo me sentía en medio de un invierno eterno. Mi padre ya estaba sentado a la cabecera, revisando unos documentos con esa mirada de acero que nunca se ablandaba. Mi madre, impecable en su vestido de terciopelo oscuro, supervisaba la plata de la mesa con una precisión quirúrgica.

—Llegan tarde —sentenció mi padre sin levantar la vista. Su voz retumbó en las vigas del techo como un trueno lejano—. Espero que la tardanza de Lira valga la pena y que su comportamiento hoy sea digno de su apellido.

Sentí cómo los dedos de mi hermana se tensaban imperceptiblemente sobre mi antebrazo. Era un espasmo de puro terror.

—Lira estaba asegurándose de que su atuendo fuera el adecuado, padre —mentí, con una fluidez que me asqueaba—. No queríamos que ningún detalle empañara la cena.

Retiré mi brazo con brusquedad cuando llegamos a su silla, obligándola a soltarme. La frialdad de mi gesto fue como un golpe físico. Ella se sentó con la elegancia de una muñeca de porcelana, sin mirarme, con la vista fija en el plato de porcelana fina.

Me senté frente a ella. Desde mi posición, podía ver cómo el cuello alto del vestido ocultaba las marcas de los golpes, pero no podía ocultar el brillo apagado de sus ojos. La atracción que sentía por ella, ese deseo retorcido de ser el único que pudiera tocarla, de ser el que sanara sus heridas y a la vez el que causara sus suspiros, me golpeó con una fuerza renovada.

La odiaba por ser tan hermosa incluso en su desgracia. La odiaba porque era mi hermana. Y sobre todo, me odiaba a mí mismo porque, mientras mi padre bendecía la mesa, yo solo podía pensar en cómo se sentiría su piel bajo mis dedos si estuviéramos lejos de estas barreras.

Narrador: Leyden Shenorvic

La cena comenzó con el tintineo metálico de los cubiertos chocando contra la porcelana, un sonido que en esta casa siempre se sentía como el de unas cadenas arrastrándose. Mi madre, erguida como una estatua de mármol negro, mantenía la mirada fija en Lira, escrutando cada movimiento, cada respiración de mi hermana.

—Bueno —soltó mi madre, y su voz cortó el aire como una navaja—. Como bien sabés, Lira, mañana tenés clase de violín a primera hora. No quiero notas falsas ni excusas sobre el cansancio.

Lira ni siquiera levantó la vista del plato. Sus dedos, pálidos y finos, apretaron el tenedor con una fuerza que delataba su tensión.

—Entendido, Gran Duquesa —respondió ella, con esa voz de hilo que apenas vibraba.

—Y por la tarde, tendrás ballet —continuó la mujer, ignorando el rastro de fatiga en el rostro de mi hermana—. La disciplina del cuerpo es lo único que evita que una mujer se pierda en pensamientos ociosos. Espero que tus zapatillas estén listas.

—Entendido, Gran Duquesa —repitió Lira.

Era una letanía dolorosa. Ver a mi hermana responder con esa sumisión mecánica me revolvía el estómago. Mi madre no buscaba una hija, buscaba una muñeca perfecta que pudiera exhibir en los salones de la alta sociedad. Este interrogatorio era una tradición de cada noche; una hora entera donde ella desglosaba cada minuto de la vida de Lira, obligándola a confirmar su obediencia. Si Lira fallaba en una respuesta, si dudaba un segundo o si el tono de su voz no era el "adecuado", el castigo de la mañana parecería una caricia comparado con lo que vendría.

Yo permanecía en silencio, cortando mi carne con una precisión quirúrgica, fingiendo que no me importaba. Pero cada "Entendido" que salía de los labios de Lira se sentía como un golpe en mi propio pecho. Podía ver cómo el corsé le impedía respirar profundamente, cómo el cuello alto del vestido rozaba sus heridas con cada movimiento de su cabeza.

Mi padre, al otro lado de la mesa, asentía con aprobación. Para él, esta tiranía era simplemente "orden".

—Leyden —dijo mi padre de repente, rompiendo el ciclo de preguntas a Lira—, espero que mañana acompañés a tu hermana a la academia antes de ir a tus tutorías de leyes. Asegurate de que llegue a tiempo.

