Corona de Cenizas

All Rights Reserved ©

Summary

Arielle Calvert lo tenía todo: belleza, popularidad, un lugar asegurado en las competencias nacionales de porristas y al capitán del equipo de fútbol americano a sus pies. Pero también tenía a Laisren Virelli, en la oscuridad, en secreto. Él era el chico antisocial que escondía una mente brillante detrás de una mirada intensa y unos ojos imposibles de olvidar. Ella dijo amarlo... hasta que lo traicionó. Y no solo lo rompió a él. También arrastró a su mejor amigo a un abismo sin retorno. Cinco años después, Arielle ha perdido todo. Y él ha regresado convertido en el vocalista de Ashveil II, una banda de metal enmascarada, escondido tras su apodo infernal: Murmur. El destino los encierra en el mismo infierno que crearon, cuando Arielle es asignada a trabajar en el documental que sigue los pasos de Ashveil II... sin saber quién es realmente Murmur. No se han visto desde aquella noche, pero el odio no ha muerto y el deseo, tampoco. Él la culpa de todo. Ella todavía lo ama en silencio. Porque hay heridas que nunca cierran. Y secretos que no se perdonan. Ella fue la reina que lo traicionó. Ahora él es el rey que no perdona... ni olvida.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. Estoy sobre tu trono ✯ Laisren

La luz del vestidor universitario parpadea, como si ya supiera que algo va a salir mal.

Espero unos segundos hasta que la intermitencia se detiene y abro el paquete nuevo de lentillas, del mismo color avellana que tengo de forma natural. Al menos, en uno de mis ojos.

Odio este lugar con tanta pasión que empiezo a pensar que soy masoquista. No me bastó con volver una vez —después de mi graduación— para grabar el video de nuestra canción más famosa, la que nos catapultó. No. También tuve que decir que sí al jodido documental.

No pude negarme. No cuando de eso depende la banda.

Pero no quiero estar aquí.

Mi reflejo me devuelve la mirada con esos ojos de colores distintos. Tengo heterocromía, un accidente genético que heredé de mi madre. El derecho es de color avellana. El izquierdo, gris con un manchón ambarino rodeando la pupila.

Son demasiado peculiares si quieres esconderte, por eso uso lentillas y también las odio. Son incómodas de mierda y jamás me acostumbro. Sólo me las pongo en conciertos y entrevistas.

Y ahora, por el puto documental.

Estoy tan furioso que temo sacarme un ojo al intentar colocármelas.

Dash reproduce «Birth of the Cruel» de Slipknot desde su celular. La música —o lo que otros llamarían ruido— me centra. Me calma las ganas de salir corriendo.

Respiro hondo.

Y recuerdo. Esto no es por la banda. No de verdad. Tampoco es por mí.

Es por Emeric.

El verdadero genio detrás de todo esto. Detrás del origen de Ashveil II. Nosotros sólo recogimos las piezas y seguimos su legado. Lo inmortalizamos.

Él ya no puede subir al escenario. Pero está ahí. Siempre estará. Porque este era su sueño.

Y vuelvo a enojarme.

Joder.

Este lugar fue parte de su caída. Una silenciosa. Nadie la notó. Se fue apagando tan lento que no vimos el momento exacto.

Un día, simplemente, dejó de brillar.

Se fue.

Y me dejó aquí, obligado a ocupar su lugar y cargando una corona que nunca pedí.

Dejo el paquete de lentillas frente al espejo del baño y salgo para encontrar a la banda jugando videojuegos, porque este puto vestidor tiene que tener consolas, por supuesto.

¿Cómo no las tendría? Si de los Roosevelt Lions han salido algunas de las promesas deportivas más importantes de la última década en el fútbol americano. Tienen todo el puto presupuesto del mundo para que este sitio parezca más un camerino de lujo que el vestidor de un equipo universitario.

Yo nunca estuve aquí cuando estudié en la Roosevelt University of Colorado. Me quedaba en las gradas, allá afuera, sólo para «verla». Nada más.

—¿Estás bien? —inquiere Riven, recostado en uno de los sofás negros que disimula el color oscuro de su cabello largo—. Parece que quieres romper algo.

—Todo este puto lugar —bramo, dejándome caer al lado de Dash y Levi, que siguen sumergidos en un videojuego, como siempre—. ¿Ya viene en camino Marla?

—Eso dijo hace veinte minutos —contesta Levi, soltando el control con una mano para alisarse los rizos castaños y cortos que ya tiene casi pegados al cráneo. No sé por qué siempre hace eso si jamás le caerá un mechón en la cara; no deja crecer su cabello.

—No me hubiera gustado ser una azafata en su vuelo —ríe Dash.

—No me gustaría ser tú cuando vea lo que le hiciste a tu cabello —opina Riven, con una risita divertida.

