PRÓLOGO
Pov Jungkook.
(Jeon Jungkook; 16 años.)
Son más de las nueve de la noche cuando Diego abre la puerta y, al verme el labio roto, niega con la cabeza.
Mi mejor amigo me agarra del brazo y me arrastra hacia dentro de la casa.
―Ven. Vamos a limpiarte ―murmura, con la ira tensando su voz.
Ya lleva puesta la camiseta y los pantalones cortos con los que le gusta dormir.
Subo las escaleras con él y, al llegar al segundo piso, oigo a la señora Kim decir:
―No, Minie. ¡Vuelve a la cama!
―Quiero ver a Jungkook ―argumenta Minie, el hermano pequeño de Diego.
Antes de que nadie pueda detenerlo, sale disparado de su habitación y corre hacia mí, con la pijama azul cielo que tanto le gusta.
Cuando el niño de seis años se estrella contra mis piernas, sus ojos marrones me miran y murmuro:
―Hola, stellina mia.
Le encanta que lo llame “pequeña estrella”.
Normalmente sonreiría, pero esta noche no.
En vez de eso, frunce el ceño y su labio inferior sobresale.
―¿Por qué sangras?
Me agacho y lo levanto, y aunque me duele sonreír, lo hago.
Haría lo que fuera por el hermanito de Diego.
―No es nada. Déjame asearme y luego te arroparé.
Mientras me dispongo a bajarlo, me rodea el cuello con los brazos, negándose a soltarme.
―Quiero quedarme contigo.
―Minie ―dice la señora Kim con tono severo mientras me mira con compasión―. Ahora no es momento de ponerse difícil.
No es la primera vez que vengo después de que mi papá me pegara.
La casa Kim es mi refugio cuando las cosas se ponen muy feas en casa.
Me agacho, pongo a Minie de pie mientras inclino la cabeza.
―Solo tardaré unos minutos, stellina mia.
De mala gana, me suelta y arrastra los pies de vuelta a donde lo espera su mamá.
El señor Kim ya debe estar dormido, pues tiene que levantarse a las cuatro para su turno.
―No te quedes despierto hasta muy tarde ―dice la señora Kim antes de empujar a su hijo hacia su dormitorio.
―Gracias por dejarme quedar ―digo rápidamente.
―Sabes que siempre serás bienvenido aquí, Jungkook ―responde ella.
Diego señala con la cabeza hacia el baño, y cuando entramos, me veo reflejado en el espejo.
―Al menos no tengo un ojo morado esta noche.
Gruñe, saca el botiquín del armario y vuelve a negar con la cabeza.
―Ven a vivir con nosotros.
―Sabes que no puedo. No siempre es una mierda en casa. Solo cuando mi papá tiene un día muy malo.
Siendo él el jefe de la mafia italiana, esos días ocurren cada vez con más frecuencia porque otro sindicato está tratando de apoderarse de su territorio.
La familia de Diego no es mafiosa.
Cuando descubrieron que mi papá era el jefe de la mafia, no me lo reprocharon, aunque a Diego no le permiten ir a mi casa, pero no me importa, porque me encanta pasar tiempo aquí.
Observo cómo saca una toallita antiséptica y empieza a limpiarme la sangre del labio y la barbilla reventados.
Siempre insiste en cuidarme, así que no me molesto en discutir con él.
Nunca lo admitiré en voz alta, pero se siente bien tener a alguien que me cuide.
―¿Por qué perdió los estribos esta vez? ―pregunta, con la ira aún tensando su tono.
Me concentro en no inmutarme cuando el corte me duele.
―Otra organización intenta entrar en el territorio de mi papá y lo han estado atacando. ―Miro a Diego a los ojos mientras la preocupación me invade―. Creo que está perdiendo la batalla.
Mi amigo alza las cejas.
―¿En serio? ―La preocupación tensa aún más sus facciones―. ¿No es peligroso para ti?
Me encojo de hombros, sin querer pensar en lo que pasará si logran derrocar y matar a mi papá.
―No quiero hablar de eso.
Vuelve a negar con la cabeza y, mientras me aplica ungüento en la herida, murmura:
―Deberías quedarte aquí. Al menos hasta que pase la mierda.
Nunca pasa.
Cada día, papá lucha por mantenerse en la cima de la jerarquía.
―Me quedaré aquí un par de días ―le digo para tranquilizarlo.
Diego es como un hermano para mí.
