Chapter 1 Capítulo 1: Cenizas y Diamantes
Capítulo 1: Cenizas y Diamantes
El aire de Madrid nunca había sabido tan amargo. Isabella se detuvo frente a la imponente estructura de cristal de Valenzuela Enterprises, ajustando sus gafas de sol oscuras. El reflejo del sol sobre la fachada era cegador, casi tanto como el recuerdo de las llamas que devoraron su hogar tres años atrás.
—Disfruta de tu trono mientras puedas, Alejandro —susurró, su voz apenas un suspiro frío contra el viento.
Caminó por el vestíbulo con la elegancia de una pantera. Ya no era la heredera ingenua que Alejandro había manipulado. Ahora era Elena Soler, una auditora implacable formada en las sombras de Londres. Entró en el ascensor privado y marcó el piso 50. Su corazón latía con una calma aterradora.
Cuando las puertas se abrieron, el lujo la recibió como un viejo enemigo. Se dirigió directamente a la oficina de presidencia. No pidió permiso. Al entrar, lo vio. Alejandro estaba de espaldas, observando la ciudad. Sus hombros eran anchos, su presencia llenaba la habitación con una autoridad que sofocaba el aire.
—Llegas tarde, Elena —dijo él sin girarse. Esa voz. Profunda, oscura, la misma voz que le había susurrado mentiras antes de traicionar a su padre.
—Lo bueno siempre se hace esperar, señor Valenzuela —respondió ella, dejando su maletín sobre la mesa de ébano.
Alejandro se giró lentamente. Sus ojos grises, como acero fundido, recorrieron a Isabella con una lentitud insultante. Había algo en su mirada que no estaba en los informes: una chispa de curiosidad peligrosa.
—Elena Soler... —murmuró él, acercándose hasta que Isabella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Tienes un currículum impecable, pero tus ojos me dicen que no estás aquí solo por los números. Hay un fuego en ti que me resulta... familiar.
Isabella no retrocedió. Sostuvo su mirada, permitiendo que un atisbo de sonrisa cruzara sus labios.
—El fuego es lo único que no se puede falsificar, señor Valenzuela. Espero que esté preparado para quemarse.
Alejandro soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que sus labios estuvieron a centímetros de su oído.
—Me gusta el peligro, Elena. Pero recuerda: en esta oficina, yo soy el que dicta las reglas. Y mi primera regla es que nunca, bajo ninguna circunstancia, se me miente.
Isabella sintió un escalofrío recorrer su columna, pero lo transformó en acero. Él no sabía quién era ella. No podía saberlo.
—Entonces nos llevaremos muy bien —respondió ella, recuperando su distancia—. Porque yo solo me intereso por la verdad. Especialmente la que está oculta en sus libros contables.
Alejandro la observó salir, con una mirada que Isabella no pudo descifrar. La guerra había comenzado. Ella iba a recuperar su herencia, aunque tuviera que quemar a Alejandro Valenzuela en el proceso. Lo que no sabía era que el Tiburón ya había tendido su red, y ella acababa de entrar voluntariamente en ella.