Capitulo 1
Jimin tenía diez años la primera vez que el mundo se le cayó encima.
Su padre murió en un accidente de coche una noche de lluvia. De la noche a la mañana, el olor a hogar, a galletas quemadas y a risas se convirtió en silencio y en facturas. Su madre lloró durante meses, hasta que un día apareció él: Minho, un alfa grande, de hombros anchos y voz grave que prometía protegerlos.
Se mudaron a Seúl cuando Jimin tenía trece. Al principio todo parecía un cuento de hadas. Minho no le pegaba, no le gritaba, incluso le compraba los videojuegos que pedía. Jimin pensó que por fin podría respirar tranquilo.
Pero todo cambió el día que cumplió dieciocho.
El calor llegó de repente. Un olor dulce, empalagoso, que inundó toda la casa.Omega. Jimin se presentó como omega delante de su padrastro y de su madre.
Esa misma noche Minho tuvo que irse. Su esposa le gritó que no pensaba dejar que un alfa cualquiera oliera a su hijo como si fuera carne fresca. Minho se fue… pero no se olvidó.
Desde entonces, los días buenos terminaron.
El alfa volvía a casa oliendo a whisky y a rabia. Miraba a Jimin como si quisiera arrancarle la piel a mordiscos. Lo acorralaba en la cocina, le susurraba al oído cosas que le ponían la piel de gallina:
—Algún día vas a suplicar que te folle, putita. Y yo voy a recordarte quién te mantuvo bajo este techo.
Jimin aprendió a correr. A encerrarse en su habitación. A contar los días que faltaban para entrar a la universidad y largarse de esa casa.
Hasta esa noche.
Eran casi las dos de la madrugada cuando Jimin bajó a la cocina por un vaso de agua. Iba descalzo, con una camiseta oversized que apenas le tapaba los muslos. Escuchó las voces antes de verlos.
—…la deuda ya está siendo cobrada, joder —gruñó Minho, desesperado—. Si no pagamos antes de que amanezca, nos matan. A los dos.
Su madre sollozaba, caminando de un lado a otro como animal enjaulado.
—¿Y qué quieres que haga, Minho? ¡No tenemos nada!
Jimin se quedó congelado en la puerta.
Minho levantó la mirada y lo vio.
Por un segundo, el alfa sonrió. Una sonrisa lenta, asquerosa, victoriosa.
—Ven aquí, Jimin —dijo con esa voz que siempre usaba cuando quería hacerle daño.
Jimin tragó saliva
.
—Solo… solo vine por agua.
Dio un paso atrás, pero Minho ya estaba encima. Su madre negó con la cabeza, lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Minho, no… por favor, no a él.
—Calla la boca —escupió el alfa, abriendo uno de los cajones de la cocina. Sacó una jeringa ya preparada.
Jimin ni siquiera tuvo tiempo de gritar.
El pinchazo fue rápido, frío, en el cuello. Sus ojos se abrieron de golpe por la sorpresa. Intentó empujar a Minho, pero sus piernas ya se estaban durmiendo.
—Lo siento, hijo —murmuró su madre entre sollozos, pero no hizo nada para detenerlo.
El mundo se volvió negro.
Cuando despertó, el suelo estaba helado bajo su mejilla.
Tenía las muñecas atadas a la espalda con una corbata de seda negra. Intentó moverse y sintió el aire rozarle el trasero desnudo. Bajó la mirada.
Llevaba un diminuto vestido blanco. Apenas le cubría la mitad de los muslos y el escote era tan profundo que se le veían los pezones rosados endurecidos por el frío. No tenía ropa interior. Su intimidad estaba completamente expuesta.
El pánico le subió por la garganta.
—Despertó la princesita —dijo una voz ronca y divertida.
Un hombre se acercó. Alto, traje negro impecable, tatuajes que asomaban por el cuello y las manos. Tenía una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. Se agachó frente a Jimin, lo agarró fuerte del mentón y le pasó la lengua lentamente por la mejilla, saboreándolo.
—Hueles a miedo y a omega virgen —murmuró contra su piel—. Me encanta.
Jimin tembló.
—¿Q-qué está pasando? ¿Dónde estoy?
El hombre soltó una risa baja y oscura.
—Tu querido padrastro te vendió, omega. La deuda que tenía con el jefe era demasiado grande. Así que te cambiaron por ella.
Le metió dos dedos en la boca sin avisar, presionándole la lengua. Jimin intentó apartarse, pero el hombre lo sostuvo con fuerza.
—Tranquilo, muñequito. Hoy solo te miro. Mañana… mañana te van a follar hasta que no puedas caminar. El jefe ya dijo que el primer turno es mío.
Sacó los dedos mojados de su boca y se los limpió en el vestido blanco.
—Bienvenido al infierno, Jimin.
El omega sintió cómo las lágrimas le quemaban los ojos, pero no lloró.
No iba a darles esa satisfacción.
Todavía no.
_______________________________








