La expiación del siervo sagrado

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Summary

Le recé a Dios toda mi vida. Nunca respondió. Entonces apareció Fresno. Hermoso. Silencioso. Demasiado perfecto para existir. Tenía la clase de rostro que hacía que cualquiera quisiera arrodillarse, y la clase de mirada que hacía sentir elegido incluso al hombre más roto. Lo conocí en el peor momento de mi vida. Y mientras más cerca estaba de él, más cosas empezaban a desmoronarse: mi fe, mi mente, mi cuerpo, mi necesidad desesperada de ser amado por algo... o alguien. Porque Fresno no era normal. Había algo enfermo en la forma en que hablaba. En la forma en que sonreía. En la forma en que parecía saber exactamente qué decir para abrir las partes más podridas de una persona. Y aun así no podía alejarme. No cuando estar cerca de él se sentía más parecido a una plegaria que cualquier iglesia. No cuando me hacía sentir visto. No cuando empezaba a parecerme que quizás Dios nunca respondió porque siempre quiso que terminara en sus manos. Pero algunas personas no llegan a tu vida para salvarte. Llegan para destruir todo lo que eras antes de conocerlas. Y cuando finalmente entiendes qué son realmente... Ya es demasiado tarde.

Genre
Horror
Author
Toga
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter ♰ CAPÍTULO 1

El pitido en los oídos era lo que más le perturbaba en ese momento, pues la sangre y el dolor ya habían pasado a segundo plano cuando James pudo divisar a lo lejos algunas partes de su vehículo completamente destrozadas cerca de la orilla de la carretera. El sabor metálico en su boca, su cabello empapado por la lluvia y el horrible dolor de cabeza solo le hacían recordar más y más los terribles errores que había cometido antes de huir, antes de que todo se fuera al carajo y sus manos quedaran cubiertas de sangre inocente.

Había fallado horriblemente. Incluso había fallado en quitarse su propia vida.

¿Qué perdón podía quedarle a un hombre que ya ni siquiera tenía una pizca de honor?

La respuesta no llegó, ni ahora, ni tal vez nunca.

Entonces los recuerdos comenzaron a golpearlo.

No como imágenes completas, sino como fragmentos rotos.

Unas manos cubiertas de sangre.

Alguien llorando.

Vidrios destrozados sobre el suelo.

Una voz pronunciando su nombre.

Y luego silencio.

Un silencio tan espeso como la misma niebla que lo rodeaba.

Se levantó a duras penas mientras un dolor eléctrico atravesaba su pecho. Sus ojos se fueron a blanco cuando agarró con fuerza el pedazo de metal encarnado directamente entre dos de sus costillas. No muy profundo, pero joder cuánto dolía.

Tal vez fue una estupidez. Tal vez fue un último acto desesperado. Pero no encontró más remedio que arrancarlo, escuchando cómo sus huesos se astillaban al retirar una varilla de al menos veintitrés centímetros de largo de su cuerpo.

La sangre no tardó en comenzar a empapar su ropa, tiñendo de rojo su ahora destrozada camisa blanca mientras intentaba encontrar alivio en el aire helado de aquella niebla espesa que lo envolvía todo.

Sus pensamientos eran cada vez más borrosos, como si aquella atmósfera oscura comenzara a filtrarse en su cerebro, mutilando cada oración, cada recuerdo y cada intento de razonar. Fue entonces cuando lo entendió.

No era la niebla.

Era la muerte.

La sentía acercarse lentamente, drenando sus sentidos y sus emociones, arrastrándolo poco a poco hacia un sueño del cual jamás despertaría.

Fue entonces cuando lo vio.

A lo lejos, un destello amarillo se movía de forma errática entre la bruma.

A los pocos segundos, campanas.

Campanas sonando con un eco grave que parecía extenderse por cada rincón de aquel lugar profano de destrucción, culpa y pecado.

La vida se le escapaba de las manos. No tenía mucho tiempo.

Sus huesos crujieron mientras arrastraba una de sus piernas. Cada paso se sentía como miles de agujas atravesando su carne, pero no tenía más remedio que seguir avanzando… y avanzando… hasta que sus piernas no dieran más y sus ojos terminaran por apagarse.

Por un momento quiso dejarse caer ahí mismo.

Hundirse en el barro y esperar a que el frío terminara el trabajo.

Tal vez era lo que merecía.

Tal vez morir solo al costado del camino era mucho más misericordioso que seguir viviendo con todo aquello.

Pero entonces las campanas volvieron a sonar.

Y aquella luz amarilla, distante y temblorosa, seguía ahí.

