Humanidad

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Summary

El dolor es silencioso, compartido de persona el persona. Y aunque estemos ahí, podemos sentirnos no más que meros espectadores , de otro mundo. Sin poder alguno para realizar algún cambio . A veces es demasiado tarde. Pero incluso un pequeño cambio, por ínfimo que sea, puede evitar el peor final . Dejar de intentar nunca es una opción.

Genre
Scifi
Author
SBwriter05
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

La noche tan monótona cual siempre, sorprendió al hombre de ciudad con un encuentro peculiar. Una lucecilla sin fuente, daba color a las flores del jardín. Desconocida y sobrenatural le preguntó al hombre —¿Eres un humano? —. El hombre solo asintió, preguntándose si ya estaba soñando, pero la lucecilla dio brinquitos en el aire y rio como un niño encantado, repitiendo una y otra vez ¡LO LOGRÉ! ¡LO LOGRÉ! ¡LO LOGRÉ!

El humano se llenó de la alegría del extraño visitante y algo temeroso lo invitó a pasar. El pequeño no dudó ni un segundo. Como una bala de cañón, entró explorando la sala con actitud risueña. —¿Quién eres, pequeño amigo? —preguntó el ahora anfitrión. El pequeño danzante sació su curiosidad, se trataba de uno de los famosos: EXTRATERRESTRES, que vino a la tierra escuchando historias sobre humanos; contó con orgullo. Casi se le cae la mandíbula al piso al hombre tras semejante revelación, pero la actitud del niño le devolvió algunos recuerdos deseados y con una sonrisa empezó a contarle historias sobre humanos al curioso visitante. Historias sobre amor, reencuentro, perdón y… aceptación. El brillante oyente escuchó con atención y aunque el hombre no veía un rostro, notaba como su brillo se atenuaba y acentuaba con cada historia. El bronce de la mañana tomó por sorpresa al cuentacuentos pero este siguió su historia, en aquel pequeño mundo de ambos.

La última historia terminó y la pequeña luz danzó de nuevo para el hombre en gratitud. Era hora de que siguiera su camino, quería vivir aquellas experiencias en carne propia y conocer más sobre los humanos. El humano, con sabiduría advirtió a su nuevo amigo que su apariencia no era común, que le traería dificultades en su deseo. En aquel momento, la luz del pequeño brilló como nunca antes y como por arte de magia; donde antes había luz, ahora había carne y un niño de cabellos como los rayos del sol apareció. El chico señaló sonriendo a una fotografía en la sala donde su imagen se encontraba proyectada —¿Cómo me veo? —. El niño esperaba ansioso una respuesta. Un recuerdo preciosísimo como nada en el mundo había vuelto a la vida frente a los ojos del hombre.

—Como ningún otro humano —respondió. Una sonrisa se dibujó en ambos rostros. —Pero aún no has respondido a mi pregunta. ¿Quién eres, pequeño amigo? —le preguntó una última vez el padre al hijo.

—No lo sé —murmuró el pequeño inocente.

Marchándose del fugaz hogar con dejo de aventura, débiles e inciertas palabras alcanzaron su salida.

—Los humanos son imperfectos, perdónanos.

Danzando entre humanos y humanos, los gigantes grises se alzaban donde quiera que el aventurero volteara la mirada. La prisa de la mañana lo hizo verse invisible ante la multitud agobiante, que inconsciente empujó al infante a encontrarse con el suelo. Aquella fue su primera experiencia. Algo que nunca había experimentado como extraterrestre que era y, ahora como humano era algo real: dolor.

El chico corrió despavorido sin rumbo alguno, no sabía porque pero el ardor que le recorría el cuerpo lo aterraba, era algo desconocido, algo desagradable. En su huida se encontró a las faldas de un río que fluía tranquilamente y no muy lejos se observaba un puente, el pequeño se acercó aturdido y se acurrucó debajo de este. Carros pasaban por encima, el temblor del puente y el ruido de las bocinas hacían temblar al niño.

El sol cambió de lugar con rapidez y lo naranja se volvió blanco. Pero el chiquillo permaneció igual. Sumido en su letargo observando el fluir del río, unos ligeros pasos lo avisparon de inmediato. Su propio reflejo se encontraba parado a un par de metros de él. Una situación desconcertante para ambos, pero este reflejo a diferencia de él, era más delgado y tenía el pelo negro.

Alguien como yo, pensó.