Cuando nos conocimos el primer día de clases, nos hicimos mejores amigos al instante, y después de diez años, nuestro vínculo es inquebrantable.
Sinceramente paso más tiempo aquí que en mi propia casa.
Baja la mirada hacia las gotas de sangre en mi camisa.
―Puedes usar mi ropa.
―Gracias. ―Nos miramos a los ojos un momento antes de ir a su habitación. Tomo la primera camiseta que veo y me cambio la sucia―. Voy a arropar a Minie.
―Okey. ―Diego se deja caer en su cama tamaño king y toma su teléfono.
Camino hacia la habitación de Minie y, al entrar, una sonrisa de felicidad se dibuja en su rostro.
Todo en su habitación es azul porque está obsesionado con ese color.
Tomando asiento al borde de la cama, miro su rostro inocente, con un hoyuelo asomándose en su mejilla izquierda.
Me toma la mano con sus dos pequeñitas.
―¿Te duele?
Niego con la cabeza.
―Para nada.
―Porque eres fuerte, ¿verdad? ―pregunta. Cuando asiento, me pone cara de súplica y susurra―: Mira debajo de mi cama.
Me río entre dientes mientras me agacho junto a la cama y finjo buscar monstruos.
Una vez que termino, me siento a su lado otra vez.
―Nada de monstruos.
Minie se pone de rodillas y me inspecciona el labio antes de darme un suave beso en la comisura de los labios.
―Listo. Ahora todo está mejor.
Le dedico una sonrisa torcida.
―Vamos. Métete bajo las sábanas.
―Quiero dormir junto a ti y Diego ―se queja.
Sacudiendo la cabeza, aparto las sábanas.
―Eres un niño grande que debería dormir en su propia cama.
Me mira con disgusto y se enfurruña mientras se vuelve a acostar.
Lo cubro con las mantas y lo arropo.
Agarra a Bella, su unicornio de peluche, y me hace puchero.
―Por favor, Jungkook.
―Me quedaré contigo cinco minutos, pero luego tendrás que dormir ―intento negociar con él.
Sin parecer feliz, murmura:
―Bieeeeen.
Llevo mi mano a su cabeza y paso mis dedos por sus suaves mechones castaños.
―Sonríe para mí.
Sus labios se curvan y el hoyuelo que tanto me encanta vuelve a aparecer.
Desaparece demasiado pronto, y me mira con preocupación.
―¿Por qué tu papá te sigue lastimando?
―¿Estás escuchando a escondidas otra vez? ―le pregunto, entrecerrando los ojos juguetonamente. Él niega con la cabeza, y sabiendo que seguirá preguntando hasta que responda, susurro―: A veces la gente hace cosas malas que en realidad no quiere.
El labio inferior de Minie vuelve a sobresalir.
―No me gusta que te lastime. ―Una vez más, sale de debajo de las sábanas. Me rodea el cuello con los brazos y me aprieta con fuerza―. Puedes vivir aquí con nosotros porque te quiero y nunca te lastimaré.
Envuelvo mis brazos alrededor de su pequeño cuerpo y me sumerjo en la comodidad que me brinda.
―Yo también te quiero, stellina mia.
―Hora de dormir ―dice la señora Kim suavemente desde la puerta.
Suelto a Minie y lo arropo de nuevo.
Inclinándome sobre él, le doy un beso en la frente y murmuro:
―Dulces sueños.
―Igualmente ―susurra mientras me pongo de pie.
Al salir al pasillo, la señora Kim entrecierra la puerta antes de mirarme con preocupación, con la mirada fija en mi labio partido.
―Ay, Jungkook. ―Levanta los brazos y me abraza―. Lo siento mucho, hijo mío.
Mis emociones se descontrolan un poco mientras la abrazo.
―Está bien.
―No lo está. ―Me suelta, con la mirada llena de preocupación―. Diego dice que te quedarás unos días. ¿Quieres que Corrado y yo vayamos contigo a tu casa mañana para que puedas hacer la maleta?
Niego con la cabeza.
Lo último que quiero es que la mamá y el papá de Diego se acerquen a mi casa.
―Me pondré la ropa de Diego. Solo serán dos días.
―Puedes quedarte más tiempo ―me dice.
Le dedico una sonrisa agradecida.
―Lo sé, pero solo traerá problemas.
Ella deja escapar un profundo suspiro.
―¿Has comido?
No.
Se desató el infierno en la mesa.
Miento y asiento.
―Estoy bien. Gracias por todo, señora Kim.
