The Midnight Mass

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Summary

Después de la desaparición de su pareja, lo único que queda es una pista: una comunidad que promete sanar a quienes ya no encuentran sentido en el mundo. Impulsado por la necesidad de respuestas, el protagonista se acerca a ese lugar donde el dolor parece tener nombre… y propósito. Pero lo que encuentra no es un refugio, sino algo mucho más inquietante. Entre discursos de consuelo y miradas que parecen ver demasiado, la comunidad comienza a desdibujar los límites entre lo que se siente real y lo que se cree necesario. Cada palabra, cada gesto, cada vínculo arrastra consigo una intención difícil de nombrar. Y poco a poco, casi sin notarlo, la búsqueda de la verdad empieza a transformarse en algo más peligroso: la necesidad de pertenecer. Mientras los recuerdos se vuelven inciertos y las certezas se fragmentan, surge una duda imposible de ignorar: ¿qué pasó realmente con la persona que busca… y cuánto está dispuesto a perder para descubrirlo? Porque hay lugares donde no te obligan a quedarte. Solo hacen que irte deje de ser una opción.

Genre
Horror
Author
Chassshire
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

En Marsville las noches suelen ser largas, muchas veces los días simulan ser animados, pero debajo de esa espesa capa de normalidad que el cielo deja ver… Hay un oscuro secreto, uno que no muchos conocen, uno que otros prefieren ignorar, uno que puede ser atractivo y a la vez extremadamente peligroso.

No recuerdo exactamente cuando empezó todo…

Conny llevaba meses sin salir.

Meses en los que su mundo cabía en la pantalla de su computadora, en audífonos siempre puestos y cortinas siempre cerradas. Yo aprendí a amar su silencio, a no forzarlo. Ella era de esos jóvenes que se desprenden del mundo como si fuera una prenda incómoda.

Pero algo cambió.

Un dia me habló de “ellos”.

No me dijo nombres. Solo que en un juego había conocido a alguien diferente. Alguien que la entendía. Alguien que la invitó a formar parte de una sociedad.

Y entonces pasó lo imposible.

Conny quiso salir.

La primera vez que me pidió acompañarla pensé que estaba soñando. La vi vestirse con manos temblorosas, nerviosa pero decidida. Sus ojos tenían algo nuevo… propósito.

Y eso fue lo que me asustó.

El lugar estaba lejos de la ciudad. Demasiado lejos.

Una construcción amplia, de madera oscura y ventanas altas. La puerta se abrió antes de que tomáramos.

Un chico nos recibió.

—Bienvenidos —dijo con una serenidad casi hipnótica.

Su voz era grave, tranquila. Nos hizo entrar como si nos conocieciemos de toda la vida. Llegamos a una mesa, era larga con luz cálida. Todo demasiado perfecto.

Ahí conocí a Giselle. Observadora, sonrisa amable, preguntas suaves que parecían casuales pero no lo eran. Y a Elias, el que parecía ser el pastor. Voz dulce, mirada compasiva, manos siempre ocupadas sirviendo a los demás.

Conny parecía… feliz.

Hablaba.

Reía.

La miré y por primera vez en meses sentí que la estaba recuperando, que tal vez todo esto era el camino correcto.

Bebí más de la cuenta.

Recuerdo a Conny susurrándome que todo iba a estar bien.

Después, nada.

Desperté en una habitación que no era la nuestra.

Las paredes eran blancas. La puerta estaba cerrada y Conny no estaba.

Bajé al comedor, aún mareado. Elias me recibió con una sonrisa serena y me sirvió un plato caliente.

Pregunté por Conny.

Nadie la había visto.

El líder apareció poco después.

—La vi esta mañana —dijo, tranquilo—. Le pedí que entregará un recado a un conocido. Volverá por la noche. Espérala aquí, por favor.

Lo dijo como si fuera lo más lógico del mundo.

Yo asentí.

Pasó el día y la noche llegó.

Conny no.

Decidí quedarme una noche más. Me repetí que era ansiedad. Que estaba exagerando.

En la madrugada salí a tomar aire.

No sé qué me llevó a esa parte de la casa. Tal vez un ruido. Tal vez el instinto.

Tal vez algo peor.

La habitación estaba apartada. La puerta entreabierta.

Y dentro…

Conny.

Inmóvil.

Con partes del cuerpo faltantes.

El mundo se fracturó en un segundo.

No grité. No pude.

Escuché pasos detrás de mí.

Corrí. Corrí como si el aire quemará.

Regresé a la que era mi habitación provisional y vomité hasta que el cuerpo me dolió. La comida, el vino, la culpa.

Entonces tocaron la puerta.

Un golpe.

Luego otro. Más fuerte.

Mi corazón latía en los oídos.

Abrí con el miedo recorriendo cada parte de mi cuerpo.

Era Elias.

—Te escuché vomitar. ¿Estás bien?

Su voz era suave. Preocupada.

—Me cayó mal la comida…

Mentí.

Él me ofreció agua. Pastillas para el mareo.

Logré convencerlo de que no las necesitaba, que eventualmente me iba a sentir mejor.

Se fue y yo bebi un sorbo del vaso de agua que me había ofrecido.

Pensé en escapar.

Pensé en denunciar.

Pensé en matar.

El sueño me golpeó de repente.

Y de nuevo, oscuridad.

Al despertar, el dolor no era menor.

Era más claro. Más frío.

Pasé la tarde sentado en la cama, fingiendo calma, mientras por dentro algo se endurecía.

Alguien lo había hecho.

Y yo iba a descubrir quién.

Decidí quedarme.

Fingir demencia.

Pedir asilo hasta que “regresara” Conny.

Sonreír.

Observar.

Esperar.

Con el tiempo empecé a hablar más con Giselle. Había algo en su mirada, una duda que no coincidía con el discurso del grupo. Elias, en cambio, era atento, casi protector, sospechosamente amable. Y el líder… el líder siempre parecía saber exactamente lo que yo pensaba antes de que lo dijera.

Lo peor es que, en medio del odio y la tristeza, comencé a sentir cosas.

Simpatía.

Curiosidad.

Una cercanía peligrosa.

Porque mientras planeaba venganza…

Ellos empezaban a sentirse como el único mundo que me quedaba.

Y eso me aterraba más que el cuerpo sin vida de Conny.