La noche en que volvío
La lluvia caía con una intensidad casi cruel, como si el cielo estuviera decidido a borrar todo rastro de lo que había ocurrido esa noche.
El bosque permanecía en silencio.
No un silencio natural, sino uno denso, contenido… como si algo estuviera esperando.
Entonces, ella respiró.
Fue apenas un hilo de aire, débil, torpe, como el primer intento de un cuerpo que había olvidado cómo vivir. Clara abrió los ojos lentamente, y lo primero que sintió no fue el frío… sino el peso.
El peso de su propio cuerpo.
El peso de existir.
Yacía sobre la tierra húmeda, con el cabello pegado al rostro y la ropa empapada. La lluvia caía sobre su piel sin piedad, resbalando por su cuello, sus brazos, sus manos… manos que temblaban sin razón aparente.
Intentó moverse.
Un error.
Un dolor punzante le atravesó el pecho, no como una herida, sino como un recuerdo físico… algo que había estado ahí antes. Jadeó, llevándose la mano al corazón.
Latía.
Pero no correctamente.
Era irregular. Inconstante. Como si cada latido fuera una decisión, no una función natural.
Clara frunció el ceño, confundida. Su mente estaba… vacía.
No había imágenes.
No había voces.
No había pasado.
Solo una sensación extraña, persistente, que se deslizaba dentro de ella como una sombra: esto no está bien.
Se incorporó con dificultad, apoyándose en el suelo. Sus dedos se hundieron en el barro, pero no sintió asco, ni incomodidad. Solo una desconexión inquietante, como si su cuerpo no terminara de pertenecerle.
Miró a su alrededor.
Árboles.
Altos. Oscuros. Demasiado quietos.
Sus troncos se alzaban como columnas de un templo olvidado, y sus ramas bloqueaban la mayor parte de la luz. Apenas unos hilos plateados de luna lograban atravesar la neblina.
No reconocía ese lugar.
Ni siquiera podía recordar cómo había llegado allí.
—¿Hola…? —susurró.
Su voz se perdió entre la lluvia.
Nadie respondió.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Y entonces lo sintió.
No lo escuchó primero.
No lo vio.
Lo sintió.
Alguien estaba allí.
Clara giró lentamente la cabeza, con el corazón golpeando de forma irregular contra su pecho. Sus ojos buscaron entre la oscuridad, adaptándose poco a poco…
Hasta que lo encontró.
Una figura.
De pie entre los árboles.
Inmóvil.
Observándola.
El aire pareció volverse más pesado.
Clara se puso de pie de golpe, aunque sus piernas temblaron. Dio un paso atrás, instintivamente.
—No… —murmuró—. No te acerques.
La figura no se movió de inmediato.
La lluvia caía sobre él, pero había algo extraño en la forma en que lo hacía, como si el mundo a su alrededor estuviera ligeramente desfasado.
Entonces, dio un paso hacia adelante.
Y la luz reveló su rostro.
Joven.
Serio.
Demasiado serio.
Sus ojos, oscuros y profundos, estaban clavados en ella con una intensidad que le robó el aliento. No había duda en su mirada. No había sorpresa.
Solo… dolor.
Un dolor silencioso, contenido, que parecía haber vivido en él durante mucho tiempo.
Clara sintió que algo dentro de su pecho reaccionaba.
No miedo.
No del todo.
Era algo más confuso.
Más peligroso.
—¿Quién eres? —preguntó, con la voz apenas firme.
El hombre la observó en silencio unos segundos, como si evaluara cada palabra que iba a decir. Su mandíbula se tensó levemente.
—Deberías recordar eso —respondió finalmente.
Clara negó con la cabeza, dando otro paso atrás.
—No recuerdo nada.
Eso… pareció afectarlo.
Una sombra cruzó su rostro, rápida, pero imposible de ignorar. Bajó la mirada por un instante, como si esa respuesta confirmara algo que temía.
Cuando volvió a mirarla, había cambiado.
No en su expresión.
En su decisión.
—Entonces escucha con atención —dijo, avanzando un paso más.
Clara no retrocedió esta vez.
No pudo.
Algo la mantenía en su lugar.
—Porque lo que voy a decirte… —continuó él, con la voz más baja— no tiene forma de ser fácil.
El sonido de la lluvia pareció apagarse.
El bosque entero contuvo la respiración.
Y entonces, él lo dijo:
—Tú moriste.
El mundo se quebró en silencio.
Clara lo miró fijamente, esperando sentir incredulidad, rechazo… algo que negara esas palabras.
Pero no ocurrió.
En su lugar, una sensación fría, profunda, se extendió dentro de ella.
Como una verdad olvidada que regresaba.
Sus labios temblaron apenas.
—Eso… no es posible…
El hombre dio un último paso, quedando frente a ella.
Tan cerca que pudo ver el cansancio en sus ojos.
—Yo estuve ahí —susurró—. Cuando dejaste de respirar.
Clara sintió que el aire le faltaba.
No por miedo.
Sino por algo peor.
Por la certeza inexplicable de que… él no mentía.
Y en ese instante, una imagen cruzó su mente como un relámpago:
Luz.
Ruido.
Un impacto.
Oscuridad.
Clara llevó una mano a su cabeza, jadeando.
El recuerdo desapareció tan rápido como llegó.
Pero dejó algo atrás.
Una grieta.
El comienzo de algo.
Cuando volvió a mirarlo, sus ojos ya no eran los mismos.
—Si morí… —susurró— entonces…
El hombre sostuvo su mirada.
Sin apartarse.
Sin suavizar la verdad.
—No deberías estar aquí.
El viento sopló entre los árboles.
Y, en lo profundo del bosque…
Algo más se movió.
Observando.
Esperando.
Porque Clara no era la única que sabía ahora que había regresado.
Y esta vez…
No la dejarían escapar.