Quemar a la bruja
—¡He aquí la causante de todas sus miserias, amigos míos! —gritó el alcalde desde un banco de madera.
Señaló con un exagerado ademán la pila de madera que había tras él. En ella los aldeanos echaban pedazos de muebles de madera, troncos y carbón.
La muchedumbre rugió a su alrededor.
—¡Sí! —gritaban—. ¡Quemen a la bruja!
El alcalde hizo un gesto con las manos para que bajasen un poco la voz.
—¡Así es, mis hermanos! ¡Están en lo correcto! ¡Toda el hambre que hemos pasado, todo el frío, toda la miseria! ¡Todo se lo debemos a la bruja!
La multitud rugió a su alrededor.
Él sonrió.
—¿Cuántos de ustedes no han enterrado a sus hijos muertos este año? —gritó el alcalde.
La multitud gritó en acuerdo.
—¿Cuántos hijos no han enterrado a sus padres?
La multitud aulló.
—¡Pues hoy tendrán su venganza, queridos hermanos! ¡Tráiganla!
Las gentes llevaron ante él a una mujer desnuda, a la cual se le habían propinado latigazos en todo el cuerpo. Era rubia y esbelta, y conservaba su belleza aún en el estado en el que se encontraba.
En el centro de la pila de madera había un enorme tronco. Alrededor de él se habían echado las maderas.
—¡Súbanla! —ordenó el alcalde.
A las cuerdas que ya tenía en las manos amarraron otra, y la subieron a la cumbre del pilar de madera.
Con las cuerdas la mantuvieron arriba para lo que venía a continuación:
El verdugo, apoyado en una escalera, le clavó las manos a la cima del pilar.
Fue más complicado de lo que se pensaba. Los huesos de la mano crujieron con cada martillazo y la mujer gemía y pedía clemencia.
Quedó suspendida en el aire, con las manos ensangrentadas e hinchadas.
Ella los miraba a todos con una expresión que lindaba entre el miedo y la rabia.
Entonces, de entre el gentío apareció un hombre, sujetado por otros cuatro, que se abalanzó contra la bruja.
Sin embargo, los cuatro hombres lo retuvieron. Lo tumbaron contra el suelo y le empujaron la cabeza contra la tierra.
—¡Marianne! —gritaba el desgraciado—. ¡Yo te sacaré de ahí, Marianne!
—¿Y ese quién es? —preguntó el alcalde a uno de sus concejales.
Aquel hombrecillo, de elegante vestir y avanzado en años, le susurró al oído:
—Es el marido…
—¿El marido de la bruja?
El concejal asintió.
—¿Cuándo se ha visto a una bruja con marido? ¿No que esas criaturas están casadas con el demonio?
El concejal se encogió de hombros.
—No importa —dijo el alcalde—. Solo habrá que mantenerlo quieto.
Uno de los aldeanos se le acercó.
—Mi señor —dijo, inclinándose ante el alcalde—. ¿Qué hacemos con el marido de la bruja? ¿Deberíamos quemarlo también?
El alcalde sopesó durante un instante aquella posibilidad antes de negar con la cabeza.
—No. Ese pobre hombre ha sido víctima de los embrujos de esa criatura infernal. No se derramará sangre inocente en mi pueblo.
—¿Qué hacemos entonces, mi señor?
—Amárrenlo a otro árbol hasta que la quema haya acabado.
El aldeano hizo una reverencia y desapareció. Poco después se vio como entre diez hombres amarraban al pobre hombre a un árbol.
—¡No! —gritaba el desgraciado—. ¡Esto no tiene ningún sentido! ¡Ella es inocente! ¡Ustedes lo saben!
Miró a uno de los que lo sujetaban.
—¡Benny, por favor, Benny! Sabes que ella es inocente… ¡Lo sabes!
Benny apartó la vista.
—Matar a una mujer inocente no va a revivir a tu hija…
Benny apretó los puños.
—¡Matarla no va a revivir a sus hijos! ¡En el fondo lo saben!
Los hombres que lo sujetaban se removieron con nerviosismo.
El alcalde sacudió la cabeza en desaprobación mientras veía aquella escena.
