Capítulo 1
Minerva observaba la imponente máquina de café nueva, un artefacto cromado lleno de botones y luces que parecía exigir un doctorado para operarla.
«¿Por qué tenían que cambiarla?», pensó. «La anterior era perfecta: calentaba el agua, una servía el café y listo. Esta... esta es como el panel de control de una nave espacial. Ni siquiera sé por dónde empezar.»
Su mirada estaba fija en el surtidor, pero su mente estaba a metros de distancia. Como siempre, vagaba hacia Ricardo Gil, el jefe más cotizado no solo del tercer piso, sino de todo el edificio. Era tan atractivo que las mujeres de la oficina parecían participar en una competencia no declarada por lograr su atención.
«Tiene una sonrisa que debería estar prohibida por ley», recordó, sintiendo un calor familiar en las mejillas. «Podría ser el actor principal de cualquier película. Y esos ojos verdes... hacen que las esmeraldas parezcan simples piedras verdes. Con ese porte y esa simpatía, ¿quién podría decirle que no?»
Un coro de risas llegó hasta sus oídos, recordándole las invitaciones constantes que él recibía. «Otra vez... ¡Céntrate, Minerva!», se regañó, sacudiendo mentalmente la imagen de Ricardo. «Tu misión es lograr que esta máquina malvada te dé una simple taza de café. ¿En serio necesito un manual para esto?»
Con determinación, apretó un botón al azar. La máquina zumbó, pero nada ocurrió. «Bien... ¿y ahora qué? ¿Se supone que debo cantarle?», se preguntó, derrotada, mientras la pantalla parpadeaba con un mensaje incomprensible.
Y entonces, como si su pensamiento lo hubiera conjurado, lo sintió.
Primero fue una sombra que se cernió a su espalda, cortando la luz fluorescente. Luego, una presencia tangible que electrizó el aire. Un perfume leve, a madera de sándalo y algo fresco, envolviéndola. No necesitó volverse. Su cuerpo lo reconoció antes que su cerebro, con un escalofrío que le recorrió la columna.
Se giró, y el mundo se redujo a un par de ojos verdes. No esmeraldas pálidas, sino el verde profundo y peligroso del océano antes de una tormenta. Una sonrisa jugueteaba en sus labios.
—Atascada con el enemigo —dijo su voz, un rumor grave que le llegó directo al estómago.
Minerva sintió que todas las palabras se evaporaban de su boca. De pronto todas las letras de la máquina se transformaron en una complicada combinación de sánscrito y chino, que no podía leer ni entender y sus ojos se quedaron fijos en la máquina, como esperando que algún milagro apareciera entre luces.Una de las cosas que más detestaba Minerva, era comportarse como una tonta ante él, porque no lo era, nunca lo había sido, pero cada vez que él se acercaba se ponía tan nerviosa que se olvidaba de todo, hasta de su propio nombre.
Entonces le pareció que él dijo algo, pero estaba tan nerviosa, que sólo podía escuchar su voz como si resonara entre el agua, no entendió nada, pero se hizo a un lado para que él tomara lo que necesitaba, mientras ella asentía torpemente y se acomodaba los anteojos degruesa armazón negra, que todos los días utilizaba para esconder sus ojos azules, esos ojos que en ese momento estaban clavados en las manos de Ricardo Gil, quien tranquilamente presionabalos botones como indicándole la manera de hacerlo.
Minerva se perdió en un recuerdo:
Tres semanas después de que sucediera todo aquél desastre, Ricardo Gil llegó a la empresa como Gerente de Piso.Para la formal presentación, el Director Administrativo citó en el pequeño Auditorio de la empresa, a todos los empleados de los departamentos que estarían a su cargo.Como todos ya conocían al nuevo Gerente, porque había sido Asesor de la Dirección General, cabe hacer mención, que todas las primeras filas de butacas estaban ocupadas por las guapas empleadas.Después de la presentación y con esa sonrisa que, según los comentarios de las jóvenes, derretía hasta la mantequilla, Ricardo Gil expuso su plan de trabajo.
