El Baile De Poe by Florencia Sarmiento at Inkitt
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El baile de Poe

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Si bien el baile era hermoso, algo ocultaba y solo Poe podria saberlo....la noche nunca habia sido tan misteriosa como ella.

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Capítulo 1

Esa noche plutónica de octubre. Era única. 

Dentro de la gran mansión, el baile comenzaba. El fuego de las velas temblaba, se agitaba y aun así brillaba.

Las risas, el roce de los vestidos y el eco de los zapatos resonaban contra el mármol frío.

—¡Edgar! despierta— dijo un hombre moviendo el hombro de Edgar. Que se sobresaltó al sentir el calor del salón. —tranquilo, amigo. Te quedaste dormido— explicó el hombre.

Edgar miró sus manos, en una había una copa de vino; vacía para su desgracia.

No dijo nada e intentó reconocer donde estaba. Sin éxito comenzó a caminar por el salón.

Cuando una charola llena de copas se detuvo frente a él, no dudó en tomar una y agradecer.

El alcohol en los últimos meses había sido su aliado más íntimo. Se paró frente a la ventana. El baile detrás de él era vida, alegría y sin embargo, Edgar carecía de ella.

Afuera apenas se podía ver, la noche sin luna, el viento que soplaba violentamente.

agitando las copas de los árboles apenas visibles.

La copa en su mano comenzó a temblar, al igual que su cuerpo. Sentía la presión en el pecho que lo ahogaba, apenas podía respirar. Tenía la sensación de que alguien afuera gritaba.

“¿quién era? ¿una mujer? ¿era ella? debe ser ella”

Edgar se llevó la mano al pecho, justo donde sentía latir el corazón tan rápido, que lo escuchaba claramente. La visión poco a poco se iba poniendo borrosa, su boca se secaba y fue entonces que algo lo invadió.

Frío.

Un gélido viento, apenas perceptible.

—Respire señor…suele durar menos de lo que cree..respire lentamente— dijo una voz suave, femenina. Edgar no levantó la vista, solo obedeció. Respiro despacio, contó los segundos, cuando llegó al veinticinco, había logrado el control sobre su cuerpo.

—¿esta bien ahora?—La suave voz era cómo una caricia para el alma torturada del escritor.

—Si mi lady, muchas gracias— dijo Edgar levantando la vista, y jamás había visto una belleza tan inusual.

Era tan pálida cómo la nieve, su cabello y sus ojos tan oscuros cómo las noches más frías. Sus labios tan rojos cómo las rosas, la sangre y su vestido, se podían fundir con la oscuridad del cielo y el brillo de la noche.

Una belleza melancólica, lúgubre, gótica.

Demasiado bella.

La observo un momento, perdido en su belleza.

La mujer sonrió y al ver al escritor interesado en ella.

—Señor Poe, es un placer por fin conocerlo— dijo ella haciendo una leve reverencia. Edgar reaccionó de inmediato. Él se inclinó casi de manera teatral.

—Perdone mi descortesía, señorita. Le ruego me disculpe —dijo Edgar, apenado—. El placer es mío… rara vez se tiene el honor de contemplar una belleza tan singular.

Ella sonrió aceptando sus disculpas.

—Por favor señor Poe, me honra con su presencia en mi baile— dijo ella con tranquilidad.

Edgar ni siquiera podía recordar cómo había llegado, ni siquiera podía recordar si lo habían invitado. Y aun así , con calma asintió mirando a su anfitriona.

—Muchas gracias por la invitación. Hace tiempo que…

—No hace falta que lo diga señor. ¿Qué le parece si le concede a esta dama un baile?— dijo la mujer con una sonrisa. Edgar la admiro unos segundos, una belleza tan rara debía admirarse.

—Por supuesto señora— dijo con tranquilidad, dejando la copa de lado.

La guió, sin darse cuenta, hasta el centro de la pista de baile.

La música suavemente comenzó a sonar, volvió el lugar cómo un abrigo del frío. Melodiosa, pero no alegre, era triste…si una melodía triste o mejor dicho melancólica. Poe tomó la mano de la mujer, colocó la otra detrás de la espalda de esta. Notó el frío del cuerpo de ella, sin embargo no le pareció raro, ni mucho menos extraño. Él también sentía frío, mucho frío.

Su cuerpo se movía suavemente, aunque sus piernas le pesaban, sus pasos eran muy rectos, casi cómo si hubiera olvidado cómo bailar.

—Disculpe señorita…esta noche estoy algo torpe— dijo Edgar mientras intentaba bailar más ligero, aunque apenado con su anfitriona.

—No se preocupe Señor Poe, se acostumbrara. Solo lleva tiempo— dijo ella con suavidad, casi cómo si sus palabras acariciaran el corazón del escritor.

Quien se sorprendió por dichas palabras.

Edgard la miró detenidamente, era bella, demasiado bella…casi cómo si fuera un sueño, una ilusión de una mujer que…

—Disculpe mi atrevimiento señorita pero…¿nos conocemos?— preguntó el escritor, con cierto miedo de haber olvidado a alguien.

Cuando ella giro, la sombra que apenas cubrio su rostro unos segundos, logro hacer que edgar viera un brillo en sus ojos negros.

Un brillo que conocía, uno que le heló la sangre y se detuvo en ese momento.

—Me temo que sí, pero no. Usted me conoce solo de nombre y yo en cambio, lo conozco desde que era un pequeño —dijo ella acercándose a él.

Edgar intentó retroceder pero no pudo, simplemente su cuerpo no le respondía.

Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que lo volvió a escuchar en sus oídos, y sus pulmones, se negaban a dejar que el oxígeno entrara.

—tu…tu…no…—apenas podía dejar escapar unas palabras.

La música cesó y los invitados callaron, aunque no lo miraron. Sus ojos se mantenían en el punto fijo de antes de parar todo.

Ella lo miró con tristeza y aun así le sonrió, con melancolía.

Con cuidado ella tomó la mano de Edgar y tiró suavemente de él, para comenzar a bailar sin música.

—No querido Edgar, no así. Baila y te sentirás mejor ...baila conmigo, cómo siempre hiciste en vida— susurro ella.

Fue un relámpago, solo uno el que hizo que Edgar viera cómo el rostro perfecto de ella, se iluminará apenas para dejar ver una calavera.

Ella comienza a guiarlo, mientras el cuerpo de él se resistía.

—si lo haces duele Edgar, no te lo recomiendo, nunca recomiendo resistirse—susurro ella y el cuerpo de Poe se aflojo.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que me pasó?— cuestionó Poe, no recordaba sus últimos momentos antes de llegar ahí.

—me temo querido Edgar que no puedo responder esa pregunta pero si puedo e hice lo que pediste por última vez—dijo ella mientras le sonreía.

Edgar recordó levemente algo, un susurro que había salido de sus labios “Señor ayuda a mi pobre alma”. Recordó el parque, el frío, las palabras y luego….

—Tu alma..aquí estará a salvo, Edgar — dijo ella con suavidad.

—Pero aún…

—Sh… tu tiempo termino Edgar, has creado, haz amado…haz…—

—¿amado? creado, claro que lo he hecho —dijo Edgar molesto, se detuvo no quiso bailar más. Ella lo miró triste pero todos reaccionaron casi parecido. —Me has quitado todo lo que he amado, todo…mis padres, mi madre, mi esposa…mi querida Virginia. Tan pura, joven y tan…amada— susurro Edgar sintiendo cómo cuchillas se clavaban en su pecho.

—Jamás te lo he quitado yo. Su tiempo había terminado Poe…yo solo…

—entiendo a los otros, entiendo que te hayas llevado a mi familia pero porque ....¿porque a virginia?—volvió a cuestionar Edgar.

Ella se acercó, no molesta, pero si cansada.

—Señor Poe, no le debo explicaciones. Usted sabía cómo estaba, lo frágil que era, su tiempo había acabado. Y listo…Pero no entiende dónde estamos? acaso un escritor que ha hablado de mi, me represento, ha hecho que la sombra de nombre apareciera en sus relatos. No es capaz de ver donde estamos— dijo seriamente la mujer.

Edgar tembló porque sabía con quien hablaba,a quien o que tenía frente a él. Había tenido un momento de coraje, ahora no más.

La mujer lo miró con calma, sus ojos oscuros lentamente se fueron apagando.

La música sólo era un eco en la habitación.

No hubo más palabras, no hubo invitación. Solo certeza de la verdad.

Edgar se inclinó hacia la mujer, extendiendo su mano. Invitandola una vez más.

Ella tomó la mano del escritor con delicadeza.

El vals continuó en silencio. Mientras la música seguía, ambos se miraban.

No necesitaron palabras para saber lo que pensaba el otro, o mejor dicho ella no las necesito.

Cuando por fin la música terminó, ambos se inclinaron ante el otro.

—Debo decir que ese baile fue maravilloso— dijo ella con una sonrisa. Poe la miró con calma y asintió. —Bueno, gracias por dejarme ser “humana” por un momento— susurro con alegría.

El hombre la miró sorprendido, se inclinó con la mano en el pecho; agradecido.

—A usted señorita, por dejarme “vivir” esta noche maravillosa— dijo Edgar aceptando su destino y su inevitable partida al más allá. Pero el semblante de la mujer cambió de repente, negándo suavemente en silencio.

—Tu alma esta bien aqui Edgar, cómo ya te he dicho, serás un gran anfitrión— dijo ella con una sonrisa.

Antes de que Poe pudiera decir una palabra, la suave y delicada voz de una mujer hizo un eco en él.

—¿Edgar?—

Cuando volteo ahí estaba ella; el amor de su vida.

Virginia. Su esposa, su compañera, su amiga, su luz.

Ella corrió a sus brazos, encantada de ver a su esposo. Él la recibió en sus brazos, estrechandola con delicadeza. Beso su frente y mejillas—rosadas—.

—Edgar…por favor— dijo Virgina entre risas. Se detuvo por pedido de su joven esposa, tomó su rostro con cuidado y lo admiro con calma.

—Estas tan hermosa cómo recordaba querida— susurró él con amor.

Ninguno se percató de que la música había vuelto a sonar con alegría y los invitados comenzaron a bailar, a hablar y reír.

—Edgar bailemos— dijo Virginia entusiasmada por bailar. Poe asintió con alegría encantado de volver a estar con el amor de su vida.

La mujer de vestido negro, los vio desde la puerta.

Alegre y cansada, pero estaba admirando la escena.

Edgar la observó y notó la capa que llevaba.

Roja, cómo había descrito alguna vez.

Se alegró de saber que la muerte usaba “su capa roja”.

Con alegría, la muerte, admiro el salón.

Dejando al escritor rodeado de amor, compañia y alegria…

Entre bailes y risas, él eternamente descansaría.

Entre admiración y amor, él escribiría.

Y entre nosotros, Edgar Allan Poe vivirá.

Fin.

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