Traditional wife

Summary

Checo vive solo par atender a su lindo esposo

Genre
Erotica
Author
Sykes_ss
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Una esposa tradicional.

Así llamaban a Sergio la mayoría de las personas que llegaban a conocerlo, aunque él jamás entendió por qué ese adjetivo. Para él, lo que hacía no era más que lo natural, lo correcto, lo que nacía de su amor. Su vida entera giraba alrededor de una verdad sencilla: Max merecía ser cuidado.

Max, su esposo, era general de fuerzas armadas. Un hombre cuya sola presencia bastaba para que cualquier salón guardara silencio. Mandíbula firme, mirada helada, espalda recta. Decisiones definitivas. Voz que no admitía réplica.

Pero todo eso quedaba fuera de casa.

En su hogar, ese monstruo de acero se convertía en un esposo amoroso, devoto y extremadamente atento. Max se aseguraba de que a Sergio no le faltara absolutamente nada. Ni afecto, ni seguridad, ni su lugar junto a él.

Aquella mañana parecía igual que todas.

—Maxie… necesito salir de compras —murmuró Sergio, arreglándole la corbata frente al espejo.

Max lo miró desde arriba, y en ese instante, esos ojos azules tan fríos para el mundo exterior se derritieron solo para él.

—Toma la tarjeta. Está en el tocador —dijo, acariciando con una mano enorme las mejillas rubias y calientes de su esposo.

Sergio odiaba verlo partir. Siempre lo había hecho. Por eso, cada despedida terminaba igual: besos húmedos, respiraciones agitadas y cuerpos que se buscaban con urgencia.

Max lo apretó contra su cuerpo y deslizó la mano bajo el short, con la misma familiaridad con la que un soldado manipula su arma.

—Ah… sigue así… amo tus dedos… —jadeó Sergio contra sus labios, aferrándose a su uniforme.

Max gruñó bajo, metiendo y sacando sus dedos sin compasión, sintiendo cómo Sergio se abría suave, húmedo y tibio sólo para él.

—Estás tan mojado que podría cogerte aquí mismo —susurró, antes de hundir tres dedos de golpe, haciéndolo gemir.

Esa era su rutina. Su intimidad. Su lenguaje.

En cuanto Max salía por la puerta, Sergio subía a la habitación. La cama ya estaba tendida; su ropa del día doblada y esperando. Sobre la mesita de noche, la biblia que compartían. Todos los días, sin una sola excepción, leía Proverbios 3:5-6 con el rosario colgando entre sus dedos, mientras sus rodillas se hundían en la alfombra.

Después comenzaba la casa.

Ordenar, aspirar, mover los muebles, limpiar cada repisa.

Max era disciplinado con su vida, y Sergio también lo era con su hogar.

Compartían ese gusto silencioso por el orden impecable.

La música sonaba suave mientras limpiaba la isla de la cocina. Sus caderas se movían sin darse cuenta. Su sonrisa nacía sola. Se imaginaba el rostro de Max al llegar y verlo todo perfecto. Eso lo llenaba. Eso lo hacía feliz.

Porque en su mundo, no había nada más importante que mantener feliz a su esposo.

Al terminar, ya pasado medio día, por fin pudo darse un pequeño respiro.

La tina lo esperaba.

Agua caliente que abrazaba su cuerpo.

Burbujas que aflojaban cada músculo.

Aromas suaves impregnándose en su piel.

Después del baño, Sergio continuó su pequeña ceremonia diaria de cuidado.

Secó su piel con una toalla suave, aplicando cremas con movimientos lentos y constantes, masajeando sus piernas, su cuello, sus brazos. Luego cepilló su cabello con paciencia, dejándolo caer brillante sobre sus hombros. El siguiente paso era elegir la ropa.

Sus dedos se deslizaron entre las telas colgadas en su armario, apreciando su suavidad casi como si las telas respiraran con él.

—Este es perfecto —murmuró, sacando un vestido rosita que terminaba justo por encima de las rodillas, delicado y coqueto, ideal para combinar con medias blancas y tacones.

Se vistió con calma, cuidando cada detalle: los aretes finos, el collar de perlas y, por supuesto, el anillo que sellaba su matrimonio. Ese anillo que nunca se quitaba.

Frente al espejo aplicó gloss Cherry, un toque de rubor en su nariz y mejillas. Se admiró, sonriendo al inclinarse un poco y ver cómo el vestido subía sobre sus muslos.

