Cuando florecen las lavandas

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Summary

Mar sigue la corriente, dejándose llevar por el amor que Hamlet le da. Intenta ignorar el hecho de que su enamorado ya tiene una novia, tan extraordinaria que es incapaz de hacerle competencia. Todo se complica cuando una supuesta escapada romántica se convierte en una convivencia forzada, en donde la novia se hace presente junto a su mejor amigo: un estadounidense atractivo y poco hablador. La oportunidad aparece frente a Mar. Podría tener un amor real, pero las constantes palabras vacías de Hamlet lo hacen dudar, cayendo así en un círculo vicioso que lo mantiene por los suelos. ¿Mar logrará abrir los ojos antes de que el peso de la verdad los aplaste? 》HISTORIA LGTB. 》Contenido sensible de abuso verbal y físico. 》Actualizaciones todos los lunes y jueves. 》Historia ambientada en Mérida, Venezuela.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sabor fresa

Los ojos rasgados del joven observaban con tranquilidad a través de la ventana del asiento trasero, ocultando la angustia que se manifestaba en sus piernas temblorosas, víctimas del frío cada vez más abrasador y cómplices de la ansiedad de sus poros. Durante largas horas de viaje, se mantuvo mirando cada pequeño detalle por el vidrio, tratando de distraer su mente de aquello que lo mantenía en estado de alerta. El color de sus manitas empezó a mezclarse con el ambiente, mientras jugueteaba con un pequeño bálsamo fresa del cual no se podía desprender.

La camioneta en la que se encontraba iba en subida por la colina, siendo manejada por Joel. Su mandíbula definida parecía marcar la dirección a la que iban, y su cabello azabache se desordenaba por el paso helado del viento. Como si los pasajeros fueran poco importantes, se mantenía con audífonos escuchando sus propias canciones. Honestamente, a Mar no le molestaba en lo absoluto. Su presencia en ese auto no era para nada complaciente, pero sí necesaria. De un viaje que sería una fantasía, su incorporación significaba cuanto menos una molestia. Aún así, era difícil concentrarse en su odio. El viaje más que ser una simple vacación traía consigo un peso, por el costo de estar ahí.

Llevó el bálsamo sin pensarlo hasta sus labios, asegurándose de evitar que se resecaran por el frío del páramo que lo rodeaba sin piedad.

Como si la persona a su lado pudiera sentir su ansiedad, su mano tibia tomó la suya, devolviéndole respiración a sus heladas extremidades. El corazón brincó como un choque de calor. Sus ojos voltearon a verlo y de entre sus labios se coló una sonrisa genuina. Mar sentía que el tacto de ese hombre era suficiente para brindarle propósito a todo su alrededor, desapareciendo cualquier angustia.

Su cercano acompañante era Hamlet... su mejor amigo. La mirada de Mar lo observaba como el ser más radiante. Casi podía ver como sus ojos miel resplandecían; presenciaba una imagen mítica producto del sol que entraba apaciguado en la hora dorada. Y aquella sonrisa... Los hoyuelos que la acompañaban terminaron de calentarle el corazón. No podía pensar. Solo podía sentir. Dentro suyo recorrían ráfagas de amor, como un joven enamorado.

—¿Tienes frío, Oceanito? —pronunció en un murmuro suave, que terminó de derretirlo por dentro. Aquel apodo era como un golpe de serotonina, siempre logrando descolocarlo.

—No... —Regresó su mirada al trayecto. Sentía sus ojos fijos sobre él, pero se vio interrumpido cuando recostó su cabeza encima de las piernas de Mar. — ¿Qué haces? —cuestionó sorprendido, manteniendo un tono susurrante.

Los ojos de Mar se dirigieron hacia Joel, el cual estaba concentrado en el camino. Murmuraba una que otra melodía irreconocible de lo que sea que estuviera escuchando, y sus maniobras parecían centrarse en controlar los cambios de manera correcta para atravesar la colina. A pesar de todo esto, a Mar lo recorrió un escalofrío que ya no pertenecía al frío, sino a la preocupación.

—Está distraído —comentó con una sonrisa un tanto burlona al ver los ojos inquietos de Mar. Se acurrucó sobre su regazo.

—Ese no es el punto...

