Marido perfecto

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Un buen marido hace lo que sea por su mujer, ¿no es así?

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1
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n/a
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18+

Marido perfecto

Aquel día llegué tarde. El trabajo estuvo especialmente duro. Siempre lo era, pero aquel lo fue especialmente.

Llegué al recibidor, me quité los zapatos y metí la llave en la cerradura.

Todo parecía normal. Todo como de costumbre.

Encendí la luz. La casa estaba limpia.

“Buena chica”, pensé.

Me quité la chaqueta y la dejé sobre el perchero.

Y ahí estaba ella, sentada a la mesa, esperándome.

Parecía hambrienta.

—Tranquila, cariño —le dije—. Haré la comida de inmediato.

No me respondió.

Odiaba cuando se ponía así.

Me puse mi delantal, me lavé las manos y le pregunté si quería comer algo en particular.

Una vez más, sin respuesta.

—No fue mi culpa, cariño —expliqué—. Mi jefe no paraba de joder y joder. Traté de salir temprano, pero no me dejó ir hasta que acabara con aquella pila de papeleo que…

Ni siquiera me estaba escuchando. Miraba hacia el recibidor, como si algo se le hubiera perdido allá…

“Oh, claro.”

Había dejado la puerta mal cerrada.

Me sequé las manos con el delantal, le acaricié el pelo, su hermoso cabello rubio, y me dirigí al recibidor.

Cerré bien la puerta esta vez.

“¿Cómo se me pasó por alto?”

Debía de estar en verdad cansado.

La olla de presión empezó a silbar.

Sonreí. La olla nueva era bastante mejor que la que tenía antes.

Mientras el estofado se cocía, me dirigí a la habitación.

Hice la cama, barrí y puse a lavar la ropa.

Luego, fui a darme un baño.

Le pedí a Catalina que vigilara el estofado mientras tanto.

Sin embargo, cuando salí a la cocina, secándome el pelo, la vi arrastrándose al recibidor.

Negué con la cabeza severamente. Creí que ya habría aprendido de la última vez.

Tendría que castigarla. No me gustaba hacerlo, pero a veces no quedaba de otra.

No mantienes un matrimonio sin hacer algunos sacrificios.

La agarré por el pelo y la llevé de nuevo a la mesa. Le di de comer y luego la llevé al cuarto de baño. Le quité la ropa y la duché.

—¿Sabes, querida? —le dije mientras le lavaba el pelo—. Hoy me encuentro cansado, así que dejaremos el castigo para mañana, ¿vale?

Ella asintió varias veces entre lágrimas.

Era una buena mujer. No conseguiría nunca una igual. Por eso debía mantener las cosas así, por difícil que le resultara.

No era fácil ser un marido perfecto, pero hacía lo que podía.