NOSOTROS
Miles de pensamientos surcaban por mi mente, literalmente, estaba muriendo de curiosidad.
Hacía 3 años que no había visto a Yago, aunque me emocionaba el inminente encuentro, por otra parte, la situación me parecía simplemente surrealista y una buena jugada del destino. ¿Por qué? Simple:
La primera vez que realmente nos conocimos, fue cuando él tenía once y yo ocho años, pero después de poco tiempo no supe nada de ese amigo, como si desapareciera. Pero justo cuando me acababa de mudar aquí, cuando él tenía dieciocho y yo quince años, quedamos para charlar y yo por lo menos podría así adaptarme al nuevo entorno. Pero poco antes de que yo pudiera confesarle a alguien como él que me entraban mariposas al verle, volvió a desaparecer.
Todos esos encuentros separados por largos años tienen una cosa en común, la misma que hoy, nos va a volver a juntar por cuatro semanas:
Nuestros padres y sus encuentros para nada interesados (nótese la ironía).
Mis padres, siempre, cada verano se van dos semanas a conferencias para hacer nuevos contratos entre empresas y siendo sincera, he de admitir que disfrutar de mi corta independencia es como un soplo de aire fresco. Así que, cuando me dijeron que esta vez serían cuatro semanas y que además se irían junto a Eloy, no pude evitar sospechar que dentro de poco lo volvería a ver y, efectivamente.
— Alyssa, — Escuché mi nombre acompañado de dos golpes secos contra la puerta de la cocina que consiguieron sacarme de mis pensamientos. Como la voz era de mi madre, no me quedó otra que girar sobre el taburete para ver cómo se acercaba hacia mí — cariño, dentro de nada llegarán. Estás preciosa con coleta, — Sonrió — ¿Te lo he dicho alguna vez?
Me reí, su sonrisa transmitía felicidad pura y a medida que cada vez estaba más cerca esa complicidad hacia chispa dentro de mí. Sabía a la perfección lo que iba a hacer y tampoco estaba dispuesta a detenerla, no cuando en poco la tendría alejada a kilómetros, así que, me giré de vuelta. Dispuesta a dejarla cumplir con su objetivo: colocarme bien la coleta que llevaba, para que estuviera a su gusto.
— Ahora sí, perfecta, — Dijo una vez hubo terminado de desplazarme la coleta hacia abajo, dejé de remover el colacao y me giré en la silla para tenerla en frente — te echaré tanto de menos.
Abrió los brazos y me envolvió con ellos, mi madre tendía cada año a ponerse un poco dramática.
— Yo a vosotros también.
Le susurré, aunque lo pasara de maravilla disfrutando de mi espacio, de la casa sola y traer a mi novio o a Gabriela cuando se me diera en gana, la verdad era que sí, los echaría de menos.
El timbre resonó, provocando que me diera un vuelco al corazón y que me removiera al momento para deshacerme de esta forma del abrazo. Así que como si me fuera la vida en ello, me limite simplemente a agarrar de nuevo la taza. Lo confesaré. Estoy nerviosa. Realmente nerviosa.
— Ve tú a abrir, — Di un sorbo y me condujo a la fuerza con ella hasta la salida de la cocina, aun taza en mano — Iremos en seguida, tu padre está histérico. — Resopló — Me llevo tu portátil.
La vi desaparecer bastante desesperada por las escaleras y no pude evitar reír para mis adentros. Pues todavía no tenían una de las maletas listas y mi padre se ponía incluso más nervioso al ver que mi madre se despreocupaba por completo.
Después de unos segundos de silencio fui realmente consciente de que les iba a abrir la puerta. Joder, me acaban de atacar los nervios, me sudan las manos y de golpe hace más calor en el salón de lo que recordaba.
Me coloqué delante del espejo para darme un último vistazo, en realidad me vestí demasiado sencilla, pero ya no daba tiempo a arrepentimientos. Me mordí el labio mientras me difuminaba con el dedo índice la sombra del ojo derecho, perfecto. Esta sombra discreta y la línea de agua en color azul que me he hecho hace resaltar mis ojos color marrones. No está mal. Lo que falla... lo que falla es el pelo. Ya casi no hay rastro de esos rizos que un día estuvieron, ahora mi pelo castaño claro no tiene nada especial y con este recogido que me hace llevar mi madre se ve peor
Resonó otra vez el timbre y los maldije, ya se podrían esperar, lo único que consiguen es ponerme más atacada y tensa.