Por primera vez desde que llegamos, me permito reír también.

Dash hace una mueca y se encoge de hombros.

—¿Qué más va a hacer?

—Raparte, por ejemplo —sugiero.

Dash aparta la mirada de la pantalla y me observa. Luego niega.

—Usaré pasamontañas debajo de la máscara y ya está. No exageren.

No me convence la idea.

Dash es el guitarrista de la banda y suele llevar el cabello ligeramente largo, sólo como si no tuviera tiempo de recortarlo, pero no lo suficiente para sujetarlo en una coleta, como hace Riven. Su tono natural es castaño claro, casi rubio, pero ha decidido teñirlo de rubio platinado por no sé qué jodida razón.

—Si tú lo dices —suspiro, y comparto una mirada con Riven, que amplía su sonrisa y vuelve a concentrarse en su celular.

Intento relajarme mirando la televisión, donde Mortal Kombat 1 ocupa toda la pantalla, pero no puedo. Este puto lugar no me deja pensar en nada más que en «ella» y en lo mucho que quiero marcharme de aquí.

Abandono el sofá. Regreso al baño, ese que parece sacado de un catálogo de vivienda de lujo, con sus pisos de cerámica oscura y paredes a juego. Retomo la fatídica tarea de colocarme las putas lentillas sin sacarme un ojo por el coraje que me recorre.

Me lavo las manos, la cara, y contemplo mi reflejo una vez más, sin la máscara. A veces todavía me siento raro cuando la llevo puesta, como si dejara de ser yo para convertirme en otra cosa.

Y a veces, lo prefiero.

Es increíble el poder que puede darte el anonimato con una puta máscara de Halloween.

Pero fue idea de Emeric.

Él amaba a Slipknot y todo el concepto que manejaban. Sólo que no le gustaba que todos conocieran sus rostros y nombres, cuando al principio no fue así. Quería hacerlo bien. Quería crear algo que no pudieran corromper con fama o etiquetas.

Así que aquí estamos: subiendo al escenario con máscaras, sudando la vida detrás de ellas.

Y funcionando.

«¿Nunca pensaste en eso, Emeric? ¿No pensaste en que mis ojos me delatarían fácilmente?».

Abro de nuevo el empaque. Contemplo las lentillas. Y sin pensarlo más, me coloco la primera con sumo cuidado frente al espejo. Primero cubro el ojo avellana con otro del mismo tono. No lo necesito, pero si alguien nota que llevo lentillas, que piense que es por vanidad, no por algo que oculto. Después, me encargo del ojo gris, ese que me delata.

Y ya está.

Desaparezco un poco más.

—Oye —me llama Dash. Sólo miro por encima del hombro y lo encuentro en el umbral—. ¿En serio estás bien?

Dash sabe por qué odio este lugar. Levi y Riven no tienen idea.

—Sí. No pasa nada…

El guitarrista asiente, mete las manos en los bolsillos del pantalón y termina de entrar al baño. Echa un vistazo a la hilera de duchas abiertas y silba por lo bajo; es un sitio lleno de lujo. Luego vuelve a posar los ojos sobre mí.

—Ya no está su foto. ¿Lo notaste?

—No —miento.

Claro que lo noté. Fue lo primero que hice al entrar al vestidor: buscar su fotografía.

La han retirado del mural junto a la entrada. Supongo que la universidad no quiere tener ninguna relación con su familia ni con ella. Así que la han eliminado de todos lados.

Ella estaba destinada a ser la siguiente líder del equipo de porristas, a convertirse en alguien famosa por su talento. Si… su vida no se hubiera ido a la mierda en cuestión de semanas.

—Era buena —dice Dash.

—Lo era —reconozco—. Ninguna de las «flyers» del video pudo hacer los giros que queríamos.

—Que querías —corrige él—. Querías que replicaran una de sus rutinas.

Las conozco de memoria. Casi todas. Al menos las que realizó en el tiempo que estuvimos «juntos». Las estudiaba conmigo, entre mis brazos. La escuchaba con atención.

El recuerdo arde en el pecho.

—Y no pudieron —sonrío, sin ganas—. Fue mejor. Habría sido muy…

—Evidente —interrumpe él—. Estuvo bien así.

Asiento y vuelvo a mirarme en el espejo. Paso una mano entre las ondas oscuras y revueltas de mi cabello. Llevaré la sudadera con capucha, así que no importa si estoy despeinado.

El video musical que grabamos aquí no fue el primero, pero sí el que nos catapultó.

Tiene porristas porque… ¿por qué?

Sólo quería recordarla.

Esa es la verdad.

—¿Te has preguntado qué será de ella? —suelta Dash en voz baja, aunque con el volumen de la televisión y la música, es imposible que Levi y Riven nos escuchen.

