ALMOST REAL

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Summary

Elian acaba de mudarse a una nueva casa, a una nueva vida… o al menos eso es lo que todos esperan. Tras la pérdida de su padre, el mundo se le siente ajeno, como si estuviera viendo todo desde detrás de un vidrio empañado. Su madre está… pero no realmente. Su abuela intenta sostener lo que queda. Y él, en el medio, aprende a moverse en ese silencio que pesa más que cualquier grito. En la escuela conoce a Alma, intensa y luminosa, y a Mateo, distante pero atento. Con ellos, la realidad parece estabilizarse un poco… lo suficiente como para no romperse. Pero hay algo más. Algo que no encaja. Sombras que no deberían moverse. Presencias que aparecen en reflejos. Sensaciones que no se pueden explicar… pero tampoco ignorar. Elian empieza a notar que no todo es lo que parece. Y lo peor no es eso. Lo peor… es la duda. ¿Está perdiendo la cabeza… o hay algo observándolo desde el otro lado? En un mundo donde la línea entre lo real y lo imaginado se vuelve cada vez más delgada, Elian tendrá que enfrentarse no solo a lo que ve… sino a lo que siente. Porque algunas cosas no necesitan ser reales… para destruirte. 🚨Esta historia es una obra de ficción. No pretende representar de manera exacta trastornos como la esquizofrenia ni burlarse de quienes los padecen. Algunos temas pueden resultar sensibles para ciertos lectores. Se recomienda discreción.

Genre
Drama
Author
ZYREN
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAP -1


—Elian, ven y ayúdame a desempacar —dijo mi madre desde la sala.

—Ahí te ayudo… espérame, la abue me pidió que la ayudara a bajar algunas cosas.

—Cómo has crecido… mi nieto más hermoso —murmuró mi abuela con una sonrisa suave.

La miré apenas y le devolví una sonrisa corta.

Después de ayudar a ambas, decidí explorar un poco la casa antes de ir a mi habitación.

Todo se sentía… nuevo.

Demasiado silencioso.

—Elian, mañana comienzas la escuela. Perdón, no podré llevarte… tendrás que ir caminando —dijo mi madre, sin mirarme.

—Sí… no hay problema… ma…

Subí las escaleras despacio.

Desempaqué algunas cosas sin apuro, hasta que lo encontré.

El cuadro.

Yo… y mi padre.

—Te extraño…

Mis dedos rozaron el borde del marco con cuidado, como si pudiera romperse.

Lo dejé sobre la mesa de luz y me tiré en la cama, mirando el techo.

Los recuerdos llegaron solos.

Su voz.

Su risa.

Silencio.

—¡Elian, ven a comer! —gritó mi madre desde abajo.

—¡Ya voy!

Respondí alzando la voz, aunque no tenía ganas de bajar.

Cuando llegué, vi a mi madre recibiendo la pizza… riéndose de más con el repartidor.

Su mano rozó la de él por un segundo de más.

Miré.

Luego suspiré.

—Tu madre es un poco torpe… pero le importas mucho —dijo mi abuela en voz baja.

—Sí… claro —respondí, con un dejo de sarcasmo que ni intenté ocultar.

Me senté.

—Bueno, me voy. Luego nos vemos, chau —dijo mi madre, agarrando su bolso como si nada.

La puerta se cerró.

Y el silencio volvió.

Al día siguiente, me preparé y salí hacia la escuela.

Algunas personas me miraban por un segundo.

Otras… ni eso.

Entré al aula y me senté.

Miré el pizarrón.

Las voces de los demás llenaban el lugar, pero ninguna era para mí.

Como si no existiera.

—Tú… debes ser Elian, ¿verdad?

Giré la cabeza.

Una chica bajita me miraba con curiosidad.

—Sí… soy yo.

—Me llamo Alma, mucho gusto. Y el que está atrás mío es mi primo, Mateo.

Miré detrás de ella.

El chico me sostuvo la mirada un segundo… y luego la desvió.

—Ya que eres nuevo, puedo enseñarte algunas cosas —continuó Alma—. Si quieres, te presto mi carpeta así te adelantas un poco.

—…Ok. Gracias.

—Alma, déjalo —interrumpió Mateo—. Apenas llega y ya estás coqueteando.

—¡No estoy coqueteando, idiota! Solo intento ser sociable.

—Sí… como no.

Los miré discutir sin decir nada.

Era… extraño.

Pero no incómodo.

