Chapter 1
Jack no recordaba la primera vez que lo odiaron.
Porque, en realidad, siempre había sido así.
Desde que tenía memoria, las miradas eran las mismas: asco, burla, desprecio. No importaba si ayudaba, si sonreía, si se ofrecía a cargar cosas o a limpiar… siempre terminaba igual.
Empujado.
Insultado.
Golpeado.
“Eres basura.”
“Hijo de nadie.”
“Error.”
Al principio lloraba.
Después… solo se quedaba callado.
Y con el tiempo… empezó a escuchar esas palabras incluso cuando nadie las decía.
Su madre era lo único que lo mantenía “bien”.
O eso creía.
Porque ella también estaba rota.
Aunque Jack no lo entendía del todo, siempre había algo raro en ella. No era solo el cansancio ni el trabajo… era miedo.
Miedo constante.
A la hora.
A la fecha.
A los recuerdos.
Una noche, cuando Jack tenía apenas seis años, la escuchó llorar.
No era un llanto normal.
Era silencioso… como si no quisiera que nadie la oyera.
Jack se acercó a la puerta.
—Mamá… ¿estás bien?
Silencio.
Luego, una voz quebrada:
—Vete a dormir.
Pero él no se fue.
Se quedó ahí.
Y entonces la escuchó decir algo que nunca olvidó:
—Prometiste volver…
Esa fue la primera vez que Jack escuchó sobre su padre.
Con los años, la historia se fue armando sola.
Pedazos aquí.
Frases sueltas allá.
Un nombre que nunca se decía completo.
Pero lo entendió.
Su padre había sido un hombre diferente.
No como los demás.
No un cliente cualquiera.
No alguien sucio o borracho.
No.
Era elegante.
Amable.
Mentiroso.
Había llegado al burdel como cualquier otro… pero no se comportaba igual.
No la trataba como objeto.
Le hablaba.
La escuchaba.
Le prometía cosas.
—Te voy a sacar de aquí.
—Esto no es vida para ti.
—Vamos a empezar de nuevo.
Y ella… le creyó.
Porque cuando alguien ha vivido toda su vida en la basura… cualquier mentira que suene a esperanza… se vuelve verdad.
Se veían en secreto.
Hablaban de irse.
De una casa.
De una familia.
De un futuro.
Hasta que un día…
Ella le dijo que estaba embarazada.
Al principio, él sonrió.
La abrazó.
Le dijo que todo estaría bien.
Que ese era el inicio de algo nuevo.
Y luego desapareció.
Sin despedirse.
Sin explicación.
Sin regresar.
Pasaron semanas.
Meses.
Años.
Y nunca volvió.
Lo que sí volvió…
Fue la realidad.
Las deudas.
Los clientes.
Los golpes.
Las risas.
El rechazo.
Y un niño que crecía recordándole todos los días el error que había cometido al creer.
Jack nunca conoció a su padre.
Pero lo odiaba.
No como se odia a alguien que te hizo daño directamente…
Sino como se odia a algo que arruinó todo antes de que siquiera pudieras entenderlo.
—Algún día volverá… —decía su madre al principio.
Luego dejó de decirlo.
Pero seguía mirando la puerta.
Y con el tiempo…
Empezó a mirar a Jack con resentimiento.
—Te pareces a él.
Esa frase…
Se le quedó clavada.
Los años pasaron, y Jack dejó de ser un niño inocente.
Ya no preguntaba.
Ya no insistía.
Ya no lloraba.
Ahora observaba.
Veía cómo la gente mentía.
Cómo traicionaba.
Cómo disfrutaba hacer daño.
Y algo dentro de él empezó a cambiar.
Una tarde, después de que unos chicos lo dejaran tirado en el suelo, sangrando y riéndose de él, Jack no se levantó de inmediato.
Se quedó ahí.
Mirando el cielo.
Sin sentir dolor.
—¿Por qué no siento nada?
Esa pregunta fue el inicio.
Esa noche, no pudo dormir.
No por miedo.
Sino porque su mente no paraba.
Pensamientos…
Imágenes…
Escenarios…
Todos iguales.
Todos terminaban con alguien sufriendo.
Y por primera vez…
Eso no lo asustó.
Le gustó.
El día que encontró ratas muertas y las llevó a casa, sintió algo extraño.
No asco.
No culpa.
Curiosidad.
Las limpió.
Las observó.
Las abrió.
Quería entender cómo funcionaban.
Y cuando comió…
Sonrió.
—No está tan mal…
Pero lo más importante no fue eso.
Fue darse cuenta de algo:
La vida… era frágil.
Ridículamente frágil.
Y si era tan fácil quitarla…
Entonces, ¿por qué él había sufrido tanto?
La respuesta llegó sola:
Porque él no había tenido el control.
Y eso…
Lo enfureció.
El día que encontró a su madre cubierta de sangre, algo en él ya estaba listo.
No fue sorpresa.
No fue shock.
Fue confirmación.
—Así es el mundo…
Cuando ella lo atacó…
Cuando le gritó…
Cuando lo llamó error…
Jack no se rompió.
Jack terminó de construirse.
Después de esa noche, ya no quedaba nada del niño.
Solo una cosa nueva.
Algo frío.
Algo calculador.
Algo… incorrecto.
No huyó.
No lloró.
No pidió ayuda.
Se quedó.
Aprendió.
Observó.
Se acercó a doctores.
A carniceros.
A gente peligrosa.
No como víctima.
Sino como estudiante.
Escuchaba.
Memorizaba.
Practicaba.
Y poco a poco…
Se volvió bueno.
Muy bueno.
Pero no era rabia lo que lo movía.
Ni siquiera odio.
Era algo peor.
Placer.
El día que encontró a su padre, ya no era un niño.
Tampoco era un hombre.
Era algo intermedio.
Algo roto.
Su padre vivía bien.
Casa grande.
Dinero.
Una nueva familia.
Como si nada hubiera pasado.
Jack lo observó durante días.
Semanas.
Aprendiendo sus rutinas.
Sus horarios.
Sus debilidades.
Y cuando entró a su casa…
No fue por impulso.
Fue por decisión.
—Hola, papá.
El hombre lo miró.
Confundido.
Molesto.
No lo reconoció.
Y eso…
Fue lo más divertido para Jack.
—¿Sabes cuánto tiempo esperó?
Silencio.
—¿Sabes cuánto tiempo miró la puerta?
Nada.
—¿Sabes lo que hiciste?
El hombre intentó hablar.
Intentó negociar.
Intentó salvarse.
Como todos.
Jack solo inclinó la cabeza.
Sonrió.
—Demasiado tarde.
Lo que pasó después…
No fue rápido.
Porque Jack ya no hacía las cosas rápido.
Le gustaba entender.
Sentir.
Controlar.
Cuando terminó…
Se quedó mirando.
No satisfacción.
No alegría.
Solo… calma.
—Ahora sí…
—Todo está en su lugar.
Con los años, el nombre empezó a circular.
Calles oscuras.
Susurros.
Miedo.
Mujeres encontradas sin vida.
Todas con el mismo patrón.
La misma precisión.
La misma firma.
Nadie lo veía.
Nadie lo escuchaba.
Pero todos sabían algo:
Había algo allá afuera.
Algo que no era humano.
Y su nombre…
Era Jack.
Pero no cualquier Jack.
Jack el Destripador.