Respiré dos veces, lo peor que te puedes encontrar tras la puerta es que Yago se hubiera puesto más bueno, y eso, es algo matemáticamente imposible. Porque sí, conservaba la imagen de Yago con 18 años, pero a la vez, era consciente de que seguramente mi recuerdo había moldeado, idealizado y modificado mi raciocinio. Y a pesar de solo saber a ciencia cierta que a Alyssa de 15 años le temblaban las piernas al verle, claramente, ahora, los dos estaremos al mismo nivel. Gracias pubertad.
Bebí otro sorbo de colacao, esta vez con desespero, dejé la taza en la cómoda del salón, enfrente de las fotos familiares y me apreté la coleta para que esta quedara más alta, así, por lo menos, mis tirabuzones leves bien acomodados lucirían algo mejor.
Me acerqué resoplando hasta la puerta y antes de abrir dibujé mi mejor sonrisa. Me topé con él, algo cambiado y a punto de tocar el fastidioso timbre de nuevo, lo cual él, al percatarse de que la puerta se había abierto bajó la mano y dio una última calada a su cigarrillo a la vez que me miraba curioso, o tal vez me estudiaba. Porque, joder, de la forma que sus ojos me atravesaban, mínimo, una carrera universitaria salía de ahí.
Cuando terminó el espectáculo de humo lo tiró al suelo y lo aplastó con el puntapié de su zapatilla. ¿Desde cuándo fumaba? Hice una mueca que fue captada por sus ojos todavía más verdes que antes, ocasionando una sonrisa que se deslizó atrevidamente en sus labios, de acuerdo, eso era, sin duda, el gesto más descarado y egocéntrico que había visto en mi vida. Pero a él, le quedaba de maravilla, la verdad.
— Tienes, una mancha, — En la distancia, con su dedo, señaló al lado de mi boca — de chocolate.
Me helé y él intentó ocultar una sonrisa de mofa. Maldecí a todos los ancestros que crearon el colacao y seguidamente me giré para limpiarme. Mi mente se había quedado en blanco y toda yo hervía de vergüenza, intenté concentrarme en otra cosa, me negaba a girarme para que esta vez me viera limpia, pero roja como el pintalabios que se pone mi amiga Gabriela para salir de fiesta.
A todo esto, Alyssa, concéntrate en lo importante, ¿Cómo podía cambiar tanto una persona en 3 años? Y si, a veces, las cosas “matemáticas” se equivocan estrepitosamente; Yago Beckham, estaba más bueno y la Alyssa de 15 años estaba chillando a todo pulmón dentro de mí, y yo con ella, para que engañar.
Me giré y se movió hacia dentro indiferente. Cerré la puerta cuando su gran maleta gris había entrado con él. Respiré hondo fijándome en su pelo marrón oscuro, casi azabache y seguidamente en sus labios rojos que sostenían otro cigarro, ¿Cuándo cojones lo había sacado de la cajetilla? Lo miré vacilante, y como si me hubiese leído la mente, se llevó el cigarro a la oreja, quedando arriba de esta con equilibrio.
Nos sorprendió el timbre sonando de nuevo, bueno, fue a mí que más bien me sobresaltó.
Vi a mi padre bajar una de sus maletas por las escaleras y giré sobre mis talones bajo la atenta mirada de Yago, la cual sentía que de nuevo me recorría. Estiré el brazo hasta conseguir abrir la puerta encontrándome así a Eloy, con una sonrisa que se iluminó por completo al verme.
— ¡Alyssa! — Puso sus gafas de sol encima de la cabeza — Cuánto me alegro de verte, qué guapa estás.
Le sonreí, si algo no había cambiado durante este tiempo era la sabiduría de este hombre y el nunca equivocarse, ya que, que estaba cambiada era un hecho y el que estaba guapa, también. Abrí todavía más la puerta para dejar ver a mi padre, que ahora saludaba a Yago.
— Beckham.
Dijo mi padre dirigiéndose a Eloy mientras se estrechaban la mano, lo que yo, aproveché para desconectar de su conversación y desviar todos y cada uno de mis sentidos hacia un Yago que observaba ajeno a mi próximo análisis.
Pudo llamarme la atención su postura tranquila y llena de confianza, hecho que había perdurado durante los años y debo recalcar que las camisas a este hombre le quedan de maravilla. Para colmo, su olor atraía, tanto que hasta daban ganas de abrazarlo para hundirte con más precisión en ese olor entre colonia y seguramente, con un toque muy leve a cenizas de cigarro.
Al dirigir mi mirada hacia su cara, después de recorrer todo su cuerpo mejorado, nuestras miradas chocaron, e intenté no perder los nervios otra vez ante esa sonrisa. Necesitaba evitar ponerme roja y morirme de vergüenza. Le sonreí inocentemente y justo en ese instante mi madre bajó haciendo grandes estruendos con la maleta causando que todos los presentes nos centráramos en ella.