Miré a Lira. Por un breve segundo, nuestras miradas de luna se cruzaron. Vi el pánico en sus ojos, pero también esa chispa de esperanza que nunca terminaba de morir, esa que buscaba en mí un refugio que yo me obligaba a negarle.

—Como ordenés, padre —contesté, manteniendo mi máscara de hielo—. Me encargaré de que cumpla con sus deberes. No permitiré que pierda el tiempo en tonterías.

La vi bajar la cabeza, y sentí un odio profundo hacia mí mismo. La estaba protegiendo al aceptar la tarea, al ser yo quien la vigilara en lugar de un guardia o de mi madre, pero mis palabras seguían siendo puñales. La cena apenas empezaba, y el hambre se me había escapado por la ventana, reemplazada por esa atracción oscura y retorcida que me gritaba que la sacara de aquí, que la escondiera del mundo y que fuera yo, y solo yo, quien dictara las reglas de su vida.

Narradora: Lira Shenorvic

La cena terminó con el mismo silencio sepulcral con el que empezó. Leyden y yo nos levantamos al unísono, como dos autómatas programados para la perfección. Subimos la gran escalinata de mármol con la espalda tan recta que dolía, manteniendo esa elegancia que nos habían tatuado en la piel a base de regaños y castigos. Al llegar al pasillo, ni siquiera nos miramos. Cada uno se refugió en su cuarto, cerrando la puerta tras de sí como quien cierra la celda de una prisión de oro.

En cuanto escuché el clic de la cerradura, mis hombros cayeron. El aire entró de golpe en mis pulmones cuando, con manos temblorosas, logré desabrochar el vestido y deshacerme de ese corsé maldito que me estaba triturando los huesos. Lo tiré al suelo sin cuidado, sintiendo cómo la sangre volvía a circular por mi torso, dejando una sensación de hormigueo en mis costillas.

Me quedé en camisón, sintiendo el frío de la noche colarse por las rendijas. Mi estómago emitió un rugido doloroso que me recordó la realidad: no había probado ni un bocado. Entre la tensión de las preguntas de mi madre y el nudo en la garganta que me provocaba la indiferencia de Leyden, la comida me sabía a ceniza. Tenía un hambre que me calaba, pero era un hambre de algo más que pan.

Caminé hacia el balcón y abrí los ventanales de par en par.

Desde aquí, la ciudad se extendía como un tapete de luces lejanas, y más allá, las siluetas oscuras de las montañas se alzaban contra el cielo estrellado. Me quedé allí, abrazándome a mí misma, dejando que el viento despeinara mi rubio cenizo. Quería correr hacia esas montañas, perderme en el bosque, ser una sombra que nadie pudiera juzgar ni castigar. Quería ser libre, pero sabía que mis cadenas no eran solo de hierro, sino de apellido y sangre.

Mis ojos se desviaron hacia el balcón de al lado, el de Leyden. Estaba oscuro. Me pregunté si él también estaría mirando las estrellas, si sentiría este mismo vacío en el estómago o si su ambición de heredero ya lo había devorado por completo.

—Libre... —susurré al viento, y la palabra sonó extraña en mis labios, como un idioma prohibido que solo mi corazón se atrevía a hablar.

Me dolía el cuerpo por los golpes de mi madre, pero me dolía más el alma por el desprecio de mi hermano. "Te odio cuando te ponés así de débil", me había dicho. Si supiera que mi única fuerza era el amor que sentía por él, un amor tan retorcido y profundo que me obligaba a quedarme en este infierno solo para estar cerca de su sombra.

Narrador: Leyden Shenorvic

El día transcurrió con la monotonía asfixiante de siempre. La vigilé durante sus clases en la academia, manteniéndome a una distancia prudente, asegurándome de que cada paso que daba fuera el que mis padres esperaban. Todo parecía estar bajo control, una fachada de orden que me permitía respirar con relativa calma.

Al caer la tarde, me refugié en el jardín. El aroma de las rosas húmedas y el césped recién cortado solía ser mi único escape, el único lugar donde podía pretender que el libro entre mis manos era mi única preocupación. Pero entonces, la vi aparecer por el sendero de piedra.

Lira caminaba con la mirada clavada en sus zapatos, como si el peso del cielo le aplastara la nuca. Al principio, pensé que era solo el cansancio de la danza, pero cuando mis ojos bajaron a sus manos, sentí que el alma se me escapaba del cuerpo en un suspiro gélido.

