Crónicas de Altos: Los Gemelos.

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Summary

Crónicas de Altos narra la épica lucha por la supervivencia en un planeta creado por el Gran Sol y las Tres Lunas. La armonía milenaria de Altos se quiebra cuando un terremoto catastrófico actúa como heraldo para el regreso de La Peste, una entidad malvada y antigua que busca venganza consumiendo las almas de los habitantes.

Genre
Fantasy
Author
Kimberly
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

EL ECO DE LA MUJER DE PLATA

Capítulo 1: El eco de la Mujer de Plata

La Peste no muere, solo duerme en las grietas

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La noche en Altos no conocía la oscuridad absoluta. Bajo el influjo de las tres lunas que coronaban el firmamento, el Valle de los Sauces parecía tejido con hilos de seda plateada. Altos no era un mundo de sombras, sino de matices. El suelo, rico en minerales preciosos, devolvía el brillo de los astros, creando una atmósfera donde los colores no morían al ponerse el sol, sino que se transformaban en versiones etéreas de sí mismos: los verdes se volvían esmeraldas profundos y el río Angras que cruzaba el valle parecía una vena de mercurio vivo.

Alaina permanecía inmóvil sobre su “trono”, una formación de obsidiana que sobresalía en la parte alta del valle. La roca brillaba con un fulgor gélido, alimentando la creencia de que era, en realidad, un trozo caído de la luna Selene que conservaba aún su luz astral. Su cabello, de un rojo encendido que recordaba al Gran Sol, caía sobre sus hombros, mientras sus ojos negros, profundos como el fondo de una mina, devoraban las páginas del libro remendado que había tomado del baúl prohibido de su tío Zoltan.

“Una parte de él sabía que necesitaba seguir brillando para dar vida a ese hermoso planeta... pero su otra parte, siendo egoísta, se desprendió” —susurró Alaina.

Sentía un escalofrío. No era frío, pues el clima de Altos era siempre como una eterna primavera, sino una vibración en el aire. Cerró los ojos y, por un segundo, creyó escuchar la voz de la Mujer de Plata de la que hablaba el texto, un canto melancólico que se filtraba entre los árboles.

—¿Otra vez con las historias de fantasmas, Al?

Alaina no necesitó girarse. El crujido de la hierba bajo las botas de Bercktan era un sonido que conocía desde antes de nacer. Su gemelo se sentó a su lado, dejando una pequeña cesta con bayas silvestres en la roca. Él era su reflejo exacto: el mismo tono de cabello que parecía arder bajo las lunas y la misma mirada intensa. Pero mientras Alaina era aire y curiosidad, Bercktan era tierra y protección. Al sentarse junto a ella, Alaina sintió cómo la inquietud que la embargaba se calmaba, absorbida por la presencia de su hermano.

—No son fantasmas, Berck —respondió ella, aunque le entregó el libro con reverencia—. Es nuestra historia. El tío Zoltan dice que somos hijos del Sol y las Lunas. ¿No te hace sentir... extraño? Como si estuviéramos esperando que algo despierte.

Bercktan guardó silencio y cerró los ojos. En Altos, los gemelos compartían más que el ADN; compartían un eco sensorial. Él pudo sentir el frío residual que el miedo de Alaina había dejado en su propia columna vertebral. Extendió su mano y apretó la de ella, entrelazando sus dedos.

—Siento la vibración, hermano. El suelo está... pesado. Como si el mundo estuviera conteniendo el aliento antes de un grito.

—Lo que siento es que el tío va a estar furioso si no regresamos —dijo él, aunque su mano rozó la de Alaina en un gesto protector—. El valle está... inquieto hoy. Los animales han dejado de cantar.

Desde su posición, los hermanos contemplaban la inmensidad de Altos. El planeta era una joya de equilibrio biológico. No había grandes desiertos ni polos congelados; todo era una sucesión de valles fértiles y montañas de cumbres romas que albergaban la mayor reserva de plata y cristales del cuadrante. Las casas de la aldea, construidas con madera de sauce blanco y techos de piedra pulida, brillaban como pequeñas luciérnagas en la distancia.

La vegetación de Altos era única: los árboles no crecían hacia arriba buscando solo el sol, sino que sus ramas se curvaban buscando la luz de las tres lunas, creando arcos naturales que servían de refugio a las criaturas del valle. El aire siempre olía a néctar de flores nocturnas y a tierra mojada, una eterna primavera que hacía que sus habitantes olvidaran que el peligro podía existir. Para ellos, la guerra o el desastre eran conceptos tan lejanos como la mítica ciudad de Atlantis, de la que solo hablaban los mercaderes borrachos.

—¿Crees que de verdad somos descendientes de aquel Altos original? —preguntó Bercktan, rompiendo el trance mientras observaba el resplandor de sus propias manos bajo la luz lunar.

—El tío Zoltan dice que nuestra sangre es distinta —respondió Alaina, recostando su cabeza en el hombro de su hermano—. Dice que por eso nuestro cabello es del color del sol y nuestra piel brilla cuando nos emocionamos. Somos el último recordatorio de que este planeta tiene un alma.

Bercktan suspiró, rodeándola con su brazo.

—Si somos su alma, entonces el alma de Altos está asustada esta noche. Vámonos a casa. El tío ya debe haber terminado de afilar las herramientas y la tía Etsi odia que la cena se enfríe.

Caminaron de regreso en un silencio compartido, una conversación muda que solo ellos entendían. Cada paso que daban sobre la hierba plateada enviaba una pequeña onda de luz a su alrededor. Se detuvieron un momento frente al gran estanque, donde las tres lunas se reflejaban perfectamente.

“El Valle de los Quinientos Mil” se extendía ante ellos, un mar de hogares humildes y huertos prósperos.

Al llegar a la casa del tío Zoltan, el aroma a pan recién horneado y el sonido de las risas de la tía Etsi los envolvieron.

—¡Aquí están los viajeros! —exclamó Zoltan, un hombre de hombros anchos y manos callosas por el trabajo en la tierra—. Vengan, el guiso se enfría.

Esa cena fue distinta. Alaina no podía dejar de mirar el libro escondido bajo su túnica. Miró a su tía Etsi, que servía la sopa con una sonrisa dulce, y a su tío, que contaba historias de la última cosecha. Por un momento, Alaina deseó que el tiempo se detuviera. Quería que esa calidez fuera eterna, que el destino del que hablaban las páginas viejas nunca los encontrara.

—Tío —dijo Bercktan de repente, dejando la cuchara—. ¿Es cierto lo que dicen de Atlantis? ¿De verdad hay ciudades en otros mundos?

Zoltan soltó una carcajada, pero sus ojos se tornaron serios por un instante. —Historias sin fundamento, muchachos. Chismes de viajeros que beben demasiada ambrosía. Altos es nuestro hogar, y es el lugar más hermoso que existe. No necesitan mirar a las estrellas cuando tienen los pies sobre la plata de este suelo.

Alaina bajó la mirada. Sabía que su tío mentía para protegerlos, pero también sabía que el hacha de fuego mencionada en el libro era más que una metáfora.

Esa noche, antes de dormir, los gemelos se miraron desde sus camas contiguas. El vínculo que los unía vibró con una intensidad nueva. —Berck —susurró Alaina en la penumbra—. Si algo pasa... si el mundo se rompe... no me sueltes.

—Nunca —respondió él.

Ninguno de los dos sabía que esa sería la última noche de paz. Al amanecer, el suelo que tanto amaba el tío Zoltan se convertiría en su peor enemigo.