—Calla... —dijo suavemente. Subió su mano y acarició los labios del pálido chico con las yemas de sus dedos en un acto sutil, observando con ojos concentrados. Los latidos empezaron a retumbar en el pecho de Mar mientras él, indirectamente, reclamaba su boca como propiedad—. Llevo estas eternas horas queriendo besarte... Bueno, tal vez queriendo más que eso...

Su corazón terminó de dar un vuelco. El frío. Joel. Hamlet. Las mariposas en su estómago. Mil cosas sucedían en su mente y, ni sus ojos ni sus pensamientos sabían a donde mirar. Aunque el frío cada vez perdía más protagonismo, sentía como si la sangre comenzaba a hervir y se trasladaba a sus mejillas ahora coloradas.

Hamlet se sentó nuevamente en su asiento, llevó ambas manos hasta el rostro de Mar y lo sostuvo entre ellas. Se encontraban a centímetros uno del otro. La mirada de Mar variaba entre observar aquellos ojos miel, y la presencia intimidante de Joel, pero fue perdiendo la razón cuando sus respiraciones empezaron a chocar. Los ojos de ambos se encontraron por unos segundos, hasta que los de Hamlet bajaron a los labios humectados y rosas del más joven.

Su corazón cada vez se volvía más incontrolable. Sus manos temblorosas acompañaban los nervios de sus mejillas. Cuando, al fin, lo besó.

Esa calidez recorrió todo su cuerpo. Los alrededores se volvieron invisibles, pues todo rastro de inquietud fue borrado con la ayuda de sus labios. Por más que la situación le generaba preocupaciones, lógicas y emocionales, le era imposible rechazar un beso del hombre del cual se hallaba enamorado.

Sus labios juntos en sintonía compartían un sabor fresa protagonista, convirtiéndolo más dulce de lo que cualquier creyera posible. Hamlet bajó la mano suavemente por su cuerpo, mientras lo torturaba con la lentitud de sus labios. Tenerlo tan cerca le hacía sentir a Mar que, quizás por ese momento, él era suyo de verdad. Quería pensar que, al menos, solo él tenía aquel tipo de poder sobre él.

Milagrosamente, Mar vuelve a recuperar el rumbo luego de unos segundos que aparentaban ser eternos, pero la acción seguía en pie y las manos de Hamlet continuaban bajando cada vez más, sometiendo su cuerpo a temblar ante su roce.

Abrió los ojos y regresó su mirada a Joel. En un golpe de adrenalina fomentado por la cruda realidad, separó de golpe a Hamlet, dando la bienvenida a unos nervios que no paraban de crecer. Era un remolino ansioso que se alojaba en su pecho.

—Aquí no, por Dios.

—Oh, vamos... —Besó su mejilla, luego dispersó algunos besos suaves, con tintes tentadores, a lo largo de su cuello. —Se que te gusta. —Mordió su cuello provocando un pequeño gimoteo sorpresivo de parte de Mar, que se vio obligado a limitar con sus manos.

—P-por favor no, Hamlet —insitió mientras temblaban la firmeza de sus palabras.

Sin escuchar lo dicho, continúo. Bajó aún más su mano, hasta colarse debajo de sus múltiples suéteres pero, antes de poder seguir, una nueva voz de incorporó:

—Oigan, estamos bastante cerca —dijo Joel con naturalidad, retirando sus audífonos uno por uno.

Con un manotazo no intencional, separó las manos de Hamlet. Al segundo sus ojos se asustaron y voltearon a verlo. Hamlet lo observó con una mueca, frunciendo sus cejas a la vez.

—Lo siento... —murmuró, un poco preocupado.

—Ay, Mar. Que aguafiestas eres. —Suspiró en un acto de resignación, pero luego se coló una pequeña sonrisa mientras empezaba a organizar su cabello—. Me debes una por el susto.

Pocos minutos después, las cabañas se empezaron a avistar. Los ojos de Mar brillaron como escarcha. Bajó el vidrio como si el frío no se pudiera hacer más presente y apoyó sus dos manos. El recinto estaba perfectamente realizado con construcciones acojedoras, rodeado de naturaleza típica del páramo de Mérida. Plantas de subtonos fríos, montañas repletas de árboles y sembradíos con animales de ganado que merodeaban en el césped brillante, de flores pequeñas dispersas en él.