Después de un rato, Alma me invitó con Mateo a comer en el patio.

Antes de ir con ellos, abrí mi mochila para sacar la merienda.

Y entonces lo vi.

En el reflejo de la ventana.

Detrás de mí.

Una figura oscura.

Sin rostro.

Quieta.

Parpadeé.

Nada.

Solo mi reflejo.

Ignoré la sensación que me recorrió el cuerpo.

—¡Espérenme, ya voy!

Cerré la mochila rápido y caminé hacia ellos.

Alma iba adelante, moviéndose con esa energía inquieta que no se le apagaba nunca. Su pelo largo y oscuro caía libre por la espalda, y aunque era más baja que yo, había algo en su forma de caminar que hacía que no pasara desapercibida.

Mateo iba a su lado, jugando distraídamente con una lapicera que hacía girar entre sus dedos. Alto, relajado… como si no necesitara hacer mucho para estar cómodo. Su pelo, de un marrón claro, se movía apenas con el viento, y sus ojos verdes parecían fijarse en todo… menos en mí.

—¿Siempre sos así de callado? —preguntó Alma, girándose.

—Depende.

—¿De qué?

—De si tengo algo que decir.

Mateo dejó escapar una risa corta.

—Bueno… al menos no es un NPC.

Alma le dio una mirada rápida.

—Callate, vos hablás como si fueras interesante y sos más aburrido que un domingo.

—Perdón por no tener tu nivel de drama diario.

—Envidioso.

—Sí, re —respondió él, rodando la lapicera entre los dedos—. Ojalá medir metro y medio y vivir enojada con el mundo.

Alma le lanzó una mirada.

—Al menos no parezco un fantasma pálido.

Mateo sonrió apenas.

—Negra.

Ella le empujó la mochila con el pie, sin fuerza.

—Salame.

No sonaba Molesta.

Salimos al patio. El ruido era más fuerte ahí. Gente hablando, riendo, todo mezclado.

Nos sentamos en un banco algo apartado. Saqué mi merienda.

—¿De dónde viniste? —preguntó Alma.

—De otro barrio.

—Qué específico…

—No me gusta hablar mucho de eso.

—Bueno… está bien.

Silencio.

No incómodo.

Hasta que…

—Che… ¿ese es el nuevo?

Levanté la vista.

Tres chicos se acercaban, sin apuro. No parecían buscar pelea… más bien curiosidad mal disfrazada.

—Sí, es él —dijo Alma en voz baja—. Son Tomi, Agus y Fede.

Señaló apenas con la cabeza.

El primero, Tomi, tenía el pelo claro y desordenado, como si nunca decidiera peinarse. Miraba todo con una sonrisa ladeada, medio burlona.

El segundo, Agus, era más bajo, con una campera abierta aunque no hacía frío. Tenía esa mirada inquieta de alguien que siempre está esperando reírse de algo.

El tercero, Fede, era más alto que los otros dos, con el pelo oscuro y una expresión más tranquila… pero no menos incómoda.

—¿Nuevo? —preguntó Tomi, mirándome directo.

No respondí.

—Tiene pinta de escuchar música triste a propósito —agregó Agus, soltando una risa baja.

—No sé… parece que duerme en un ataúd —dijo Fede, sin mucha emoción, pero con una media sonrisa.

Alma suspiró.

—¿Pueden no empezar?

—No estamos haciendo nada —respondió Tomi—. Solo hablamos.

Mateo dejó de girar la lapicera.

—Ya hablaron —dijo, tranquilo—. Listo.

Hubo un pequeño silencio.

Agus me miró un segundo más.

—Igual… sí está medio raro.

Lo miré.

Directo.

Sin gesto.

Su sonrisa se apagó un poco.

—Bueno… ya fue —dijo Tomi, levantando las manos apenas—. No se pongan sensibles.

—Después nos vemos —agregó Fede, antes de irse.

Se alejaron sin apuro, hablando entre ellos como si nada.

El ruido del patio volvió a cubrir todo.

—Son boludos… pero no tanto —murmuró Alma.

—Depende del día —agregó Mateo.

Miré hacia abajo.

Por un segundo… algo se movió en la sombra bajo el banco.

Muy leve.

Parpadeé.

Nada.

—¿Seguro estás bien? —preguntó Alma.

Asentí.

Mateo me miró, esta vez sin esquivar.

—Si se pasan… decinos.

No respondí.

Pero esa sensación rara en el pecho… volvió.