La flor de Soma

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Summary

Regina Stevens creció rodeada de lujo, privilegios y reglas. Joaquín vivía aislado entre el frío de Alaska y los laboratorios del Centro de Investigación Phoenix, consumido por la traición de un pasado que lo convirtió en un hombre hermético, intenso y peligrosamente difícil de amar. Él aún no era el hombre poderoso que el mundo conocería después. Pero incluso entonces, había algo en Joaquín capaz de dominar cualquier habitación… y destruir la cordura de Regina con una sola mirada. Lo que comenzó como una inesperada conexión terminó convirtiéndose en una relación marcada por la obsesión, el deseo y una tensión sexual imposible de ocultar. Entre poder, secretos, pasión y un imperio dominado por El Soma, ambos descubrirán que algunas historias no nacen para ser tranquilas. Porque detrás del sexo, el lujo y la aparente perfección… existía un amor tan intenso que podía consumirlos por completo. Te gustaría conocer su historia detrás del Soma? El sexo no debe ser Tabú...o si?

Genre
Erotica
Author
Ana Elena
Status
Ongoing
Chapters
73
Rating
n/a
Age Rating
18+

La flor de Soma ..

Este es el comienzo perfecto para establecer el contraste entre la vida de privilegios de Manhattan y la integridad emocional de Regina. Tenemos a una mujer que, a pesar de tener el mundo a sus pies gracias al imperio de Oscar Stevens, mantiene los pies en la tierra gracias a su pasión por la Ciencia y la biología y al cariño de Kim Stewart.

Pero el aire de Nueva York ya empieza a sentirse pesado con las mentiras de Drake Sterling. Esa "reunión" con Oscar no es más que un escudo para ocultar su verdadera naturaleza.

Sigamos con la narrativa. Regina llega a la imponente residencia de los Stevens, buscando quizás la honestidad que no encuentra en su relación actual .

El ático de los Stevens en la Quinta Avenida era un monumento al éxito de Oscar, pero para Regina, siempre había sido un hogar gracias a Kim. Al entrar, el aroma a jazmín y el silencio elegante de la casa la recibieron. Regina dejó su bolsa sobre la mesa de mármol, aún sintiendo esa extraña punzada de duda tras la llamada con Drake.

—¿Regina? ¿Eres tú, cariño? —La voz de Kim resonó desde el salón principal. Apareció con esa elegancia natural que la caracterizaba, acercándose para darle un beso en la mejilla a la joven que amaba como si fuera su propia sangre.

—Hola, Kim. Pasaba por aquí... Drake dice que sigue en la oficina con mi padre, así que decidí no comer sola.

Kim arqueó una ceja, con esa intuición de madre que rara vez fallaba. Conocía a los Sterling de toda la vida, pero algo en Drake nunca le había terminado de cerrar.

—Qué extraño... —comentó Kim con naturalidad mientras caminaban hacia el gran ventanal que miraba al Central Park—. Tu padre llamó hace media hora diciendo que salía hacia un club de golf con unos inversores coreanos. No mencionó a Drake.

Regina sintió un frío repentino, pero su madurez la hizo guardar silencio. No era de las que armaban escenas sin pruebas, pero como bióloga, sabía que cuando un organismo presentaba anomalías, era porque algo andaba mal en el sistema.

—Quizás me confundí de reunión —mintió Regina, tratando de restarle importancia mientras se sentaba—. ¿Y Choche? ¿Sigue en sus clases o anda con Tony?

—Ya conoces a tu hermano —sonrió Kim, distrayéndola del tema de Drake—. Está con Tony preparándose para un desfile. Sabes que esos dos no descansan.

Mientras hablaban, Regina miró hacia la ciudad. Manhattan se extendía ante ella como un tablero de ajedrez donde todos creían tener el control. Pero ella sólo pensaba e sus proyectos científicos que le apasionaban .

Mientras Regina es la "hija perfecta" que sigue los pasos académicos y mantiene una relación con el heredero "ideal",George( Choche), representa la ruptura, el exilio emocional en Inglaterra y la herida abierta en el orgullo de Oscar.

Ese rechazo de Oscar hacia su hijo añade una capa de tensión en la casa: el silencio sobre Choche debe ser ensordecedor en las cenas familiares.

Retomemos la escena en el ático, con esa atmósfera de "perfección" que esconde tantas grietas.

Capítulo 1: El Peso de las Apariencias

Kim suspiró al mencionar a su hijo, y por un segundo, la elegancia de su rostro se desmoronó bajo una sombra de tristeza. Miró de reojo hacia el despacho de Oscar, asegurándose de que las puertas de caoba estuvieran cerradas. George llamó esta mañana desde Londres —susurró Kim, casi como si cometiera un pecado—. Le va bien con la agencia de modelos, Regina. Dice que el clima es gris, pero que se siente... libre.

Regina apretó la mano de su madre adoptiva. Sabía que para Kim, tener a su hijo al otro lado del océano era un sacrificio diario para evitar las explosiones de temperamento de Oscar. Su padre, un titán que dominaba Manhattan con puño de hierro, no concebía que su único hijo varón no fuera el reflejo de sus propios valores conservadores.

—Me alegra que sea feliz, Kim. Algún día papá tendrá que entender que no puede controlar los corazones como controla sus edificios —dijo Regina con firmeza, aunque por dentro sentía la presión de ser ella quien mantenía la "paz" familiar.

La mención de la libertad de Choche hizo que Regina se sintiera extrañamente atrapada. Tenía 32 años, una carrera en Biología que amaba, y un novio, Drake Sterling, que sobre el papel era el hombre perfecto para una Stevens. Pero esa llamada nerviosa de Drake y la revelación de que no estaba con su padre empezaban a formar un nudo en su estómago.

—¿Te quedarás a cenar? —preguntó Kim, tratando de cambiar de tema antes de que Oscar llegara y el nombre de Choche se volviera tabú.

—No, prefiero irme a mi apartamento. Drake vendrá más tarde y... necesito aclarar un par de cosas con él —respondió Regina, despidiéndose con un beso.

Mientras bajaba en el elevador privado, Regina no pensaba en los millones de dólares que su familia poseía, sino en la sensación de que su vida era una estructura hermosa pero vacía. Al salir a la calle, el aire frío de Nueva York la golpeó. Decidió caminar unas cuadras antes de pedir un coche.

Fue entonces cuando, al pasar frente a un edificio de arquitectura sobria y seguridad discreta, notó un movimiento inusual. Un hombre alto, de hombros anchos y mirada intensa, salía apresuradamente mientras revisaba unos documentos. No vestía como los ejecutivos de la zona; había algo salvaje y contenido en su postura.

Era Joaquín P.

En ese momento, él levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los de Regina por una fracción de segundo. Fue un contacto eléctrico, breve pero suficiente para que el instinto de Científica de Regina detectara algo: ese hombre no era ordinario.


Al llegar a su apartamento, la atmósfera era pesada. Regina dejó su bolso en la entrada y se sirvió una copa de vino, esperando el sonido de la puerta. Cuando Drake finalmente entró, traía esa sonrisa ensayada que Regina solía encontrar encantadora, pero que hoy le resultaba irritante.

—Hola, nena. Lamento la demora, la junta con tu padre se extendió más de lo previsto. Estamos cerrando ese trato en Wall Street y ya sabes cómo se pone Oscar con los detalles —dijo Drake, dejando su saco sobre el sofá con total naturalidad.

Regina lo observó en silencio mientras le daba un sorbo a su vino. La mentira flotaba en el aire, densa y obvia.

—Es curioso, Drake —dijo ella con una voz gélida que lo hizo detenerse en seco—. Porque acabo de venir de la oficina de mi padre y Kim me confirmó que tú nunca llegaste a la reunión.

Drake se quedó congelado por un segundo, su sonrisa vaciló, pero rápidamente recuperó la compostura, aunque sus ojos delataban nerviosismo.

—Regina, puedo explicarlo... lo que pasa es que...

Drake dio un paso hacia ella, pero no para abrazarla ni para pedir disculpas. En lugar de eso, soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de arrepentimiento, y se aflojó el nudo de la corbata con una parsimonia que a Regina le heló la sangre.

—Vaya, Regina. Tan eficiente como siempre, la bióloga analizando las muestras bajo el microscopio —dijo él, caminando hacia la barra para servirse un trago del whisky más caro de la colección de ella—. ¿Realmente pensaste que iba a pasarme la tarde escuchando los sermones de tu padre sobre la moralidad de los negocios? Oscar es un dinosaurio.

Se dio la vuelta, sosteniendo el vaso con una mano y apoyando la otra en la cadera, mirándola con una suficiencia insultante.

—No fui a la reunión porque tenía cosas mejores que hacer. Y antes de que empieces con el drama del "compromiso" y la "lealtad", seamos realistas: tú y yo somos una excelente transacción comercial. Nuestros apellidos lucen de maravilla juntos en las portadas de la sección de negocios.

Regina sintió un pinchazo de rabia, pero lo que más le dolió fue la frialdad con la que él hablaba de su relación.

—¿Cosas mejores que hacer? —repitió ella, con la voz temblando ligeramente—. Drake, llevamos cinco años. ¿Eso es todo lo que somos para ti? ¿Una transacción?

Drake se encogió de hombros, bebió un trago largo y dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—Es lo que eres para todo el mundo, Regina. La hija perfecta, la que compensa el "desastre" de tu hermano Choche. Tu padre te usa para mantener su legado limpio mientras tu hermano se exhibe en Londres como un modelo de revista barata. Yo solo estoy jugando el juego que tu familia inventó.

Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, y le dio un pequeño golpe afectuoso, pero cargado de condescendencia, en la mejilla.

—No me hagas escenas. Quédate con tu vino, duerme un poco y mañana despertaremos siendo la pareja de oro de Manhattan otra vez. Al final del día, ambos sabemos que no vas a dejarme. Los Stevens no soportan un escándalo más, y tú no eres capaz de romperle el corazón a tu madre con otra decepción familiar.

Sin decir más, Drake se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.

—Te veo en la cena de beneficencia del viernes. Ponte el vestido azul, te hace ver más... sumisa.

La puerta se cerró con un clic metálico, dejando a Regina en un silencio absoluto. El aire en el apartamento se sentía viciado. Ella miró hacia la ventana, hacia las luces de la ciudad que Drake creía dominar, y por primera vez en su vida, la estructura de cristal en la que vivía empezó a sentirse como una celda que pedía a gritos ser destruida.

En la cena de beneficencia, Oscar conversando con sus socios sobre sus próximos negocios, no se percataba de las diferencias que tenían su hija y el socio hijo de su amigo . Para Oscar , Drake era el mejor partido para Regina., un abogado exitoso que lo hacía cerrar tratos difíciles e inalcanzables.

La opulencia del salón de eventos del Metropolitan parecía asfixiar a Regina. El brillo de los candelabros de cristal y el murmullo incesante de transacciones millonarias disfrazadas de caridad eran el ruido de fondo de su vida.

Oscar Stevens, erguido y con esa aura de poder que intimidaba a cualquiera, reía con sus socios mientras sostenía una copa de coñac. Para él, el mundo estaba en orden: su empresa crecía, su apellido era intocable y, a unos metros, su hija Regina lucía impecable del brazo de Drake Sterling. Oscar no veía grietas; solo veía un balance perfecto. Drake, el abogado brillante, el tiburón que cerraba los tratos que otros no se atrevían a tocar, era, a sus ojos, el heredero natural de su imperio y el guardián ideal para Regina.

Regina mantenía la sonrisa ensayada, esa que Kim le había enseñado a perfeccionar para las fotos de sociedad, pero sus ojos vagaban por el salón con un vacío profundo. Observaba a Drake interactuar, estrechar manos y soltar bromas calculadas. Se veía triunfador, sí, pero ella ya no veía al hombre que amaba; veía la máscara de un extraño.

—¿Nos vamos, Gina? Ya es tarde —susurró Drake cerca de su oído, con un tono que no admitía réplica.

Ella asintió, más por cansancio que por deseo.

El trayecto en el Alfa Romeo fue silencioso. El rugido del motor era lo único que llenaba el espacio entre los dos. Drake conducía con una mano, con esa suficiencia de quien sabe que posee todo lo que la ciudad ofrece. Al llegar al apartamento, el ritual se repitió como tantas otras noches en estos cinco años.

