1989 año del cambio
~Alexander
La vida te lleva por distintos caminos, guiándote através de cada uno con la experiencia y el conocimiento que adquieres.
No siempre es fácil interpretar los mensajes que el universo parece enviarnos; aveces, las oportunidades están frente a nuestros ojos, acompañadas de todo lo necesario para alcanzarlas, para tomar decisiones que nos acerquen a nuestrossueños.
Y aun así, las dejamos pasar.
¿Es eso lo que el destino tiene planeado para nosotros?
¿O el verdadero error es dejar ir aquello que, en el momento preciso, se nos ofrece?
¿Podría eso enfurecer al universo?
No tengo respuestas para ninguna de mis propias preguntas. Dudo que alguien las tenga. Al final, solo hay una vida… o al menos eso es lo que todos creen.
Todo lo que ocurre a nuestro alrededor debe tener un propósito, uno capaz de cambiar por completo el rumbo de la historia.
Un efecto mariposa que comienza conmigo y termina en mí, porque, en mi mundo, no existe nada más allá de mi propia existencia. Suena egoísta, sí, pero no hay nadie más en quien pensar.
Eso es lo que me repito, vida tras vida.
Porque sé que he vivido más de una vez.
Ahora lo tengo claro.
Lo recuerdo con una precisión inquietante: el mismo rostro, la misma voz, la misma piel… mis ojos sosteniendo siempre la misma mirada. Hay vacíos, fragmentos que no logro descifrar, pero sé que, con el tiempo, todo termina por encajar.
No sé si esto le ocurre a alguien más, y tampoco tengo intención de averiguarlo. No todavía.
Por ahora, solo quiero vivir: conocer, aprender,reír, enamorarme, perderme en el deseo, soltar la culpa que me ata a un pasadoal que ya no pertenezco. Un pasado que, por lo tanto, tampoco merece mispensamientos ni mis emociones.
Por eso tomo una decisión simple: aceptar cada oportunidad que se cruza en mi camino… y no volver a dejarla ir.
¡Estoy en México! No puedo creerlo.
Es una fantasía, un sueño inmenso. Después de tanto insistir, luchar, llorar, rogarle a mis padres, por fin lo conseguí.
Para mi padre, no era más que un capricho, un berrinche que, como siempre, mi madre terminó por cumplir.
Ellos no lo saben… pero tengo que estar aquí.
Hay algo inexplicable, una fuerza que me arrastra a este país, a sus ciudades, sus pueblos, su gente. Sé que aquí voy a encontrar respuestas, que aquí está lo que lleva tanto tiempo atormentando mi mente.
Canadá quedó atrás; dejó de importarme. Volveré solo de visita, para ver a mi familia, pero después regresaré a México y continuarécon esta travesía.
Acabo de aterrizar. Soy solo un chico, casi un niño,lleno de ilusiones que hacen latir mi corazón de una forma extraña, intensa.
Estoy solo, sin nadie que me guíe… pero nada de eso me detiene.
El aire es distinto; el aroma, extraño. No es desagradable, pero sí diferente. Hay mucha gente, todos distintos entre sí.
Su forma de hablar me resulta curiosa; por suerte,entiendo el idioma. Es extraño llegar a un lugar nuevo y sentir que todo es un descubrimiento, como cuando eres niño y el mundo entero parece una sorpresa.
El clima es frío. Todos llevan sudaderas y chamarras gruesas; me parecia un poco exagerado.
En Toronto, esto sería un día cálido.Empiezo a notar las diferencias. Me adaptaré rápido… eso espero.
¿Por qué me miraban tanto? ¿Será mi forma de vestir?¿O simplemente se notaba que no soy de aquí? Debe ser eso.
Dejé a un lado el nerviosismo y avance con mis enormes maletas, esquivando a la gente que se mueve en todas direcciones. Busqué a alguien que pueda orientarme, necesito encontrar la zona de taxis. Mis padres habían alquilado un departamento para mí; llevaba la dirección anotada en un papel dentro de mi billetera.
—Zamora 35, Condesa —dije, con un leve nerviosismo,a la chica de la caseta de taxis.
Me observó durante unos segundos, con gesto confundido y poco amable. No pensé que bastara con hablar para que se notará que no soy de aquí.
—¿Zamora qué? ¿Podrías repetirlo, por favor?
—Zamora 35, colonia Condesa.
Esta vez lo dije con más firmeza. Vamos, solo estás pidiendo un taxi, no seas cobarde, me repito. Mi voz sale más clara, más segura.
La chica asiente, anota algo en un pequeño ticket yme lo entrega.
—Listo. La fila es por allá, detrás del chico degorra negra y chamarra verde. Bonito día —dijo, señalando la fila que se extiende a unos metros de la taquilla.
