Horas Sin Dormir

All Rights Reserved ©

Summary

"Horas sin Dormir" es una crónica cruda y honestamente brutal sobre la depresión, la alienación profesional y la búsqueda de sentido en un mundo que no nos debe ninguna respuesta. Es el viaje de quien lo ha perdido todo, menos la curiosidad de saber qué hay más allá del horizonte cuando ya no queda nada que cuidar.

Genre
Other/Drama
Author
Enrique
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Son las siete menos cuarto de la tarde. Estoy en mi habitación... a lo que llamo hogar: cuatro muros algo despintados, nueve metros cuadrados.

El día fue extraño. Fui a clases como cualquier otro día, pero había una sensación de incomodidad rara, como si hubieran movido algo que me molesta que esté fuera de su lugar... pero no en mi cuarto, sino en el mundo en general. ¿Mis “amigos” siempre se portaron tan distantes? ¿Como si estuvieran obligados a aceptarme? Trataba de no convencerme de que solo era yo, pero Ángela estaba a un lado mío y hoy estaba tan hermosa como de costumbre, aunque más ocupada en llamadas por su trabajo. De alguna manera, ella también era diferente... Por mi mente pasaron decenas de escenarios; en todos, yo era el problema.

Toda la primera parte del día me resultó intolerable. Quería saber qué pasaba en realidad. Durante el desayuno, como ya era costumbre, estaba en compañía de Ángela, pero ni siquiera apartaste la vista del celular. ¿Acaso sí eras más fría o siempre fuiste así? Siento que no debería estar ahí, como si fuera un error que el mundo comienza a rechazar.

Continuamos con las clases normales. Al salir, volteé con Ángela para preguntarle si estaba lista para irnos, pero dijo que se quedaría con unos amigos. Acepté y sonreí, pero ella ni siquiera se despidió de mí.

En el camino para tomar el transporte público encontré a unos amigos con los que platiqué cinco minutos, pero eso me costó el tiempo suficiente para que Ángela pasara por donde iba. Entonces fui azotado por miles de preguntas. Aunque no somos nada, ni sé si algún día lo seremos, disfruto de su compañía y trato de apoyarla siempre que me es posible. Pero esta vez sentí un nudo en el pecho. Ahora sé que no es idea mía: estaba fría. Ángela, si supieras cuánto me afectan tus actitudes distantes... soy capaz de notar incluso cuando has tenido un mal sueño.

Tomé el autobús. Hacía un calor de al menos treinta grados. ¿El ruido de la gente siempre ha sido tan molesto? Comenzaba a oler el sudor ajeno. Mi trayecto fue deshumanizante. Pensaba en todos los peores escenarios. ¿Qué tal si simplemente soy una molestia para ti? ¿Aquellas flores que te regalé fueron aceptadas por lástima?

Llegando a casa, decidí seguir en mi búsqueda de empleo, de donde nunca he tenido éxito. Es más sencillo explicar que envío CVs a decir que soy un desempleado, un fallo del sistema. Llevo tres meses trabajando en proyectos ocasionales que apenas me dan para vivir. Nadie más sabe mi situación, pues para la gran mayoría soy una persona exitosa. ¿Cómo les explico cuántas veces he anhelado ir a dormir y nunca despertar?

Al comer vino a hacerme compañía una sombra oscura que siempre acecha cuando estoy en casa. No era más que un gato negro llamado Quell. Es el único que me hace compañía a cambio de un poco de lo que yo como.

Así llegamos a donde comencé a escribir...

La vida empieza a resultarme intolerable. No descarto la idea de quitarme la vida... aunque todavía no me parece lo bastante absurda ni lo bastante insoportable como para hacerlo. Pero sé que es cuestión de tiempo para aburrirme de ella.

—Enzo procede a formar una pistola con su mano derecha y a ponérsela en la cabeza, fingiendo accionar el arma.

Qué paz me trae imaginar algo así...

Me fui a la cama alrededor de las diez de la noche. Normalmente me mantengo en vela; duermo poco, casi siempre. Paso horas viendo a la oscuridad como si en algún momento fuera a devolverme la mirada. Pero esta noche estaba demasiado alterado por tu forma de ser, Ángela... o quizá por mi manera de sentirte.

No quiero que te vayas. Quiero vivir a tu lado, tal y como todos los que nos conocen siempre asumieron. Como en esos finales felices donde, de alguna forma absurda, el protagonista siempre gana. ¿No se suponía que así funcionaban las cosas?

No sé a qué hora terminé por quedarme dormido.

Soñé que corría.

Corría tratando de alcanzar a todos, pero nunca lo lograba. Frente a mí avanzaban siluetas borrosas, cuerpos sin rostro que parecían saber exactamente hacia dónde ir, mientras yo apenas podía seguirles el paso. El camino era de terracería, seco, interminable. El sol brillaba con tanta fuerza que casi todo a mi alrededor era blanco, como si el mundo hubiera sido borrado a medias y yo siguiera atrapado dentro de lo poco que quedaba.

Qué cansado era no poder alcanzarlos.

Mis piernas pesaban. Mi pecho ardía. El aire apenas me alcanzaba para seguir respirando. Aun así, seguía corriendo.

Entonces escuché tu voz.

La voz de Ángela se colaba en medio de aquel vacío como una cuerda lanzada a alguien que se ahoga. No podía verte, pero te escuchaba. Y por alguna razón, eso era lo único que me obligaba a seguir avanzando. Lo único que me impedía detenerme.

Lo único que me impedía caer.

Desperté de golpe.

Estaba sudando frío, agitado, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar antes que yo. Aún era de noche. Por la ventana no se veía nada; ni una luz, ni un ruido, ni una sola señal de vida. El mundo entero parecía haber decidido descansar menos yo.

Mi primer impulso fue buscar el celular.

Sin mensajes.

Abrí nuestra conversación con una urgencia que ya empezaba a darme vergüenza. Tu último visto marcaba diecinueve horas. Diecinueve horas sin responder. Diecinueve horas en las que seguramente viviste, reíste, trabajaste, hablaste con otros... sin pensar en mí ni una sola vez.

Entonces comenzó a recorrerme un dolor extraño, uno de esos que no son exactamente físicos pero aun así logran adormecer el cuerpo. Empezó en el pecho y se extendió hasta la punta de los dedos, como si la sangre se hubiera vuelto más pesada.

Quell observaba todo desde una esquina del cuarto.

No sé si lo despertó mi sobresalto o si, como siempre, simplemente ya estaba ahí, viéndome existir con esa paciencia silenciosa que tienen los animales y que a veces parece más compasiva que la de las personas. Sus ojos brillaban apenas en la oscuridad.

Por un momento lo envidié.

No tiene que esperar mensajes. No tiene que imaginar futuros. No tiene que preguntarse si alguien lo tolera o lo quiere.

Decidí intentar dormir otra vez, aunque ya sabía que sería inútil. Cerré los ojos y me acomodé de lado, como si mi cuerpo pudiera engañarse a sí mismo, como si la postura correcta pudiera concederme una tregua. Pero el sueño que volvió no fue descanso; fue apenas una pausa confusa, pesada, llena de imágenes rotas que al amanecer ya no pude recordar del todo.

A la mañana siguiente, todo seguía igual.

El cuarto seguía siendo el mismo. El silencio seguía siendo el mismo. El teléfono seguía mudo.

Y yo también.