Una Danza de Sombras

Ya en la habitación, el encuentro fue mecánico, casi protocolario. Drake se movía con una eficiencia técnica, como si estuviera ejecutando una cláusula de un contrato. No había exploración, no había susurros, ni esa urgencia del alma que Regina leía en sus libros de ficción.

Él buscaba su propia satisfacción con una rapidez que rayaba en el egoísmo. Para Drake, Regina era un trofeo, una joya preciosa que se exhibe pero no se comprende. Mientras él llegaba a su propio clímax, sumido en su propio mundo, ella permanecía allí, con la mirada perdida en las sombras del techo, sintiéndose más sola que si estuviera en una habitación vacía.

Al terminar, Drake se dejó caer a su lado, respirando con pesadez, satisfecho de sí mismo.

—Estuviste increíble, nena —murmuró él, dándose la vuelta para dormir casi de inmediato, sin notar que ella seguía atrapada en un silencio sepulcral.

Regina se quedó inmóvil. A sus 32 años, con toda su belleza, su inteligencia y sus experiencias pasadas, se dio cuenta de una verdad devastadora: nunca, en cinco años de relación ni en sus noviazgos anteriores, había conocido el verdadero éxtasis. El orgasmo era para ella un concepto biológico, una definición en un libro de texto, pero no una realidad física.

La mañana se filtraba por los ventanales del penthouse con una frialdad plateada que encajaba perfectamente con el ánimo de Regina. Drake se había marchado temprano, con un beso distraído en la frente y el maletín lleno de contratos, dejándola a solas con el eco de una noche vacía.

Sentada en la barra de mármol, envuelta en la suavidad de su camisón de seda color perla, Regina sostenía una taza de café humeante mientras abría su laptop. Entre correos de confirmación de eventos sociales y catálogos de joyería, un asunto captó su atención de inmediato:

ASUNTO: Convocatoria Especial de Vacante – Centro de Investigación Phoenix (Anchorage, Alaska)

El nombre hizo que se enderezara. El Dr. Robert Phoenix ,m el cual era una leyenda viva en el mundo científico. Fundador de un imperio de investigación en los confines del mundo, era conocido tanto por su inteligencia absoluta como por su rudeza de carácter. Los rumores decían que era un hombre bonachón y simpático con su equipo, pero un titán implacable cuando se trataba de la ética y el rigor de sus proyectos.

Regina comenzó a leer, y cada palabra se sentía como un martillazo rompiendo el cristal de su jaula de oro.

La Invitación al Abismo Blanco

El Centro Phoenix buscaba una bióloga con especialización en genética y sistemas adaptativos. No era una oferta de trabajo cualquiera; era un desafío para mentes que no temieran la soledad del Ártico ni la intensidad del Dr. Phoenix

Regina suspiró, dejando que el vapor del café le acariciara el rostro. Cerró los ojos por un instante e imaginó la escena:

Adiós a los vestidos de gala que la hacían sentir "sumisa". Adiós a las cenas donde el apellido Stevens era más importante que sus conocimientos. Adiós a la cama donde el placer era un concepto teórico y nunca una realidad.

Se imaginó a sí misma envuelta en parkas térmicas, rodeada de microscopios de última generación, bajo el cielo infinito de Anchorage, donde el aire no olía a smog y ambición, sino a nieve virgen y libertad. Trabajar bajo el ala de Robert Phoenix significaba ser valorada por su cerebro, no por su árbol genealógico.

—Alaska... —susurró para sí misma, mirando el horizonte de rascacielos de Manhattan que ahora le parecía una prisión de concreto.

Era una locura. Su padre, Oscar, jamás permitiría que su "hija perfecta" se mudara a un puesto de avanzada en el fin del mundo. Drake se reiría de la idea, asumiendo que ella no aguantaría una semana sin sus lujos. Pero mientras Regina releía los requisitos para enviar su CV y su historial académico, sintió algo que no había sentido en años: un pulso real de emoción.

No era solo una vacante de empleo. Era una ruta de escape.

Con los dedos suspendidos sobre el teclado, Regina se debatió entre la seguridad de su vida vacía y la incertidumbre de ese mundo frío y desconocido. Sabía que si enviaba esos datos, el hilo que la unía a los Stevens y a los Sterling comenzaría a deshilacharse.

Regina deslizó el cursor sobre el botón de "Enviar". El sonido del clic resonó en la cocina silenciosa como un disparo. Durante un segundo, se quedó mirando la pantalla, viendo cómo el círculo de carga giraba hasta que apareció el mensaje: Correo enviado con éxito.

Sintió un vuelco en el estómago, una mezcla de adrenalina y una punzada de inseguridad que la hizo cerrar la laptop de golpe, como si quisiera ocultar una travesura.

Se levantó de la barra y caminó hacia el baño principal, dejando que el camisón de seda cayera al suelo. Mientras abría las llaves de la ducha y esperaba a que el vapor empañara los espejos, se miró al reflejo. A sus 32 años, Regina Stevens era una mujer de una belleza serena, con rasgos que gritaban aristocracia y una piel que nunca había conocido el rigor de un clima extremo.

—No creo que me elijan —se dijo en voz baja, hablando con su propio reflejo entre la bruma del agua caliente—. Allí necesitan gente más avanzada, científicos con años de campo en condiciones extremas... no a una bióloga de laboratorio de Manhattan que ha pasado más tiempo en cenas de gala que en una expedición.

Entró en la ducha, dejando que el agua casi hirviendo golpeara sus hombros. La inseguridad la invadía: sus investigaciones sobre genética adaptativa eran brillantes, sí, pero eran teóricas. ¿Qué podía ofrecerle ella al gran Dr. Robert Phoenix En ese centro en Anchorage, la gente probablemente desayunaba desafíos científicos y cenaba tormentas de nieve.

—Es una locura, Regina —susurró, cerrando los ojos mientras el jabón resbalaba por su cuerpo—. Drake tiene razón en algo: soy la "hija perfecta". Y las hijas perfectas no se mudan al fin del mundo a trabajar para un hombre que tiene fama de ser un ogro brillante.

Sin embargo, a pesar de su propio pesimismo, algo en su interior se sentía extrañamente ligero. Por primera vez en cinco años, había tomado una decisión que no consultó con Oscar, que no planeó con Kim y que, definitivamente, no incluía a Drake.

Se terminó de bañar, se envolvió en una toalla de algodón egipcio y volvió a su habitación. El silencio del apartamento, que antes le parecía elegante, ahora le resultaba opresivo.

Lo que Regina no sabía era que, a miles de kilómetros de distancia, en una oficina rodeada de glaciares y tecnología de punta, el Dr. Robert Phoenix estaba revisando perfiles. Y Robert no buscaba solo currículums llenos de años de experiencia; buscaba mentes que aún conservaran el hambre de descubrir algo nuevo.

¿Qué sucede cuando llega la respuesta?

La sorpresa: Robert Phoenix ve algo en la tesis de Regina que nadie más ha notado y le responde personalmente esa misma tarde.

El gimnasio privado de su edificio era un refugio de cristal y acero, pero esa mañana, ni siquiera el esfuerzo físico lograba silenciar su mente. Mientras Regina mantenía la postura en la máquina de remo, el ritmo de su respiración parecía marcar la misma pregunta: “¿Y si me responden? ¿Y si el gran Robert Phoenix realmente lee mi tesis sobre marcadores genéticos adaptativos?”.

Se detuvo un momento para secarse el sudor de la frente. La idea le provocaba un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Se sentía como una impostora jugando a ser científica, mientras el mundo esperaba que simplemente fuera una Stevens.

En ese instante, su teléfono comenzó a vibrar sobre la banca. Al ver el nombre en la pantalla, una sonrisa genuina, de esas que no usaba en las galas, iluminó su rostro.

—¿Cómo estás, pequeña? —la voz de Pedro Stevens retumbó con esa vitalidad que siempre parecía desentonar en la rigidez de la familia.

—¡Hola, tío! ¿Ya volviste de Tokio? —respondió Regina, dejándose caer en la colchoneta, agradecida por la distracción.

Pedro era el polo opuesto a Oscar. Mientras su hermano mayor construía rascacielos y acumulaba poder, Pedro recolectaba anécdotas, amigos en cada puerto y una libertad que Regina envidiaba en secreto. Era alto, elocuente y conservaba ese atractivo de soltero empedernido que sabía disfrutar de la vida sin dar explicaciones a nadie.

—Aterricé hace dos horas. Tokio es fascinante, pero el sake no se compara con un buen tequila mexicano, nena —rio Pedro—. Te llamo porque presiento que el aire en Manhattan está demasiado denso. ¿Cómo va todo por la mansión de los Stevens? ¿Drake sigue portándose como el yerno ideal o ya le salió lo patán?

Regina suspiró, jugando con el borde de su toalla. Pedro era el único que se atrevía a hablar de Drake sin rodeos.

—Todo sigue igual, tío. Las mismas cenas, las mismas mentiras... —hizo una pausa, debatiéndose si contarle su secreto—. De hecho, hice algo loco hoy. Envié mi CV al Centro Phoenix, en Alaska.

Hubo un silencio del otro lado de la línea, seguido por un silbido de admiración.

—¿Con el viejo Robert? ¡Eso es tener agallas, Regina! Ese hombre es un genio, pero dicen que vive bajo sus propias reglas. Si te vas allá, Oscar va a tener un infarto de miocardio en vivo y a todo color. Pero... —la voz de Pedro se volvió inusualmente suave—, sería la primera vez en treinta y dos años que vería a mi sobrina elegir su propio camino. No dejes que el miedo a la "perfección" te detenga.

—No creo que me elijan, Pedro. Soy una novata comparada con lo que buscan —murmuró ella, tratando de bajar sus propias expectativas.

—Regina, tú tienes el cerebro de un Stevens y el corazón de... bueno, de alguien que no es Oscar. Eso es una combinación peligrosa. Llámame si necesitas que te ayude a empacar las parkas, ¿de acuerdo?

Al colgar, Regina se quedó mirando el techo del gimnasio. Las palabras de su tío le habían dado un empujón de valentía. Lo que ella no sabía era que, mientras conversaba con Pedro, en la bandeja de entrada de su correo descansaba un mensaje enviado hacía apenas diez minutos.

DE: Dr. Robert Phoenix

PARA: Regina Stevens

ASUNTO: RE: Vacante Biología – Interés en Tesis Genética

"Señorita Stevens, he leído su propuesta sobre la plasticidad genética en entornos de estrés térmico. Es... refrescante. Menos burocrática de lo que esperaba de alguien con su apellido. Me gustaría entrevistarla por videoconferencia mañana a primera hora (hora de Alaska). No llegue tarde; detesto la impuntualidad tanto como la falta de criterio."

El destino ya había respondido, pero Regina, sumergida en sus dudas, aún no sabía que su vida en Manhattan acababa de caducar.

Regina terminó su rutina de pierna, sintiendo ese temblor residual en los músculos que al menos le daba una sensación de control sobre su propio cuerpo. Se despidió de su tío Pedro con una promesa de cenar pronto y dejó el teléfono sobre la banca mientras se hidrataba.

Fue un impulso. No esperaba nada, pero la curiosidad —esa misma que la hacía quedarse horas pegada al microscopio— la obligó a revisar la bandeja de entrada una última vez antes de subir a su apartamento.

El corazón le dio un vuelco al ver el remitente: Dr. Robert Phoenix.

Sus manos, aún algo trémulas por el esfuerzo físico, casi dejan caer el celular. Abrió el correo con la respiración contenida. Al leer las palabras "refrescante" y "menos burocrática de lo que esperaba de alguien con su apellido", Regina sintió una mezcla de orgullo y una punzada de pánico. El gran Robert Phoenix no solo había leído su tesis, sino que la estaba citando a una entrevista... mañana mismo.

—¿Mañana? —susurró, sintiendo que el aire del gimnasio se volvía insuficiente—. Mañana es la cena de compromiso previa a la beneficencia con los socios de papá...

Miró la hora de Alaska. La diferencia horaria significaba que tendría que estar frente a la computadora de madrugada en Nueva York.