Esa pequeña risa suave era solo para él.

Tomó un abrigo amplio, la tarjeta que Max le había dejado, su bolso, y salió.

Sergio siempre llamaba la atención a donde fuera. Su encanto nunca era exagerado… simplemente existía. Y claro, llegar en su Rolls-Royce ayudaba a subrayar su presencia.

Con una lista en mano entró al supermercado. No necesitaba revisar precios: simplemente tomaba lo que quería y continuaba. Podía llenar cuatro carritos sin pensarlo. Cuando terminaba, su chofer se encargaba de cargar todo mientras él esperaba en el auto, revisando su gloss en el espejo.

“Voy de regreso a casa, te amo.”

Envió el mensaje.

Pero Max no estaba teniendo un día suave como él.

Dos soldados a su cargo habían cometido una falta grave. El tipo de error que Max no pasaba por alto.

—Cuando yo doy una orden, ustedes la cumplen, par de imbéciles —la voz retumbó como un trueno.

Sus puños fueron lo siguiente.

Max nunca se conformaba con reprender: necesitaba demostrar consecuencia. Orden y obediencia no eran negociables en su mundo.

Mientras tanto, su esposo lo esperaba en casa, ajeno a la violencia, creando una noche perfecta para él… como lo hacía todas las noches.

Sergio ya estaba en la cocina, delantal puesto, manos ágiles moviéndose con seguridad.

—A ver… primero marino la carne, después salteo los espárragos —se decía, enfocándose en cada paso.

El vino estaba listo para respirar en copas altas.

El postre favorito de Max esperaba con paciencia.

Todo en su lugar.

Todo como debía estar.

La casa perfecta. La mesa perfecta. La comida perfecta.

Su amor, preparado para entregar.

Sin duda, esa noche sería perfecta.

¿Verdad?

Todo había quedado perfecto y justo a tiempo. La mesa puesta, la carne recién hecha, el vino respirando, y Sergio… Sergio se había arreglado un poco más, sabiendo exactamente lo que a su esposo le gustaba.

Bajo el vestido rosita llevaba la lencería favorita de Max:

una tanga de encaje del mismo tono, con una pequeña abertura que dejaba su suave y regordete coñito expuesto.

En su muslo descansaba un ligero haciendo juego, detalle sutil que convertía todo su cuerpo en una invitación.

El reloj marcó las 8:30 cuando Sergio se posicionó frente a la puerta, la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, manos juntas, respiración tranquila.

La cerradura giró.

La presencia del general llenó la casa al instante. Era imposible no sentirlo. Max no traía encima la calidez que guardaba solo para Sergio; esta vez su aura era dura, densa, casi cortante. Su respiración estaba agitada y su camisa tenía manchas de sangre secándose a la altura de las mangas.

Sergio lo entendió sin preguntar.

El día había sido un infierno.

—Mi amor… te extrañé mucho —susurró, acercándose a besar su mejilla mientras sus brazos rodeaban el torso ancho y firme de su esposo.

Max apenas respondió.

Lo sostuvo con un abrazo corto y áspero, antes de apartarse para dejarse caer en el sofá, ignorando por completo la cena servida.

No por desinterés.

Simplemente… no tenía apetito.

Sergio se sentó a su lado, con cuidado.

—¿Así de malo fue? —preguntó en voz baja.

Max cerró los ojos.

—Mijn schat… no quiero ser grosero. Por favor ve a la habitación.

No era una orden.

Era una súplica.

No quería descargar su día sobre él.

Pero Sergio odiaba verlo así.

Triste.

Vacío.

Cansado.

Y por primera vez, decidió no obedecer.

Se movió despacio, subiendo a su regazo, acomodando sus muslos sobre los del general, su pecho muy cerca del suyo.

—Déjame mejorar tu noche, mi amor —susurró, con voz suave.

Y comenzó a deslizar los tirantes del vestido hacia abajo, lentamente, dejando que sus tetas quedaran al descubierto, llenas, pesadas, con sus pezones rosados ya erectos por la anticipación.

La mirada de Max cambió.

Se volvió más lenta, más densa.

Se suavizó primero… y luego se oscureció.

Las caderas de Sergio, generosas y suaves.

Los muslos que él amaba tener marcándole la barba.

El brillo en sus mejillas, esa entrega tan absoluta.

