Prólogo
La luna en cuarto menguante se alzaba imponente y solitaria sobre el cielo de Morgana. Alzó la vista para contemplarla. A diferencia de la luna llena, que se imponía majestuosamente como una deidad en el firmamento, la luna de aquella noche parecía vigilar desde las sombras, oculta tras la oscuridad nocturna. Su luz tenue se filtraba con cautela, asegurándose de que nadie interrumpiera la paz y el silencio que reinaban en las calles.
Era medianoche cuando llegó a la mansión Reis, un imponente edificio que se erguía con dignidad en medio del silencio. Las calles estaban desiertas, despojadas de cualquier rastro de vida y con la única compañía de su propia sombra. Sin embargo, no era algo que le inquietara. Al contrario, a esas horas de la noche es cuando se sentía más cómodo.
Tras unos breves segundos de espera, la puerta se abrió, revelando una figura alta y delgada. Era el mayordomo de la familia Reis, que iba vestido con la indumentaria estándar del personal: camisa blanca, chaleco y pantalones negros. Se apartó y le hizo un gesto para que entrara, dejando al descubierto unos guantes de algodón, del mismo color que la camisa, que le cubrían las manos.
—Buenas noches, mi señor —dijo el mayordomo con tono sosegado—. El señor Reis le espera en la habitación del segundo piso. Sígame.
El hombre entró a la mansión y fue recibido por la luminosidad de una gigantesca lámpara de araña dorada que colgaba del techo del gran recibidor. Siguió al mayordomo escaleras arriba mientras recorría con la mirada la moqueta carmesí de bordes dorados que cubría los peldaños bajo sus pies. No era la primera vez que visitaba ese lugar y, aun así, no podía evitar asombrarse con lo ridículamente grande que era aquel sitio. Llegaron al segundo piso y se dirigieron hacia una de las puertas del fondo del pasillo. El mayordomo tocó a la puerta.
—Adelante —dijo una voz grave al otro lado.
—Su visita ha llegado, mi señor.
—Que pase. Puedes retirarte.
El mayordomo inclinó ligeramente la cabeza e hizo pasar al hombre que esperaba en el umbral.
La habitación era amplia; una hilera de estanterías cubría la pared de la derecha. Al otro lado de la estancia, al resguardo del calor de una chimenea, se encontraba sentado en un sillón un hombre de mediana edad, de rostro serio, vestido con una túnica de color azul oscuro. El rostro era idéntico al del cuadro que había colgado en una de las paredes junto al fuego. Algo más joven y con algunos kilos menos, con la cabeza afeitada, pero sin esas primeras canas en la barba que empezaban a brotar a sus cuarenta y cinco años de edad. Era uno de los hombres más poderosos de Morgana, el dueño de todo lo que lo rodeaba, el mismísimo Líbur Reis.
Líbur había heredado su posición tras el fallecimiento de su padre, pero no se conformó con eso. Su ambición destacaba por encima de todo: siempre firme y rígido, cumpliendo con sus responsabilidades y haciendo cualquier sacrificio que fuera necesario para cumplir sus objetivos. Su poder adquisitivo se multiplicó tras invertir en varios centros de ocio en el barrio que él mismo administraba: el barrio de Nova. Había invertido en varios restaurantes e incluso mandó construir un gigantesco y glamuroso teatro, al cual no paraban de llegar viajeros de todos los rincones del mundo. Pero lo que sin duda le generó más ingresos fueron los pubs y burdeles. La noche del barrio de Nova era conocida por todos los habitantes del reino.
Y todo esto que había construido, algún día pasaría a las manos de su hijo Tristán. Hijo cuyo comportamiento dejaba mucho que desear. Tras el fallecimiento de su madre, Tristán se volvió un holgazán y se pasaba el día evadiendo sus responsabilidades, frecuentando noche sí y noche también los pubs y burdeles del barrio.
—Qué curioso que hayas entrado por la puerta —comentó Líbur, sorprendido.
—Pura cortesía, no quería ser maleducado.
—Algo sorprendente, viniendo de ti. ¿Una copa? —ofreció Líbur señalando la mesita que tenía al lado.
—No, acabo de darme un festín y no quiero ensuciar este regusto tan placentero.
—Ya veo. Espero que no haya sido por aquí cerca —dijo mientras le daba un sorbo a su copa de vino.
Sonrió maliciosamente y apartó levemente una de las cortinas carmesíes del ventanal. Desde ahí podía ver los picos del palacio de Ántica, donde residía el rey Aldis Azerus. La familia Azerus gobernaba en el reino de Morgana desde hacía siglos, aunque el reinado de Aldis no iba a ser recordado como uno de los mejores. Llevaba ya quince años de reinado, los impuestos estaban más altos que nunca y cada vez había más pobreza en el reino, sobre todo en las zonas más alejadas de los cuatro barrios principales que rodeaban el palacio. Todo el reino sabía que lo único que hacía el rey era organizar fiestas con la nobleza, donde no se escatimaba en lujos. No es que fuera un tirano, simplemente, no ejercía como rey; se dedicaba a vivir la vida sin ningún tipo de responsabilidad. Pero lo que tenía más desanimado al pueblo era ver que el hijo seguía el mismo camino, lo que no auguraba un futuro muy prometedor.
—Líbur, hay que ejecutarlo ya.
—Aún no, es demasiado pronto.
El hombre se giró y miró a Líbur a los ojos.
—¿Pronto? Si se enteran podríamos perder esta oportunidad —remarcó, impaciente.
—Te digo que esperes, hazme caso —respondió Líbur, agotado.
—Te recuerdo que yo no sigo tus órdenes. Solo acepté porque era un pacto que nos beneficiaba a ambos.
Líbur resopló.
—Solo te pido unas semanas para que pueda dejarlo todo atado. Sabes perfectamente que si se enteran de que hemos sido nosotros, estaremos acabados.
El hombre trató de serenarse. Cierto era que no tenían que precipitarse, pero estaba cansado de esperar, ya había esperado mucho.
—Está bien, pero que sea cuanto antes, de lo contrario, lo haré a mi manera —advirtió el hombre de manera contundente para, acto seguido, desvanecerse dejando tras él una neblina oscura.
Con la mirada perdida, Líbur hacía girar uno de los anillos que llevaba en los dedos mientras pensaba profundamente. Era una manía que tenía desde hacía tiempo y le ayudaba a concentrarse. Después de unos segundos, hizo sonar un timbre.
—¿Sí, mi señor? —contestó el mayordomo, que acababa de entrar por la puerta.
—¿Dónde está Tristán? ¿Duerme? —preguntó Líbur.
—El señorito Reis salió esta noche y me temo que aún no ha regresado, mi señor.
Líbur resopló y puso los ojos en blanco, mostrando un ligero enfado.
—Seguro que está en algún burdel bebiendo y haciendo el idiota. Asegúrate de despertarle mañana a primera hora y dile que venga a verme.
—Como usted ordene, mi señor.
El mayordomo salió y cerró la puerta. Líbur se acabó la copa de vino y la dejó sobre la mesa.
—Voy a tener que espabilar a este niño.