Subió al penthouse casi corriendo. Al entrar, se encontró con el silencio sepulcral de su hogar, pero esta vez no le pareció opresivo, sino el escenario de su pequeña rebelión. Se sentó de nuevo en la barra, aún con la ropa de gimnasio y el cabello recogido, y comenzó a teclear la respuesta.

DE: Regina Stevens

PARA: Dr. Robert Phoenix

ASUNTO: RE: Vacante Biología – Confirmación de Entrevista

"Doctor Phoenix, es un honor recibir su respuesta. Valoro mucho su franqueza respecto a mi formación; precisamente busco un entorno donde mi trabajo hable más que mi apellido. Estaré presente en la videoconferencia a la hora señalada. No habrá retrasos."

Al darle a "Enviar", Regina se quedó mirando el cursor parpadear. Sabía que estaba entrando en terreno peligroso. Robert Phoenix era famoso por no tener filtros, y si él detectaba que ella era solo una "hija de papá" jugando a ser científica, la destrozaría en cinco minutos.

Pero había algo más en ese correo que la inquietaba. La dirección IP y la firma digital mencionaban una oficina de enlace en Nueva York.

—Si el Centro está en Anchorage... ¿qué hace el Dr. Phoenix enviando correos desde una oficina en Manhattan hoy? —se preguntó Regina, recordando de repente al hombre de la motocicleta y la mirada intensa que había visto frente a aquel edificio industrial la tarde anterior.

Regina apenas pudo pegar ojo. Pasó la noche repasando sus apuntes de genética adaptativa, bebiendo té de jazmín para calmar los nervios y mirando de reojo la puerta de su habitación, agradeciendo que Drake no hubiera aparecido para otra de sus visitas "protocolarias".

A las 5:00 a.m., con el cielo de Manhattan aún teñido de un azul eléctrico y gélido, Regina se sentó frente a su escritorio. Se había recogido el cabello en una coleta tirante y vestía una blusa de seda gris, profesional pero sencilla. No quería parecer la heredera de un imperio; quería parecer la bióloga que se desvelaba analizando secuencias de ADN.

Encendió la cámara y, tras dos tonos de espera, la pantalla se iluminó.

Apareció el Dr. Robert Phoenix. No estaba en un laboratorio blanco y aséptico, sino en lo que parecía una oficina llena de libros viejos, mapas de Alaska y restos de café. Era un hombre robusto, de barba canosa y mirada penetrante tras unas gafas de montura gruesa. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

—Puntual. Punto a su favor, señorita Stevens —tronó la voz de Robert, profunda y un poco rasposa—. Aunque, siendo honesto, esperaba que a esta hora una chica de su círculo estuviera regresando de una fiesta, no lista para una entrevista de trabajo en el Ártico.

Regina mantuvo la mirada, sosteniendo la espalda recta.

—El sol sale para todos, Doctor, incluso para los que vivimos en el Upper East Side. He leído sus últimas publicaciones sobre la degradación de permafrost y creo que mi tesis sobre marcadores genéticos podría aportar una perspectiva distinta a sus muestras.

Robert soltó una carcajada seca, casi un ladrido.

—Perspectiva... Me gusta esa palabra. Suena mejor que "dinero de papá". Dígame, ¿por qué quiere dejar la calefacción central de Manhattan por un laboratorio donde el viento te corta la cara a menos treinta grados?

Regina estaba a punto de responder, de hablarle de su necesidad de ser algo más que un apellido, cuando un movimiento al fondo de la pantalla la distrajo.

La puerta de la oficina de Robert se abrió de golpe. No alcanzó a verle el rostro, pero una silueta alta y de hombros anchos cruzó el encuadre por detrás del doctor. El desconocido vestía una camiseta negra, tenía los antebrazos tatuados y dejó un fajo de documentos sobre el escritorio de Robert con un golpe seco, sin decir una palabra.

Había una energía salvaje en esa figura, una forma de moverse que desentonaba con el orden académico. Por un segundo, Regina sintió un déja vu punzante: era la misma complexión, la misma presencia contenida del hombre que había visto subir a la motocicleta frente al edificio industrial.

—¡Estoy en una entrevista, carajo! —gruñó Robert sin darse la vuelta, haciendo un gesto con la mano para que el intruso se fuera.

La figura desapareció de la toma tan rápido como había entrado, cerrando la puerta con un estruendo que hizo vibrar el micrófono de Robert. El doctor suspiró, frotándose las sienes con frustración, y volvió a mirar a la cámara.

—Disculpe la interrupción, Stevens. El personal aquí es... difícil de domesticar. Volvamos a lo nuestro: su tesis menciona la plasticidad fenotípica en ambientes extremos. Explíqueme eso como si no me importara quién es su padre.

Regina parpadeó, tratando de sacar de su mente la imagen de esos hombros anchos y el recuerdo del rugido de la motocicleta. Respiró hondo y comenzó a hablar. Por primera vez en años, las palabras fluyeron con pasión técnica, olvidándose de Drake, de Oscar y de la cena de beneficencia.

Estaba luchando por su vida, aunque fuera a miles de kilómetros de casa. cuando Drake llega al apartamento para llevarla a la cena con su padre.

La entrevista terminó con una frase que quedó vibrando en el aire como un cristal roto. Robert Phoenix se inclinó hacia la cámara, sus ojos fijos en los de Regina.

—Mire, Stevens, su teoría es impecable, pero Alaska no es un libro de texto. Es un lugar que te mastica si no eres real. Si quiere el puesto, el avión privado del centro sale el lunes a las seis de la mañana desde Teterboro. No hay espacio para maletas de diseñador, solo para gente que quiera perderse para encontrarse. ¿Es capaz de dejar su vida de seda atrás? Piénselo. Tiene cuarenta y ocho horas.

La pantalla se fue a negro. Regina se quedó inmóvil, con el corazón martilleando contra sus costillas. "Perderse para encontrarse". La frase parecía escrita para ella.

El silencio de la mañana fue interrumpido por el sonido de la puerta principal. Regina frunció el ceño; Drake no debería estar allí a esa hora. Se puso una bata de seda sobre la ropa de ejercicio y caminó hacia la estancia, pero se detuvo en seco al escuchar risas ahogadas y el choque de copas de cristal.

Lo que vio al doblar el pasillo fue la estocada final a su vida en Manhattan.

El Quiebre del Cristal

Drake estaba allí, pero no solo. Sobre la alfombra persa de la sala, entre botellas de champaña abiertas de su reserva personal, Drake se encontraba en una escena grotesca con Sasha Miller, una socialité conocida en las páginas de chismes por sus excesos y sus fiestas interminables.

Sasha reía con una estridencia que hería los oídos, su vestido de lentejuelas estaba por los suelos y Drake... Drake ni siquiera se esforzaba en ocultar su descaro. La escena era cruda, carente de cualquier afecto, un intercambio puramente carnal y sucio que destilaba el mismo cinismo que él le había mostrado la noche anterior.

—¡Drake! —el grito de Regina salió como un látigo, cargado de un asco que superaba al dolor.

Él se separó con una lentitud exasperante, acomodándose el pantalón sin el más mínimo rastro de vergüenza. Sasha, por el contrario, se cubrió a medias con una manta, lanzándole a Regina una mirada cargada de burla y superioridad.

—Oh, Gina... llegas temprano del gimnasio —dijo Drake, pasándose una mano por el cabello revuelto y sirviéndose lo que quedaba de champaña—. No pongas esa cara. Sabes cómo son estas mañanas después de una gala. Sasha necesitaba... distraerse.

—Fuera de mi casa. Los dos. Ahora —la voz de Regina era un susurro gélido, pero sus manos temblaban de furia.

—¿Tu casa? —Drake soltó una carcajada seca, acercándose a ella con ese aire de depredador—. Esta casa la paga el fondo de inversión de tu padre, el mismo que yo administro. No seas melodramática. Esto no cambia nada entre nosotros. Mañana seguiremos siendo la pareja perfecta en los diarios.

Se acercó tanto que Regina pudo oler el alcohol y el perfume barato de Sasha.

—Tú no vas a ningún lado, Regina. Eres una Stevens. Estás diseñada para aguantar esto y sonreír en la próxima cena. No eres nada sin este apellido y sin el anillo que te voy a dar.

Regina lo miró a los ojos y, por primera vez, no sintió miedo, sino una claridad absoluta. La imagen de la silueta salvaje en la oficina de Robert Phoenix y la promesa del frío de Alaska se sintieron como un salvavidas.

—Tienes razón, Drake. Soy una Stevens —dijo ella, retrocediendo un paso con una dignidad que lo descolocó—. Y por eso mismo, sé exactamente cuándo una inversión ha dejado de tener valor.

Sin derramar una sola lágrima, Regina dio media vuelta y caminó hacia su habitación. Cerró la puerta con llave mientras escuchaba las burlas de Sasha y los insultos de Drake desde la estancia.

Abrió su laptop. Sus dedos volaron sobre el teclado con una determinación feroz.

PARA: Dr. Robert Phoenix

ASUNTO: Confirmación de salida

"Doctor Phoenix, no necesito las cuarenta y ocho horas. Estaré en Teterboro el lunes a las seis de la mañana. Y no se preocupe por las maletas de seda; no pienso llevarme nada de esta ciudad que no sea mi cerebro."

Regina se sentó en el suelo de su habitación, rodeada de lujos que ya no significaban nada. El lunes no solo volaría hacia un trabajo; volaría hacia su libertad. Alaska la esperaba, y con ella, el misterio de los Phoenix que apenas comenzaba a revelarse.

El aroma a granos de café tostados y orquídeas frescas inundaba el ambiente de L'Avenue, el refugio favorito de la élite de Manhattan. Kim Stewart permanecía sentada en una mesa retirada, luciendo un conjunto de sastre impecable que denotaba su estatus, aunque su mirada delataba una inquietud que ningún maquillaje podía ocultar.

Kim no compartía la sangre de Regina, pero la había criado desde los dos años con un amor que desafiaba cualquier definición biológica. Para ella, Regina no era la "heredera Stevens"; era la niña a la que le había curado las raspaduras y la mujer cuyas ambiciones científicas siempre había defendido frente a la rigidez de Oscar.

Cuando vio a Regina entrar, vestida con unos jeans oscuros y un suéter de cachemira sencillo —lejos de sus habituales atuendos de seda—, Kim supo que algo se había roto definitivamente.

—Te pedí tu favorito, cariño —dijo Kim en voz baja, señalando un latte de avellana mientras Regina se sentaba frente a ella—. Tienes esa mirada que solo pones cuando estás a punto de saltar al vacío. ¿Qué pasó con Drake?

Regina tomó la taza, buscando calor en sus manos, y miró a su madre con una mezcla de dolor y alivio

—Se acabó, Kim. No hay boda, no hay compromiso... no hay nada —soltó Regina, y por un segundo, la máscara de "hija perfecta" se agrietó—. Lo encontré en el apartamento con Sasha Miller. No fue un error, fue el descaro más absoluto. Me dijo en la cara que yo solo era una transacción comercial.

Kim cerró los ojos y apretó los labios. No estaba sorprendida, pero el dolor de su hija le quemaba como propio. Extendió su mano sobre la mesa y apretó la de Regina.

—Ese imbécil... —susurró Kim con una rabia contenida—. Siempre supe que su ambición era más grande que su corazón, pero esto supera cualquier límite. Regina, escúchame: no le debes ni un minuto más de tu vida.

—Lo sé. Por eso acepté un puesto de investigación en Anchorage, Alaska. Con el Dr. Robert Phoenix.

Kim soltó el aire de golpe, como si le hubieran dado un puñetazo.

—¿Alaska? Regina, eso está al otro lado del mundo. Tu padre... Oscar va a perder la cabeza. Él cuenta con esa unión para fusionar las firmas. Si te vas ahora, lo verá como una traición al legado Stevens.

—Por eso te cité aquí —dijo Regina, inclinándose hacia adelante, con los ojos brillando de una forma que Kim no recordaba—. Necesito que seas mi cómplice. Mi vuelo sale el lunes a las seis de la mañana. No voy a decírselo a papá hasta que esté a diez mil pies de altura. Si se entera antes, usará todo su poder para detenerme, para obligarme a perdonar a Drake por el "bien de la familia".

Kim miró hacia la ventana, viendo el ajetreo de la Quinta Avenida. Sabía que ayudar a Regina significaba enfrentar las tormentas de temperamento de Oscar, pero también sabía que si Regina se quedaba, su alma terminaría marchitándose en una jaula de oro.