Pero lo que finalmente arrancó de él un gruñido bajo y profundo…

fue la lencería.

Esa abertura.

Esa provocación directa.

Esa invitación sin palabras.

—Sabes perfectamente lo que va a pasar si seguimos, mijn liefje —su voz salió rasposa, como si contuviera un animal al borde de soltarse.

Sergio apoyó su frente contra la de él, sus labios rozando los suyos.

—Lo sé.

Y si eso mejora tu ánimo… yo lo haré.

Mi amo.

La cordura de Max simplemente dejó de existir.

Max se quedó ahi frente a él, respiración pesada, la mandíbula marcada en una línea tensa. Sergio temblaba suavemente, no de miedo, sino de anticipación. Su coñito ya comenzaba a humedecerse, brillando apenas bajo la tela rosada.

Max desató lentamente su propia corbata, sin apartar los ojos de él.

—Manos detrás de tu espalda —ordenó, con esa voz que no admitía dudas.

Sergio obedeció al instante.

La corbata quedó perfectamente tensada alrededor de sus muñecas; Max sabía exactamente cómo inmovilizarlo, cómo anudar sin dañar, cómo someter sin romper.

Sus dedos comenzaron a recorrer la piel expuesta.

Toques firmes.

Lentos.

Propietarios.

Pequeños pellizcos quedaron marcados en el cuerpo de Sergio: hombros, costados, muslos… hasta que uno fue directo a los labios íntimos, pellizcando la carne sensible con fuerza suficiente para arrancarle un arqueo y un gemido.

—Qué puta… —murmuró Max sin dejar de rozar la abertura húmeda.

Sergio sabía que su esposo no había liberado ni una mínima parte de la tensión que cargaba.

Y él quería ser quien lo descargara.

Quería ser útil.

Quería ser suyo.

Así que jugó la carta correcta.

—Qué aburrido… esperaba más —suspiró con fingido desdén, los ojos brillando.

La reacción fue inmediata.

El mundo se movió.

Max lo empujó al suelo con un solo impulso. Sergio soltó un gritito, sorprendido, mirando a Max con las mejillas rojas mientras el general ya lo sujetaba por el cabello.

Sin esfuerzo lo arrastró hasta colocarlo entre sus piernas, justo donde su erección marcaba claramente su pantalón.

Las manos atadas dificultaban todo, pero ese era el punto: Sergio no debía tener control.

La cara del pecoso fue presionada contra la verga aún cubierta.

—Te vas a arrepentir de esto, teef —gruñó Max.

Su otra mano desabrochó el cinturón. El metal sonó seco.

Luego el pantalón cayó.

Y entonces su verga salió libre:

Gruesa.

Pesada.

Caliente.

Demasiado grande para cualquier boca que no fuera la de Sergio.

La dejó caer directo en sus mejillas, marcándolas con su peso.

Dos dedos entraron en la boca de Sergio, obligándolo a abrir bien.

—Más te vale tragar toda mi verga si no quieres quedarte amarrado tres días —advirtió.

Y sin dar tiempo a respirar, Max tomó su cabeza con ambas manos y hundió su verga entera en su garganta.

Sergio lo recibió con avidez.

Succionó.

Lamió.

Dejó salir pequeños gemidos, mirándolo hacia arriba con ojos húmedos pero llenos de provocación.

Max movía la cadera, marcando ritmo.

La verga se dibujaba en la garganta de Sergio, haciéndolo tragar.

Los labios se hinchaban.

Las mejillas se volvían de un rojo ardiente.

Una obra de arte viva.

Su obra.

Pero Max quería más.

Siempre quería más.

Sin previo aviso, tapó la nariz de Sergio, obligándolo a tragar sin aire, sin escape, sin pausa.

La saliva empezó a gotear.

Bajaba por la barbilla de Sergio, empapando las bolas de Max, manchando el suelo.

Los ojos del pecoso estaban vidriosos.

Completamente perdido en placer y entrega.

—Lo único para lo que estás aquí… es para hacer que mi polla se sienta bien, ¿no es así? —Max tiró de sus rizos, obligándolo a mirarlo a los ojos.

Sergio intentó responder, desesperado, pero su garganta estaba llena.

Su rostro estaba rojo, tembloroso, perfecto.

Entonces, rápido, Max soltó su nariz y retiró la verga de golpe.