—No. —Vuelvo a mentir—. Posiblemente sea cajera en alguna tienda olvidada por el mundo.

—Mierda…

Encojo los hombros.

—Su familia y ella eran basura. ¿Qué más podría ser ahora?

Dash me mira a los ojos a través del espejo.

Sabe que me duele hablar así de ella. Que, a pesar de todo lo que nos hizo —a Emeric y a mí—, no puedo odiarla del todo. No tanto como quisiera.

—No lo sé —responde al fin, y su mirada baja hasta mi muñeca—. Pero te sigue acompañando.

También miro mi muñeca, donde llevo un brazalete de terciopelo desgastado.

Parece sólo eso: un pedazo de tela amarrado en la parte interna. Pero lo uso al revés, así que nadie puede ver el nombre bordado que se esconde por dentro.

—Sólo es un recordatorio —digo, volviendo la atención a mis ojos avellana en el espejo—. Para no olvidar las cosas que jamás volveré a permitir.

Un estruendo metálico nos sobresalta, seguido por las imperiosas palabras de Marla:

—¡¿Y por qué demonios no están listos?! ¡Toda la producción está allá afuera esperando por ustedes!

Dash parece decidido a salir, pero en el último segundo se acobarda y me deja a mí abrir camino.

Marla, nuestra representante, aparece en el umbral con su eterno traje sastre gris oscuro. Su expresión ya es furia pura, pero se intensifica cuando finalmente posa sus ojos castaños en el cabello platinado de Dash.

—¿Y tú qué mierda te hiciste en la cabeza?

Riven suelta una carcajada mientras apaga la consola de videojuegos. Levi se aleja directo al bolso deportivo donde guardamos las máscaras.

—Usaré un pasamontañas —explica Dash, como si fuera la solución a todos los problemas del mundo—. Quería un cambio y…

Y Marla lo interrumpe, recordándole quiénes somos, por qué la banda ha funcionado hasta ahora, y todo lo que pone en riesgo con decisiones así de estúpidas.

Ni siquiera intervenimos.

Levi coloca el bolso en la mesa del centro, toma su máscara y la sostiene unos segundos antes de colocársela. Es una calavera gris sin boca, con las cuencas de los ojos vacías y el agujero de la nariz como única expresión. En la parte superior tiene una cruz agrietada, porque sí: proviene de una familia sumamente religiosa y, bueno, obviamente todo salió mal para terminar en una banda de metal, con una máscara como esa y usando como pseudónimo el nombre de un demonio.

Riven se coloca primero un pasamontañas, como ha dicho que hará Dash, porque su cabello negro tiene luces rojas que ha mantenido durante años y no quiso eliminarlas por la banda. Luego se ajusta su máscara: una calavera negra más irregular que las otras, rota y unida con grapas grandes.

Yo tomo la mía y la de Dash. La de él es mucho más estética que las nuestras: blanca, delgada, lisa, con espinos que brotan desde el pómulo y suben por un costado, como si le crecieran desde dentro. Se la entrego; él la acepta, pero también revisa el bolso hasta encontrar otro pasamontañas, mientras Marla continúa regañándolo sin descanso.

Yo no me coloco la mía. No todavía. Primero tomo la sudadera negra y me la pongo sobre la camiseta. Después, contemplo la máscara por última vez. Paso el pulgar por su borde, luego le doy la vuelta y busco la parte interior, donde siempre grabo un pequeño «Em» en cada máscara que uso.

Es por Emeric. Siempre lo ha sido.

Yo no iba a ser el vocalista. Ese sería él. Tenía la voz, el talento, el alma para esto. Habría llevado la banda lejos sin depender del misterio, sin esconderse detrás de una máscara.

Pero no me quedó opción. Era eso o dejar que Ashveil II muriera con él. Abandonar lo único que me queda de mi mejor amigo.

Su máscara era una calavera negra. La mía era blanca y sencilla. Porque me da igual todo este tema de las máscaras. Ni siquiera la música era tan importante para mí.

Cuando Emeric se fue… mezclé nuestras dos máscaras. Por eso la mía tiene la mitad derecha blanca y la izquierda negra.

No hago esto por mí. Ni por la banda, aunque a veces quiera fingir que es así.

Lo hago por Emeric. Porque me gustaría que siguiera aquí.

—¡Ya entendí! —grita Dash, con el pasamontañas puesto—. ¡Nadie debe saber quiénes somos, entendido!

—¿Por qué? —cuestiona Marla, pero sólo pregunta por joderlo. Todos sabemos la razón.

—Porque en un mundo tecnológico donde nada es un secreto, se valora más aquello que no podemos saber —recita Dash, con tono aburrido—. ¿Tienes idea de cuántos tipos con el cabello platinado existen?

