Contrato de Sangre

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Summary

Elena regresó de la muerte social para destruir al hombre que la traicionó. Julian Vane necesita una esposa para heredar el imperio familiar y limpiar su imagen pública. El plan es perfecto: un año de matrimonio, una firma en un papel y la ruina total de Julian al final del contrato. Pero en las noches de soledad en la mansión Vane, el odio empieza a arder con una intensidad que se confunde con el deseo.

Genre
Romance
Author
Catalina
Status
Complete
Chapters
2
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

LA RESURRECCIÓN DE LENA

El horizonte de Manhattan se alzaba ante mis ojos como una hilera de colmillos de cristal, dispuestos a devorar a cualquiera que mostrara un rastro de debilidad. Desde el asiento trasero de mi Maybach negro, el mundo exterior parecía una película muda, una sucesión de luces y sombras que ya no me pertenecían. En mi regazo, la carpeta de cuero con el logotipo de Industrias Vane se sentía más pesada que el plomo; no eran solo documentos financieros, era el acta de defunción de la reputación de Julián Vane y el inicio de mi propia resurrección.

—Llegamos, señora —anunció el chofer, su voz rompiendo un silencio sepulcral que olía a cuero nuevo, perfume caro y a una anticipación que me quemaba la garganta.

Ajusté el cierre de mi guante de seda negra con una precisión quirúrgica. Aquello no era un simple accesorio de moda; era mi armadura, la barrera entre mi piel y el mundo que una vez me pisoteó. Al bajar del vehículo, el viento helado de la Quinta Avenida golpeó mi rostro con la fuerza de un bofetón, pero ni siquiera parpadeé. Mantuve la barbilla en alto mientras mis tacones de aguja repicaban sobre el mármol del vestíbulo de la Torre Vané. Cada paso era un eco de los diez años de exilio que me habían arrebatado. Diez años de silencio que estaban a punto de terminar con un estruendo.

Los empleados se apartaban a mi paso, susurrando sobre la misteriosa mujer que caminaba como si fuera la dueña del edificio. Y no se equivocaban: pronto lo sería.

El despacho del verdugo

Al entrar en el despacho de la presidencia, el tiempo pareció detenerse. El aire olía a sándalo viejo, whisky y poder metálico, un aroma que reconocía incluso en mis peores pesadillas. Julián Vane estaba de pie frente al inmenso ventanal, dándome la espalda. Su figura recortada contra el cielo gris de Nueva York seguía siendo tan imponente como la recordaba. La camisa blanca, de un algodón egipcio impecable, se tensaba sobre sus hombros anchos, revelando la tensión que intentaba ocultar.

—Lena de la Vega —dijo él, sin girarse. Su voz era un barítono profundo, una vibración que antes solía derretirme y que ahora solo lograba endurecer mi corazón—. Los informes decían que eras una tiburona implacable, una mujer que no acepta un “no” por respuesta.

—Acepto cheques bancarios, activos inmobiliarios y rendiciones incondicionales, Julián. El “no” es una palabra que borré de mi vocabulario el día que me subieron a aquel avión —respondí, sentándome en la silla de cuero frente a su escritorio. Crucé las piernas con una lentitud calculada, permitiendo que la seda de mi vestido rozara la madera noble—. No hemos venido a hablar de mi gramática, sino de tu supervivencia.

Julián se giró finalmente. Sus ojos, del color de una tormenta eléctrica sobre el Atlántico, recorrieron mi cuerpo con una intensidad que rozaba la insolencia. Por un microsegundo, vi una sombra de duda en su mirada, una chispa de reconocimiento que luchó por salir a la superficie. Pero él era un Vane; el autocontrol era su religión. Sofocó cualquier rastro de emoción y recuperó su máscara de frialdad corporativa. Para él, la Elena de hace una década estaba muerta y enterrada. Esta mujer frente a él era una amenaza financiera que debía gestionar.

—El contrato de matrimonio —dijo, lanzando una carpeta sobre el escritorio con un gesto brusco—. Mi equipo legal ha pasado la noche en vela revisando cada cláusula. Es una locura, Lena. Me pides un año de farsa pública, un matrimonio legalmente vinculante, a cambio de inyectar capital y salvar el cuarenta por ciento de mis acciones.

—Te pido el control, Julián. No nos confundamos —me incliné hacia delante, permitiendo que el escote de mi blazer revelara lo justo para distraer a cualquier hombre común, aunque sabía que Julián no lo era—. Es el precio por mi silencio sobre tus cuentas en las Islas Caimán y el desfalco que Marcus ha estado ocultando. El consejo de administración te quiere fuera. Están cansados de tus escándalos y de la investigación federal que te pisa los talones. Yo te doy la imagen de un hombre de familia respetable. Yo te doy la salvación. Tú me das la llave de tu imperio.

El pacto de sangre

Julián rodeó el escritorio con pasos felinos. Se movía con la gracia de un depredador que sabe que está acorralado pero que aún tiene garras. Se detuvo justo detrás de mi silla, tan cerca que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. El vello de mi nuca se erizó, una reacción biológica que odié instantáneamente. Sus manos, grandes y firmes, se posaron sobre mis hombros. El contacto fue eléctrico; la tela de mi vestido parecía desaparecer bajo la presión de sus dedos.

—¿Y qué hay de la cláusula de consumación, querida esposa? —susurró en mi oído, su aliento cálido provocándome un escalofrío traicionero—. El mundo tiene que creer que estamos locos el uno por el otro. Los fotógrafos, los inversores... todos buscarán el brillo del deseo en nuestros ojos. Y yo no sé fingir esa clase de pasión, Lena. En mi mundo, la pasión se vive hasta las últimas consecuencias o simplemente no existe.

Me puse en pie bruscamente, girándome para quedar cara a cara con él. Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban. Podía ver la pequeña cicatriz que cortaba su ceja izquierda, un recuerdo de una noche que ambos preferíamos olvidar. Su mirada bajó a mis labios, oscureciéndose con un hambre primitiva que me hizo recordar por qué me enamoré de él una vez.

—Entonces te sugiero que empieces a practicar tu mejor actuación de método, Julián —siseé, mi lengua viperina cortando el aire entre nosotros—. Porque la única forma en que entrarás en mi habitación, y mucho menos en mi cama, es si yo decido que es la forma más rápida y dolorosa de destruirte.

Él soltó una risa ronca, una vibración peligrosa que me recorrió la columna. Antes de que pudiera reaccionar, sus manos atraparon mi cintura y me atrajo hacia él con una fuerza que me dejó sin aliento. Capturó mis labios en un beso que no tenía nada de romántico; era una declaración de guerra. Sabía a whisky, a desafío y a una sed de diez años que ninguno de los dos quería admitir. No fue un beso de amor, fue un choque de voluntades. Le devolví el beso con una furia desesperada, mordiendo su labio inferior hasta que sentí el sabor metálico y salado de la sangre en mi lengua.

Julián se apartó unos milímetros, limpiándose el rastro de sangre con el pulgar mientras una sonrisa depredadora bailaba en sus labios. Sus ojos brillaban con un fuego que prometía quemarnos a ambos.

—Me vas a costar la vida, Lena de la Vega. Lo sé desde el momento en que entraste por esa puerta.

—Te equivocas, Julián —dije, tomando la pluma de oro del escritorio y firmando el contrato con una rúbrica elegante y definitiva—. Te voy a costar mucho más que la vida. Te voy a costar tu alma, y me la entregarás voluntariamente.