Sergio cayó hacia adelante, tosiendo, recuperando aire, saliva colgando de sus labios mientras sus hombros se estremecían.

Max lo observaba desde arriba.

Como un león mirando algo que le pertenece.

Sergio apenas había terminado de recuperar el aliento cuando Max lo tomó del cabello, fuerte, sin suavidad, tirando de él hacia arriba hasta obligarlo a ponerse de rodillas.

—Mírame —ordenó.

Sergio levantó el rostro. Los ojos aún húmedos, las mejillas rojas, la boca entreabierta.

Una imagen de entrega perfecta.

Max se inclinó hacia él, su voz ronca, baja, peligrosa.

—Eso es. Así te quiero. Obediente. Calladito. Con la garganta lista para mí cada vez que yo llegue a casa.

Sergio soltó un gemido suave, tembloroso, y asintió.

Max apretó su quijada entre sus dedos.

—Habla.

—S… sí, mi amo —dijo Sergio, la voz rota, sumisa de verdad.

Ese tono era una llave girando en el pecho de Max.

Su expresión cambió.

No era amor dulce.

Era posesión pura.

—Buena puta —susurró contra su boca, no para besarlo, sino para marcarlo.

Lo empujó con una mano en la nuca hacia el borde del sofá.

Sergio cayó de rodillas frente al asiento, la espalda recta porque sabía que Max odiaba verlo encorvado.

—Abre las piernas —dijo el general.

Sergio abrió.

Sin preguntar.

Sin mirarlo.

El coñito brillaba húmedo, completamente listo.

Max pasó los dedos por la abertura, lento, apenas rozando la piel hinchada, sensible.

—Mírate —gruñó—. Te tengo así de mojado solo con mi voz.

Sergio dejó escapar un jadeo, sus manos aún atadas detrás, vulnerable, expuesto, precioso.

Max se arrodilló tras él, acercándose a su oído.

—Dilo. Dime para quién es este coño.

Sergio tragó aire, la respiración temblaba.

—Es suyo… mi amo.

Solo suyo.

Para usted.

Para su verga.

Max sonrió contra su cuello, y esa sonrisa no era amable.

—Eso es. Quédate ahí. Quietecito. No te muevas. Ni un centímetro, ¿entendido?

—Sí, mi amo…

Max apoyó su mano en la parte baja de su espalda y la presionó hacia abajo, obligándolo a arquearse, presentarse, ofrecerse.

Sergio obedeció perfecto.

—Qué buena perra eres —murmuró Max, dejando que su verga gruesa se apoyara justo sobre la entrada—. Así… justo así. Hecha solo para que yo la rompa cuando quiera.

Sergio gimió, bajito, ardiente, sumiso, tembloroso.

Max lo sostuvo por las caderas, marcando los dedos en su piel.

—Respira hondo.

Sergio lo hizo.

—carajo.

Max empujó.

Lento.

Profundo.

Hasta el fondo.

Sergio echó la cabeza hacia atrás, un gemido ronco escapándole sin control.

Max apoyó una mano en su nuca, fijándolo al sofá.

—No te me muevas. Toma cada centímetro como la puta entregada que eres.

Para eso existes.

Para esto.

La respiración de Sergio se quebró.

—S… sí… mi amo…

Max gruñó, satisfecho.

—Eso. Así te quiero.

Mi sumiso perfecto.

Y sin darle más tiempo para ajustar el cuerpo, Max lo tomó de la cadera y lo empaló de una sola embestida, el coño abriéndose para recibir esa verga como si hubiese sido hecha exclusivamente para él.

Sergio gritó, arquándose, las manos intentando aferrarse a algo sin éxito.

Las nalgas rebotaban contra los muslos de Max con cada golpe.

Las manos grandes de Max golpeaban esas nalgas llenas, marcándolas mientras seguía empujando profundo.

—Míralo —gruñó él, mordiendo el cuello suave y húmedo—. Este agujero… está hecho para mí. Tan caliente… tan jodidamente estrecho.

—Ahhh… mi amo… es muy grande…— la voz de Sergio era puro desbordamiento, y sus tetas rebotaban violentas contra el cuero del sofá, los pezones rozando y quedando sensibles, casi doloridos.

Su coño comenzó a soltar más fluido que resbalaba por sus muslos.

Ese sonido húmedo, obsceno, absolutamente pornográfico llenaba la sala.

