Prólogo
Hace una década, dos jóvenes llamados Teo y David se dirigieron al campamento “La Unión de Banderas”, un lugar de élite donde niños y adolescentes de todo el mundo se reunían para aprender y perfeccionar habilidades: lógica, control del miedo e incluso la capacidad de volverse insensibles a él. Todo con un objetivo claro: convertirte en alguien “perfecto”.
Ellos ya se conocían bastante bien, así que se apoyaban mutuamente para no sentirse solos en un lugar tan abrumador. Entre charlas de bienvenida y actividades iniciales, conocieron a Isidora, una chica española, y a Juan, un joven extrovertido que, curiosamente, vivía cerca de ellos. Así comenzó una amistad entre cuatro jóvenes completamente distintos, pero que encajaban de una forma casi perfecta.
Las actividades del campamento comenzaron con normalidad… hasta que dejaron de serlo. Durante uno de los ejercicios diseñados para enfrentar los miedos, un chico desapareció. La alarma no tardó en activarse, y la mitad del campamento fue enviada a buscarlo. A Teo le tocó revisar las habitaciones de los hombres. Buscó durante más de media hora, rincón por rincón, sin encontrar nada. Caminando por los pasillos, se dio cuenta de algo obvio… no tenía idea de cómo era el chico que estaba buscando.
Fue entonces cuando escuchó unos sollozos. Eran débiles, casi inaudibles, pero lo suficientemente claros como para seguirlos. Sin pensarlo demasiado, entró a una de las habitaciones de donde provenía el sonido. Revisó todo… pero no había nadie. Hasta que su mirada se detuvo en un armario junto a una cama. Con cada paso que daba hacia él, los sollozos se volvían más claros.
Tragó saliva y lo abrió.
Dentro había un niño pequeño, delgado, de piel pálida y cabello negro azabache. Sus ojos verdes estaban rojos e hinchados, perdidos… pero al mismo tiempo suplicaban ayuda. Teo extendió su mano para que saliera, pero el niño negó. Entonces, en lugar de insistir, Teo se sentó frente a él… y cerró nuevamente el armario.
—¿Tienes miedo? —preguntó con suavidad a lo que el niño asintió levemente.
—Oui.
Teo entendió lo suficiente. No hablaba español. Suspiró y, con una pequeña sonrisa, intentó explicarse de la única forma que sabía.
—Cuando tengo mucho miedo… también me escondo. Pero mi mamá me dio algo para protegerme.
Se llevó la mano al cuello y sacó una cadena. Tenía el diseño del planeta Tierra, pero podía separarse en dos partes. Teo se quedó con una, una “T”, y sostuvo la otra en su mano.
—Me dijo que le diera la otra mitad a alguien que quisiera proteger.
El niño negó con la cabeza y Teo soltó una pequeña risa, acercándose, se la colocó igual.
—Eres bastante difícil
El niño bajó la mirada hacia el colgante, lo sostuvo con cuidado.
—Lucas– dijo en un murmuro
Ambos sonrieron y se quedaron ahí, dentro del armario, hablando como podían. Uno intentando entender francés, el otro intentando hablar español. El tiempo pasó sin que lo notaran… hasta que los supervisores finalmente los encontraron y los separaron. Teo nunca supo por qué Lucas estaba escondido, ni volvió a verlo.
Días después, Teo, David, Isidora y Juan enfermaron gravemente, junto con otros niños del campamento… incluyendo a Lucas. Un virus estomacal los dejó inconscientes durante tres semanas. El campamento contaba con un centro médico, así que fueron tratados allí mismo.
Cuando sus padres finalmente fueron informados, se les comunicó que algunos niños debían someterse a exámenes adicionales. Solo doce por bandera fueron seleccionados. No eran muchos, considerando que varios países se retiraron del programa, dejando apenas veintiséis naciones participantes. Entre los seleccionados… estaban ellos, cada grupo recibió un nombre y fueron evaluados por médicos vestidos con trajes de plástico rojo, pero muchos niños no sobrevivieron a las pruebas.
Solo unos pocos lograron completarlas.
A esos… los llamaron de una forma que, con el tiempo, quedó en el olvido.