—Él se va a poner furioso conmigo por no habérselo dicho —dijo Kim, volviendo a mirar a Regina con una sonrisa triste pero decidida—. Pero prefiero lidiar con su mal humor que ver cómo te conviertes en una sombra de ti misma al lado de un hombre como Drake.

Regina sintió que un peso inmenso se levantaba de sus hombros.

—Gracias, mamá. Prometo escribirte todos los días. Y por favor... dile a Choche que al final tuve el valor de seguir sus pasos. Que yo también voy a buscar mi propio Londres, aunque el mío sea de hielo.

Kim asintió, secándose una lágrima traicionera con un pañuelo de seda.

—Vete, Regina. Empaca lo que necesites y no mires atrás. Yo me encargaré de que tu padre no sospeche nada este fin de semana. Dile a ese Dr. Phoenix que si no te cuida bien, tendrá que vérselas con una madre neoyorquina muy enfadada.

Las últimas 48 horas en Manhattan se sintieron como caminar sobre un campo minado envuelto en terciopelo. Regina se movía por el penthouse como un fantasma, empacando lo mínimo en una maleta resistente que escondió en el fondo del clóset, lejos de la vista de la servidumbre.

La Última Cena: El Teatro de las Sombras

El sábado por la noche, Oscar Stevens organizó una cena "íntima" en su mansión para celebrar los avances del próximo contrato. La mesa estaba servida con platería de ley y cristalería de Murano. Drake estaba allí, sentado a la derecha de Oscar, luciendo un traje a medida que ocultaba perfectamente al hombre cínico que Regina había encontrado en su sala.

—Estamos a un paso de consolidar el bloque Stevens-Sterling, Regina —dijo Oscar, levantando su copa con una satisfacción que le ensanchaba el pecho—. Drake ha hecho un trabajo impecable con los socios de Londres. Pronto, no habrá quien nos toque en Manhattan.

Regina sintió que la comida se volvía ceniza en su boca. Miró a Drake, quien le dedicó una sonrisa cargada de suficiencia, una advertencia silenciosa de que él creía haber ganado.

—¿No tienes nada que decir, Gina? —preguntó Drake, estirando su mano sobre la mesa para rozar la de ella con una falsa ternura que la hizo estremecer de asco.

—Solo que... el futuro siempre trae sorpresas, Drake —respondió ella con una calma gélida, retirando la mano para tomar su copa de vino.

Kim, sentada frente a ellos, interceptó la mirada de Regina. Sus ojos compartieron un secreto que quemaba. Kim intervino rápidamente, desviando la atención de Oscar hacia los detalles de la gala del lunes, sirviendo de escudo para que Regina no tuviera que fingir más de lo necesario.

El Escape: Hacia el Horizonte de Hielo

La madrugada del lunes llegó con una lluvia fina que empañaba los cristales de Nueva York. A las 4:30 a.m., Regina se levantó. No encendió las luces. Se vistió con ropa térmica, jeans resistentes y una parka oscura. Dejó atrás los tacones de diseñador, las joyas y el perfume que Drake tanto le celebraba.

Sobre la almohada de seda, dejó un sobre blanco con el nombre de su padre. No era una carta de disculpa, era un manifiesto de independencia.

"Papá, me voy a buscar la verdad que no encontré en tus edificios. Me voy a ser la bióloga que siempre fui, lejos de los contratos y las apariencias. No me busques, porque por primera vez, sé exactamente dónde estoy."

Salió del apartamento con una sola maleta, sintiendo que cada paso hacia el elevador le devolvía un pedazo de su alma. Un coche negro la esperaba abajo para llevarla a Teterboro.

Al llegar al hangar privado, el frío del amanecer en la pista de aterrizaje le dio la bienvenida. Allí, un jet pequeño con el emblema del Centro de Investigación Phoenix esperaba con los motores encendidos.

Al pie de la escalerilla, el mismo hombre de hombros anchos que había visto en la oficina de Robert —el de los tatuajes y la mirada salvaje— estaba apoyado contra el fuselaje, revisando un manifiesto de carga. No vestía para impresionar; llevaba botas de trabajo y una expresión de pocos amigos.

Él levantó la vista y sus ojos se clavaron en los de Regina. Esta vez no hubo una pantalla de por medio, ni la velocidad de una motocicleta.

—¿Stevens? —preguntó él con una voz grave que parecía vibrar en el asfalto.

—Regina —corrigió ella, sosteniéndole la mirada con firmeza.

Él asintió apenas, con un gesto brusco que indicaba que subiera.

—Soy Joaquín. Bienvenido al equipo, "princesa". Espero que no te importe que el vuelo sea movido; a Alaska no le gustan los invitados delicados.

Regina subió los escalones sintiendo que el rugido de los motores borraba por fin el ruido de Manhattan. El avión despegó justo cuando el sol empezaba a iluminar la punta del Empire State, pero ella ya no miraba hacia atrás. Su historia, la de verdad, acababa de empezar en el aire.

Joaquín Phoenix, mejor dicho : profesor y científico Joaquín Phoenix, único hijo de Robert.

Un hombre atractivamente salvaje , con una personalidad única, su masculinidad lo decía todo .

No trataba de impresionar a nadie, osco, con una seriedad absoluta.

A ella le estremeció su escencia pero trato de ignorarlo.

El era un lobo ermitaño preso de sus propios demonios.

Con una inteligencia aún mayor a la de su padre .pero con esa rebeldía que lo caracterizaba.

El ascenso del jet hacia el cielo de Nueva Jersey fue brusco, como si el propio avión tuviera prisa por alejarse de la civilización. En la cabina reducida, el silencio solo era interrumpido por el zumbido de los motores y el crujir del fuselaje.

Joaquín no ocupó el asiento del copiloto, ni se sentó frente a ella para ofrecerle una bebida de cortesía. Se hundió en un asiento lateral, con las piernas largas estiradas y un libro de anotaciones técnicas sobre el regazo. No la miraba. Su presencia llenaba el espacio de una forma abrumadora; era una masculinidad cruda, sin los adornos ni las fragancias caras a las que Regina estaba acostumbrada.

Regina lo observó de reojo. Joaquín era un diamante en bruto, una fuerza de la naturaleza que jamás encajaría en un club de campo o en una oficina de Wall Street. Su seriedad no era una pose; era una armadura. Debajo de esa fachada de científico brillante y ermitaño, Joaquín cargaba con el peso de una traición que le había secado el alma.

Nadie en el Centro Phoenix hablaba de ello, pero el silencio de Joaquín tenía nombre: Jimmy. Aquel que solía ser su amigo y que, en un acto de bajeza infinita, no solo le arrebató a la mujer que amaba, sino que fue cómplice del acto que terminó por romper a Joaquín. Saber que ella había decidido abortar al hijo que esperaban para no tener ataduras y fugarse con Jimmy, había convertido al brillante profesor en un hombre hermético, un lobo que prefería el frío de los glaciares al calor humano.

Regina sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la altitud. Había algo en la esencia de Joaquín que la estremecía, una vibración de peligro y sabiduría que la hacía sentirse pequeña y, al mismo tiempo, extrañamente despierta.

—¿Te vas a quedar ahí mirando el vacío o vas a revisar los protocolos de bioseguridad del laboratorio? —la voz de Joaquín cortó el aire, áspera y directa, sin levantar la vista de su cuaderno.

Regina parpadeó, recomponiéndose de inmediato.

—Ya los memoricé en el hangar —respondió ella con una firmeza que lo obligó a cerrar el libro y mirarla fijamente.

Sus ojos se encontraron. Los de él eran oscuros, tormentosos, cargados de una inteligencia que parecía analizar no solo el cerebro de Regina, sino sus debilidades.

—Memoria fotográfica. Típico de una Stevens —escupió él con un rastro de cinismo—. En Anchorage no necesitamos cámaras, necesitamos gente que aguante cuando el equipo falla y el frío te entumece los dedos. Mi padre cree que eres especial. Yo creo que eres una distracción que se va a congelar antes de llegar a la primera base.

—Entonces, Profesor Phoenix, parece que ambos tenemos algo que demostrar —replicó Regina, sosteniéndole la mirada—. Usted que no soy una "princesa", y yo que no todos los que venimos de Nueva York estamos hechos de cristal.

Joaquín soltó un gruñido que pudo ser una risa amarga o una señal de respeto involuntario. Se levantó, rozando casi el techo de la cabina con su estatura, y se dirigió a la parte trasera del avión sin decir más.

Regina se quedó sola, mirando por la ventanilla cómo las nubes ocultaban por fin los restos de su pasado. Entendió que Alaska no solo sería un reto científico; trabajar al lado de un hombre como Joaquín, un genio herido que despreciaba todo lo que ella representaba, iba a ser la prueba de fuego más difícil de su vida.

El aterrizaje en Anchorage:

El avión tocó tierra en la pista privada de Anchorage con un impacto que Regina sintió en la base de la columna. Al abrirse la compuerta, el aire del Ártico entró como un cuchillo de hielo, robándole el aliento de un solo golpe.

Joaquín bajó primero, saltando al asfalto con una agilidad felina, sin ofrecerle la mano ni mirar atrás. Se quedó de pie junto a un todoterreno lleno de barro congelado, con la mandíbula apretada y la mirada perdida en las montañas. Lo que Regina no podía ver era que, bajo esa coraza de indiferencia y rudeza, el pulso de Joaquín estaba acelerado.

Desde aquel breve instante frente al edificio en Manhattan, algo en él se había fracturado. La belleza de Regina no era la que él despreciaba en las revistas; era una mezcla de elegancia y una vulnerabilidad valiente que lo desarmaba. Pero para un hombre que había sido traicionado hasta la médula por Jimmy y la mujer que amaba, sentir esa chispa era una amenaza. Tenía que ocultarlo tras una máscara de desprecio, porque si permitía que ella entrara, sus demonios despertarían.

—¡Vaya, parece que el jet trajo algo más que suministros! —una voz potente y cálida rompió la tensión del viento.

El Dr. Robert Phoenix caminaba por la pista envuelto en una parka roja desgastada, con una sonrisa que arrugaba sus ojos inteligentes. Al llegar a Regina, la tomó de los hombros con una efusividad que contrastaba violentamente con la frialdad de su hijo.

—Bienvenida a casa, Stevens. O debería decir, bienvenida al lugar donde los apellidos se congelan y solo queda el trabajo —Robert la miró con genuina admiración—. No le hagas caso a Joaquín, tiene el carácter de un oso polar con dolor de muelas hoy.

—Solo soy realista, padre —soltó Joaquín desde el vehículo, con voz ronca—. Nueva York no prepara a nadie para lo que viene.

Robert soltó una carcajada y le guiñó un ojo a Regina, dándole un apretón reconfortante en el brazo.

—Él es así, pero es el mejor científico que conocerás en tu vida. Y tú... tú eres la pieza que faltaba en mi laboratorio de genética. Sube al coche, que el café del centro está hirviendo y tenemos mucho de qué hablar antes de que la noche se trague el paisaje.

Regina asintió, agradecida por la calidez de Robert. Mientras caminaba hacia el todoterreno, sintió la mirada de Joaquín fija en ella desde el asiento del conductor. Era una mirada oscura, cargada de una electricidad que la hizo estremecer más que el propio frío de Alaska.

Sentada en la parte trasera, Regina observó el perfil de Joaquín mientras él arrancaba el motor con un movimiento brusco. El viaje por la carretera flanqueada por glaciares apenas comenzaba, y ella sabía que, bajo ese techo de metal, la verdadera investigación no sería solo genética, sino el descifrar qué se escondía tras los ojos atormentados del hombre que ahora sostenía su destino en sus manos.

El trayecto desde la pista de aterrizaje hasta el corazón del Centro de Investigación Phoenix fue un despliegue de naturaleza salvaje que dejó a Regina sin aliento. El todoterreno rugía mientras devoraba kilómetros de una carretera flanqueada por abetos cargados de nieve y picos montañosos que parecían tocar el cielo de un azul acerado.

Joaquín conducía con una precisión casi agresiva, sus manos grandes y firmes sobre el volante, manteniendo un silencio que Robert intentaba llenar con anécdotas sobre los primeros años de la estación.

