Deuda pendiente
Parpadeando con pesadez, Madam Bonnie contemplaba la escarcha que se estaba acumulando desde hace días en el techo. Nunca había visto un frio igual desde hace décadas, y si bien para los habitantes de Ciudad Media no era de extrañar, ella no se terminaba de acostumbrar pese a que ya habían transcurrido varios meses desde que se incorporó en su nueva residencia entregada por Lord Baémonn. De todas maneras, no era la principal de sus preocupaciones. Bonnie confiaba que desde la metrópolis del reino llegaría prontamente su abrigo largo de tejido grueso, diseñado de tal forma que se ajuste a sus necesidades y solvente lo que debería ser solo un pormenor.
La cuestión era otra.
Madam Bonnie se encontraba junto a su contador en su pequeña oficina con vista privilegiada a los campos donde se podía observar a sus trabajadores cuidando las cosechas. Era un espectáculo encantador. El mero hecho de ver sus cuerpos fornidos alimentaba la más oscura de sus fantasías y lamentaba con pesar las pésimas condiciones en las que se encontraban realizando sus labores debido a las lluvias, pero no por una cuestión de genuina preocupación. A su criterio, sería mejor que aquellos hombres pudieran trabajar a pleno sol donde pudieran estar más descubiertos y sudorosos. Era realmente lamentable. Sin embargo, lo era aún más ver el rostro lánguido de su acompañante, que con solo verlo ya daba entender que daría malas noticias.
—Mi estimada Madam Bonnie —dijo el contador inclinando apenas la cabeza—. Le traigo el registro correspondiente al último período. En términos generales, las cifras muestran una baja, lo cuál no suele ser habitual en estos sectores y más aún considerando que los habitantes de la zona están bien adaptados al frío… pero todo indica que una bacteria se ha abierto paso en la sector sur y a mermado sus defensas, lo que ha desencadenado que varios hayan comenzado a enfermar y disminuya la capacidad de producción.
Madam Bonnie alzó sus cejas y dio un suspiro volteándose en un movimiento casi ensayado cuando solo se le dirigen para decirle desgracias. Se reclinó en su asiento y volvió a prestar atención.
—Eso ya hablando de los daños que han repercutido directamente en los ingresos. Estamos evaluando con especialistas para atacar dicha bacteria y solucionar esta situación que ha afectado a la mano de obra. En cuanto a los arriendos, hay tres propiedades que presentan retrasos persistentes.
—¿Persistentes? —repitió ella con un matiz más frío que curioso.
—Así es, Madam. Y en uno de esos casos en particular… —cerró el registro con suavidad— si me permite sugerirle una recomendación, sería que considerara darles una visita. No parece que los ocupantes cuenten con los recursos para regularizar su situación en el corto plazo. Tal vez convenga evaluar personalmente cómo proceder.
—Entiendo —respondió Madame Bonnie—. Dígame los detalles y yo misma me encargaré. Puedo darme una idea de quienes pueden ser y encantada voy a verles.
El contador asintió con discreción y tras un breve silencio deslizó otro de sus registros sobre el escritorio. Era más delgado, pero estaba visiblemente más gastado. Lo abrió con cuidado y comenzó a recorrer sus páginas con el dedo.
—Veamos… —murmuró para sí— vivienda por vivienda… ¡aquí!
Ajustó el registro y leyó con mayor precisión.
—Se trata de un joven llamado Kubo. Un allegado proveniente de un país oriental. No vive solo; comparte la vivienda con un grupo de cuatro personas, al parecer amigos, y en un inicio todos contribuían al pago de los gastos sin mayores inconvenientes. Sin embargo, al visitar la propiedad hace dos meses, la situación resultó distinta. Según lo que me informaron, actualmente se encuentran desempleados y han tenido dificultades crecientes para cubrir los gastos. Su única fuente de ingresos proviene de uno de ellos, un cocinero que intenta sostenerse vendiendo pasteles, aunque las ventas han sido escasas.
El contador cerró parcialmente el registro, sin apartar el dedo de la página.