—No muchos. No todos tienen tan mal gusto —aguijonea Marla.

Dash pone los ojos en blanco y se coloca la máscara.

Riven toma sus baquetas, golpea con ellas la máscara de Levi y él lo aparta de un manotazo.

Marla nos examina. Tiene cuarenta y tantos años, no recuerdo con exactitud. Es más baja que todos nosotros por varios centímetros. Su cabello oscuro, corto y perfectamente peinado, y esa fragancia elegante que siempre usa —nunca invasiva, sólo agradable— son casi tan constantes como su mal humor.

—No entiendo a la juventud de ahora —suelta finalmente—. Están perfectos. Andando.

Se adelanta y empuja las gruesas puertas de madera del vestidor, donde están grabados los leones del emblema de la universidad: los Roosevelt Lions.

Por cierto, a esos también los odio.

El pasillo se mantiene en sombras mientras lo recorremos rumbo al campo.

Tampoco desfilé por aquí en mis años universitarios. Ya han pasado cinco años desde entonces.

Cinco años.

El anochecer está por caer cuando pisamos el césped. Es el momento perfecto para grabar: los enormes reflectores encendidos sobre el campo, el equipo de iluminación rodeando las gradas donde nos sentaremos.

Ya están grabando. Veo las luces rojas encendidas en las cámaras.

Así lo decía el contrato: grabarían todo. Luego podríamos elegir qué se incluye y qué se elimina.

Marla se encarga de los pormenores con el director mientras nosotros sólo nos ocupamos de tomar asiento en las gradas. Tampoco solía sentarme aquí; estas filas eran para el equipo.

Yo me sentaba más atrás, al fondo, donde no pudieran verme con facilidad. Después de todo, me estaba acostando con la novia de su quarterback.

El recuerdo me hace sonreír detrás de la máscara.

Si ella hubiera sido más valiente.

Si yo lo hubiera sido.

Quizá ahora todo sería diferente.

Tal vez Emeric… seguiría vivo.

Riven está inquieto. No puede dejar de mover los pies. No sé si lo hace por joder o porque ama demasiado tocar la batería y su cuerpo no entiende de quietud, pero me exaspera.

Levi debe estar sonriendo. No puedo ver su rostro, pero es de esas personas que sonríen casi todo el tiempo. Siempre amable, siempre correcto. Por eso dejamos que hable él: nosotros solemos terminar «cancelados» por decir tonterías.

Dash ya está odiando el pasamontañas. Se frota la cara por debajo de la máscara como si pudiera arrancárselo.

Si Riven siempre ha dicho que usar ambas cosas es incómodo, ¿cómo se le ocurrió a Dash imitarlo?

—¿De qué va esta parte? —me pregunta. Está sentado a mi lado.

—Hablaremos del video musical que grabamos aquí —recuerdo.

Dash asiente.

El director y Marla se acercan en ese momento para darnos las últimas instrucciones.

Él es Quentin Vale. Ha estado detrás de importantes documentales sobre bandas, músicos y actores famosos. Sabe sacar lo mejor… y lo peor.

Todavía no me convence del todo dejar que nos sigan con cámaras todo el tiempo. En algún momento podría vernos sin las máscaras. Pero el contrato está firmado. Ya no hay vuelta atrás.

Sólo quieren que respondamos de forma natural. Nada más.

Con una mirada, todos acordamos que Levi será quien hable.

Marla lo nota. No parece contenta con la decisión, pero sabe que hay batallas que no vale la pena pelear.

Entonces, una chica de anteojos y piel aceitunada se coloca frente a nosotros. Entiendo que será nuestra entrevistadora.

Está por hablar, tal vez para explicarnos qué demonios va a pasar…

Y entonces, un nombre rompe por completo el suelo bajo mis pies.

—¡Arielle, por amor a Dios! —brama Quentin—. ¿No puedes ser más lenta?! No, claro que no, ya habrías muerto de aburrimiento contigo misma…

Dash se tensa a mi lado. Es el primero en mirar hacia él.

Yo… no puedo.

No tengo ni puta idea de qué está diciendo la entrevistadora. Sus labios se mueven, pero mis oídos sólo registran un silbido molesto. Hasta que… la escucho.

—Perdón, no encontré a su asistente y…

Es su voz.

—¡Pues muévete y llévales el agua!

La entrevistadora pone cara de hastiada, y por el rabillo del ojo detecto una figura acercándose…

Una figura pequeña, delgada y abrumadoramente familiar.

Y entonces entra en mi campo de visión.

Arielle.

Y ya no puedo apartar la mirada.

Después de todos estos años, Arielle ha regresado.

Nada más y nada menos que al mismo puto lugar donde nos conocimos.