Finalmente, tras una curva cerrada, apareció: una estructura imponente de acero, cristal reforzado y paneles solares, incrustada literalmente en la ladera de un macizo rocoso. No era solo un laboratorio; era una fortaleza de ciencia de vanguardia en medio de la nada.

El Umbral del Hielo

Al detenerse frente a la esclusa principal, Joaquín apagó el motor. El silencio repentino fue absoluto. Antes de bajar, sus ojos se cruzaron con los de Regina a través del espejo retrovisor. Fué un segundo, una fracción de tiempo donde la aspereza de Joaquín vaciló ante la determinación que veía en el rostro de ella. Esa chispa, sutil y peligrosa, volvió a saltar, aunque él la sofocó de inmediato con un gesto brusco.

—Bajen. El protocolo de entrada no espera por cortesías —soltó Joaquín, bajando del vehículo y dejando que el aire gélido invadiera la cabina.

Robert ayudó a Regina con su maleta, guiándola a través de las pesadas puertas térmicas que se cerraron tras ellos con un siseo neumático.

—Bienvenida al santuario, Regina —dijo Robert, mientras las luces LED del techo se encendían gradualmente—. Aquí dentro, el tiempo corre distinto.

El interior era una maravilla tecnológica: pasillos de un blanco clínico, techos altos y el zumbido constante de los sistemas de filtración de aire. Investigadores con batas térmicas caminaban de un lado a otro, pero el centro neurálgico era el Laboratorio de Genética Avanzada, una sala inmensa con paredes de cristal que miraban directamente hacia un glaciar milenario.

Joaquín ya estaba allí, quitándose la parka para revelar unos brazos fuertes y una postura que irradiaba una autoridad natural. Se movía entre los equipos con una familiaridad casi orgánica, revisando pantallas y sensores sin mirar a nadie.

—Tu estación de trabajo es aquella, Stevens —dijo Joaquín, señalando un escritorio equipado con lo último en secuenciación genómica, situado justo frente a la suya—. Espero que sepas usar un microscopio de barrido electrónico mejor de lo que eliges tus amistades en Manhattan.

Regina no se amedrentó. Dejó su maleta a un lado y caminó hacia su lugar, sintiendo el peso de la mirada de Joaquín sobre su espalda.

—No se preocupe, profesor —respondió ella, encendiendo la terminal con manos seguras—. Vine aquí a trabajar con ADN, no con prejuicios.

Robert observaba la escena desde el umbral con una sonrisa contenida. Sabía que había juntado a dos mentes brillantes, pero también a dos volcanes a punto de colisionar.

La llegada al Centro Phoenix no era sólo el inicio de un contrato laboral; era el primer paso en un laboratorio donde las muestras biológicas no serían lo único que pasaría por el fuego de la transformación. Entre el frío exterior y la tecnología de punta, Regina Stevens acababa de entrar en el territorio del lobo, y el aire ya empezaba a cargarse de una electricidad que ningún aislante térmico podría contener.

Mientras en los confines de Alaska el aire se cortaba con cuchillos de hielo, en Manhattan la atmósfera era una olla a presión a punto de estallar. El contraste entre ambos mundos no podía ser más salvaje.

En el Centro Phoenix: El Bautismo de Fuego

El primer día de Regina no fué de inducción ni de cafés de bienvenida. Joaquín se encargó de que fuera una carrera de resistencia.

—Si vas a trabajar aquí, Stevens, olvida los guantes de seda. Necesito que calibres los secuenciadores de la zona fría. Ahora —sentenció Joaquín, señalando una cámara reforzada donde la temperatura se mantenía a -15°C para preservar las muestras de permafrost.

Regina entró sin rechistar. Pasó tres horas allí dentro, con los dedos entumecidos a pesar de los guantes técnicos, ajustando láseres y sensores mientras Joaquín la observaba a través del cristal con una intensidad que ella sentía como fuego en la nuca. No era solo vigilancia profesional; era esa chispa involuntaria que él intentaba aplastar con frialdad.

Al salir, tiritando pero con la barbilla en alto, Joaquín se acercó a ella. Estaba tan cerca que Regina pudo oler el aroma a café cargado y algo metálico, puramente masculino, que emanaba de él.

—Están calibrados. Exactitud del 99.9% —dijo ella, sosteniéndole la mirada desafiante.

Joaquín apretó la mandíbula. Por un segundo, sus ojos bajaron a los labios de Regina antes de volver a su máscara de hierro.

—Pasable —gruñó él, dándose la vuelta bruscamente para ocultar que, por dentro, su admiración estaba empezando a ganarle la batalla al prejuicio—. Ve a descansar. Mañana empezamos con las muestras de ADN real.

Mientras tanto, en Nueva York: El Silencio antes del Trueno

En la mansión Stevens, el lunes por la tarde, el ambiente era de funeral. Oscar caminaba de un lado a otro en su despacho, con la carta de Regina arrugada en su mano derecha. Drake estaba sentado frente a él, con la cara roja de furia y humillación, bebiendo whisky como si fuera agua.

—¡Es una insolencia! —rugió Oscar, golpeando el escritorio—. ¿Cómo que se va? ¿A dónde? ¡Drake, se supone que la tenías bajo control!

—¡La mujer está loca, Oscar! —escupió Drake, tratando de ocultar su propio pánico—. Se enteró de un... malentendido y decidió hacer una rabieta de niña rica. Ya volverá cuando se le acabe el efectivo.

En el rincón, Kim observaba la escena con una calma glacial, sosteniendo una taza de té. Sabía exactamente dónde estaba su hija, pero su rostro era una máscara de perfecta confusión.

—Espero que esté bien —comentó Kim con tono lánguido—. Regina siempre fué muy sensible a las traiciones, Drake. Quizás simplemente necesitaba aire limpio.

—¡Necesitaba estar aquí para la firma del contrato! —gritó Oscar, mirando a su esposa—. Kim, tú tienes que saber algo. ¡Habla!

—No sé más que tú, Oscar. Sabes que Regina y yo no siempre compartimos todo —mintió Kim con una maestría que solo años de sociedad neoyorquina pueden dar.

La Conspiración de los "Aliados"

Esa misma noche, Pedro Stevens llamó a Kim desde un teléfono seguro.

—¿Ya aterrizó la pequeña? —preguntó Pedro con un tono divertido, mientras se servía una copa en su loft de Soho.

—Está a salvo, Pedro. Lejos de estos tiburones —susurró Kim, asegurándose de que la puerta estuviera cerrada—. Oscar está moviendo sus influencias para rastrear vuelos privados, pero Robert Phoenix no es alguien a quien se le pueda presionar fácilmente.

—Robert es un muro de piedra —rio Pedro—. Si Regina logra domar a ese viejo y al lobo de su hijo, Manhattan le va a quedar pequeña cuando decida volver... si es que vuelve. Por ahora, deja que Oscar y Drake se muerdan la cola. El escándalo en la prensa va a ser glorioso cuando se enteren de que la "Novia Stevens" dejó al heredero Sterling plantado por un laboratorio de hielo.

Regina se encontraba en su pequeña habitación dentro del complejo, una estructura minimalista de madera clara y alta tecnología que olía a pino y a aire purificado. El cansancio físico era real, pero la adrenalina de haber sobrevivido a su primer día —y a la mirada inquisidora de Joaquín— la mantenía despierta.

En ese momento, su teléfono vibró. Era una videollamada de Kim.

Regina contestó de inmediato, viendo el rostro preocupado pero elegante de su madre adoptiva al otro lado de la pantalla, sentada en la penumbra de su vestidor en Manhattan.

—¡Cariño! Por fin —susurró Kim, bajando la voz como si los muros de la mansión Stevens tuvieran oídos—. He estado conteniendo el aliento todo el día. Dime que estás a salvo. Dime cómo te fue en ese lugar de hielo.

Regina no pudo evitar una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo.

—¡Es increíble, Kim! —exclamó Regina, tratando de no hablar demasiado alto—. Es... es otro mundo. El laboratorio del Dr. Phoenix es lo que siempre soñé. Tienen secuenciadores que en la universidad solo veíamos en revistas. Pasé horas calibrando equipos en una cámara fría y, aunque casi se me congelan los dedos, me sentí... útil. Por primera vez en años, nadie me preguntó por mi vestido o por la próxima gala. Soy sólo "Stevens, la bióloga".

Regina hablaba con las manos, describiendo el permafrost, la tecnología y la amabilidad ruda del Dr. Robert. Sin embargo, cuando llegó el momento de describir al equipo de trabajo, hizo una pausa casi imperceptible.

—¿Y qué hay de la gente? —preguntó Kim, analizando el rostro de su hija con ese instinto maternal afilado—. Robert dijo que su equipo era... particular.

—Robert es un genio, un poco excéntrico pero brillante —respondió Regina rápidamente, desviando la mirada hacia la ventana donde la nieve caía en la oscuridad—. El resto del personal es muy profesional. Son ermitaños de la ciencia, Kim, justo lo que necesito ahora. Mucho trabajo y cero dramas sociales.

Omitió mencionar el nombre de Joaquín. No le contó sobre el encuentro eléctrico en el jet, ni sobre cómo él la había observado con una mezcla de desprecio y deseo contenido mientras ella trabajaba en la cámara fría. Ese nombre, y la forma en que el pecho de Joaquín parecía llenar cada habitación en la que entraba, se los guardó en un rincón privado de su mente, como un secreto que aún no estaba lista para procesar.

—Me alegra tanto, Gina —dijo Kim, visiblemente aliviada—. Aquí las cosas están... tensas. Tu padre está furioso y Drake parece un animal herido, más por el golpe a su ego que por perderte a ti. Pero no te preocupes, Pedro y yo estamos manteniendo el frente. Tú concéntrate en tus células y en ese frío purificador.

—Gracias, mamá. Mañana empiezo con muestras reales. Te quiero.

Al colgar, Regina se dejó caer en la cama. El silencio de Alaska era absoluto, un contraste total con el ruido constante de Nueva York. Pero mientras cerraba los ojos, la imagen que apareció no fue la de un microscopio, sino la de unos ojos oscuros y tormentosos que la retaban a no rendirse.

Joaquín era el peligro que no le había mencionado a Kim, y Regina sabía que, tarde o temprano, ese secreto sería imposible de ocultar.

El viento aullaba con una fuerza ancestral mientras el viejo Jeep de Robert subía por la brecha de hielo que conducía a la cabaña de los Phoenix, un refugio de madera y piedra incrustado en la falda de la montaña, justo en el límite donde comenzaban las tierras de la comunidad Nanook.

Robert conducía con la calma de quien ha visto mil tormentas, mientras Joaquín, en el asiento del copiloto, mantenía la vista fija en la oscuridad del bosque, con la mandíbula tan tensa que parecía hecha de granito.

—Tiene fuego en los ojos, ¿no crees? —soltó Robert, rompiendo el silencio con esa voz raspada por los años y el tabaco—. No es solo una cara bonita del Upper East Side. Hay una científica ahí dentro gritando por salir.

Joaquín no se movió, pero sus nudillos se blanquearon sobre el tablero.

—Es una Stevens, padre —escupió Joaquín, como si el apellido fuera un virus—. Está acostumbrada a que el mundo se incline ante ella. Aquí el hielo no hace reverencias. Se va a quebrar en una semana y tú habrás perdido tiempo valioso en el proyecto.

Robert soltó una carcajada corta y sabia, girando el volante para esquivar una roca oculta por la nieve.

—Lo que te molesta no es que se quiebre, hijo. Lo que te aterra es que no lo haga. Te molesta que esa "princesa" se quedara tres horas a quince bajo cero sin soltar una sola queja. Te asusta que tenga más agallas que muchos de tus asistentes con doctorado.

—No me asusta nada —gruñó Joaquín, girándose por fin hacia su padre, con los ojos encendidos—. Pero no quiero distracciones. Ya sabes lo que pasa cuando dejas que alguien entre... terminas con un cuchillo en la espalda y un vacío que no se llena ni con todo el alcohol de Anchorage.

Robert detuvo el vehículo frente a la cabaña. Las luces de la comunidad Nanook parpadeaban a lo lejos, como estrellas caídas en la nieve. El viejo científico apagó el motor y miró a su hijo con una seriedad que rara vez mostraba.