El clítoris ya estaba hinchado, rojito, rogando atención.

Max sujetó a Sergio por la mandíbula, obligándolo a mirarlo.

—Quiero que me mojes la verga —la orden salió pesada, caliente—. Sé una buena perra y mójame.

Era el momento ideal para complacerlo.

Y aun así, Sergio rechazó el mando.

—N-no… no lo haré…

Max soltó una risa sin humor, oscura.

—Parece que no estás entendiendo quién carajos manda aquí.

Tomó su cabello, jalándolo hacia atrás, mientras hundía la verga aún más profundo, buscando el punto exacto donde lo desarmaba.

El sonido pegajoso entre sus cuerpos aumentó.

El sudor les resbalaba, pegándolos piel contra piel.

Max decidió terminar el trabajo.

Lo iba a hacer venir llorando.

Primero jaló y retorció los pezones, haciéndolos más sensibles.

Luego bajó y mordió el cuello, marcando territorio.

Por último, su mano encontró el clítoris hinchado y empezó a frotarlo, pellizcarlo, castigarlo con precisión.

La sobreestimulación llegó como una ola brutal.

—Ahhh… voy… voy a… ¡Me voy a morir!— gritó Sergio.

Y entonces se abrió.

Un chorro caliente salió disparado, seguido de otro, y otro.

Todo salpicó las piernas, el sofá, y la verga enterrada hasta el fondo.

Max gruñó hondo, completamente prendido.

—Qué buena zorra… mírate… tan obediente cuando quiero.

El coño de Sergio apretó alrededor de la verga, convulsionando, arrastrando a Max con él.

Max empezó a embestir corto, profundo, fuerte, hasta que su espalda se tensó y lo llenó en oleadas de semen espeso.

Sergio lloraba mientras seguía temblando, el cuerpo convulsionando en oleadas de placer imposible, mientras Max lamía las lágrimas de sus mejillas, respirando pesado, finalmente se descargado, finalmente en paz.

Sergio había logrado quitarle el día de encima.


Max salió con calma del interior de Sergio. Su verga se deslizó lentamente, dejando un pop húmedo al desprenderse.

En cuanto estuvo fuera, el semen comenzó a salir en chorros, grueso y tibio, escurriendo del coño enrojecido y aún tembloroso.

—A-ah… se está saliendo… —Sergio, por instinto, llevó la mano para intentar retenerlo, como si fuera algo precioso que debía guardarse.

Max colocó su mano sobre la suya, suave esta vez.

—No lo detengas —susurró, voz baja, voz humana—. Déjalo.

Lo giró con cuidado, acomodándolo sentado sobre el sofá, las piernas aún temblándole.

—Lo hiciste muy bien, mi amor.

Max se inclinó y comenzó a besar esas rodillas rojas y marcadas, los muslos tensos, el interior de las piernas.

Sus labios iban lentos, reverentes, como si estuviera adorando lo que antes había tomado.

Sergio lo miraba con los ojos aún vidriosos, respiración entrecortada.

Sus manos fueron directo al cabello de Max, hundiéndolas ahí, acariciándolo con la suavidad de alguien que ya no tiene defensas.

—Me alegra… haber podido ayudarte —murmuró Sergio con voz gastada, aún dulce.

Max exhaló por la nariz, casi sonriendo.

Se quitó la camisa, la tela manchada de sangre seca, sudor, día pesado.

La puso sobre los hombros de Sergio, abrochándole lentamente un par de botones, cubriéndolo como si fuera lo más delicado que tenía.

Cuando terminó, lo levantó en brazos.

Sergio rodeó su cuello automáticamente, confiado.

Pensó que irían a la habitación. A la ducha. A la cama.

Pero Max caminó directo hacia el comedor.

Se sentó en su silla de siempre, con Sergio sobre su regazo, acomodado como si fuera parte de él.

El plato ya estaba frío, pero Max comió igual.

—No voy a desperdiciar lo que preparaste —dijo simplemente.

Sergio se acurrucó más, pequeño, tibio, tierno.

Hundió el rostro en el cuello de Max, respirando ese olor familiar: metal, pólvora, jabón, él.

La mano de Max estaba en su cintura, sosteniéndolo, acariciando.

Sin prisa.

Sin urgencia.

Solo presencia.

El semen seguía escurriendo, manchando el pantalón de Max, y él no dijo nada.

