Capitulo 1 -PARTE 1
Todo estaba callado en el pequeño parque, con la luz de la noche bajando suave sobre todo. No hacía ni un ápice de viento, pero las hojas de los árboles se movían de un modo raro, como si temblaran de miedo o algo estuviera sacudiendo la tierra de abajo.
Más abajo, en una cueva que se escondía entre las raíces, se oían ruidos de pelea: golpes que se sentían en los huesos, gente jadeando y gritando. Eran tres contra uno, pero ese solo se defendía bien, se movía rápido y sabía dónde darle. De pronto, dio un fuerte golpe en el suelo y toda la cueva empezó a caerse encima de los otros tres, tapándolos con rocas y tierra.
El tipo estaba hecho polvo cuando se puso de pie. Caminó hasta el fondo donde había una puerta entreabierta, se acercó y la cerró bien de golpe. Luego movió las manos como haciendo señas raras y murmuró unas palabras que no se entendían bien. La puerta se puso a brillar y se cerró tan fuerte que no se veía ni un hueco, solo un pequeño agujero en medio.
Pero justo en ese momento, un chorro de fuego azul le pegó de lleno en el costado. No tuvo tiempo de hacer nada, y cuando trataba de ponerse en guardia, otro golpe le dio directo en la cara y lo mandó a tierra de golpe.
Orion intentó ponerse de pie después del golpe en la cara, pero las piernas no le respondían bien. De repente, tres figuras se plantaron delante suyo, tapándole el paso.
Lo miró a cada uno de ellos, y entre sus manos empezó a formarse un brillo entre dorado y anaranjado —iba a lanzar un ataque. Pero antes de poder hacer algo, un montón de escombros de la cueva se movieron solos, tomaron forma de cadenas gruesas y le agarraron los brazos y las piernas, clavándolo contra la pared como si fuera un insecto atrapado.
Orion miró a su alrededor con la mirada de alguien que ya sabe lo que viene. De la nada apareció un humo negro justo en frente suyo, y de dentro salió una persona a la que solo se le veían los ojos brillando de un color rojo intenso.
Orion se rió entre dientes.
—Jeje… Sabía que tú estabas detrás de todo esto… —dijo, y luego tuvo que toser fuerte.
La figura lo miró fijamente, mientras las otras tres se alejaban un poco. Xandrox habló con una voz que sonaba a la vez burlona y tétrica:
—Si que eres escurridizo, Orion… Creí que no te atraparíamos nunca…
Orion escupió una mancha de sangre en el suelo.
—Ja, claro que lo sabía… Y bueno, ¿qué? ¿Qué es lo que quieres de mí?
—Sabes muy bien lo que quiero y lo que busco —contestó Xandrox—. Abre la puerta para que pueda conseguir el cristal. Si no… te mato.
Orion se rió de nuevo, aunque se notaba que le costaba respirar:
—Pues perdón por no serte útil, Xandrox. Esa puerta ya no la puedo abrir yo, así que… jodete. No te sirvo de nada, mejor ve y búscate algo de comer.
Xandrox lo miró con odio puro, pero después también se rió:
—Vaya, si que tienes agallas… Pero veo que ya no me sirves de nada. Y ya sabes que lo que no sirve… se tira.
En el instante en que terminó de hablar, movió el brazo con rapidez. De su muñeca salió una espada afiladísima que clavó de un golpe en el pecho de Orion, quien emitió un gruñido de dolor que resonó en toda la cueva.
Xandrox miró a Orion, que solo se quejaba entre dientes y escupía sangre por la boca. Se dio media vuelta y fijó la mirada en las tres sombras que estaban detrás suyo.
—Ustedes —ordenó con voz firme y autoritaria—, envíen a alguien a intentar abrir esta maldita puerta. Y vayan a buscar los demás cristales, ¡AHORA MISMO!
Cuando las sombras se retiraron por el pasadizo, Orion empezó a reírse a carcajadas, aunque cada carcajada le costaba un esfuerzo enorme. Xandrox volvió la cabeza para mirarlo.