—Joaquín, el dolor con esa chica... con lo que te hizo Jimmy... eso fué veneno. Pero no puedes pasar el resto de tu vida viviendo como un ermitaño en estas montañas, odiando a cada mujer que se cruza en tu camino solo porque se parece a lo que perdiste. Regina Stevens no es ella. Regina está huyendo de su propio infierno, igual que tú lo hiciste hace años.

Joaquín bajó del Jeep de un salto, sintiendo el aire gélido golpearle el rostro, pero las palabras de su padre le quemaban más que el frío.

—Ella es sólo una empleada, Robert. Nada más —dijo Joaquín, dándole la espalda.

—Mentira —susurró el viejo lobo para sí mismo, viendo a su hijo caminar hacia la cabaña con esa zancada pesada y solitaria—. La miraste hoy en el laboratorio como no has mirado nada vivo en una década. El hielo se está derritiendo, Joaquín... y tú eres el único que no quiere darse cuenta.

Robert suspiró y miró hacia el horizonte, donde los esquimales Nanook decían que las luces del norte eran los espíritus de los que ya no están. Sabía que la llegada de Regina era el inicio de una tormenta, pero quizás era la tormenta necesaria para que su hijo volviera a sentir que la sangre aún corría por sus venas.

Aparte de ser científico a lado de su padre , y haberle ayudado a construir ese lugar de ciencias, Joaquín era profesor de la universidad en Ancorage, cumplía ciertos horarios y a la vez estaba en el Centro de Investigación.

La mañana en Anchorage tenía ese color azul acero que solo el Ártico conoce, un frío que se metía en los huesos y obligaba a los hombres a ser de piedra o de fuego. Joaquín detuvo su camioneta frente a la cafetería local, justo antes de tomar la desviación hacia la Universidad, donde daría su primera cátedra de Genética antes de subir al Centro de Investigación.

Su mente seguía dando vueltas a la imagen de Regina en la cámara fría; la forma en que su cabello castaño contrastaba con el metal gris de los equipos. Estaba sumido en ese mal humor defensivo cuando el sonido de una sirena corta y amistosa lo trajo de vuelta a la realidad.

—¡Qué tal, amigo! —exclamó Mark Donovan, asomando su rostro bronceado por el viento desde la ventana de su patrulla.

Mark era la antítesis de Joaquín: dinámico, con una sonrisa que parecía inmune a las tragedias del pasado y una energía que mantenía vivo al pequeño grupo de cuatro amigos que habían sobrevivido juntos desde la adolescencia. Mientras Joaquín se hundía en sus libros y su dolor, Mark patrullaba las carreteras, conocía a cada habitante del condado y siempre tenía un chiste o un café cargado a la mano.

Joaquín se acercó a la patrulla, apoyando un brazo en el marco de la ventana, relajando un poco los hombros. Mark era de los pocos que podía traspasar su armadura sin que él se pusiera a la defensiva.

—Donovan. Veo que el café sigue siendo tu único compañero de patrulla —gruñó Joaquín, aunque había un rastro de afecto en su voz ronca.

—Alguien tiene que vigilar que no te congeles en esa montaña, Phoenix —rio Mark, dándole un sorbo a su vaso—. Me enteré por la radio de la pista que ayer llegó un jet privado del Centro. ¿Suministros nuevos o Robert por fin convenció a algún incauto de venir a trabajar al fin del mundo?

Joaquín apretó la mandíbula, mirando hacia el horizonte nevado.

—Llegó una bióloga de Nueva York. Una tal Stevens —respondió Joaquín, tratando de sonar indiferente, pero Mark, que lo conocía como a un hermano, notó el cambio en su tono.

—¿Nueva York? ¿En serio? —Mark arqueó una ceja, enderezándose en su asiento—. Eso suena a problemas... o a algo muy interesante. ¿Es de esas que se rompen las uñas con el primer hielo o tiene fuego?

—Es una distracción, Mark. Eso es lo que es —soltó Joaquín, aunque el recuerdo de la mirada desafiante de Regina en el laboratorio lo hizo dudar por un segundo—. Solo espero que aguante el ritmo. Mi padre está encantado, pero ya sabes cómo es él.

Mark soltó una carcajada y le dio un golpe amistoso en el brazo a su amigo.

—Cuidado, lobo solitario. A veces lo que llamamos "distracción" es justo lo que necesitamos para dejar de mirar tanto al suelo. Si necesita un guía por el pueblo que no tenga cara de pocos amigos, ya sabes dónde encontrarme. Los muchachos y yo nos reuniremos el viernes en el bar de la esquina, no faltes. Necesitas una cerveza y menos microscopios.

—Veré qué puedo hacer —respondió Joaquín, alejándose de la patrulla.

Mark arrancó su motor, saludando con la mano antes de seguir su ruta. Joaquín se quedó un momento parado en el asfalto frío, viendo alejarse la patrulla. La advertencia de su amigo se quedó flotando en el aire. Sabía que Mark y los demás notarían el cambio en él si Regina seguía provocando esas chispas involuntarias.

Subió a su vehículo, decidido a ignorar sus instintos y concentrarse en sus alumnos, pero Alaska tenía otros planes, y el encuentro con Mark solo era el preludio de un viernes donde los mundos de todos estaban destinados a chocar.

El día en el Centro Phoenix transcurrió bajo una disciplina militar. Joaquín no le dio tregua a Regina; la mantuvo procesando muestras de tejido criogenizado y redactando informes técnicos de una complejidad que habría agotado a cualquier otro asistente. Sin embargo, ella se movía con una eficiencia silenciosa que empezaba a ganar el respeto, aunque fuera reacio, de los demás investigadores.

La señal celular en el complejo era casi inexistente debido a los inhibidores de frecuencia de los equipos de alta precisión y el grosor de las paredes de piedra y acero. Pero a media tarde, Regina salió a una de las plataformas de observación para respirar un poco de aire puro y estirar las piernas.

Fue entonces cuando su teléfono vibró violentamente. Diez llamadas perdidas y un sinfín de mensajes. Antes de que pudiera guardarlo, la pantalla se iluminó de nuevo: Papá.

Regina inhaló el aire gélido, que le quemó los pulmones, y aceptó la llamada.

—¡Regina Amalia Stevens! —el grito de Oscar casi hace que el teléfono se le resbale de las manos. Su voz, cargada de una autoridad que solía hacer temblar a directivos en Wall Street, retumbó con furia—. ¿Se puede saber qué clase de locura es esta? ¡Llevo dos días moviendo cielo y tierra! ¡Kim me dijo que no sabía nada, pero rastreé el plan de vuelo de ese jet privado! ¿Qué haces en Alaska?

Regina se apoyó en la barandilla de metal, mirando hacia el glaciar infinito. Se sintió extrañamente tranquila. La distancia física le estaba dando una fortaleza que nunca tuvo en Manhattan.

—Estoy trabajando, papá —respondió ella con una voz firme y pausada—. Soy la nueva bióloga genética del Centro de Investigación Phoenix.

—¿Bióloga? ¡No seas ridícula! —rugió Oscar—. Tienes un compromiso con Drake, tienes una posición que mantener. Ese centro es una cueva de ermitaños. ¡He hablado con los abogados de Sterling y están dispuestos a olvidar este "incidente" si tomas el primer vuelo de regreso mañana mismo! No voy a permitir que destruyas nuestra reputación por un capricho científico.

Regina cerró los ojos y soltó una risa triste.

—No es un capricho. Es mi carrera. Y sobre Drake... —hizo una pausa, endureciendo el tono—. Si tanto te importa la reputación, pregúntale por qué lo encontré con Sasha Miller en mi propia sala. No voy a volver, papá. No para casarme con un hombre que me ve como un activo financiero. Aquí, el Dr. Phoenix me ve como una científica. Por primera vez en treinta y dos años, soy dueña de mi tiempo.

—¡Si no regresas, te corto cualquier acceso a tus fondos! —amenazó Oscar, usando su última carta—. Te quedarás sola en ese desierto de hielo sin un centavo.

—Entonces aprenderé a vivir con el sueldo de una investigadora —sentenció Regina—. Adiós, papá. Por favor, dile a Kim que estoy bien.

Colgó antes de que él pudiera decir una palabra más. El silencio que siguió fue absoluto. Regina se quedó mirando el horizonte, temblando un poco, no por el frío, sino por la magnitud de lo que acababa de hacer: le había declarado la guerra al titán de Manhattan.

Lo que no sabía era que, a pocos metros, oculto tras la estructura de la puerta de salida, Joaquín la había escuchado. Se había quedado petrificado al oírla enfrentarse a su padre con esa ferocidad. El "diamante en bruto" sintió un pinchazo de algo que se parecía peligrosamente a la admiración. Ella no sólo estaba huyendo de un novio infiel; estaba rompiendo cadenas que él conocía muy bien.

Joaquín dio media vuelta en silencio antes de que ella lo notara, pero su percepción sobre la "princesa de Nueva York" acababa de cambiar para siempre.

Regina regresó a su estación de trabajo con el corazón todavía galopando contra sus costillas, tratando de concentrarse en las cadenas de nucleótidos que aparecían en su monitor. Joaquín, por su parte, no emitió ni un gruñido; se movió por el laboratorio como una sombra eléctrica, recogiendo sus notas con una urgencia inusual antes de salir disparado hacia la Universidad. El silencio que dejó tras de sí era denso, cargado de todo lo que ambos habían callado durante esa mañana.

A la hora del almuerzo, la necesidad de escapar del aire presurizado del centro y del eco de la voz de su padre la llevó a salir al exterior. Cruzó la avenida principal, donde el viento soplaba con menos fuerza pero el frío seguía siendo un recordatorio constante de su nueva realidad. Se dirigió a “The Green Leaf”, un pequeño y acogedor local de comida vegana que parecía un oasis de madera clara en medio del gris industrial de la zona.

Estaba a punto de entrar cuando el sonido de una sirena corta la hizo detenerse. Una patrulla de policía se detuvo suavemente junto a la acera.

Mark Donovan bajó la ventanilla, quedando momentáneamente sin palabras. Joaquín le había dicho que había llegado una bióloga de Nueva York, pero no le había advertido que se trataba de una mujer cuya elegancia y belleza natural hacían que el paisaje de Alaska pareciera, de repente, mucho más luminoso. Mark, con su carisma habitual y esa sonrisa que lo hacía el favorito del condado, no perdió la oportunidad.

—Si no supiera que estamos a bajo cero, pensaría que estoy teniendo un espejismo de sol —dijo Mark, bajando del auto con una agilidad dinámica, ajustándose el cinturón de servicio—. Soy el oficial Mark Donovan. Y usted debe ser la nueva razón por la que mi amigo Joaquín ha estado más insoportable de lo normal esta mañana.

Regina se sorprendió, pero la calidez de Mark fue un bálsamo después de tanta frialdad.

—Regina Stevens —respondió ella, esbozando una sonrisa tímida pero curiosa—. ¿Es usted amigo del profesor Phoenix?

—Amigo, confidente y el que se encarga de que no se olvide de que existe el resto del mundo —rio Mark, acercándose con respeto—. Bienvenida a Anchorage, Regina. Joaquín es un genio, pero tiene el tacto de un glaciar. Si necesita a alguien que le enseñe que aquí también sabemos reír, o simplemente alguien que le indique dónde sirven el mejor café que no sea de laboratorio, estoy a sus órdenes.

Regina sintió que, por primera vez desde que bajó del avión, alguien la miraba sin juzgar su apellido o su pasado.

—Gracias, oficial. Justo iba por algo de comer... este frío abre el apetito más de lo que imaginaba.

—Vaya tranquila, el local es excelente —asintió Mark, apoyándose en su patrulla con una mirada embelesada—. Pero tenga cuidado, el aire de aquí arriba es adictivo. Una vez que te acostumbras a la libertad de Alaska, Manhattan empieza a parecer muy pequeña.

Regina lo miró con intensidad, dándose cuenta de que Mark acababa de resumir exactamente lo que ella sentía. Se despidió con un gesto amable y entró al local, mientras Mark regresaba a su patrulla, sacudiendo la cabeza y pensando que Joaquín estaba en problemas serios, aunque el "lobo solitario" todavía no quisiera admitirlo.

Regina se sentó en una de las mesas de madera recuperada del local, sintiendo que el calor del ambiente finalmente descongelaba no solo sus manos, sino también esa tensión residual de la llamada con su padre.