Sosteniendo entre sus manos varios expedientes que debía entregar al Sr. González, su nuevo jefe inmediato, Minerva llegó a sentarse en la primera butaca de la última fila.Llevaba poco tiempo vistiendo a diario falda larga con saco o suéter holgado, recogiendo en una trenza su largo cabello rubio y ocultando sus ojos con anteojos que no necesitaba.
El aroma de Ricardo—una mezcla de jabón caro y aire fresco—le recorrió los sentidos y la arrancó del pasado de un tirón. Allí estaba, a solo unos centímetros, y el traje gris perla que vestía no hacía más que acentuar el verde eléctrico de su mirada. Una mirada que la recorría de arriba abajo, tan despacio que Minerva sintió que el aire se volvía espeso. Cuando su sonrisa se dibujó, lenta y deliberada, fue como si le hubieran desconectado el cerebro. Los pensamientos se le desintegraron, convertidos en un único y frenético latido.
“Esa sonrisa es un arma de destrucción masiva y su uso debería estar regulado por la Convención de Ginebra. ¿Cómo se atreve a oler tan bien un lunes a las nueve de la mañana? Es una falta de respeto para el resto de la humanidad, y para mi capacidad de formar una frase coherente. “
Sus labios se movían. Se abrían y se cerraban emitiendo sonidos que el cerebro de Minerva se negaba a procesar. Era como una canción de la que solo capturaba la melodía: una vibración grave y cálida que le resonaba en el pecho y le anulaba toda capacidad cognitiva.
Él volvió a sonreír, desviando la mirada con una risa contenida, como si compartiera un chiste secreto con el universo.
“¿Se está riendo de mí?, pensó, con un pánico repentino. Por el amor de Dios, que no haya empezado a vocalizar mis pensamientos en voz alta...”
Pero entonces sucedió. Sus ojos, aquellos ojos verdes que eran un peligro público, regresaron a ella. Y esta vez, venían acompañados de una pregunta directa. Una pregunta que, para terror absoluto de Minerva, había atravesado el muro de sonido de su fascinación y exigía una respuesta. Una que ella no tenía, porque no tenía ni la más remota idea de lo que acababa de decir.
—Erva… al… sea… omar… — Angustiada se preguntaba a sí misma:
“… ¿En qué idioma está hablando?¡No logro entender nada!”
Mientras lo miraba y fruncía levemente el ceño, como si Ricardo entendiera que no podía escucharlo, con encantadora sonrisa subió un poquito el tono de su voz y le insistió:
—Por favor Minerva, dígame… ¿Cuál es el que desea tomar?
Al escuchar claramente su voz, ella logró salir de su ensoñación y un tanto apenada respondió:
—¡Ah!Disculpe, estaba distraída… americano, por favor.
—¿Azúcar?
—Una, gracias.— Contestó y enseguida pensó:
“Pero… ¿Qué me sucede?¿Por qué me comporto como una boba con él?Siempre es lo mismo, cuando él está cerca algo se bloquea en mi mente y sólo escucho los latidos de mi corazón.”
Mientras lo observaba servir el azúcar con la firmeza de sus manos, sus ojos —ocultos tras la seguridad de sus gafas— se perdieron en el movimiento. Una oleada de frustración consigo misma le recorrió el pecho. Debía disculparse, decir algo, cualquier cosa sobre lo sorda y tonta que me pongo cuando estás cerca.
Pero su mente, en un acto de pánico, empezó a rebuscar excusas como si su carrera dependiera de ello. Podía culpar a la sorpresa de verlo allí, al jefe estrella, reducido a la fila del café como un mortal más. O, mejor aún, echarle la culpa a la presión de la presentación, a ese ascenso por el que llevaba luchando más de un año y que ahora pendía de un hilo. Cualquier cosa era mejor que la verdad vergonzosa: que su sola presencia le fundía el cerebro.
Las palabras se acumularon en su garganta, formando un nudo de frases incoherentes que nunca se atrevió a soltar. Y en el silencio que dejó su cobardía, solo quedó el zumbido de la máquina y el eco de su propia torpeza.