Llevaba su violín, ese instrumento de madera fina que tanto amaba, hecho pedazos. Las cuerdas colgaban como nervios expuestos y la caja de resonancia estaba astillada, como si alguien lo hubiera estrellado contra el suelo con una furia ciega. Pero lo que me heló la sangre fueron sus dedos. Dios, sus dedos eran un horror. Estaban rojos, hinchados, con las yemas en carne viva y restos de resina mezclados con hilos de sangre que empezaban a secarse. Parecía que la habían obligado a tocar hasta que la piel cedió, o que alguien le había cerrado la tapa del piano sobre las manos.

Se detuvo al verme. Sus ojos de luna estaban anegados en lágrimas que se negaban a caer del todo, brillando con una angustia que me gritaba por ayuda. No dijo ni una sola palabra. El silencio entre nosotros se volvió tan denso que casi podía tocarse.

Lira me sostuvo la mirada un segundo, un segundo eterno donde vi su mundo rompiéndose, y luego, con una sumisión que me dolió más que si me hubiera escupido, me hizo una reverencia forzada. Vi cómo se mordía el labio inferior para no soltar un gemido cuando sus dedos lastimados rozaron su vestido al bajar las manos.

Siguió caminando hacia la mansión, con ese paso errante de quien ya no tiene a dónde huir.

Cerré el libro de golpe, sintiendo una rabia negra subirme por la garganta. ¿Había sido mi madre? ¿El instructor de música bajo sus órdenes? Quería levantarme, alcanzarla, tomar esas manos heridas entre las mías y besar cada una de sus llagas hasta que el dolor desapareciera. Quería entrar a esa casa y romperlo todo, pero me quedé allí sentado, con los nudillos blancos apretando la tapa del libro.

—Lira... —susurré, pero mi voz se perdió en el viento del jardín.

El odio que sentía por este mundo, por mis padres y por mi propia cobardía me estaba consumiendo vivo. Ella era mi hermana, mi mitad, y la estaban destruyendo pedazo a pedazo mientras yo solo podía observar desde mi trono de heredero. Ese deseo retorcido de poseerla se mezcló con una sed de venganza que nunca antes había sentido. Si ellos querían una guerra de voluntades, yo les iba a dar un infierno.

Narradora: Lira Shenorvic

Caminaba. Mis pies se movían por puro instinto sobre la alfombra del pasillo, pero mi mente estaba atrapada en el eco del estruendo. Todavía podía escuchar la madera del violín estallando contra mis huesos.

Solo fue una nota. Una maldita nota que mis dedos cansados no alcanzaron a presionar con la fuerza suficiente. Una fracción de segundo en la que mi alma se distrajo y el sonido salió impuro, desafinado. Eso fue todo lo que necesitó mi madre para perder esa compostura de cristal que siempre presume.

Sentí de nuevo el impacto. No solo me estrelló el instrumento en las manos con una furia animal, sino que usó los restos de la madera astillada para golpearme los nudillos hasta que el crujido de mis propios dedos ahogó mis gritos. El violín, mi único refugio, mi voz cuando las palabras no me salían, ahora era un montón de astillas y cuerdas retorcidas que colgaban de mis manos ensangrentadas.

—Sos una inútil, Lira. Si no podés ser perfecta, no servís para nada —sus palabras me perseguían como fantasmas.

Subía las escaleras con la vista nublada por las lágrimas. Cada latido de mi corazón enviaba una descarga de dolor eléctrico hacia mis yemas, hacia mis palmas, hacia cada rincón de mi mano derecha que se sentía destrozada. El dolor físico era insoportable, pero el vacío de ver mi instrumento destruido era un abismo negro en mi pecho.

Pasé por el jardín y lo vi a él. Leyden estaba ahí, con su libro, con su paz de heredero intocable. Me dolió que me viera así, tan rota, tan humillada. Quise gritarle, quise pedirle que me curara, pero recordé su desprecio de anoche. Me tragué el llanto, apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula y le hice esa reverencia forzada que nos obligaban a hacer. Fue un acto de masoquismo puro; sentí cómo la piel de mis dedos se tensaba y amenazaba con abrirse más.

Seguí caminando hacia mi habitación. Cada paso era un calvario. Al entrar, cerré la puerta con el hombro y dejé caer los restos del vi