Prólogo
En el silencio del infinito Universo, una herida de luz blanca rasgó la oscuridad. Surgió de la nada, un rayo de voluntad pura y velocidad imposible, que atravesó coloridas nebulosas como si fueran telarañas. Su luminosidad era tan intensa que la negrura del espacio retrocedía a su paso, vencida.
Del mismo abismo del que había emergido, brotaron otras dos entidades: una, un zafiro vivo y eléctrico; la otra, una oscuridad tan perfecta que solo se delataba al devorar la luz de las estrellas y nebulosas que rozaba. Las tres eran fugas de la misma realidad, y en su estela dejaban un espectro de su esencia —blanco, azul y negro— que se resistía a desvanecerse, pintando el vacío con los jirones de su fuga.
La cacería cósmica había comenzado. La raya blanca, perseguida por sus gemelas de zafiro y ébano, fue acorralada en una nube de polvo estelar de siete colores. Allí, las perseguidoras se enroscaron en una espiral frenética, tejiendo aros y destellos de energía azabache y cobalto en un intento por capturar a la blanca. La desestabilizaron, hicieron titubear su curso, pero no lograron quebrar su núcleo de luz.
Entonces, en un acto de desesperación final, la luz blanca estalló. Una onda de claridad cegadora se expandió, bañando galaxias enteras en un instante de día eterno. El destello aturdió e inmovilizó a sus perseguidoras, congelándolas en su danza de captura. Y en ese breve respiro de pura energía, la luz blanca se liberó, escapando hacia la infinidad.
Perdido el rastro de sus cazadoras, y con sus propias fuerzas agotadas, el rayo blanco se desvaneció al vislumbrar un mundo que brillaba con una luz propia, el planeta más cercano al mismísimo Portal Luminoso. Con el último aliento de su poder, arrojó hacia la atmósfera del planeta una única y reluciente cápsula plateada. Cumplida su misión, llena de enigma, la luz se extinguió.
Fue entonces cuando las otras dos entidades despertaron de su aturdimiento. No hubo unión en su frustración, sino un nuevo conflicto. Parecieron reñir entre ellas, una discusión muda y furiosa en el vacío. Y con la misma brusquedad y misterio con que aparecieron, ambas se desvanecieron, dejando al universo sumido de nuevo en su silencio, pero para siempre alterado por la semilla que la luz blanca había logrado plantar.