Sin poder evitarlo sonrió ligeramente, pues tres cosas buenas sucedieron en esos pocos minutos, sentirlo muy cerca, que precisamente él le preparara un café y darse cuenta de lo sencillo que era manejar el surtidor de café.
—Aquí tiene, Minerva. Tómelo con cuidado, está muy caliente —advirtió Ricardo, acercándole la taza con ambas manos en un gesto deliberadamente cauteloso.
Sus dedos se cerraron alrededor de la porcelana justo en el instante en que él soltaba su sujeción. Fue solo un contacto fugaz, una décima de segundo donde su piel rozó la de él. Pero fue suficiente. Una descarga de electricidad estática, cálida y viva, le recorrió el brazo hasta alojarse en el centro del pecho.
Sus ojos volaron hacia los suyos por puro reflejo, encontrándose de lleno con una sonrisa radiante que parecía decir: Lo sé. Yo también lo sentí.
Minerva apartó la mirada de inmediato, clavándola en la superficie oscura del café. No podía permitir que él viera el torbellino de emociones que ese roce accidental—¿o no tan accidental? —había desatado en ella. Para un hombre como Ricardo, no sería más que una colisión intrascendente, un peaje inevitable por el tamaño de la taza. Para ella, había sido un terremoto.
Ricardo irradiaba una felicidad tan constante que resultaba casi desarmante. Su buen humor era legendario en la oficina, y su amabilidad, un territorio sin fronteras donde todas se sentían con derecho a pasar. Por eso era común verlo rodeado de atrevidas que lo invitaban a almorzar o a sus fiestas, seguras de que un hombre tan afable no podría rechazarlas con rudeza.
El misterio radicaba en que, hasta donde se sabía, él siempre encontraba una forma educada de decir que no. El consenso general en el edificio era que debía de tener una novia escondida, o quizás incluso una prometida, una mujer perfecta que explicara por qué un hombre así permanecía inalcanzable.
Minerva llevaba más de un año siendo testigo silenciosa de ese juego. Un año entero de haberse enamorado a escondidas del hombre que tenía todo—el porte, el encanto, la sonrisa—para hacer suspirar a cualquiera. Pero su amor era un secreto a gritos que solo ella escuchaba. Se había prometido a sí misma enterrar ese sentimiento tan hondo que nadie pudiera usarlo como un arma para herirla o humillarla. Ya había tenido suficiente de eso en el pasado.
La voz de Ricardo, adoptando un tono inesperadamente serio, volvió a filtrarse en su conciencia.
—Minerva...
Ella alzó la vista de inmediato, encontrándose con sus ojos. Él esbozó una sonrisa, pero esta vez era distinta, más contenida, casi inquisitiva. ¿Acabo de perderme algo importante? El pánico encendió todas las alarmas en su cabeza. ¡Baja de la nube de una vez!, se reprendió, furiosa consigo misma al notar que él parecía estar esperando una respuesta, una reacción que ella no tenía.
Ante el riesgo de meter la pata hasta el fondo, optó por la opción más segura, la más formal, la que pondría punto final a su bochorno. Con una sonrisa rígida y un nudo en la garganta, farfulló:
—Gracias, señor Gil. Que tenga un buen día.
Las palabras sonaron a despedida definitiva, a rendición. Y antes de que su valor flaqueara por completo, giró sobre sus tacones y emprendió la huida, sintiendo su mirada clavada en su espalda como un peso tangible.
Minerva comenzó a caminar hacia su pequeña oficina con cuidado de no quemarse y de no cometer una torpeza de esas que nunca le sucedían, excepto claro está, cuando Ricardo Gil estaba cerca.Minerva tuvo la sensación de que él había dicho su nombre, pero pronto lo atribuyó a que era parte de su imaginación, pues pensaba tanto en él que hasta lo soñaba y en sus sueños Ricardo siempre decía su nombre, en lugar del habitual “güerita” que escuchaba de los compañeros.Mientras se alejaba de él, suspiró con pesar...