Mark tenía razón: el aire de Alaska era adictivo, pero lo que él no sabía era que Regina llevaba años buscando un lugar donde el aire fuera lo suficientemente frío como para quemar las máscaras. Ella nunca había encajado en los salones de mármol de Manhattan. Mientras sus "amigas" pasaban tardes enteras discutiendo sobre el último desfile en París o compitiendo por quién conseguía la invitación más exclusiva, Regina se perdía en libros de genética o se escapaba a refugios de animales, buscando una autenticidad que el dinero no podía comprar.

Aquellas mujeres le resultaban abrumadoras, seres de cristal que se rompían ante cualquier rastro de realidad. La única persona que realmente la entendía era George (Choche). Su hermano, con su rebeldía silenciosa y su valentía para admitir quién era en un mundo que exigía moldes perfectos, había sido su faro. Ahora que él estaba en Londres, labrando su propio camino como modelo y viviendo su verdad lejos del juicio de Oscar, Regina se sentía más sola, pero también más inspirada.

—Él lo logró... y yo también lo haré —susurró para sí misma, pidiendo un bowl de quinoa y vegetales asados.

Mientras esperaba su comida, no pudo evitar que su mente regresara a Joaquín.

Había algo en ese hombre, en su rudeza y en la forma en que sus ojos oscuros parecían cargar con un invierno eterno, que la atraía de una manera que Drake nunca consiguió. Joaquín no era un adorno, no era un heredero; era un hombre que olía a tormenta y a libros viejos, un "diamante en bruto" que despreciaba lo que ella representaba, pero que la miraba como si pudiera ver su alma desnuda.

Regina sacó su libreta de notas, pero en lugar de escribir sobre secuencias de ADN, trazó distraídamente la silueta de las montañas que veía por la ventana.

Afuera, Mark Donovan seguía su patrulla con una sonrisa, pensando en lo que le diría a Joaquín esa noche. Pero dentro del local, Regina Stevens finalmente empezaba a respirar. Estaba sola en el fin del mundo, sin fondos, sin el respaldo de su padre y con un jefe que parecía odiarla, pero por primera vez en treinta y dos años, se sentía viva.

Lo que ella no sospechaba era que Joaquín, en su aula de la universidad, no podía concentrarse en su clase. La voz de Regina enfrentándose a su padre se repetía en su cabeza como un mantra, rompiendo piedra por piedra el muro que él había construido para no volver a sentir nada por nadie. La "princesa" estaba resultando ser una guerrera, y eso era lo más peligroso que Joaquín Phoenix había enfrentado jamás.

La noche en Anchorage tenía ese frío que muerde, pero dentro de la cabaña de Benicio, el calor de la chimenea y el olor a leña quemada creaban un santuario que solo la amistad de décadas puede construir. Allí, Joaquín se permitía bajar la guardia, aunque solo fuera un centímetro. Seguía siendo el "lobo blanco", áspero y de pocas palabras, pero entre esos cuatro hombres, su silencio no era juzgado, sino entendido.

Sentados alrededor de una mesa de madera maciza, con cervezas artesanales y el eco del viento golpeando los maderos, el grupo era un ecosistema perfecto de lealtades.

El Círculo de los Cuatro

Jonathan Knight: El ginecólogo y cirujano que había visto a Joaquín en sus momentos más vulnerables. Con su bata blanca era una eminencia, pero allí, con una cerveza en la mano, era el bromista que sabía exactamente qué fibra tocar para hacer que Joaquín soltara un gruñido que casi parecía una risa.

Omar: El equilibrio del grupo. Trabajador, observador y con una inteligencia práctica que siempre ponía los pies de todos en la tierra cuando las teorías de Joaquín o las bromas de Jonathan se salían de control.

Benicio: El gigante de los montacargas. Un hombre que hablaba el lenguaje del metal y el esfuerzo físico. Su vida era áspera como el hielo de Alaska, pero su lealtad hacia sus amigos era tan sólida como la maquinaria que manejaba.

El Silencio del Lobo

—Entonces, Phoenix... —soltó Jonathan, reclinándose en su silla con una chispa de malicia en los ojos—, Mark me envió un mensaje hoy. Dice que vio un ángel bajando de un jet privado y que tú estabas tratando de congelarlo con la mirada. ¿Algo que quieras compartir con la clase o vas a seguir fingiendo que solo te importan las secuencias de ADN?

Joaquín ni siquiera levantó la vista de su botella. El rostro de Regina, su voz firme enfrentándose a Oscar Stevens y la forma en que el aire parecía electrificarse cuando ella estaba cerca, pasaron por su mente como un relámpago. Pero él era un experto en enterrar incendios.

—Es solo una asistente nueva, Jonathan. Una heredera de Manhattan que cree que Alaska es un filtro de Instagram —respondió Joaquín con su voz más monótona y gélida—. No durará un mes.

—Eso no fue lo que dijo Mark —intervino Benicio con su voz profunda, lanzando un tronco al fuego—. Dijo que tiene fuego. Y tú siempre has tenido debilidad por las cosas que queman, aunque digas que prefieres el hielo.

Joaquín apretó la mandíbula. Odiaba que lo conocieran tan bien.

—Vine aquí a tomar una cerveza, no a que me psicoanalicen —gruñó, dando un trago largo—. Hablemos de la nueva licitación de Benicio o de las cirugías de Jonathan. Mi laboratorio no es tema de conversación.

—Claro, claro —rio Jonathan, guiñándole un ojo a Omar—. "No es tema de conversación". Eso mismo dijiste antes de comprarte esa motocicleta que corre a doscientos por hora y mírate ahora, no la sueltas.

La charla derivó hacia temas más mundanos: el clima, el trabajo rudo de los montacargas de Benicio y las anécdotas de la universidad. Joaquín participaba con monosílabos y alguna observación mordaz, sintiéndose a salvo entre sus hermanos de vida.

Sin embargo, mientras los demás reían, él se quedó mirando las llamas de la chimenea. Por mucho que intentara ser el ermitaño de siempre, la presencia de Regina Stevens ya se había filtrado por las grietas de su armadura. En esa mesa, él era el lobo de siempre, pero en su interior, algo que creía muerto —esa curiosidad salvaje, esa chispa que no sentía desde la traición de Jimmy— estaba empezando a latir de nuevo, muy a su pesar.

La primera semana en el Centro Phoenix fue, para Regina, un bautismo de fuego envuelto en escarcha. Joaquín no le dio tregua: la asignó a los turnos más pesados, le exigió informes técnicos que requerían una precisión quirúrgica y la mantuvo bajo esa vigilancia silenciosa y cortante que ya se había vuelto su sello personal. Sin embargo, Regina no solo resistió; floreció. Su capacidad para ignorar el cansancio y su agudeza científica empezaron a desmoronar, piedra por piedra, la imagen de "princesa de seda" que Joaquín intentaba sostener.

Entre ellos, la atmósfera se había vuelto eléctrica. No se necesitaban palabras; bastaba un roce accidental al intercambiar una placa de Petri o una mirada sostenida un segundo de más sobre el microscopio para que el aire se espesara. Joaquín lo odiaba. Odiaba que ella no se rindiera y, sobre todo, odiaba que su presencia le devolviera una vitalidad que creía extinta.

Fue el viernes por la tarde, mientras la luz azulada del invierno ártico se filtraba por los ventanales del laboratorio, cuando el mundo exterior volvió a golpear la puerta.

Regina aprovechó un momento de soledad en su cubículo para revisar su teléfono. Un mensaje de Drake brillaba en la pantalla, tan predecible como tóxico:

"Gina, ya pasó la rabieta. Supongo que el frío te habrá hecho entrar en razón. El contrato de tu padre depende de nosotros. ¿Cuándo vuelves para que retomemos lo nuestro y olvidemos este ridículo episodio? Te espero en el penthouse el lunes. No me hagas quedar mal."

Regina sintió una oleada de asco. "Retomar lo nuestro". Como si ella fuera un objeto extraviado que simplemente debía volver a su estante. Estaba a punto de borrarlo cuando una sombra se proyectó sobre su escritorio.

—¿Malas noticias del paraíso de concreto? —la voz de Joaquín, ronca y cargada de un cinismo que apenas ocultaba su curiosidad, la hizo sobresaltarse.

Él estaba allí, con los brazos cruzados, apoyado en el marco de metal. Había visto el nombre de Drake en la notificación antes de que ella bloqueara la pantalla.

—Solo ruido de fondo, profesor —respondió Regina, guardando el teléfono con una calma que no sentía—. Nada que un poco de ciencia no pueda curar.

Joaquín la estudió un momento. Vio la tensión en sus hombros y la chispa de furia en sus ojos. Quiso decir algo hiriente, algo que la alejara, pero en lugar de eso, soltó un gruñido bajo.

—Si ese tipo es el que te está enviando mensajes, deberías saber que aquí en Alaska los problemas se entierran bajo tres metros de nieve. No dejes que el ruido te distraiga del secuenciador.

Antes de que Regina pudiera replicar, el sonido de unas botas pesadas y una risa familiar resonó en el pasillo. Mark entró al laboratorio con una caja de donas calientes y esa sonrisa de comercial de televisión que siempre sacaba de quicio a Joaquín.

—¡Hola a todos! —exclamó Mark, dirigiéndose directamente hacia Regina, ignorando olímpicamente la cara de pocos amigos de su amigo—. He pensado que después de una semana de sobrevivir a los Phoenix, esta mujer se merece un premio. Regina, dime que no tienes planes para esta noche. Hay un festival de invierno en el pueblo y soy el mejor guía turístico que vas a encontrar en todo el condado.

Joaquín apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió. Mark, con su astucia natural y su encanto dinámico, estaba marcando territorio, totalmente ignorante de que entre el "lobo blanco" y la "princesa de Nueva York" se estaba gestando algo mucho más oscuro y profundo que una simple invitación a cenar.

Regina miró a Mark, luego a Joaquín, y finalmente de nuevo a su teléfono donde el mensaje de Drake seguía quemando.

—Me encantaría, Mark —dijo ella, con una nota de desafío en la voz, mirando fijamente a Joaquín—. Un poco de aire fresco fuera de este laboratorio me vendría muy bien.

Joaquín no dijo nada. Se dio media vuelta y caminó hacia su oficina privada, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en todo el centro. Mark sonrió, creyendo que había ganado un punto, sin saber que acababa de lanzar un fósforo encendido en un bosque lleno de pólvora.

El estruendo de la puerta de su oficina aún vibraba en sus oídos, pero no tanto como el eco de la voz de Regina aceptando la invitación de Mark. Joaquín se dejó caer en su silla de cuero gastado, frotándose la nuca con una mano temblorosa de pura tensión.

—¿Qué demonios fue eso? —gruñó para sí mismo, clavando la vista en un mapa topográfico de la cordillera que ni siquiera estaba viendo.

Inexplicablemente, una punzada de molestia le recorría el pecho, subiendo por su garganta como un ácido. ¿Celos? La palabra le resultaba ridícula, casi ofensiva. Él no sentía celos. Los celos eran para hombres débiles, para tipos como los de Manhattan que medían su valor por lo que poseían. Él era un Phoenix; él poseía el silencio, el frío y su propia soledad.

Pero ver a Mark —su amigo, el tipo que siempre conseguía lo que quería con una sonrisa— acercarse a ella con esa familiaridad, lo había sacado de quicio.

—No es porque sea ella —se mintió, apretando los puños sobre el escritorio—. Es porque Mark es un idiota y ella es una distracción. El proyecto es lo único que importa.

Pero su subconsciente, ese lobo que vivía en las sombras de su mente, sabía la verdad. Joaquín tenía pánico. Miedo de que esa chispa que Regina había encendido se convirtiera en un incendio que no pudiera controlar. Recordaba perfectamente cómo se sentía el calor antes de la ceniza; recordaba la traición de Jimmy, el dolor lacerante de saber que el hijo que esperaba nunca nacería porque ella decidió que él no valía el sacrificio.

“No te doblegues, Joaquín”, se repetía como un mantra. “Ella es seda, y tú eres piedra. Las dos cosas no se mezclan sin romperse”.

