Simplemente Enzo
Me llamo Enzo
Soy un joven corriente como cualquier otro. O al menos eso pensaba de mí mismo. Tenía una percepción bastante baja de mi persona.
Mi vida se desarrollaba como una sucesión de eventos insípidos que me arrastraban a una rutina de lo más ordinaria.
Pero quién me iba a decir que una simple noche de verano, una que parecía calcada a cualquier otra, sería el desencadenante que pondría mi mundo patas arriba. Y sí, así fue. Tal y como os lo cuento.
Me levanté a mediodía. El sol se colaba por la ventana y me bañaba el rostro como si una supernova me hubiera estallado de lleno en la cara. A regañadientes, conseguí despegarme de las sábanas, aún medio dormido.
Tardaría cerca de una hora en empezar a ser persona. Observé el reloj con pereza: las 14:30, para mi sorpresa. Por un breve momento, mis neuronas aturdidas no reaccionaron, hasta que el sonido del microondas me trajo el recordatorio de golpe.
¡Esta tarde tenía una fiesta!
Mi mejor amigo Marco, con el que compartía equipo de baloncesto (aunque no sé a ciencia cierta por qué seguía en él, siendo un paquete absoluto) nos había invitado a todos a su piscina. Tenía tres horas para prepararme; debía darme prisa si quería pillar el autobús.
Me duché como un rayo y al salir, me contemplé en el espejo. Mi pelo castaño estaba más rizado de lo normal y mis ojos verdes brillaban con intensidad. Estaba convencido: hoy conseguiría ligar. Mi amor por la calistenia me había garantizado un cuerpo definido que ayudaba a fortalecer mi autoestima, aunque a veces sintiera que esta era inexistente.
De camino a la parada, me detuve en un supermercado. Si no quería pasar los próximos días agonizando por las quemaduras, necesitaba bloqueador solar para mi piel blanquecina. Quizás este verano, con suerte, conseguiría pasar de un color “rigor mortis” a un blanco enfermizo. Sería una mejora, sin lugar a dudas.
El autobús llegó enseguida. Permanecí cerca de la puerta, ya que solo debía esperar un par de paradas. Mientras aguardaba, me perdí en las sinfonías que inundaban mis oídos expertos.
Tengo una fijación con la música clásica; todo lo demás me parece ordinario en comparación. Fue ese amor por lo clásico lo que me llevó al conservatorio, donde me adentraría en mi primera relación tóxica: el violín. Lo odiaba y lo amaba a partes iguales.
El vehículo se detuvo de forma brusca, provocando que me tambaleara. Por suerte no caí de bruces, habría sido vergonzoso. Salí con rapidez, aunque pronto me arrepentí. Hacía un calor infernal, juraría que estaba en las entrañas del mismísimo averno. Por fortuna, estaba cerca de mi destino. Un chapuzón y unas cervezas me librarían de morir abrasado.
Marco me esperaba en la puerta con su sonrisa característica. Siempre parecía exuberante de felicidad, una cualidad que envidiaba. Era asquerosamente positivo. Cualquiera juraría que era una fachada, pero no. Lo conocía de toda la vida y sabía que era una de las personas más reales que existen.
Como llegué antes de lo previsto, me ofrecí a ayudar por pura educación. Sinceramente, esperaba que declinara mi oferta, pero no lo hizo. Antes de que pudiera arrepentirme, ya estaba poniendo sombrillitas a los vasos.
No prestaba mucha atención, mi prioridad era ver a Vera, una compañera de clase. Todos iban tras ella, así que mi acercamiento sería un desafío acertado o un ridículo desatino.
— ¡Hey, tío! Has venido — dijo Marco a mis espaldas.
— No iba a perderme una de tus fiestas. Seguro que se pone muy interesante — respondió una voz que desconocía. Era suave y serena, con una seguridad que con gusto le robaría.
— Ven, que te presento a un amigo — añadió Marco emocionado.
“Que no vengan hacia mí”, pensé. No disfruto conociendo a gente nueva, soy un introvertido de libro. Fuera quien fuera el dueño de esa voz, seguro que era un cabrón descarado. Mi lado antisocial me susurraba que me escabullera al baño, que hiciera algo. Normalmente la gente tiene una buena impresión de mí... hasta que abro la boca. Ahí disipo las dudas: soy un friki sin remedio que no sabe llevar una conversación normal.
— Enzo, quiero presentarte a un amigo — insistió Marco.
Ya no tenía escapatoria. Tendría que relacionarme como un ser humano funcional. Me giré con desgana, pero lo que encontré no me lo esperaba para nada. Frente a mí había un chico de aspecto andrógino, alto y jodidamente guay. No soy fácil de impresionar, pero ahí estaba él, luciendo como el protagonista de una novela de Wattpad.
Tenía el pelo oscuro y un buzzcut que lo hacía parecer temerario. Sus cejas anchas enmarcaban unas facciones afiladas y sus ojos eran azules como el océano. Vestía enteramente de negro y desprendía un aura que hizo que mis expectativas de ligar se desvanecieran al instante.
— Él es Ángel, mi amigo de kickboxing — dijo Marco con una gran sonrisa.
— Encantado — solté de forma escueta.
“Ángel... un nombre nada adecuado para un hombre que ha despertado todos mis demonios”, pensé con cierto enfado. Si tan solo me pareciera un poco a él, mi existencia sería más soportable. Él me miraba con curiosidad, como si intentara descifrar mis entrañas, pero por suerte las mías están muy enmarañadas.
— ¿De qué conoces a Marco? —me preguntó con curiosidad.
Lo observé con cautela, intentando adivinar sus intenciones.
— Nos conocemos desde primaria, del baloncesto.
— ¿Sigues jugando? —insistió el chico con nombre de creación divina.
— Sí, aunque soy un paquete — dije riendo sin querer.
— Seguro que no es para tanto. Tal vez un día podamos quedar para jugar.
“Ten cuidado con lo que dices, porque este si quiere te parte la cara”, pensé mientras tragaba saliva.
Me limité a asentir mientras hundía la cara en mi vaso de cerveza, que de repente me pareció sorpresivamente insuficiente.