No iba a arruinar ese momento recordándole que estaba sucio.

Le gustaba así.

Sergio se fue quedando dormido poco a poco, el cuerpo relajándose completamente, entregado, seguro.

Max se quedó un rato más, comiendo con una sola mano, acariciando con la otra.

No había ruido.

No había tensión.

Solo el silencio que Sergio le devolvía al mundo.

Cuando terminó, lo llevó a la habitación.

Lo limpió con paciencia.

Agua tibia, manos suaves, movimientos lentos.

Lo secó, lo arropó.

Y cuando por fin lo tuvo acostado, fue Max quien buscó sus brazos.

Él quien se metió debajo del pecho de Sergio.

Él quien lo abrazó.

El grande protegiéndose en el pequeño.

La respiración de Max, por primera vez en todo el día, se volvió tranquila.

Sergio, medio dormido, sonrió sin abrir los ojos.

Max se acercó más, nariz rozando pecas, labios tocando piel.

—Siempre estaré agradecido por todo lo que me das… —susurró, apenas audible—. Siempre.

Y durmió ahí.

Donde su paz lo esperaba.

La mañana llegó despacio.

Sergio fue el primero en moverse.

Su cuerpo se sentía pesado, cálido, dulce… y adolorido.

El interior de sus muslos protestó apenas intentó estirar las piernas, un latido profundo en su coño le recordó exactamente cómo lo habían tomado la noche anterior.

Pero no era un dolor feo.

Era ese que marca, ese que dice te amaron fuerte.

Cuando abrió los ojos, se encontró con Max ahí, pegado a él, respirando tranquilo contra su pecho.

Sus brazos lo rodeaban con suavidad, sin apretar, como si tuviera miedo de romperlo.

Sergio bajó la mano y comenzó a acariciar el cabello rubio.

Max suspiró en sueño, acercándose más, como un cachorro buscando calor.

—Buenos días, mi amor —susurró Sergio, voz rasposa aún.

Max parpadeó, levantando la cabeza despacio.

Su rostro no tenía rastro de la dureza de anoche.

Solo ojos azules cansados, suaves, enamorados.

—¿Te duele? —preguntó, apenas rozando la cadera de Sergio con la yema de los dedos.

—Un poco… —sonrió Sergio, tímido, mejillas coloradas—. Pero me gustó.

Max soltó una risa baja, dulce.

—Ven —dijo.

Lo acomodó con una delicadeza que cualquiera diría imposible viniendo de sus manos grandes.

Le besó la frente.

Luego la nariz.

Luego cada peca de sus mejillas, una por una.

—Estoy orgulloso de ti —murmuró, voz tranquila, como si esas palabras valieran oro—. Gracias por cuidarme.

Sergio sintió los ojos picarle.

Era tan fácil quererlo.

Max se levantó primero, buscó algo en la cómoda y volvió con una pomada.

—Te voy a poner esto, va a ayudar con la sensibilidad.

Sergio abrió las piernas sin pensarlo dos veces.

Max no miraba con lascivia esta vez.

Solo con cuidado.

Con la punta de los dedos, extendió la crema por la piel irritada, lento, suave.

Sergio suspiró.

Casi se derritió.

—Gracias… —susurró él.

—Siempre —respondió Max, inclinándose para darle un beso lento, cálido, sin hambre. Solo amor.

Cuando terminaron, Max lo cargó como si no pesara nada.

Lo llevó a la cocina.

Lo sentó en su regazo mientras él preparaba café con una mano, como si fuera algo cotidiano.

—Huele delicioso… —murmuró Sergio, acurrucándose.

—Tu cuerpo necesita azúcar —dijo Max, besándole el hombro—. Y agua. Y luego desayuno. No te me vas a desmayar hoy.

Sergio rió bajito.

—¿Y tú qué necesitas…?

Max lo miró como si la respuesta fuera obvia.

—tenerte cerca.

El café estaba caliente, el sol suave, y Sergio solo quería quedarse ahí para siempre.

Se inclinó y besó a Max lento, lento, lento.

—Te amo —dijo Sergio en voz bajita.

Max cerró los ojos, recibiendo esas palabras como si fueran aire.

—Te amo, mijn liefje.

Y esa mañana no hubo prisa.

No hubo órdenes.

No hubo tensión.

Solo dos esposos,

recuperándose

el uno en los brazos del otro.


S.k.☆