El sendero que unía las cabañas parecía minuciosamente diseñado, cuyo destino final era un río que parecía rodear el recinto. Al entrar a este trayecto, se dirigieron a una de ellas hasta que Joel se estacionó delante de lo que parecía ser su alojamiento.

—Sabía que tenías unas cabañas bonitas, pero esto me sorprende —comentó Hamlet.

—Sí, sí, ya sé —otorgó una media sonrisa, se volteó para observarlos—. Luego me agradecen tan único privilegio.

El rostro de Mar se contorsionó en una amarga expresión. Estaba a punto de decir algo en contra de tan vomitivo comentario, pero la emoción por conocer el lugar era mayor. En su mente podía observar nítidamente cientos de fotos distintas y mil ángulos por probar. Debía capturar un lugar tan bonito en sus manos. Era el lugar preciso para probar su cámara instantánea. El mundo de posibilidades se abrió ante él, mientras sentía que la cámara imploraba desde su mochila ser usada.

Se bajó del auto. Tomó su mochila, su maleta y otras bolsas de procedencia desconocida que le pidieron que sostuviera.

Joel le indicó cual sería su habitación. No entendió muy bien, pero se acercó al cuarto que pensaba era suyo. La puerta ya estaba entreabierta. Por unos segundos sus ojos observaron una presencia que terminó por perpetuar el frío en su cuerpo.

Talía estaba ahí. Como si nada, deshaciendo la maleta.

Su corazón empezó a palpitar como si hubiera visto un fantasma. Comenzó a retroceder sin saber cómo reaccionar, manteniendo un semblante inexpresivo. Su mano soltó el agarre de la maleta.

Se dio la vuelta. Dentro suyo empezaron análisis de la situación, tratando de entender si aquello que había visto era real o no más que un espejismo. La incertidumbre de lo que debía hacer lo empezó a agobiar, pero sin terminar de opacar un sentimiento, que no quería reconocer, que se contorsionaba en su pecho.

Caminó atrás. Vio a Joel y Hamlet cuando comenzó a sentir lágrimas de incertidumbre caer por sus mejillas. A su lado había una puerta y, con la necesidad de huir de un ambiente que lo arrollaba, entró.

Lo recibió entonces el patio de la casa. Cerró la puerta tras suyo. Recostó la espalda y permitió que salieran las lágrimas. En esos cortos instantes mil cosas sucedían en su mente, y sentía como las emociones nublaban todo su alrededor. Emociones contrarias. La envidia, la molestia, la decepción pero, sobre todo, la culpa. La grandísima culpa.

Sus ojos recorrieron el patio buscando algún tipo de consuelo, pero de sus labios se coló un grito desde lo más profundo de sí luego de ver aquello de lo cual, hasta ahora no se había percatado.

—¡¿Quién coño eres?! —gritó horrorizado sin poder detener aún las lágrimas.

Sus ojos consternados no sabían si seguir asustados o impresionados. Delante suyo se encontraba un hombre alto y fornido que, de alguna manera, gritaba con sus facciones su procedencia americana. Sus ojos azul cielo lo observaban con una impresión pasiva mientras su cabello dorado de mantenía perfectamente arreglado, ajeno a todo lo que sucedía. Mar pensó en lo irreal que se veía, pues parecía alguna clase de famoso.

—D-disculpa... —masculló al recuperar algo la cordura. Respiró profundo y se retiró las lágrimas de sus mejillas—. Yo soy Mar... Mmm... ¿Nos conocemos?

En contraste con su cuerpo imponente, su rostro denotaba una pasividad casi adorable. Es entonces que Mar se percata de que, entre sus manos, había una jarrita con agua. ¿Estaría regando las plantas del patio? Fue una pregunta genuina en su cabeza, pero aquella posibilidad de cierta manera era irrisoria.

—Oh... Em... —murmuró. A Mar pareció impresionable que en una expresión tan corta pudiera sentir un poco el acento. A sus adentros comprobó las sospechas de su etnia.

Antes de poder decir algo más, la puerta empujó a Mar. Los hombros de ambos llegaron a chocarse. Se encontraba un poco sorprendido y avergonzado de tal suceso, sobretodo porque el choque ocasionó que un poco de agua de la jarra cayera sobre el estadounidense.

