Preludio: El último recipiente de Apollyon
—El café sabe a sangre—Sentencié mientras miraba el cielo teñido de rojo bermellón.
Era ese mismo cielo que me devolvió la mirada en antaño. Ahora convertido en una estática imagen, congelada en nuestro recuerdo. Y yo, no ajeno a su poder, era un mero sujeto del predicado de su bondad.
En ese mismo reflejo sangriento, el sol me transmitía su color más profundo, la transfusión de miles de almas. Un azul celestial. No obstante, mi eterno letargo estaba al llegar, y mi parca me acechaba.
—Realmente es triste, hermana. Como todo acaba por no saber cómo asesinar a tu mejor amigo, ¿eh? —exclamé al aire.
“Llegamos a ser Dios para esta gente, ¡fuimos la esperanza de un mundo mejor!.” añadí.
— Deja ya tus teatritos de crío, los demás han muerto. Y tú no serás la excepción, Héctor—replicó una voz desde la lejanía con una pistola apuntando a mi espalda.
—Al menos déjame acabar el café, ansiosa —respondí alegremente entre sonrisas ,cogiendo mi taza de café. Saboreé hasta la última gota de ese putrefacto líquido.
En mientras, miraba al cielo carmesí con una paz infinita. Presenciaba mi paso en este complejo mundo. En el pasado hubiera dicho que éramos solo adolescentes... pero, en algún punto entre los focos y la sangre neón, dejamos de serlo. Ahora, éramos adolescentes condenados a ser dioses.
—Qué pena acabar así, éramos 12 y ahora somos uno. ¿Verdad ,Astrid?—añado acabando mi pequeña pausa.
Astrid no responde simplemente quita el seguro de la pistola. Y en un mismo instante mi cielo no sólo se cerró; sino que dejó de transmitir.
—Ríndete ya. ante él—No hace falta luchar más, es inútil. Es la única salida de lo que tú creaste.—añadió Astrid acercándose más hacia mi espalda.
—Antes de irme, intenta negarme una cosa, ¿Fui él buen amigo que buscabas?—respondí sonriendo viendo el rostro de esa chica desvaneciéndose en el ocaso del sol azul.
Segundos después sentí como la bala atravesaba mi costado. Mi cuerpo se congeló instintivamente , hubo un último segundo de silencio absoluto, una grieta en el tiempo donde el viento se detuvo y los pájaros quedaron suspendidos como manchas de tinta sobre un lienzo mal terminado. Yo estaba allí, en el epicentro del colapso, sangrando, sintiendo cómo el calor de mi sangre se volvía mercurio. Frente a mí, la realidad —mi realidad— empezó a deshilacharse como un tapiz devorado por polillas invisibles.
No hubo fuego. Solo una erosión geométrica. Una desaparición calculada.
Intenté invocar lo que ... ¿Ashley? me había enseñado, forzar a mis dedos a trazar el primer glifo de defensa, pero ahora la magia era una lengua muerta para quien aún tiene alma de mortal. Mis manos, torpes y temblorosas, solo cortaron el aire frío. La chispa arcana que debía protegerme se extinguió antes de nacer, ahogada por una estática digital que zumbaba en mis oídos como un enjambre de avispas metálicas.
—Demasiado joven. Demasiado inocente—susurró una voz que parecía emanar de las mismas costuras del universo—. Intentas reescribir el destino con tinta cuando ellos ya han programado el vacío—
El suelo se transformó en una cuadrícula infinita de luz blanca. Los edificios de la ciudad perdieron su textura, revelando que debajo del ladrillo y el hormigón no había más que una estructura geométrica perfecta, demasiado lógica, demasiado fría para ser obra de Dios. Sentí el peso de mi propia ignorancia; yo era un niño jugando con cerillas en la biblioteca del conocimiento.
La culpa me golpeó, no como un sentimiento, sino como una presión externa que intentaba aplastar mis recuerdos, archivándolos en un rincón prohibido de mi mente.
—¿Esto se siente al morir?—añadí entre sollozos.
El sistema no nos quería. Éramos el virus, y el mundo sin nosotros era la cura.
—¡No! —mi grito se fragmentó, perdiendo resolución en el aire—. ¡Todavía recuerdo! ¡Todavía siento mi sangre!
Algo estaba reiniciando el tiempo. El “hoy” se disolvía para dar paso a un “ayer” que ya habíamos vivido, pero sin las cicatrices del mismo.
Me aferré al disco arcano entre mi pecho con la desesperación de un náufrago. El metal palpitaba con una temperatura incandescente, siendo el único punto de calor en un mundo que se volvía estéril y perfecto. Pero, mi voluntad flaqueó. La falta de experiencia me pasó factura; no se puede luchar contra el Arquitecto cuando apenas has aprendido a caminar por sus pasillos de cristal.
De repente, una presión inmensa aplastó mi conciencia. El aire se volvió denso, una anestesia dulce que intentaba convencerme de que el dolor era un error de cálculo.
Antes de que la oscuridad total me reclamara, vi un último destello en el cenit del cielo: una falla en el degradado de las nubes que revelaba, por un instante, que el sol no era más que una bombilla encendido para nosotros. Las luces del mundo se reiniciaron en un parpadeo cegador. La sangre desapareció de mis manos. El destello volvió a disfrazarse de normalidad.
—Descansa—ordenó la voz, ahora suave, filtrada por el eco de mil servidores— Olvida que eres un arma.
—Acepta el nuevo orden. La simetría es paz. La tabula rasa es orden.—
Mis rodillas cedieron. La realidad se volvió líquida y me hundí en ella, sintiendo cómo yo era quién debía ser. Ante tal cambio pude ver en un espejo cercano como la arcana me marchitara , vi mi reflejo imperfecto revelado entre la inmutable perfección. Por un instante, la cara de mi verdadero enemigo.
Mi humanidad.
Miré al suelo una vez más y repliqué lo mismo que siempre he dicho:—He aquí mi final. En el epitome de la vida siempre ha habido un destello de luz, eso lo recuerdo bien.—
¿Significará que este será mi final? Siempre creí que retomar el pasado nunca fuese una opción.
—Siempre hay que dejar el pasado morir...—Temblé en el nuevo suelo, cediendo al arcano poco a poco. Aceptando mi destino, no obstante algo dentro me decía todo lo contrario.
—NO—,responde una voz en el fondo de mi corazón.
—Ya sabes que es tarde para cambiar este mundo injusto. La esperanza al cambio es nula, L.—confesé al limbo circundante.
— Nunca es tarde para intentarlo otra vez, responde la voz extraña resonando más fuerte dentro de mi corazón.—
Intentarlo no es suficiente. Hazlo realidad.
—De acuerdo—
—L—
Una luz iluminó todo, engulléndome hacia un nuevo comienzo. Cerré los ojos y el rugido del apocalipsis se convirtió en el suave, rítmico e hipnótico murmullo de lluvia cayendo en una fresca noche.
La epopeya por el cambio comenzó. Y en ella, yo solo escuchaba el sonido de la lluvia cayendo sobre mi ventana.