La situación era un tanto cómica, pues a duras penas podía controlar el equipaje, ya que era considerablemente más grande que ella y aunque intentamos mantenernos serios mi padre mientras la ayudaba fue el primero en reír desatando que el salón se llenara de carcajadas.
— Entonces, — Soltó mi padre junto a una palmada — ya podemos irnos. — Me dió un fuerte abrazo — Adiós, Alyssa, cariño. Y tú, — Se dirigió a Yago — cuídala, ahora sois como hermanos, — Me miró para dirigirse a los dos — en el mismo equipo. Y siéntate como en tu casa, Yago, de verdad.
Giré los ojos, de repente me había convertido en invisible y solo se dirigía a él, tal vez en el equipo yo era la mochilita pequeña. Para mi padre es como si siguiera siendo su Alyssa de 7 años, y lo adoraba, pero me molestaba que en esta situación ignorara el hecho de que realmente tengo 18 años y seguramente que Yago tuviera 21, no ayudaba en absoluto.
Mi madre me abrazó por detrás y no me quedó otra que girarme para completar el abrazo, con sus manos me bajó la coleta de nuevo y sin que me lo dijera, ya sabía que estaba molesta de que me la hubiera ajustado. En cuanto nos separamos me regaló una miradita de las suyas y me besó la mejilla, para después salir afuera junto a mi padre, que era quien cargaba con el equipaje. Eloy se despidió de mí con la mano y subió a su coche a esperar que mis padres subieran al suyo para emprender el viaje. Mientras tanto, Yago y yo nos habíamos quedado en el marco de la puerta, apoyados, cada uno a un lado, silenciosos, observando la situación.
Después de unos minutos los dos coches se pusieron en marcha con el sonido del claxon indicando que ya se iban, dispuestos a desaparecer por la carretera. Aunque Yago no pareció querer verlos irse, ya que, después de que estuvieran lo suficiente lejos, este salió de dónde estábamos apoyados para entrar en la casa y por suerte o desgracia, lo imité por inercia.
Lo tenía de espaldas a mí, andando y joder, Dios, no sé cómo lo prefería más; de espaldas o de frente. Esto daba para una tesis científica, mínimo. Se detuvo en frente de la cómoda y lo oí mofarse antes de girarse hacia mí, a lo que yo, por suerte, rápidamente conseguí recuperar la compostura antes de que sus ojos se pusieran en mí.
— Así que, no era chocolate, — Se giró para coger la taza que se encontraba encima de la cómoda y me la enseñó — era colacao.
Lo estaba disfrutando, pues no parecía querer pasar por alto, que lo hubiera recibido manchada y no sabía muy bien si lo decía para dejarme sin palabras o con ganas de desaparecer. Las dos opciones francamente se parecían y la verdad, es que yo hubiera preferido algo más bien tradicional para romper el hielo, como un, “cuánto tiempo” o ” ¡como has crecido!“.
— ¿Qué esperabas? El buen gusto perdura por los años. — Ambos sonreímos, ¿Dónde había quedado ese Yago cortés que conocí algún día? — ¿Te enseño la casa? No sé si la recuerdas, — Reí — hace tanto tiempo...
Sonó demasiado melancólico, pero la realidad es que intentaba encauzar la conversación a algo más normal y él se limitó a coger su maleta para después decirme.
— Qué va, tengo memoria fotográfica. — Se tocó la frente mofándose en silencio y me reí de lo idiota que era. — Cuéntame qué más cosas perduran en el tiempo.
Nos dispusimos a subir por las escaleras. Lo sentía todo diferente, como si el paso del tiempo hubiera pesado demasiado, ya no se me ocurrían cosas para decir por qué la mente me iba muy deprisa y tenía las manos, jodidamente, sudorosas.
— Te refresco la memoria, por si las fotografías, están, borrosas. — Dije una vez estuvimos arriba — Esta es — Señalé la primera puerta de la derecha — mi habitación, está — Señalé la puerta de enfrente de mi cuarto — el baño y justo aquí — Caminé junto a él hacia la puerta que quedaba al lado del baño y la abrí — tu habitación.
Entró y yo me quedé junto al marco de la puerta. Rodeó la cama para quedar enfrente de mí y colocó la maleta encima.
— ¿Qué te cuentas? — Bajó la vista para abrir la cremallera de la maleta — Te recordaba menos callada, eh intensita.
Levantó la vista y me echó una mirada. Que, qué mirada...