—Me insistían en que necesitaban más tiempo. Aseguraban que el joven Kubo estaba a la espera de una propuesta de trabajo y que, de concretarse, podrían pagar con inmediatez. Pero, siendo franco Madam, dudo que puedan hacerlo —añadió mientras sus manos se apoyaron con firmeza sobre el documento—. Han comenzado a deshacerse de cualquier aparato que implique consumo eléctrico, en un intento por reducir gastos al mínimo quiero suponer, e incluso por lo que pude observar han restringido el uso del agua. Da la impresión de que no se han aseado en días... las condiciones en las que viven son francamente lamentables y aunque consigan un trabajo dudo que puedan pagar los atrasos del arriendo, pero por la misma razón le recomendaba que fuera de visita para que pudiera evaluar la situación de mejor manera y ver si pueden llegar a un acuerdo.
—Muy bien —respondió Madam Bonnie—. Entiendo la situación. Iré a darles una visita al joven Kubo y compañía para ver que se puede hacer. Él es un hombre encantador y siempre da gusto visitarle de vez en cuando. Desde el comienzo me había dejado en claro que su situación no era buena, así que siempre hemos intentado ser flexibles y ha podido cumplir como dices. Es bastante probable que debe haber acontecido algo más en estos últimos dos meses como para que se hayan generado aquellas dificultades en su estancia, pero proviniendo de su persona, doy por seguro que puede ser conversable.
Estando de pie, se envolvió en unos de sus ropajes negros y aterciopelados, pero el frio hacía imposible salir de inmediato con los ropajes que disponía, así que agarró uno de los insectos mensajeros de Don Rize y le encomendó que avisará los inquilinos de su pronta visita. Mientras tanto, estaría esperando a que llegara su pedido y tener prendas óptimas para su viaje.
Los allegados se encontraban en la parte urbana de Ciudad Media, como gran parte de sus propiedades en arriendo. Si quería llegar hasta allí, tendría que hacer una parada por el único teleférico que existe de la zona rural y el viaje era demasiado largo como para exponerse a este clima.
El contador bajó la mirada y se detuvo a observar su reloj. Luego observó las nubes tornadas negras aglutinándose.
En el fondo, le agradaba la señora Madam Bonnie. Era más complaciente, sobre todo cuando se trataba de hombres. Con las mujeres solía ser más cruel y aterradora, reflejándose en el trato con sus hijas. Caso contrario es el otro patrón: Don Rize. A menudo le envolvía un aura de podredumbre y malicia, aunque sus trabajadores más cercanos siempre renegaban de aquello.
Sin ánimos de perder el tiempo, sacó un pañuelo del escritorio y se lo guardó en uno de sus bolsillos por precaución a un resfrío. Dentro de si, dio gracias de tener una jefa tan comprensiva.
—Muy bien, me marcho estimada Madam Bonnie —dijo el contador—. Tengo que entregarle también un respectivo informe a Don Rize. Que tenga un buen viaje, adiós.
Madam Bonnie asintió y una vez que el contador se retiró, se dirigió al comedor a esperar.
Ugonov contemplaba desde su alcoba las callejuelas sucias y cubiertas de arenilla negra. Cuando las personas que son resonantes con su fuente de energía llamado éter mueren, sus cuerpos son consumidos y tienden a dejar aquellos residuos. No comprendía las razones técnicas del fenómeno, pero era lamentable de ver.
A menudo, en el distrito 9 donde se encontraban, resonantes de mala monta venían a hacer provecho de sus habilidades y se dedicaban a delinquir, aunque siempre sucumbían a la brutalidad policial o terminaban pereciendo por conflictos territoriales con otras bandas criminales. En el último tiempo se ha desatado una ola de inseguridad y la arenilla negra se había convertido en una señal de advertencia.
Debido a esto, era complicado conseguir un trabajo estable sin recurrir a prácticas ilegales. La vida urbana de los distritos era difícil. Había algunos que su tasa de inseguridad era más baja, pero la calidad de vida demandaba altos costos, ni pensar en lo que implicaba comprar una casa o incluso arrendar.