Largos minutos de sufrimiento y dolor le costaron hasta poder divisar a lo lejos un sucio y oscuro pueblo. Uno que parecía abandonado por Dios hacía muchos años y que no tenía más que lodo, mierda y un montón de personas que no parecían haber visto la luz del sol en décadas.

La piel anémica y descolorida de los habitantes le producía un horrible escalofrío. Sus rostros estaban hundidos, los labios secos, partidos, y sus ojos… joder, sus ojos parecían muertos. Vacíos. Como si les hubieran arrancado el alma y solo hubieran dejado esos cuerpos de mierda caminando por pura inercia.

Algunos tenían los ojos completamente blancos. Otros parecían tener venas negras marcándoles el cuello y la cara, como raíces podridas creciendo bajo la piel. Había ancianos con las uñas amarillas y larguísimas, mujeres con mechones enteros de cabello pegados a la cara por la suciedad y niños tan delgados que parecía que los huesos fueran a atravesarles la piel en cualquier momento.

Uno de ellos giró apenas la cabeza cuando James pasó cerca.

Tenía media mandíbula deformada, como si se la hubieran roto años atrás y jamás hubiera sanado bien. Moscas caminaban por la comisura de sus labios abiertos y un olor agrio, parecido a carne húmeda y podrida, salió de su boca.

James tuvo que contener una arcada.

Sin embargo, no tenía más remedio que armarse de valor y continuar.

Pero las campanas… seguían resonando en el aire.

Provenían de una gigantesca iglesia cercana, la cual estaba pintada de un gris lúgubre, con inmundicia en sus paredes y fachadas desgastadas por los años. Aun así, había algo en ella que obligaba a mirarla. Algo hipnótico. Algo que le hacía sentir que, si lograba llegar ahí, tal vez podría salvarse.

O tal vez terminar de condenarse.

Su cabeza daba vueltas. No podía caminar derecho. El sonido ensordecedor penetraba cada vez más en su cuerpo, retumbando en cada órgano, haciendo vibrar su carne desde los dientes hasta las uñas de los pies.

Fue entonces cuando vio la luz de nuevo.

Eran antorchas.

Antorchas portadas por aquellos espeluznantes habitantes de mirada perdida y semblante ausente. Las llamas desaparecían una tras otra dentro de las enormes puertas de la iglesia.

James comenzó a caminar lentamente. Su visión era cada vez más borrosa y sentía que en cualquier momento desfallecería. Sus pasos eran torpes y descoordinados. Intentó pedir ayuda, y aunque algunos balbuceos salieron de su boca, los habitantes lo ignoraban por completo, todos avanzando en fila hacia la maquiavélica iglesia gris.

Algunos incluso chocaban contra él con el hombro, empujándolo apenas, como si fuera invisible. Como si ya estuviera muerto.

Uno de los hombres que pasó a su lado tenía un ojo tan hinchado que parecía a punto de reventar. Otra mujer arrastraba un pie ennegrecido, dejando un rastro oscuro sobre el barro. James juraría haber visto gusanos asomándose bajo las vendas sucias que cubrían la pierna de un anciano.

Cuando finalmente se desplomó a los pies de aquella catedral de piedra, pudo ver en su interior algo que sin duda le hizo pensar que ya había perdido la razón completamente.

La iglesia se encontraba completamente iluminada.

Desde candelabros tan brillantes como el mismo sol hasta vitrales de colores tan espectaculares como incandescentes. El rojo, el dorado y el azul bañaban las paredes de piedra con una belleza casi irreal, demasiado hermosa para existir en un lugar tan miserable.

Y en medio de todo aquello…

Con aquellas túnicas bordadas en oro y lino, un cabello plateado perfectamente cortado y unos ojos tan oscuros como la noche, estaba él.

El sacerdote de la iglesia.

Tenía un rostro jovial, casi divino. Tan hermoso que dolía mirarlo demasiado tiempo.

Posó su mirada sobre James como si estuviera examinando su alma, como si pudiera ver toda la suciedad, toda la sangre y todos los pecados escondidos debajo de su piel.

Se acercó lentamente mientras los habitantes inclinaban la cabeza a su paso.

James quiso hablar. Quiso retroceder. Quiso preguntar qué demonios era ese lugar.

Pero ya no tenía fuerzas.

El sacerdote finalmente lo acogió entre sus brazos con una calma y una calidez que jamás había sentido en su vida.

Y fue entonces cuando los vio.

Aquellos colmillos blancos que brillaban bajo esos hermosos labios rojos.

Joder…

¿Qué carajos era todo esto?