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EL PROYECTO NUNCA JAMÁS

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Summary

Una isla remota. Un instructor sin rostro. Una prueba sin reglas. Cuatro hombres, secuestrados de sus vidas mediocres y violentas, se ven forzados a someterse a un despiadado proceso de "reconstrucción". Pero en "Nunca Jamás", la cura puede ser más brutal que la enfermedad. Cuando cuatro niñas silenciosas y traumatizadas entran en juego, la misión cambia: ya no se trata de demostrar fuerza, sino de aprender a usarla. Ya no se trata de sobrevivir, sino de merecer sobrevivir.

Genre
Thriller
Author
NM
Status
6mo ago
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo Uno

Los Cuatro

JAVIER DÍAZ (22 años, Mexicano)

Todo lo que recuerda antes de despertar en la habitación era que una mañana, al salir de su casa rumbo al trabajo a las 4 de la mañana, llegó hasta la esquina donde esperaba su transporte —generalmente solo, ya que vivía en una área apartada de la ciudad. Ese día había dos sujetos charlando animadamente acerca del próximo partido de fútbol local, nada del otro mundo. De manera que Javier, como todos los días, hurgó en su mochila y sacó sus cigarros. Uno de los sujetos se acercó y con amabilidad le pidió que le prestara su encendedor, ya que él había olvidado el suyo en casa. Javier siempre estaba dispuesto a ayudar a un compañero fumador, así que extendió el mechero y activó la flama. De repente todo se puso negro para él, y después despertó en esa habitación donde solo había una cama, una pequeña ventana y una puerta muy sólida.

MICHAEL SMITH (25 años, Estadounidense)

Todo lo que recuerda antes de despertar en la habitación era que había ido a beber unos tragos con sus amigos y, ya por la madrugada, se retiró. Fue al estacionamiento del bar rumbo a su camioneta para irse a casa cuando una chica muy guapa le preguntó si podía ayudarla a prender su auto, porque al parecer no funcionaba. Michael ya había pasado de copas y, en plan de conquista, la siguió. El auto tenía el cofre levantado; Michael se asomó y de repente todo se oscureció. Después despertó en esa habitación donde solo había una cama, una pequeña ventana y una puerta muy sólida.

KENJI TANAKA (28 años, Japonés)

Todo lo que recuerda antes de despertar en la habitación era que era su turno de noche como supervisor en una planta empacadora de pescado. Había salido a su pausa habitual a las 3:00 a.m. para tomar un poco de aire frío en el muelle vacío. Un hombre con uniforme de repartidor —algo desubicado para la hora— se le acercó agitando un paquete. Le preguntó, con una sonrisa cansada, si podía confirmarle la dirección de la planta, ya que su GPS no funcionaba. Kenji, siempre metódico, asintió y se acercó para leer la etiqueta bajo la tenue luz del poste. En ese instante, todo se puso negro para él, y después despertó en esa habitación donde solo había una cama, una pequeña ventana y una puerta muy sólida.

KLAUS WAGNER (30 años, Alemán)

Todo lo que recuerda antes de despertar en la habitación era que regresaba a casa en bicicleta después de su jornada como técnico especializado en calderas. Un ruido sordo en la rueda trasera lo hizo detenerse: un clavo, probablemente. Maldiciendo en voz baja, se bajó para inspeccionar el daño en una calle mal iluminada. Una furgoneta gris se detuvo a su lado. La ventana se bajó y una mujer de mediana edad, con una voz de urgente preocupación, le preguntó si podía decirle cómo llegar a la estación de tren más cercana. Klaus, resignado, se acercó a la ventana para darle indicaciones precisas. De repente todo se oscureció, y después despertó en esa habitación donde solo había una cama, una pequeña ventana y una puerta muy sólida.

___________________

La Políglota

El tiempo se había estirado como goma de mascar en la penumbra de sus celdas. Javier contaba los latidos de su corazón. Michael golpeaba la puerta con la rabia acumulada. Kenji examinaba cada milímetro de la pared, buscando una imperfección, una rendija. Klaus meditaba, conteniendo el pánico con una respiración medida.

Fue entonces cuando el sonido cortó el silencio: un CLIC metálico, seco y definitivo, que resonó al unísono en las cuatro puertas. Un coro de mecanismos liberados.