Era mejor contenerse. Era mejor ser el "lobo solitario" que todos esperaban. Si se mantenía áspero, si la trataba como a una simple empleada, quizá el deseo se extinguiría por falta de oxígeno. No podía permitirse caer de nuevo en las garras de la pasión; el precio que había pagado la última vez casi le cuesta la cordura.

Afuera, escuchó la risa de Mark y el tono suave de Regina mientras se alejaban hacia la salida. Joaquín se levantó bruscamente y caminó hacia la ventana. Los vio subir a la patrulla. Mark, todo caballerosidad, le abrió la puerta. Regina sonrió.

Joaquín sintió un impulso irracional de bajar, de inventar una emergencia en el laboratorio, de recordarle que tenía informes pendientes. Pero se quedó allí, inmóvil, con la frente apoyada en el cristal frío.

—Ve con él, Regina —susurró, con una amargura que le calaba los huesos—. Ve y convéncete de que este lugar es demasiado rudo para ti. Así será más fácil cuando te vayas.

Lo que Joaquín no entendía es que, a veces, el hielo más duro es el que más rápido se quiebra cuando la temperatura sube aunque sea un solo grado. Y Regina Stevens, con su valentía silenciosa, ya había empezado el deshielo.

Regina se subió a la patrulla de Mark sintiendo que el aire de la calefacción la envolvía, pero su mente seguía atrapada en el laboratorio. Había aceptado la invitación de Mark como un acto de supervivencia emocional; necesitaba ruido, risas y la normalidad que el oficial Donovan desbordaba para silenciar el eco de los mensajes de Drake y, sobre todo, para apagar la electricidad que sentía cada vez que Joaquín estaba cerca.

Porque, aunque no se lo dijera a nadie, Regina ya lo sabía. En sus adentros, la decisión estaba tomada desde aquel primer segundo en el jet, y se había sellado cuando lo vio a través del cristal de la cámara fría. Esos ojos mediterráneos, profundos y tormentosos como el mar en invierno, la habían anclado a Alaska de una forma que ningún contrato de investigación podría hacerlo.

Le fascinaba todo de él: la forma en que su barba un poco crecida le daba un aire de descuido intelectual, su voz áspera que parecía vibrar en el suelo, y esa media sonrisa que él intentaba reprimir, pero que Regina había aprendido a detectar como un tesoro escondido.

—¿Todo bien, Regina? Te perdimos por un segundo en la estratosfera —dijo Mark con una sonrisa juguetona, sacándola de sus pensamientos mientras arrancaba el motor.

—Perdona, Mark. Ha sido una semana larga —respondió ella, forzando una sonrisa—. Pero estoy lista para ver ese festival. Realmente necesito olvidar que Nueva York existe por unas horas.

—Eso está hecho. Te prometo que después de probar el chocolate con especias de la tía Nanook y ver las esculturas de hielo, Drake... o como se llame el tipo que te molesta, será solo un mal recuerdo —afirmó Mark con confianza, convencido de que su encanto estaba surtiendo efecto.

Regina rió, agradeciendo genuinamente la ligereza de Mark. Le caía bien; era dinámico, divertido y representaba la cara amable de Anchorage. Salir con él era seguro, era fácil. Pero mientras la patrulla se alejaba del Centro Phoenix, Regina no pudo evitar mirar por el retrovisor.

Allí, en la ventana de la oficina del segundo piso, creyó ver una silueta inmóvil observándolos partir.

"Eres un lobo difícil de domar, Joaquín Phoenix", pensó Regina, acomodándose en el asiento. "Pero yo no vine aquí buscando algo fácil. Vine buscando algo real, aunque queme como el hielo".

El festival de invierno prometía luces, música y distracción, pero bajo la superficie, el hilo invisible que la unía al hombre que se había quedado encerrado en su torre de cristal no hacía más que tensarse. Regina estaba dispuesta a jugar el juego de la normalidad con Mark, pero su corazón, ese que Drake nunca supo valorar, ya tenía dueño, y tenía el nombre de un científico huraño que prefería la soledad de las montañas al calor de una caricia.

¿Cómo será esa noche en el festival?

La química con Mark: Él es encantador, la hace reír y la trata como la reina que Manhattan quería que fuera, pero sin la presión del dinero.

El fantasma de Joaquín: Cada vez que Regina ve algo hermoso o impresionante, piensa: "Me gustaría que él estuviera aquí para verlo".

La noche en el festival fue exactamente lo que Regina necesitaba: un bálsamo de normalidad. Mark fue el caballero perfecto; la hizo reír con historias sobre los rescates más absurdos del condado, la invitó a un chocolate caliente con canela que le devolvió el alma al cuerpo y no presionó en absoluto. Por unas horas, el fantasma de Drake y la sombra de Oscar Stevens se sintieron a miles de kilómetros de distancia.

Sin embargo, cada vez que una aurora boreal teñía el cielo de verde o que el viento soplaba con fuerza, Regina buscaba inconscientemente una silueta alta y hosca que no estaba allí. Se despidió de Mark con un beso amistoso en la mejilla, dejando claro que, aunque disfrutaba su compañía, su mente habitaba en otro lugar.

Al día siguiente: El Silencio del Sábado

El sábado amaneció con una calma sepulcral. El Centro de Investigación funcionaba a medio gas, con el personal mínimo. Regina llegó temprano, con el cabello recogido en una trenza práctica y una determinación renovada. Había tomado una decisión: no solo sobreviviría a Alaska, sino que se volvería indispensable.

Se dirigió directamente a la sala de criogenia, pero al entrar, se detuvo en seco.

Joaquín estaba allí.

No vestía su bata de laboratorio, sino un suéter de lana oscura que resaltaba la amplitud de sus hombros y unos jeans desgastados. Estaba inclinado sobre una de las mesas de acero, revisando unos cultivos bajo una luz azul ultravioleta. El aroma a café cargado y a ese perfume metálico y frío que emanaba de él llenaba el espacio.

Él no levantó la vista de inmediato, pero Regina notó cómo sus hombros se tensaban.

—Llegas temprano para ser sábado, Stevens —dijo Joaquín, su voz sonando más profunda y raspada en el silencio del laboratorio—. Pensé que estarías... descansando del festival, o con Donovan.

Regina dejó su mochila en una silla y se acercó, manteniendo una distancia prudente pero suficiente para sentir la electricidad que siempre vibraba entre ellos.

—El trabajo no sabe de fines de semana, profesor. Y supongo que usted tampoco, dado que está aquí —respondió ella con suavidad, observando cómo él manipulaba una pipeta con una precisión casi poética—. Fue una noche bonita. Mark es una gran persona.

Joaquín soltó una especie de gruñido, algo entre el desdén y la aceptación. Dejó la pipeta y se giró lentamente hacia ella. Sus ojos mediterráneos estaban inyectados en un ligero cansancio, pero brillaban con una intensidad que hizo que a Regina se le cortara el aliento.

—Mark es un buen hombre. Demasiado bueno, quizás —soltó Joaquín, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal—. Pero este lugar... esta vida... no es un festival de luces, Regina. Aquí el frío termina por quemar todo lo que no es real.

—Lo sé —dijo ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Por eso estoy aquí. No vine buscando luces, Joaquín. Vine buscando mi propia libertsd, aunque queme.

Por un segundo, el tiempo se detuvo. Joaquín bajó la mirada a los labios de ella, y por primera vez, Regina vio la grieta en su armadura. El lobo solitario estaba luchando contra sus propios demonios, debatiéndose entre dar un paso atrás o sucumbir a esa chispa que amenazaba con derretir su invierno eterno.

Justo cuando la tensión parecía a punto de romperse, el sonido de unos pasos pesados en el pasillo y la voz del Dr. Robert llamando a su hijo rompieron el hechizo.

—¡Joaquín! ¡Regina! Qué bueno que están aquí —exclamó Robert entrando al laboratorio con un fajo de papeles—. Acaban de llegar los resultados de la secuenciación de la muestra 402. ¡Es un hallazgo histórico! La flor del Soma...

Joaquín se apartó de Regina con una rapidez casi violenta, recuperando su máscara de frialdad en un parpadeo. Regina inhaló profundamente, tratando de estabilizar sus manos.

El sábado apenas empezaba, y aunque la ciencia reclamaba su atención, ambos sabían que lo que acababa de suceder entre esos tanques de nitrógeno líquido era un descubrimiento mucho más peligroso que cualquier secuencia de ADN.

El Laboratorio de Genética Avanzada se transformó en un santuario de datos en cuanto el Dr. Robert puso los informes sobre la mesa. Lo que siguió fue una coreografía intelectual que dejó a Regina hipnotizada.

Joaquín se movía con una energía que ella no le había visto antes. La apatía y el hermetismo desaparecieron, reemplazados por una fascinación voraz. Sus dedos volaban sobre el teclado holográfico, proyectando cadenas de nucleótidos en el aire frío del laboratorio. Su mente, dotada de esa inteligencia superior que lo hacía legendario en la universidad, parecía procesar la información a una velocidad que desafiaba la lógica.

—Mira esto, Robert —decía Joaquín, con la voz cargada de una vibración entusiasta, casi febril—. La mutación en el exón 4 no es degradación; es una adaptación térmica. Si logramos aislar este marcador, estaríamos hablando de una resistencia celular que no se ha visto en mamíferos en diez mil años.

Regina lo observaba desde su estación, fingiendo que revisaba sus propios gráficos, pero sus ojos no podían apartarse de él. Ver a Joaquín desbordado por la ciencia, con las mangas de su suéter subidas revelando la tensión de sus antebrazos y esa concentración absoluta que le hacía fruncir el ceño, le resultaba terriblemente sexual. Había algo primitivo y, al mismo tiempo, sofisticado en la forma en que su intelecto dominaba la materia.

Para ella, no había nada más seductor que esa pasión cruda por el conocimiento. Drake hablaba de millones; Joaquín hablaba de los secretos de la vida misma, y lo hacía con una intensidad que parecía quemar el aire a su alrededor.

—Stevens, deja de mirar esa pantalla en blanco y ven aquí —soltó Joaquín sin mirarla, su intuición de depredador detectando que ella lo observaba—. Necesito que cruces estos datos con el banco de muestras de la comunidad Nanook. Tu tesis sobre polimorfismos es la clave para este modelo.

Regina se levantó, tratando de que sus movimientos fueran profesionales, aunque por dentro su pulso fuera un desastre. Se colocó a su lado, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo tras horas de trabajo intenso.

—Ya lo tengo, profesor —respondió ella, forzando una voz neutra mientras sus dedos rozaban accidentalmente los de él al tomar la tableta de datos—. Los marcadores coinciden. La población local tiene una variante compartida.

Joaquín se detuvo. Sus ojos mediterráneos se clavaron en los de ella, brillantes por la adrenalina del descubrimiento. Por un segundo, la ciencia quedó en segundo plano. Él notó la respiración agitada de Regina y el brillo en su mirada, y aunque ella hiciera como que no pasaba nada, él supo que ella estaba viendo mucho más que un científico brillante.

—Eres rápida —susurró él, con una voz que había perdido su aspereza para volverse peligrosa y suave—. Demasiado rápida para ser una simple asistente de Manhattan.

Robert, ajeno a la corriente eléctrica que amenazaba con hacer corto circuito entre sus dos mejores investigadores, seguía celebrando frente a los monitores.

—¡Somos un equipo imparable! —exclamó el viejo lobo—. Joaquín, lleva a Regina a la comunidad Nanook el lunes. Necesitamos muestras frescas de la semilla y tú eres el único que tiene su confianza. Además, así ella conoce el verdadero corazón de estas montañas.

Joaquín apretó la mandíbula. Un viaje a solas con Regina, lejos de las paredes estériles del laboratorio y bajo el cielo abierto de Alaska, era lo último que sus defensas necesitaban. Pero no podía negarse a la ciencia.

—Está bien —asintió Joaquín, volviendo a mirar a Regina con una mezcla de desafío y advertencia—. Prepárate, Stevens. El lunes dejamos la tecnología atrás. Vamos a ver si tu pasión por la verdad sobrevive al mundo real.

Regina asintió, sintiendo que el reto era mucho más que profesional. El lunes no solo irían por muestras de ADN; irían directos al territorio donde las defensas de Joaquín eran más frágiles, y ella estaba lista para descubrir qué más se escondía bajo esa fachada de genio solitario.