Háblame

All Rights Reserved ©

Summary

Ivy Lancaster no es el tipo de persona que se deja conocer fácilmente. Olivier Michel tampoco es el tipo de persona que sabe cuándo dejar de intentarlo. Todo comienza con algo pequeño: una conversación a medias, una coincidencia incómoda, un silencio que no se siente vacío. Y poco a poco, sin darse cuenta, empiezan a ocupar un lugar en la vida del otro... uno que ninguno de los dos sabe realmente cómo sostener. Hay cosas que no se dicen. Cosas que se cargan. Y otras que, incluso cuando parecen correctas, terminan pesando más de lo que deberían.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

14 de abril. 11:40 p.m.

Minneapolis.


La música está tan alta que debería dolerme la cabeza, pero no lo hace, o tal vez sí y simplemente ya no me importa. Canto —o al menos eso intento— mientras el aire frío entra por las ventanas abiertas y desordena todo a su paso, como si nada en este momento estuviera destinado a quedarse en su lugar.

Afuera, la ciudad se deshace frente a mis ojos. Las luces dejan de ser faroles o ventanas y se convierten en manchas que aparecen y desaparecen demasiado rápido, como si no pudiera retener nada el tiempo suficiente para entenderlo. Todo pasa así últimamente, o tal vez siempre ha sido de esta forma y apenas ahora lo estoy notando.

La miro sin pensar demasiado en ello. Tiene una mano firme sobre el volante y la otra marcando el ritmo contra la puerta, completamente ajena a cualquier cosa que no sea la música que cambia sin previo aviso de Pink Floyd a Radiohead. Su cabello castaño se mueve con libertad, siguiendo el viento, y por un momento parece imposible que algo pueda salir mal mientras ella siga riendo así.

Siente mi mirada, como siempre, y gira apenas el rostro, enarcando una ceja.

—Deja de verme así, canela.

Me encojo de hombros, fingiendo una indiferencia que no siento.

—Conduce. Para eso te pago.

Niega con la cabeza y suelta una risa baja que, por un segundo, me hace pensar que podría acostumbrarme a esto: al ruido, a la velocidad, a la forma en que todo parece estar bien mientras ella esté aquí.

Cierro los ojos un instante.

No debería haberlo hecho.

—Oye... —murmuro, aunque no sé muy bien por qué.

El cambio no es inmediato, pero es suficiente. La música empieza a sentirse lejana, como si viniera desde otro lugar, y el aire deja de ser fresco para volverse incómodo. Un mareo me recorre el cuerpo sin previo aviso y frunzo el ceño, intentando ignorarlo, como si hacerlo fuera suficiente para que desaparezca.

Me inclino hacia atrás buscando un abrigo entre los asientos, guiándome más por costumbre que por necesidad. Siempre hay uno. Siempre lo hay. Mis dedos apenas rozan la tela cuando una luz aparece a un costado del auto, demasiado blanca, demasiado cercana, distinta a cualquier otra que haya visto antes.

No es difusa. No se aleja. No desaparece.

Se queda.

Y en ese instante extraño, suspendido, en el que todo parece ralentizarse sin razón alguna, lo único que alcanza a cruzar por mi mente

Es que debí haber seguido mirándola.