El niño pelinegro observó un momento la apariencia del niño rubio y se acercó algo nervioso ofreciéndole unas curitas que sacó de su mochila, el pelirrubio las aceptó y se sentaron uno al lado del otro. Mientras el pelinegro lo ayudaba a cubrir sus raspones empezaron a conversar. Tal vez por la similitud en sus apariencias o tal vez por el encuentro tan peculiar, las palabras fluyeron con naturalidad, como si se conocieran de más de una vida entera. Descubrieron que tenían más en común de lo que parecía: ambos huían de casa con frecuencia, no tenían amigos y eran algo peculiares.

Los hombros de ambos se relajaron e incluso compartieron algunas pequeñas risas. El pelirrubio se encontraba encantado, perdido en esta nueva y fascinante experiencia, tanto que aquel ardor y miedo pasados se desvanecieron por completo, como si nunca hubieran estado ahí en un principio. Quería saber más sobre él, conocer más experiencias, así compartió su deseo.

El pelinegro aunque dudoso, accedió a contarle sobre él, a contarle historias de un niño humano: La escuela, un lugar de aprendizaje, pero para él solo era un lugar solitario donde era ignorado y excluido. El pelirrubio enarcó una ceja al estudiante y preguntó el porqué con curiosidad pura.

—Porque no tengo Mamá —respondió el niño pelinegro. El dejo de nostalgia en su rostro dio las primeras pinceladas negras en el niño pelirrubio, que tacharon su corazón con un ardor incipiente.

—¿Dónde está?

—Está muy, muy, muy… lejos —. Contestó el pequeño niño humano, mientras sus mejillas se llenaban de agua sin control.

El pelirrubio entró en pánico al no entender porque brotaba agua de los ojos del humano, pero entendió que no era por algo bueno. En un momento de valentía, tomó las manos del niño y envolviéndolas empezó a brillar como una estrella. Sus ojos se abrieron de par en par. Parecía un ángel, y su gran sonrisa le resultó muy reconfortante. Las lágrimas del pelinegro pararon y también empezó a sonreír. Abel, ese era su nombre; aquel pequeño gesto fue suficiente para que revelara su nombre, era una confianza forjada de forma espontánea pero en necesidad. Pero el niño de luz no pudo hacer lo mismo, pues no poseía ninguno.

Las lunas pasaban una y una cada vez más rápido que la anterior y cuando el sol se posaba en lo alto, ambos amigos se encontraban, en aquel mismo puente compartían las historias del día a día sin demasiada preocupación y vivían sus propias aventuras. En aquel puente, desde lo alto miraban el río correr. Apoyados con sus pequeños brazos sobre el parapeto; se imaginaban a ellos mismos navegando por este. ¿Hasta dónde los llevaría? ¿Tendría un final?.

—Si fueras un animal ¿Cuál serías? —preguntó Abel. Su amigo lo miró confundido, no pareció que le hablara a él, Abel solo miraba fijamente al río. No le parecía que pensara en algo seriamente, pero su mirada le recordó a la del hombre bueno que conoció al llegar a este mundo—. Yo sería un pez. Quisiera que la corriente me llevara.

La ciudad no era amable para dos niños solitarios, sin dinero ni comida, a veces lograban mendigar algo cuando alguien se mostraba solidario, pero otras el hambre devoraba tanto sus estómagos, que no tenían más opción que robar un poco de algún puesto de comida; en una de tantas no fueron suficientemente escurridizos y fueron atrapados. El vendedor, un hombre de aspecto lúgubre que ya había sido víctima de estos, esta vez tuvo suficiente y les propinó una paliza sin piedad alguna. Nadie se dignó siquiera a darles un vistazo. Como si no existieran. Como si no importaran. Aquel ardor nació de nuevo ya no solo en el cuerpo del niño de luz sino también en su corazón. Otra pincelada.

Ese mismo día, volvieron como pudieron al resguardo de la sombra del puente, este era el único que les brindaba consuelo. Se sentaron igual que el primer y cada día que se vieron, cubriendo sus heridas con curitas el uno al otro. De pronto el niño de cabellos de oro empezó a reír, cubría su boca intentando detenerse, notando la mirada incrédula de su amigo sacó un pequeño pan de su bolsillo, entonces Abel también rio a carcajadas. Se habían salido con las suyas de nuevo.

Entre risas y bocados de pan, la luz del día empezó a ocultarse y la ciudad comenzaba a brillar de blanco. Blanco también se puso el rostro de Abel cuando se levantó de un brinco y tomó su mochila entre sus hombros, y con una rapidez que parecía que se acababa el mundo echó por patas. Solo pudo gritar con todas sus fuerzas sin mirar atrás.