—Gracias —respondí , antes de seguir la indicación.
Superé el primer reto: el contacto humano, lasocialización.
No lo hago tan mal… o al menos eso quiero creer. Nadie parecenotar que, por dentro, muero de miedo, completamente solo en esta jungla inmensa llamada Ciudad de México.
Cuando llega mi turno y subo al taxi, guardo silencio. Un leve arrepentimiento empieza a asomarse.
¿Qué estoy haciendo?, me pregunté.
Pero a medida que el auto avanza, el miedo se disuelve.
Me dejé atrapar por todo lo que veo: las calles, los edificios, los restaurantes. La gente, tan distinta entre sí. La música que se cuela desde las esquinas. No pude evitarlo… sonreí.
—Estoy en casa —murmuré.
El silencio me golpeó de pronto. Una oscuridad me obligó a retroceder, y la soledad se instaló en mi pecho.
Al entrar al departamento que mis padres alquilaron para mí, todo se sentía ajeno.
Durante dieciséis años viví , crecí, reí , lloré y dormíbajo el mismo techo; ahora estoy en un lugar que no me pertenece.
—Puedes con esto y más, Alexander. No te doblegues ante nada. Recuerda quién eres.
Me aferré a esas palabras. Recordé lo que mi padre nos decía a mis hermanos y a mí cuando éramos niños:
Abrázate. Date las palabras que necesitas escuchar.
No sé cómo lo interpretaban ellos, pero yo siempre lo tomé de forma literal.
Me abrazo.
Cruzo los brazos sobre mis hombros, me sostengo, me doy fuerza con mi propia voz.
Eran las 13:37. Aún quedaba mucho día por delante. Empecé a ordenar mis cosas en el armario de la habitación.
Reorganice los muebles del departamento,adaptándolos un poco más a mi estilo. Eso me daba calma.
Todo quedó listo para el día siguiente. Así, sin más, tenía que presentarme en la escuela. Esa es la razón principal de estaraquí… o al menos el pretexto que les doy a mis padres.
Tomé un baño, me puse ropa interior y fui directo ala cama. El sueño me venció casi de inmediato.
A la mañana siguiente desperté con una emoción difícil de contener. Era el inicio de mi proyecto de vida. Algo bueno tenia que esperarme en esa escuela.
Salté de la cama, me alisté y salí a toda prisa, asegurándome de no llegar tarde. Tomé el primer taxi que pasa.
Una vez más, mi mandíbula casi cae al ver el lugar.
La universidad es impresionante. Su arquitectura me dejó sin palabras.
Caminé hacia la entrada principal. Había varios vigilantes.
Me acerqué sin miedo y, justo cuando estaba por hablar, uno deellos se adelantó.
—Buenos días… tú debes ser el chico canadiense del que tanto se habla.
Sonreía con una amabilidad casi excesiva.
—¿Qué?
—Sí, Alexander D’Angelis. La directora y los profesores nos avisaron de tu llegada. Te estamos esperando.
Abrió el acceso para dejarme pasar.
—Llegó el chico canadiense —dijo otro por radio.
—Bienvenido, Alexander. Presta atención —añadió otro,colocando una mano en mi hombro.
Me tensó.
Eran amables, sí, pero la forma en que me rodeaban era extraña. Me observaban demasiado…como si fuera algo digno de exhibirse.
—¿Ves aquellas escaleras al fondo, con barandal de piedra?
—Sí.
—Irás hasta allá y subirás al cuarto piso. Ahí te espera la directora. Ella te dará todas las indicaciones.
Me dio una palmada en la espalda y un leve empujón que me obligó a avanzar.
—Gracias.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al cruzar la explanada. Había demasiada gente: conserjes, profesores, padres de familia y,sobre todo, alumnos. Muchos alumnos.
No solo los guardias sabían de mi llegada… todos parecían saberlo. Las miradas lo confirmaban. Me seguían.
Siempre fui relevante… pero eso era distinto.
—Alexander, bienvenido a México, bienvenido a tu nueva escuela. Soy Angélica Cortés, directora de esta institución.
Extendí la mano y la estreché con la suya. Comenzó acaminar y la seguí por inercia. Habla, explica, dice muchas cosas… pero en algún punto dejo de escuchar. Mi mente se desconecta. Todo se vuelve ruido.
—Entonces, Alex, ¿alguna duda?
Parpadee.
¿Qué se supone que debo responder? Dejé de entender hace varios minutos.
—¿Qué? Eh… no, ninguna. Todo muy claro, señora Angélica.
—Muy bien, Alex. ¿No hay problema si te llamo así?
—Para nada. Es más rápido.
—Perfecto. Estamos aquí. Alex, ella es Stella Sáenz.
Giramos y entre tras ella sin preguntar. Abrio la puerta de una pequeña oficina.
