I
Son las dos de la madrugada. El té no está produciendo el efecto que esperaba. Comenzaré a escribir historias, a ver si me distraen.
Hoy me enteré de una noticia. El vecino del apartamento de al lado, en el mismo piso al que me acabo de mudar, padece de demencia.
Curioso, pensé que solo la sufrían los viejos. Preferiría mil veces navegar con Caronte que desconectarme de la realidad.
Todos morimos, esa es la verdad. Pero mi vecino solo tiene sum, sin cogito, desafiando las tesis cartesianas. Aún peor. Anoche lo escuché, del otro lado de la pared. Parecía un llanto. O tal vez una risa. Es difícil distinguirlas cuando está de por medio una mente que no puede controlar sus propias reacciones.
Golpeé la puerta para saber si estaba bien. Era rojo escarlata, un color poco común para una puerta. Su barniz todavía huele a nuevo. Nunca contestó. Me pregunté por un momento si el sonido venía realmente de allí. Pero no quise perder más tiempo averiguándolo.
Ya es tarde. No voy a despertarme al día siguiente para sonreír a quienes se despertaron sin saber por qué, o – peor aún – bajo la ilusión de que sabían por qué.