Intensita. Sonreí, porque claro, el intensita, no podía faltar, claro que no. La realidad era que el apodo me lo gané a pulso, sobre todo las últimas veces que nos vimos. No sé si es porque estaba coladita por él; pero cuando estábamos juntos, la parte intensa incrementantaba exponencialmente.
Lo vivía todo, pues, supongo, que muy intensamente, de ahí el mote. Pero más allá de eso, la cosa era que no me callaba, siempre se me ocurría un tema o algo que decir. Eso me hacía quedar entre la fina línea que separa la ocurrencia de la pesadez, a pesar de que a Yago parecía fascinarle.
Francamente, mi parte intensa se ha ido apagando, por no decir que ha desaparecido por completo. Supongo que a base de los reprendimientos de mi madre, vaya, que no debo hablar tanto y los sentimientos si están a raya, mejor. En resumidas cuentas, que evitara agotar y sobrecargar de información a la gente porque no quedaba delicado.
— Si te oyera Marisa...— Ambos nos echamos a reír, pues cuando mi madre lo escuchó por primera vez quedó horrorizada y seguramente fue en ese momento dónde me prestó todavía más atención para apagar esa parte de mí — Hacía muchísimo tiempo que no nos veíamos eh, ¿Cómo estás?
Dije más relajada que antes.
— Joder, ha pasado muchísimo tiempo que no nos veíamos — Me imitó — ¿Y lo único que me preguntas es como estoy? Intensita, pierdes facultades. — Reí — Estoy bien, pero hazme preguntas interesantes, como, — Dio una breve pausa para pensar — ¿A ti, cómo te van a los estudios?
Puse los ojos en blanco, le importaba una real mierda como me fueran los estudios y sonreí inevitablemente.
La pregunta daba pie a muchas otras, justo como hacíamos en los viejos tiempos. Recuerdo que nos pasábamos la mayor parte del tiempo hablando a través de pregunta y respuesta. Cuando había poco que decir, o simplemente, el tiempo debía pasar, y estaba segura de que ahora lo había hecho adrede.
— Todo bien. — Me dispuse a coger las riendas y llevarlas al terreno deseado — ¿Qué planes tienes para esta noche?
Era inevitable, obviamente no podía omitir a Yago en el plan de esta noche, más que nada por el pequeño detalle de que ahora vivirá aquí, 4 semanas.
— ¿Me propones una cita romántica, Alyssa?
Puse los ojos en blanco, intentando parecer lo más seria posible, pero me reí, su tono, su sonrisa, todo él me provocaba descargas de felicidad y me transportaba a cuando era un poco más despreocupada y mucho menos perdida que ahora. Di un respingo por culpa del terrible sonido del timbre, se debe tratar de Gabriela, sin duda.
— Una amiga y yo hemos organizado una fiesta esta noche y tienes el honor de ser uno de los invitados, tú y quien quieras.
Dije apresuradamente a la vez que el timbre sonaba y volvía a sonar sin cesar. Sí, definitivamente era Gabriela.
— Suena genial, intensita, pero ya me tienen pillado, no me pasaré por aquí durante esta noche. Te diría que seas responsable, — Me dispuse a desaparecer por el pasillo — ¡pero no tiene pinta de que cojas muchas borracheras!
Se río y regresé de inmediato a su campo de visión, asomándome.
— ¿Acaso estás diciendo que parezco un muermo Don ahora llevo camisas?
Se carcajeó y yo con una sonrisilla volví a desaparecer. Que estaba demasiado formal, era un hecho, pues el Yago que conocí era capaz...más deportivo. Aunque su esencia, a decir verdad, no había cambiado. Eso me indicaba que la camisa había sido algo puntual y que poco se iba a repetir aunque me costara de entender, pues le quedaban demasiado bien.
Corrí escaleras abajo, Gabriela se estaría subiendo por las paredes al estar esperando tanto tiempo intrigada por saber sobre mi romance platónico de la adolescencia. Sobre sí mis expectativas eran ciertas o, por lo contrario, lo eran las suyas, de todas maneras, el caso es que ninguna de las dos había acertado. Ni Yago se había vuelto un arrogante, egocéntrico, ni se había vuelto menos guapo.
Resoplé antes de abrir intentando descargar tensión. No sabía cómo sentirme, era como si una parte de mí se hubiera reencontrado conmigo junto a su llegada. Los recuerdos con él me golpeaban, había sido un gran amigo para mí cuando me mudé, cuando me deshice del bullying y junto a su compañía resurgió la Alyssa que había desaparecido.
Hasta ahora, no sabía lo mucho que había extrañado esa sensación; la de sentirme completamente yo, sin nadie que me corrija por ello.