Orion habló con mucha dificultad, separando cada palabra con un jadeo:
—Jeje… Se lo que… tratas de hacer… y no va a funcionar… No lograrás liberar a Lord Thanatos de ese maldito lugar… porque siempre habrá alguien… que se oponga al mal… y el destino ya está escrito…
Lo dijo con la última fuerza mientras mantenía la mirada clavada en Xandrox. Este lo observó y le sonrió de modo frío:
—Pues no importa quién se interponga… Yo acabaré con todos los que intenten frenarme… porque yo… puedo cambiar el destino…
Lo dijo cargado de odio, luego agarró la espada que estaba clavada en el pecho de Orion y la giró con fuerza. Orion emitió un grito desgarrador, y antes de que la vida se fuera de sus ojos, dejó escapar una última sonrisa.
Xandrox miró el cuerpo sin emoción alguna, dio media vuelta y se encaminó hacia la salida de la cueva.
Todo cambia de golpe: ya no estamos en las tinieblas de la cueva, sino en un vecindario donde la luz del amanecer apenas empieza a pintar el cielo de amarillo y rosa.
En una habitación llena de vida —con posters pegados en las paredes, algunas medallas de segundo y tercer lugar colgadas en un listón, dos guitarras cuelgan en una esquina y una batería ocupa casi toda la otra—, un chico está sentado frente a un escritorio con los audífonos puestos. Está dibujando en un cuaderno, tarareando la canción que escucha. Tiene el pelo corto y castaño oscuro, con un mechón blanco en el fleco, y sus ojos son de un azul celeste brillante.
—I thought about all that could have been... If we had realized all our sins... O SIIIIII! —canta en voz alta mientras sigue dibujando tranquilo.
De fondo se oye la voz de una niña llamándolo:
—¡Lloyd, vamos! ¡LLOYD, YA SE TE VA A HACER TARDE!
Pero Lloyd no la escucha. Seguía concentrado en su hoja hasta que de repente la puerta se abre de golpe y la niña entra gritando:
—¡LLOYD, SE TE VA A HACER TARDEEEEE!
Lloyd pega un grito agudo, se quita los audífonos de un jalón y mira a su hermana Diana. Ella tiene el pelo largo y castaño claro, ojos color avellana y ahora está con la cara toda seria.
—¿Qué… qué pasó? —pregunta él un poco desconcertado.
Diana está ya algo desesperada:
—¿Qué pasó? ¡Que se te va a hacer tarde! Papá ya casi se va y te va a dejar aquí mismo si no te das prisa.
Lloyd se rie y se levanta de la silla para acercarse a ella:
—Okey, okey, jeje… Pero no te enojes tanto, ¡me diste un susto de muerte!
—¿Cómo que no me enoje? ¡Siempre haces caso omiso! —dice ella cruzándose de brazos y haciendo un puchero enorme.
—Bueno, bueno, sal de mi cuarto que tengo que cambiarme —le ruega él.
Diana asiente y se va cerrando la puerta tras de sí. Lloyd suspira hondo y su sonrisa desaparece de un momento a otro:
—Uf… La escuela… No quiero ir…
Murmura mientras empieza a cambiarse rápidamente y guarda todo en su mochila, para luego bajar las escaleras a toda prisa.
Lloyd oyó a su mamá hablar con Diana mientras se dirigía a la cocina. Allí, Clara —su madre— estaba ocupada armando su lonche sobre la encimera, mientras Diana terminaba de escribir algo en su cuaderno y desayunaba un bol de cereal.
—¡Buenos días, mamá! —dijo Lloyd al entrar de golpe.
Clara se volvió rápidamente y le sonrió:
—¡Buenos días, hijo! Por fin apareces… Ya casi es demasiado tarde.
—Es un huevón… —murmuró Diana entre bocado y bocado.
—¡Ey! Ya estaba despierto, solo que… bueno, no tengo muchas ganas de ir a la escuela —replicó Lloyd, encogiéndose de hombros.