La cautela los dominó. Javier abrió su puerta centímetro a centímetro, el chirrido del gozne le erizó la piel. Michael lo hizo de una patada, listo para enfrentar lo que fuera. Kenji y Klaus emergieron con la lentitud de un felino acechando. Lo que encontraron los desconcertó aún más: un cruce de pasillos desnudos, de cemento pulido, que formaban una cruz perfecta. Sus habitaciones estaban en cada uno de los brazos, como cuatro capillas dedicadas al absurdo.

Avanzaron, sus pasos resonando en el espacio vacío, hasta converger en el centro. Un mosaico circular marcaba el punto de unión.

-¿Qué demonios es esto? -escupió Michael, su inglés teñido de pánico y furia.

-No lo sé... A mí también me secuestraron -respondió Javier, con un inglés funcional pero cargado de acento.

Kenji asintió, silencioso —su inglés no era muy bueno, pero comprendía lo suficiente—, sus ojos escudriñando cada detalle. Después de compartir opiniones y recuerdos, Klaus, con un inglés preciso, añadió:

-El patrón es idéntico. Una solicitud de ayuda. Luego, la nada.

Fue en ese momento que la voz los envolvió. Suave, melodiosa, terriblemente calmada, habló desde altavoces ocultos. Primero en español para Javier, luego en inglés para Michael, en japonés para Kenji y en alemán para Klaus. El mensaje, idéntico: “Por favor, permanezcan en la plataforma central.”

Antes de que pudieran reaccionar, el mosaico bajo sus pies vibró y comenzó a descender con un suave zumbido hidráulico. Un viaje corto pero claustrofóbico por un ducto metálico que los dejó ante un nuevo corredor, largo y tenuemente iluminado. Al fondo, un rectángulo de luz solar cegadora prometía una salida.

“Avancen hacia la luz, por favor,” insistió la voz femenina, con una amabilidad que ahora sonaba a burla siniestra.

-¡Queremos respuestas, maldita sea! -gritó Michael al techo.

-¿Quién es usted? -exigió Klaus, con firmeza.

Solo el eco les respondió. La opción era clara: avanzar o quedarse en la oscuridad. Con miradas de entendimiento mutuo, formaron una vaga línea y caminaron hacia la luz, cada músculo tenso, listos para lo imposible.

Al traspasar el umbral, el sol los golpeó como un mazo. Entre parpadeos, la visión se les aclaró. Estaban en un claro rodeado de un bosque denso y desconocido. Y no estaban solos. Varios hombres, de rostros impasibles y vestidos con uniformes grises genéricos sin insignias, formaban un perímetro silencioso. Eran la encarnación de una autoridad anónima y letal.

Entonces, ella se adelantó.

Era alta, esbelta, con un rostro que era un mapa de continentes: pómulos altos que hablaban de herencia asiática y ojos oscuros, casi negros, que delataban la sangre europea. Tendría entre 35 y 40 años. Su sonrisa era profesional, un gesto estudiado que no alcanzaba su mirada.

-Bienvenido, Javier -dijo en un español perfecto. Luego, girándose-: Welcome, Michael. —Una inclinación para Kenji—: ようこそ (Youkoso). Y por último, para Klaus—: Willkommen.

-Les doy la bienvenida al Proyecto “Nunca Jamás”.

Michael no pudo contenerse más. La rabia, el miedo y la humillación explotaron. Se abalanzó sobre ella.

-¡Estoy harto de esta mierda! ¡Dime cómo salir de aquí! -rugió, agarrándola por las solapas de su impecable uniforme gris.

Lo que sucedió después fue un despliegue de eficiencia aterradora. No fue un movimiento brusco, sino fluido, económico. La mujer torsionó su cuerpo, despejó el agarre con las manos y, con una fuerza que parecía desproporcionada para su complexión, aplicó una llave que hizo aullar a Michael. En menos de dos segundos, el estadounidense yacía en el suelo, con la rodilla de la mujer presionando dolorosamente el área lumbar, inmovilizado y jadeante de dolor.

Ella no jadeó. Ni siquiera alteró su ritmo respiratorio. Se levantó con la misma elegancia con la que lo había derribado, se sacudió levemente las solapas y, mirándolos a cada uno a los ojos, repitió el mensaje en sus idiomas, pero ahora con un filo de acero:

“Si no tienen más demostraciones que hacer... síganme, por favor.”

Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia un sendero en el bosque, dejándolos a ellos con el eco del dolor de Michael, el zumbido de la adrenalina y la aterradora certeza de que habían caído en las garras de algo infinitamente más complejo y peligroso de lo que jamás habían imaginado.