Para los que no contaban con una situación económica estable, su única opción era someterse al sistema de cesión flexible.
No eran contratos en el sentido tradicional, sino acuerdos impuestos por los grandes propietarios de los distritos. Terratenientes como Madam Bonnie ofrecían viviendas sin exigir garantías iniciales ni ingresos demostrables, pero a cambio imponían condiciones variables, ajustadas según el comportamiento del inquilino y las circunstancias del entorno.
A simple vista, parecía una oportunidad. Un techo inmediato.
En la práctica era otra forma de control.
Los administradores llevaban registros detallados de cada habitante: ingresos, atrasos, hábitos de consumo, incluso el estado físico de los ocupantes. Si una vivienda dejaba de ser rentable se evaluaba su continuidad y si los inquilinos no podían sostenerla se les daba un margen breve antes de intervenir directamente.
Ugonov desvió la mirada hacia el interior de la habitación. El frío se filtraba por las paredes y el silencio de sus compañeros que se encontraban en el comedor jugando a las cartas decía más que cualquier palabra.
Sabían exactamente en qué punto del registro se encontraban.
Kubo, por otro lado, apenas estaba regresando a la residencia. sus manos estaban entumecidas y el aliento aún era visible frente a su rostro. Cerró la puerta con cuidado y se quedó un segundo apoyado contra la madera antes de hablar.
—Fui al distrito 11, a los locales de comida de Don Rize —dijo al fin.
Mikael, inclinado sobre una superficie improvisada, levantó la vista apenas. El olor dulzón de los pasteles mal logrados aún flotaba en el ambiente.
—¿Y? —preguntó sin demasiado entusiasmo.
—Están buscando gente como cocineros. Me dejaron en evaluación para hacer sushi.
Hubo un silencio corto pero denso.
Uno de los otros soltó una risa seca desde el rincón.
—¿Sushi? —repitió—. No puedes ni cocer bien el arroz.
Mikael, el cocinero del grupo, no rió pero su expresión lo decía todo.
—Kubo… —empezó con tono dramático—. Sabes que eso no es solo cortar pescado. El sushi es un arte.
—Lo sé —respondió igualando el tono—. Pero necesitan gente y dije que podía aprender.
—Debo admitirlo, eres alguien bueno cuando se trata de cortar, pero creo que deberías recomendarme mejor a mí en ese labor —insistió Mikael.
Kubo bajó la mirada y sus ojos se tornaron sombríos.
—Puede ser.
Todos se miraban entre sí en un silencio que parecía sepulcral. Pero sin esbozar una palabra, todos los demás coincidían en algo: tanto Kubo como Mikael cocinaban como la mierda y la discusión era un sin sentido.
—Nos van a sacar si no pagamos —dijo otro casi en un susurro—. No estamos en posición para ser exquisitos.
Antes de que alguien más respondiera, un leve zumbido atravesó la habitación.
Todos alzaron la vista ante el intruso.
Se trataba de un insecto mecánico, pequeño, de cuerpo oscuro y alas rígidas, se filtró por una rendija y comenzó a orbitar en el centro del cuarto.
Mikael se puso de pie de inmediato.
—No…
El insecto emitió un chasquido seco y una voz neutra llenó el espacio:
—Notificación de administración. La propietaria realizará una visita de inspección en los próximos días. Se recomienda regularizar la situación pendiente.
El mensaje se repitió una vez más. Luego, el insecto quedó suspendido unos segundos y se retiró por donde había entrado.
Nadie habló al principio.
Kubo apretó los puños.
—Puedo hacerlo —dijo más para sí que para los demás—. Solo necesito que me den la oportunidad.
Mikael lo miró, esta vez sin dureza pero tampoco con fe. Los demás hicieron lo mismo y repitieron al unisono.
—¡Si se puede!, ¡Si se puede!, ¡Si se puede!
Porque todos lo sabían.
Si Kubo no conseguía ser cocinero de sushi no habría más margen y entonces no solo perderían la casa, estarían expuestos a la inseguridad de las calles. En el peor de los casos... tendrían que ponerse bajo las órdenes de Madam Bonnie.