—Ay, Lloyd, no comencemos de nuevo con eso —dijo Clara con tono cansado pero cariñoso.
—Sí, ya sé, mamá… —contestó él un poco desanimado. Diana lo miró de reojo; sabía perfectamente que algo no iba bien con su hermano.
En ese momento, Andrés —su padre y esposo de Clara— entró por la puerta trasera de la casa:
—¡Buenos días, hijo! ¡Vamos, vamos, date prisa! Termina de guardar tu lonche que el autobús privado se va en cinco minutos.
Lloyd suspiró pero volvió a juntar fuerzas. Tomó el lonche que le había preparado su mamá y se lo guardó en la mochila.
—¡Bueno, ya me voy, mamá!
Clara se acercó para darle un beso en la mejilla:
—Cuídate mucho, hijo… Y trata de disfrutar este primer día, ¿vale?
—¡Adiós, Diana! —dijo Lloyd mirando a su hermana.
Ella se levantó de un salto y lo abrazó fuerte:
—Adiós, Lloyd… Cuídate mucho, ¿eh?
Cuando se separaron, Lloyd salió de la casa y se dirigió rápidamente hacia el auto de su padre.
En el camino, Andrés manejaba mientras la radio del auto sonaba de fondo. Lloyd iba apoyado en la ventana, la mirada perdida y con el ánimo por los suelos. Su papá lo miró de reojo y decidió intentar animarlo.
—Oye, Lloyd… Ya escuchaste del nuevo centro comercial que abrieron por ahí. ¿Cómo es que se llamaba?
Lloyd se despegó de la vidriera y miró a su padre con un poquito más de vida:
—Creo que se llama Super Centro Mark…
Andrés frunció el ceño con cara de disgusto:
—Uy, no… Con nombres así mejor se quedan callados, ¡tengan más imaginación!
Lloyd se rió un poco al ver la cara de su papá. Pero justo en ese momento, pasaron frente a una preparatoria y él se quedó mirándola fijamente.
—Papá… No entiendo por qué me metieron en la otra escuela. Esta aquí está bien, y además todos mis amigos entraron aquí…
Andrés lo miró y vaciló un instante antes de responder:
—¿Pero qué tiene de malo la Preparatoria Luz del Sol? Es una de las mejores de la ciudad, hijo.
—Sí, pero… todos mis conocidos están aquí, en la otra no conozco a nadie. Y además esta quedaba más cerca… Mamá decidió mal —dijo Lloyd con tristeza.
Andrés se puso serio pero habló con calma:
—Lloyd, tu mamá y yo buscamos lo mejor para ti. Esa prepa te da oportunidades que aquí no encontrarías.
—Si tú lo dices, papá… —murmuró Lloyd, volviéndose a quedar callado.
En ese momento, la locutora de la radio anunció:
—Mientras tanto, dos miembros de la Orden Elemental —un hombre y una mujer— acaban de detener a un grupo de delincuentes que intentaban robar un banco. Los oficiales manifestaron su molestia por la intervención sin autorización de los elementos…
Lloyd escuchó atentamente, luego volvió a apoyarse en la ventana y cerró los ojos:
—Me gustaría ser un Elemental… —susurró.
Andrés lo miró de reojo, pero no supo qué decir.
Cuando llegaron a la preparatoria, el auto se detuvo en silencio. Lloyd abrió la puerta sin decir palabra, pero justo antes de bajarse, Andrés suspiró y le habló:
—Lloyd… Trata de disfrutarla, ¿vale? Ya verás que haces nuevos amigos y te va a gustar estar aquí.
Lloyd se quedó callado un instante, luego le dedicó una sonrisa muy leve:
—Como digas, papá… Lo intentaré.
Se bajó y cerró la puerta. Mientras Andrés arrancaba el auto, Lloyd se dirigió hacia el edificio: era enorme, se extendía por varios metros y parecía tocar el cielo.
—Dios, te ves impresionante… Pero sé que vas a ser un aburrimiento total —murmuró para sí mismo.