________________________

El Hombre

La mujer los guió más allá del perímetro de guardias, hacia una construcción baja y rectangular, de paredes encaladas y ventanas simétricas que evocaban la fría funcionalidad de un hospital de campaña o un sanatorio. Un muro bajo, más simbólico que disuasorio, rodeaba el complejo. En el jardín frontal, desolado y polvoriento, se alzaba un solitario poste para izar banderas, desnudo como un árbol muerto, su cable golpeándolo con un ting, ting, ting metálico y monótono.

Con la espalda recargada contra ese poste, como si fuera el dueño de todo lo que sus ojos abarcaban, los esperaba un hombre.

Los guardias se detuvieron en la entrada del muro, formando una barrera viviente. Los cuatro prisioneros, con Michael aún frotándose los riñones con un rencor silencioso, siguieron a la mujer hasta el poste. Ella se detuvo frente al hombre, asintió con la cabeza una vez —con la precisión de un subordinado— y se hizo a un lado, cruzando las manos a la espalda.

El hombre empujó el poste con los hombros y se enderezó.

Su cabello era castaño, de un corte común. Las gafas de aviador, espejadas e impenetrables, ocultaban sus ojos, creando una máscara de anonimato absoluto. Vestía una camiseta negra holgada, jeans descoloridos y zapatillas deportivas genéricas. Era el atuendo de cualquier hombre en cualquier ciudad del mundo. Pero sus movimientos... sus movimientos desmentían la ropa. Cada gesto, por pequeño que fuera, irradiaba una seguridad letárgica y total. Era la soltura de un depredador alfa en su territorio, un león que se pasea entre gacelas, sabiendo que un solo movimiento suyo podría desatar el caos. Su complexión no era la de un culturista, sino la de un guerrero: fibrosa, densa, forjada no en el gimnasio, sino en algún lugar sucio y real donde el ejercicio se mide en supervivencia.

El hombre dio una vuelta lenta alrededor de ellos; el crujido de la grava bajo sus zapatillas era el único sonido. Los examinó de arriba abajo, y una mueca casi imperceptible —un leve fruncimiento del labio— delató su decepción. Era la expresión de un chef ante ingredientes de baja calidad.

Kenji, cuya cortesía era un arma y un escudo, rompió el silencio. Con una leve inclinación, preguntó en un inglés cuidadoso:

-“Disculpe, ¿sería posible que ahora nos explicaran qué quieren de nosotros?”

El hombre de las gafas se detuvo en seco. Se acercó hasta quedar a centímetros de Kenji, invadiendo su espacio sin tocarlo, y sin dejar de mirar el vacío reflejado en sus lentes, le preguntó a la mujer en un italiano fluido y cortante:

-“Cos’ha detto il giapponese?” (¿Qué dijo el japonés?)

La mujer respondió en un italiano menos pulido, con un acento eslavo o tal vez de Europa del Este:

-“Quiere saber si es el momento de decirles qué están haciendo aquí y qué queremos de ellos.”

El hombre asintió lentamente, se apartó de Kenji y se plantó frente a los cuatro como un comandante ante un pelotón de reclutas desastrosos. Hubo una larga pausa, cargada del peso de su desprecio. Luego comenzó a hablar, con frases cortas y demoledoras, haciendo una pausa después de cada una para que la mujer las tradujera de manera sincronizada.

-“Javier, Michael, Kenji, Klaus... dejemos esto en claro -comenzó, su voz era grave, sin énfasis, pero cada palabra caía como un martillazo-. Ustedes representan todo aquello que se me enseñó a despreciar.”

La mujer repitió el mensaje en cuatro idiomas, un eco multilingüe de condena.

-“Tal vez ustedes no se consideren así... pero son escoria. No importa lo que hayan hecho. No importa lo que hayan logrado en la vida. Sus actos los definen. Y la definición es: basura.”

Michael apretó los puños. Javier contuvo la respiración.

-“Y yo... tengo la lamentable tarea de convertirlos en hombres.”

Una risa amarga se coló en su tono.

-“Espero que comprendan mi frustración. Se supone que la naturaleza ya había hecho ese trabajo. Se supone que sus padres, o quien sea que los haya criado, ya había hecho ese trabajo. Debo suponer que la sociedad misma ya se había encargado de eso.”

-“Pero no. Decidieron abandonar su hombría. Su orgullo. Su honor. -Hizo una pausa dramática, dejando que el silencio y las traducciones absorbieran el insulto-. ¿Y todo por qué? ¿Qué es lo que han logrado demostrar?”

-“Permítame decirles que ahora están atascados conmigo. Y que no les tengo miedo. Porque yo le temo a los hombres... y ustedes no lo son.”