—Acabemos con esto de una buena vez.
Hizo una seña con la cabeza y el verdugo, un hombre de rostro bulboso y nariz ancha, se aproximó a la pila de madera, y a una señal del alcalde, lanzó una antorcha contra la madera.
Las llamas se extendieron lentamente al principio, pero cuando alcanzaron el tamaño de una fogata, empezaron a extenderse mucho más rápido.
—¡Al menos mátenla primero! —gritó el marido de la bruja—. ¡Por favor! ¡Alguien!
Se retorcía en su árbol cual cola de reptil cercenada.
Las llamas lamieron los pies de la mujer. Ella los levantó instintivamente. Pero con la fuerza de aquellas llamas, que no tardaron en elevarse hasta alcanzar la altura de una cabaña, la mujer se vio envuelta en aquel infierno.
Gimió, gritó, maldijo.
Pero solo pareció excitar más a la turba.
Ella pidió ayuda, se retorció…
La multitud exaltada gemía de placer.
El alcalde no sonreía, sino que observaba la quema sin apartar la vista, con una expresión muy seria en el rostro. Llevaba las manos atrás.
—Venedetto —le dijo uno de sus concejales—, no tienes por qué ver esto. Pareces incómodo. Ya hiciste tu parte. Anda, vamos por un trago.
Venedetto negó con la cabeza.
—Debo verlo. Es mi deber. Es la carga del asesino.
La mujer se debatió durante por lo menos cinco minutos. Entonces, dejó de moverse.
A las llamas, sin embargo, no les importó. Siguieron ardiendo durante toda la tarde.
***
Cuando todo hubo acabado, de aquella mujer no quedaba más que un cadáver mal oliente, carbonizado y pelado casi hasta los huesos.
Los aldeanos la observaron durante un rato, en silencio.
El marido de la mujer lloraba en el árbol a viva voz.
—¡Se los dije! —gritaba—. ¡Les dije que era inocente, malditos! ¡Asesinos! ¡Asesinos!
Miró a Benny. Benny estaba frente a él. Lo iba a desatar.
—¡No me toques, infeliz! —gritó el marido.
—Julius… —murmuró Benny—. Yo… lo siento. No sabía lo que hacía. Todos perdimos a alguien, y tú…
—¡Cállate! —gritó Julius—. ¡No quiero escucharte, infeliz! ¡Largo de aquí!
—Al menos, déjame soltarte.
—¡Largo!
Benny se llevó una mano al pecho. Se dio media vuelta y se fue, con la mirada gacha.
El resto de hombres se miraron los unos a los otros. Se encogieron de hombros y partieron también.
Llegada la noche, todos los aldeanos se habían ido al pueblo.
Julius quedó solo, en las afueras, atado a aquel árbol, deseando que llegaran los lobos y pusieran fin a su miseria.
Entonces, una mano fría le tocó la mejilla.
—Cariño —dijo aquella voz.
Una voz femenina. Él la conocía bien.
Levantó la mirada. Y ahí estaba ella, radiante.
Los ojos se le aguaron enseguida. No creía que fuese posible soltar más lágrimas, después de todo lo que había llorado. Pero ella estaba allí, hermosa.
—Mi amor —dijo él—. Creí que habías muerto.
Ella se inclinó frente a él. Era un palmo más alta que Julius.
—Fuiste un gran marido, Julius.
Él se retorció en su árbol. Quería abrazarla.
—Libérame, mi amor, para poder abrazarte.
Ella le sonrió. Le puso las manos en los hombros y le plantó un apasionado beso, que él recibió entre lágrimas.
***
Al día siguiente, el verdugo salió a las afueras del pueblo para recoger el cadáver de la mujer, pero fue grande su sorpresa cuando no vio ni rastro de ella.
“Habrán sido los lobos”, pensó.
Sin embargo, cuando volteó a ver el árbol donde habían atado al marido de la bruja, ahí estaba él.
Julius no tenía ojos, y de las cuencas brotaban lágrimas. Lágrimas de sangre.
Sonreía y murmuraba para sí:
—Marianne, mi amor… yo te salvaré.








