Prólogo
No abras este libro si lo que buscas es un final feliz; ábrelo si lo que buscas es un lugar donde quedarte a vivir. Siempre me pregunté qué se sentía ser tú: tener el poder de cerrar los ojos y que mi mundo entero dejara de existir, para luego despertarlo con solo pasar una página. Yo, en cambio, no tengo ese lujo. Estoy condenada a este inicio, a este primer párrafo, esperando a que alguien como tú decida que hoy es el día en que mi vida vuelve a empezar.
Vale. Hola.
No te asustes, no voy a salir de las páginas a pedirte que me invites a un café, aunque me vendría de miedo porque aquí dentro todo sabe un poco a papel seco. Además, te mentiría si aceptara el café; yo soy más de ColaCao. Pero de los de antes, ¿sabes? Con sus grumitos imposibles de disolver y su sabor a refugio. Si vas a quedarte conmigo, prefiero que me imagines así: con una taza demasiado grande y el pelo hecho un desastre.
Me llamo Valeria. O Val, si ves que nos vamos llevando bien.
Te voy a ser sincera ahora que acabamos de conocernos: me muero de envidia. Tú estás ahí fuera, respirando aire de verdad y pudiendo decidir qué hacer con tu tarde. Yo, en cambio, acabo de cobrar vida porque tus ojos se han posado en estas letras. Es una responsabilidad un poco grande, ¿no crees? Pero ya que has entrado, déjame enseñarte el desorden.
Mi mundo es ese lugar donde siempre falta leche en la nevera y donde tengo una habilidad casi mágica para enamorarme de gente que es, básicamente, una señal de stop andante. Ya sabes de lo que hablo: personas que huelen a problemas pero que te saludan con una sonrisa y tú, como una tonta, decides que ese es un buen lugar para aparcar el corazón.
Empecemos por el principio, antes de que me arrepienta de haberte dejado pasar. Todo empezó un martes cualquiera, con la lluvia golpeando el cristal y yo a punto de cometer el primero de los muchos errores que estoy a punto de contarte.