Fue entonces cuando Klaus, con la disciplina hierática que no había perdido, levantó la mano con firmeza, como un alumno en una aula.

El hombre de las gafas giró la cabeza hacia él, y detrás de los cristales, debieron esbozarse una chispa de diversión perversa.

-“¿Qué es lo que quieres, alemán?” preguntó, y la mujer tradujo.

-“Entiendo el proceso de los insultos -dijo Klaus, con una voz calmada que contrastaba con el temblor que debía sentir-. Estuve en el ejército un tiempo. Pero, ¿no cree que después de secuestrarnos, de que su colega sometiera a Michael delante de nosotros, y de todo el despliegue de poder que han hecho hasta ahora... no cree que deberíamos simplemente proceder con lo que ustedes desean?”

La mujer tradujo. Una sonrisa lenta, cruel, se dibujó en los labios del hombre de las gafas. Emitió una risotada breve y seca, como un disparo. Chasqueó los dedos en el aire.

Al instante, uno de los guardias de la entrada se acercó corriendo. El hombre le susurró unas indicaciones. El guardia asintió y se retiró, regresando momentos después con cuatro cuchillos de combate de hoja fija, que sostenía con la reverencia debida a herramientas letales.

El hombre tomó los cuchillos y fue depositando uno en las manos de cada uno de ellos. El acero estaba frío, el peso, siniestro. Javier lo sostuvo como si fuera una serpiente. Michael lo apretó con un rencor impotente. Kenji lo examinó con mirada clínica. Klaus asimiló el peso y el balance con una pesadumbre familiar.

Luego, el hombre se puso frente a ellos, con los brazos ligeramente abiertos, un Cristo beligerante esperando el golpe.

-“Déjenme probarles lo que digo -su voz no alzó el tono, era casi casual-. Ustedes son cuatro y están armados. Yo solo soy uno. Vengan hacia mí. Traten de acabar conmigo. Si logran incapacitarme o... matarme -dijo la palabra con deleite-, les aseguro que serán libres.”

El ofrecimiento resonó en el aire quieto. Se miraron entre ellos, sus ojos un espejo de un mismo terror paralizante. La duda los encadenaba más que cualquier cerradura. Cuatro contra uno. Con cuchillos. Y sin embargo, la presencia del hombre era un muro infranqueable.

Viendo su indecisión, el hombre de las gafas volvió a hablar, y esta vez el desprecio en su voz era tan denso que casi se podía palpar.

-“Pero no lo harán. -Hizo una pausa, dejando que la certeza de su afirmación los humillara-. ¿Y saben cómo es que lo sé? Porque ustedes no son más que una parodia de hombres que en toda su vida no han sabido otra cosa que maltratar mujeres y niños. Sus mujeres y niños. Las familias que deberían proteger y cuidar.”

La acusación, específica y brutal, los golpeó con más fuerza que cualquier puño.

-“No les temo... porque ustedes no son hombres.”

Antes de que el espanto pudiera transformarse en acción, añadió, con un tono que pretendía ser reconfortante y solo conseguía ser más aterrador:

-“Pero no se preocupen. Aquí... aprenderán a serlo.”

Y con esa promesa siniestra resonando en sus oídos, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el edificio, dejándolos a ellos en el jardín, con los cuchillos inútiles en sus manos y el peso de una culpa que todos entendían aplastándoles el alma.

______________________

Hombres desde Cero

La primera semana fue un borrón de desintoxicación forzada, un purgatorio médico donde los demonios personales de cada uno salieron a cobrar factura. Bajo la fría supervisión del personal que más parecían androides, fueron despojados de los químicos que usaban como escudo.

Javier sudó alcohol por los poros. Las noches eran un infierno de insomnio y temblores, su cuerpo clamando por el consuelo del tequila. Soñaba con la esquina oscura de su parada, no con el secuestro, sino con la botella escondida en su mochila.

Michael, cuyos hábitos eran más sociales en cuestión de sustancias, pero no por ello menos arraigados, se enfrentó a una niebla mental espesa y a una irritabilidad que le hacía hervir la sangre por nada. Sus puños apretaban las sábanas, imaginando que era el cuello de “El Hombre” —así era como se había presentado cuando Kenji le preguntó por su nombre para saber cómo llamarlo: “Mira, japonés, para ustedes soy ‘El Hombre’. Soy todo lo que ustedes nunca conseguirán ser, pero es bueno que los gusanos como ustedes tengan algo a que aspirar”. Kenji y Klaus, siendo los más sobrios, no sufrieron el dolor físico, pero sí la claustrofobia psicológica. Días enteros encerrados en sus celdas-escaparate, observando el pasillo vacío, fueron un ejercicio de paciencia y creciente paranoia.

