El llamado
Elora no recordaba el camino, pero sus pies sí. Había pasado diez años escondida en las granjas del valle, vistiendo lino rústico y aprendiendo a callar su linaje. Sin embargo, cuando el cielo se tiñó de ese oro sobrenatural y las nubes empezaron a arremolinarse sobre el Pico de las Tres Coronas, supo que el tiempo del escondite había terminado.
El castillo no era solo una construcción de piedra; era un organismo vivo que latía al ritmo de la sangre de su familia. Desde la distancia, las torres parecían dedos de piedra intentando alcanzar un sol que se negaba a ponerse.
El castillo ha estado "dormido" y rodeado de una niebla letal desde que la familia real fue traicionada. Ahora, el castillo ha despertado y está llamando a su última heredera. Si Elora no llega al trono antes de que la última luz del atardecer desaparezca, la magia que sostiene al reino se invertirá, convirtiendo todo el valle en piedra.
No es solo la distancia. Elora debe cruzar el **"Bosque de los Ecos"**, donde los árboles te muestran la vida que podrías haber tenido si no fueras una princesa fugitiva. Además, los usurpadores que ocupan las ruinas inferiores han enviado a sus rastreadores alados tras ella.
Al llegar a las puertas, Elora descubre que el castillo no la llama para salvar al reino, sino para pedirle perdón. El edificio guarda el alma de su madre, y para liberar la magia, Elora debe tomar una decisión imposible: destruir el castillo (y la esencia de su madre) para salvar a la gente del valle, o quedarse dentro para siempre, manteniendo el esplendor de la imagen pero aislada del mundo.
Elora se detuvo en el umbral, el vestido dorado bailando en el aire quieto de la entrada. La luz dorada de la imagen no era el sol, sino la esencia misma del castillo, canalizada a través de incontables cristales incrustados en las paredes y el techo abovedado. No había polvo, ni telarañas, solo una quietud opresiva y el tenue murmullo de mil voces en su mente.
En el centro de la sala, sobre un pedestal hexagonal de obsidiana, flotaba una figura translúcida de mujer, etérea y brillante. Su cabello dorado fluía como un río de luz, y sus ojos, idénticos a los de Elora, la miraban con una mezcla de anhelo y resignación. De ella surgían hebras de energía lumínica que se extendían hacia los cristales de las paredes, como si estuviera conectada a cada rincón del vasto edificio.
A sus pies, sobre el pedestal, reposaban dos objetos: un **cetro de plata** finamente labrada, coronado por un gran cristal iridiscente, y una **maza de hierro oscuro**, con púas retorcidas y una empuñadura envuelta en lo que parecían viejas vendas.
Un suave susurro, claro como el tintineo de campanillas de cristal, llenó la sala. No era una voz que Elora escuchara con los oídos, sino una que resonaba directamente en su alma.
*"¿Perdóname por no poder protegerte...?"*
Elora se llevó una mano al pecho, el corazón latiéndole con fuerza. Reconoció la voz. Era la de su madre. La figura flotante no era solo un espíritu; era el alma de la **Reina Lyrana**, encarcelada dentro del castillo, manteniéndolo vivo y, a la vez, manteniéndolo prisionero.
Otro susurro, teñido de una tristeza profunda, se deslizó en su mente. *"¿Perdóname de este exilio...?"*
Las hebras de luz que conectaban a Lyrana con los cristales comenzaron a palpitar con mayor intensidad. Elora miró las dos armas en el pedestal, comprendiendo la terrible elección que se le presentaba. La maza de hierro parecía absorber la luz, y cada púa susurraba promesas de un final rápido, de destrucción.