—¡LO SIENTO!

Y corrió sin parar el ritmo. Hasta que el niño de luz, ya no pudo verlo.

Pasó un día completo y a Abel no se le veía por ningún lugar. Durante toda la noche del día anterior el niño del puente revivió sus experiencias pasadas, y entre sueños se dio cuenta, que no entendía para nada a los humanos, eran tan diferentes los unos de los otros, tan diferentes de lo que él creía: algunos eran tan buenos que no parecían reales y otros tan malos que no podía entenderlos ni un poco.

Aturdido en sus pensamientos lo despertaron los pasitos de siempre, pero esta vez fue él quien se acercó a su encuentro pues no había visto a su amigo desde hace 2 días. Desafortunadamente una vista algo distinta lo esperaba. Ahí estaba su querido amigo, aunque no estaba con su habitual mochila y su rostro le recordó a un plato con muchas frutas que había visto en la casa del primer humano con el que convivió. Estuvo a punto de reírse, pero la mirada mucho más apagada de lo habitual en Abel lo detuvo.

Abel pasó por su lado sin decir ni una palabra y se sentó donde siempre en posición fetal. Su amigo también lo acompañó y estuvieron un rato sin dirigirse la palabra.

—¿Qué pasó? —preguntó preocupado el niño de luz.

Pasó un breve silencio que se sintió eterno hasta que Abel le dirigió la palabra.

—Fue mi papá…

Aquel sollozo silencioso terminó de sepultar el silencio. Ahogó las palabras de su amigo al saber que el responsable fue su propia familia. Una pincelada más. Abel lo miró de reojo y observó la confusión en su mirada.

—Eres un ángel ¿no? ¿puedes dejarme ver a mi mamá? —. Le suplicó Abel al niño que no pertenecía a este mundo, pero este no pudo responder, solo pudo abrazar a su amigo intentando enviar lejos el ardor de su amigo y el de su propio pecho. No conocía lo que era un “ángel”.

Aquella noche durmieron juntos en su pequeño hogar, debajo de aquel puente.

La luz del nuevo día levantó de su sueño al niño ángel, todavía se encontraba preocupado por Abel, miró sus alrededores pero no encontró a nadie cerca de él, solo un papel doblado por la mitad y un par de zapatos desgastados tan familiares, descansando a un lado suyo. Por alguna razón, tomó el papel pero no se atrevió a mirar su contenido, un sentimiento ominoso le decía que no lo hiciera. Que siguiera buscando. El ángel se levantó y corrió sin rumbo, buscando por todos lados ¡ABEL! ¡ABEL! ¡ABEL! gritaba. No dudó en preguntar por el paradero de su amigo a los adultos humanos, pero estos lo ignoraban por sus prisas o le decían cualquier cosa para que dejara de molestar. Corrió de nuevo hasta llegar al río. De nuevo lo perseguía aquel ardor desagradable. Y al observar la corriente que permanecía imperturbable como cualquier día, sintió que esta se lo llevaría en cualquier momento. Como un pez extraviado.

En su angustia, el niño no tuvo opción más que desdoblar el papel.

“BUENOS DÍAS ÁNGEL, perdón por irme de repente, supongo que no puedes conceder deseos, pero aun así quiero darte las gracias, estos últimos días han sido muy divertidos, bueno… unos más que otros. Perdón, creo que fue mi culpa, lo del panadero. Fue mi culpa, robar está mal, eso dijo mi mamá, bueno. En fin, hoy es mi CUMPLEAÑOS, hoy es mi día, así que voy a hacer lo que quiera, ya pedí mi deseo. Voy a encontrarme con mi mamá, no te preocupes porque te lo diga, lo voy a cumplir yo, nadie más. Bueno, por último también tengo un regalo para ti ángel. Ya que no tienes, te regalo mi nombre, no el que conoces, ese lo escogió mi papá, mi mamá a veces me llamaba con este. Adiós Lior.”

La última pincelada. Las lágrimas de Lior empaparon por completo la carta, no sabía exactamente porque sus ojos derramaban agua, pero la impotencia que lo hacía contraerse en el suelo era real. Aquel ardor en su pecho ahora era un fuego que lo consumía. Y de su luz que antes brillaba con tanta incandescencia, ahora no quedaba nada. Ahora era un verdadero humano.