Pero fue en la segunda semana cuando comprendieron que la “rehabilitación” había terminado y la verdadera forja —o tortura— comenzaba.

A las 7:00 a.m. en punto, un sonido metálico retumbaba en la torre. No era una alarma, era el impacto de una barra de acero contra los marcos de sus puertas. “El Hombre” estaba allí, con sus gafas de aviador ya puestas, como si no necesitara dormir. Su presencia era el despertador. La rutina física no era extrema, pero su intensidad era psicológica. Cada flexión, cada sentadilla, cada kilómetro de trote bajo el sol naciente era vigilado por esa mirada oculta que parecía medir no su fuerza, sino su voluntad. No les gritaba, solo los observaba, y ese silencio juicioso era mil veces más opresor que cualquier insulto.

A las 8:00 a.m., el desayuno en el comedor del sanatorio era un ejercicio de obediencia. La comida, perfectamente balanceada y calculada, era otra lección. Klaus, acostumbrado a una dieta centroeuropea, miraba con desdén las ensaladas crudas. Javier añoraba las grasas y los carbohidratos simples de su dieta anterior y no le gustaban las zanahorias. Pero la primera vez que Klaus dejó unas hojas de espinaca en el plato, “El Hombre”, que comía en una mesa aparte, se levantó, se acercó y se inclinó sobre él. No dijo una palabra. Solo el reflejo de la cara de Klaus en aquellos lentes espejados, deformada y pequeña, fue suficiente. Desde ese día, todos limpiaron sus platos hasta el último gramo.

De 9:00 a.m. a 2:00 p.m., la mente era el campo de batalla. Bajo un toldo instalado junto a unas palmeras que mitigaba el calor húmedo, “El Hombre” se transformaba en un pedagogo implacable. El italiano dejó de ser un idioma para convertirse en un obstáculo de supervivencia. Su método era una mezcla de genialidad y presión constante. Javier, con su oído para los acentos, y Michael, desesperado por comprender a su captor, mostraron una rapidez sorprendente. Klaus avanzaba con precisión germánica, memorizando reglas gramaticales. Pero Kenji luchaba. Los sonidos le resultaban ajenos, la estructura, caótica. Veía cómo los otros progresaban y su frustración silenciosa crecía. “El Hombre” notaba su lucha. No lo regañaba. Se sentaba a su lado, repetía la frase, descomponía la palabra, con una paciencia de relojero que resultaba más intimidante que la furia. Las pausas con comedias italianas no eran un descanso, sino una inmersión forzada, otra capa de estrés auditivo que debían descifrar.

La comida de las 2:00 p.m. era un breve respiro, un silencio pesado donde masticaban también las lecciones de la mañana.

De 3:00 a 7:00 p.m., el salón de juegos con sus 400 opciones se revelaba como la trampa más ingeniosa. Al principio, se aferraron a lo conocido: un Risk, un Monopoly. Pero incluso ahí, las reglas estaban en italiano. Un movimiento malinterpretado podía costarle la partida a Michael, cuya competitividad lo volvía imprudente. Javier prefería juegos de estrategia silenciosa, observando a los demás. Klaus analizaba cada juego como un problema de ingeniería. Kenji encontraba una paz temporal en la lógica abstracta del Shogi, pero hasta ese refugio le era arrebatado cuando “El Hombre” aparecía y, en un italiano básico, les obligaba a explicar sus estrategias. Era otro frente en la guerra del lenguaje, disfrazado de ocio.

El ejercicio ligero de 7:00 a 8:00 p.m. era una agonía. Sus cuerpos ya estaban cansados, sus mentes, agotadas. Cada estiramiento era un suplicio.

A las 8:30 p.m., el regreso a “la torre” era el momento más sombrío. Caminaban por el pasillo en cruz, sintiendo el peso de un día que no había tenido un solo segundo de verdadero descanso o autonomía. El clic automatizado de las cerraduras al cerrarse era el sonido de la jaula volviendo a su lugar. Se encerraban en sus celdas, sabiendo que al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente, sería exactamente lo mismo. No estaban siendo entrenados como soldados. Estaban siendo desmontados y vueltos a ensamblar, pieza por pieza, en algo que “El Hombre” consideraba aceptable. Y solo acababa de comenzar.

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