Y entonces la vi.
Ella se puso de pie de inmediato y sonrío al mirarme.
—Esperaba tu llegada, Alexander.
El mundo se detuvo.
O tal vez era yo.
Espero no haber sido el único que sintió eso… porque lo que ocurría en mi pecho no era normal.
Caminó hacia mí, tomó mi mano y besó mi mejilla.
—Hola… un gusto —dije casi de inmediato.
Y lo es, más que un gusto… es algo difícil de explicar—. Es extraño… siento que la conozco.
Lo dije sin dudar.
Ella sonrío otra vez, intercambio una mirada con la directora. Habia algo en ese gesto… algo que no alcance a entender.
—Puede ser —responde con calma—. Quizá en otra vida.Porque en esta, no lo creo posible.
Qué curioso. Ella no lo sabe, pero lo que acaba dedecir es una posibilidad muy real… al menos para mí.
—Bueno, los dejo, chicos —dijo la directora, rompiendo la conexión de miradas entre Stella y yo—. Alex, te quedas en buenas manos. Ella será tu guía. Pero puedes buscarme cuando lo necesites.
Se acercó a Stella, la abrazó con calidez y salió de la oficina.
—Ahora sí, hagamos esto un poco más formal. Toma asiento.
Obedecí de inmediato.
—Soy Stella Sáenz Miranda, tengo diecisiete años y soy pasante de servicio. Estaré a cargo de esta sección por al menos seis meses… lo que significa que, durante esta semana, estaré a cargo de ti.
—Un gusto, Stella. Soy Alexander D’Angelis Sinclair,tengo dieciséis… y no sé qué más decir.
Sonreí. Probablemente me veía ridículo, pero no pude evitarlo. Su cabello rojizo cae con brillo sobre sus hombros; sus ojos, color canela, me sostienen. Sus labios finos, su piel cubierta de pecas… todo en ella parecía fuera de lugar, como si no perteneciera del todo a este mundo.
—No te preocupes, Alexander. Es normal estar nervioso; todo esto es nuevo para ti. Y, si te hace sentir mejor… yo también lo estoy. Es mi primer día, y eres la responsabilidad más grande que puedo tener.Aprendamos juntos, ¿sí?
—Eres… increíble. Eso ayuda —respondí, sin pensar demasiado—. Pero llámame Alex, es más fácil.
—De acuerdo, Alex.
Después de esa breve presentación, seguimos hablando. Me explicó cada detalle: lo administrativo, lo social, las clases,los profesores. El tiempo pasó sin que lo notara.
Me pidio documentos —los mismos que mis padres mencionaron— y, en más de una ocasión, duda. La veo llamar por teléfono, pedir indicaciones, corregirse.
Está nerviosa.
Acomodaba su cabello constantemente, mordía su labio inferior. Aun así… era encantadora.
—Gracias por tu paciencia —dijo al final—. Sé que soy lenta, pero creo que lo hice bien.
—Lo hiciste perfecto.
Organizó los documentos sobre el escritorio,cuidando cada detalle.
—¡Listo!
Golpeó la mesa con ambas manos. Me sobresalté.
—Podemos irnos.
—¿A dónde?
—Iremos a la cafetería. Comeremos algo y, de paso,te mostraré partes importantes de la escuela. Después te llevaré a tu primera clase.
—Perfecto.
Se puso de pie, tomó su bolso, abrió la puerta y me invitó a salir primero. Dudo un segundo, pero avanzo.
Y entonces empezo a hablar… sin detenerse.
A diferencia de la directora, a ella sí la escuchaba.
Cada palabra. Cada indicación.
Pasamos un buen rato en la cafetería.
Pidió algo sencillo para mí, asegurando que así no extrañaría demasiado la comida a la que estoy acostumbrado. Dice que es mejor adaptarme poco a poco.
Hablamos sin parar. No habia silencios incómodos, solo conversación constante. Era fácil estar con ella.
Demasiado fácil.
Hasta que llegó el momento de irnos.
No quería levantarme. Sabia lo que significa: separarme de ella.
—Ese es tu salón —dijo, señalando—. En el fólder azul tienes tu horario: materias, profesores, horarios.
—Gracias por todo, Stella. Hasta luego…
Sonreí y me incliné para besar su mejilla, como ella hizo antes.
—Me gusta más “hasta mañana” —respondió —. Estaré contigo toda la semana. Búscame mañana a las ocho, en la misma oficina.
—Entonces… hasta mañana.
La vi alejarse.
Y algo en mi pecho cambio.
Es una sensación extraña… antigua. Como si ya la hubiera conocido. Como si no fuera la primera vez.
“Quizá en otra vida”.
Sus palabras regresaron a mi mente.
—Imposible… —murmuré—. Tú no has estado aquí antes.