Mar se recompuso en su sitio cuando escuchó una alegre voz que, para su desgracia, reconocía:

—¿¡Pero qué tenemos aquí!? —Se apareció una energética Talía, sonriente de oreja a oreja—. Parece ser que ya se conocieron, ¿huh?

Como si fuera instinto, Mar bajó la cabeza y el sentimiento de vergüenza le consumió el cuerpo. Se sentía físicamente incapaz de observarla. ¿Cómo podría? Delante suyo se encontraba una mujer radiante, hermosa, con un color de piel bronceada que resaltaba sus ojos brillosos. Una persona talentosa, inteligente, habilidosa... Perfecta, vaya. Ella era perfecta. Y Mar, ¿Qué era delante suyo? No más que un sin vergüenza.

—Hace mucho que no te veo, Mar. —Se acercó a él y le estrechó entre sus brazos. Al separarse, le sostuvo los hombros sin perder la sonrisa hasta que fue interrumpida por una pequeña expresión de sorpresa—. ¡Oh, cierto! Que se me olvida. —Se separó de él. Acercó a Jase hasta ambos jalándolo por el brazo—. ¡El es Jase!, te lo presento. Debe ser una sorpresa para ti. No sé si Hamlet te lo habrá dicho, pero ¡él estará con nosotros estas vacaciones merideñas! —sonrió esta vez achicando los ojos, subiendo sus mejillas achuchables—. Es mi mejor amigo, vive en Estados Unidos pero ¡vino a visitarme! ¿No es tan lindo?

Talía soltó una pequeña risita y brincó hasta la mejilla de Jase para darle un corto beso juguetón, lo cual hizo resaltar la amplia diferencia de tamaño. No solo era tierna y amable, sino que también muy cariñosa

—Hola... —lo saludó Mar, un tanto tímidamente con la mano.

Jase tomó la actitud más descolocadora. Lo ignoró y observó el suelo como si el piso requiriera mayor atención que él. La expresión de Mar se tornó en disgusto sin poder ocultar lo que sus cejas fruncidas querían transmitir. No sabía cómo tomarse aquella reacción mas que como un acto cuanto menos desagradable.

Ante el silencio de Jase, Talía le dio un codazo. El regresó la mirada al frente y, como si le costara profundamente, a penas logró pronunciar palabra:

—H-hi...

Los ojos de Talía brillaron. Abrió la boca sonriendo. Lo abrazó con fuerza.

—¡Viste que sí podías!

En todo ese rato, Mar logró ver por primera vez una sonrisa de parte del prominente hombre. Una pequeña, casi que minúscula pero dentro de su inexistencia... Tierna.

—¿Oceanito...? —Se escuchó la voz de Hamlet, la cual se hacía cada vez más cercana. Se apareció entonces en el patio—. Con que aquí están todos. —Su sonrisa de hizo presente cuando fijó su mirada sobre Talía—. Amor...

Talía se separó de Jase y saltó hasta Hamlet a una velocidad increíble. Le dió un abrazo recorriendo su nuca entre sus brazos. Hamlet apretó su cintura con firmeza.

—Te extrañé, amor —exclamó Talía con entusiasmo.

Separó el rostro del costado de Hamlet. Ahora se encontraban frente a frente. Para desgracia de Mar, el mundo pareció tornarse más lento. Los labios de ambos se atraían como imanes mientras el corazón de Mar se desmoronaba a cada milímetro que se acercaban. Todo concluyó en el inevitable golpe final a su pecho, cuando ambos se juntaron en un beso. Una escena adorable, casi conmovedora que en lugar de transmitirle emociones positivas retorcían cada fibra de sus adentros.

Esos labios que hacía minutos de juntaban con los suyos, ahora estaban a merced de su verdadero dueño. Le era doloroso tener que soportar el sentimiento de la envidia mientras la culpa no paraba de tocar la puerta. Sentimientos contradictorios de peleaban en su pecho como un remolino tóxico.

El era no más que un amante, y ese secreto representaba todo lo miserable que el sabía que era.

—Mmm... —Se separó del beso sin soltar el agarre. Le regaló una pequeña sonrisa que achinó sus ojos marrones—... Sabes a fresa.