Lo que no supiste ser.
Llegué a casa, mochila al hombro, sonrisa mediana.
Caminé en los pasillos largos, optando el camino corto, ansiedad emotiva de llegar a ver su rostro.
Abrí la puerta, un sonido fino, un poco ambiguo. Ambiente frío y un delirio, olor etílico y un color amarillo en ese suelo blanco, lustrado y nítido.
Manchas en camisa, asiento aplastado, por comodidad de horas o días sin descansos.
La voz grave, adolorida, con ese tono lastimero que tanto conocía.
Una figura desconocida, posada sin alegría, usaba un aparato para contar con ironía su fracaso en la vida.
Mi mirada ahora más fría, mi alegría diluida.
Debería ser menos día, y más noche, pensé en vano.
Debería ser más cálido, y menos frío, pensé en vano.
Debería ser mi padre, y no un desconocido, pensé en vano.
Un beso en la mejilla y una huida precavida, pasos decididos, puerta cerrada, un cambio de ropa desesperado mientras las lágrimas brotaban.
La mochila, llena de dieces y nueves, orgullo inútil en la esquina.
Me digo que soy yo, porque es más fácil así.
Prefiero que sea culpa mía.
Pero sé que no elegí esta vida.
Y aun así, es más fácil culparme, que dejarlo ahí.
En el humo, en sus ojos rojos, en el plato roto.