Ella asiente y me observa mientras camino hacia la habitación de Diego antes de regresar al dormitorio principal.
Al entrar a la habitación de Diego, camino hacia el lado izquierdo de la cama y me dejo caer sobre el colchón con un suspiro.
―Tengo una cita con Donna ―dice mi amigo mientras deja su teléfono en la mesita de noche.
Levanto una ceja.
―¿Sí? ¿Por fin la convenciste?
Soltando una risita, me da una palmada en el brazo.
―Es al revés. Ella me agotó.
―Sigue diciéndote eso ―le bromeo.
La puerta se abre con un crujido y Minie mira hacia el interior de la habitación.
―Mamá se va a enojar ―le advierte Diego, pero ya se está moviendo para hacerle espacio.
―Solo un poquito ―suplica mientras entra con su unicornio de peluche en la mano.
Él deja escapar un suspiro.
―Bien.
—¡Sí! ―Corre a la cama y se sube, recostándose entre nosotros.
Sus ojos marrones brillan como estrellas, y su hoyuelo se marca con fuerza mientras me sonríe.
Diego alcanza la luz de la mesita de noche y la apaga.
―Buenas noches.
―Buenas noches ―responde Minie, con su voz llena de felicidad mientras se acurruca bajo mi brazo y su unicornio aterriza en mi pecho.
Mis labios se curvan hacia arriba, provocando que el corte se estire y pique.
―Buenas noches.
Llevo mi mano a la cabeza de Minie y paso suavemente mis dedos por su suave cabello.
Soy hijo único, pero Dios, habría matado por tener un hermanito como él.
En vez de eso, vivo en una casa fría, llena de armas y violencia.
Mi mamá obedece a mi papá y hace todo lo que él dice.
No la culpo, porque prácticamente la han sometido a golpes.
Tengo a Diego y a su familia.
Mientras permanezco despierto, empiezo a preocuparme por mi futuro.
Sé que mi papá espera que lo sustituya algún día, pero ¿eso es realmente lo que quiero?
―Jungkook ―susurra Minie.
―Sí, stellina mia.
Él frota su mejilla contra mi pecho.
―Me alegra que estés aquí.
―A mí también.
Una vez que se queda en silencio, mis pensamientos regresan a mi vida, y por millonésima vez, desearía haber nacido en una familia normal como la de Diego.
―Minie ―dice la señora Kim, y la oímos caminar hacia nuestra habitación.
Minie toma aire para responder, pero el sonido de un disparo la hace gritar de miedo.
Intensas ondas de choque vibran a través de mí mientras Diego grita:
―¿Qué demonios fue eso?
La puerta se abre de golpe y, sin pensar, agarro a Minie y lo lanzo sobre mí para que caiga al suelo al costado de la cama.
Justo cuando me incorporo, un disparo tras otro llena la habitación de fogonazos antes de que se encienda la luz.
Al mismo tiempo, me caigo de la cama, cayendo sobre Minie, mientras mi mente se acelera para procesar que nos están atacando.
Estoy siendo atacado.
Mis guardias están apostados afuera de la casa y solo puedo esperar que hayan escuchado los disparos.
¡Diego!
¡El señor y la señora Kim!
―J-Jungkook ―hipea Minie con terror oscureciendo sus ojos.
Justo cuando estoy a punto de reaccionar, una bala me impacta en la espalda; el dolor es más intenso que cualquier otra cosa que haya sentido jamás.
―¡Jungkook! ―grita Minie, agarrando mi camisa con su mano mientras caigo sobre él.
Mis ojos se encuentran con los suyos asustados.
―Shh. ―Rezo para que no lo vean debajo de mí, pero me agarran del brazo y me apartan de él.
Mientras me tambaleo hacia atrás, observo con horror cómo un hombre agarra a Minie.
―¡No! ―grito, y otra bala me impacta en el pecho, y siento como si me abrieran todo el torso.
Al caer de espaldas, no puedo hacer nada más que observar cómo el hombre lo saca de la habitación.
No.
―Jungkook. Diego ―solloza, y luego llora con más fuerza―. ¡Mamá!
Me salen gotas de sangre de la boca cuando intento llamarlo.
Un hombre se agacha a mi lado y lo miro con los ojos abiertos.
―Tu papá debería haberse echado atrás, niño.
Su brazo se levanta, el arma apunta a mi cabeza, y cuando un disparo llena el aire, espero sentir la bala, pero en vez de eso, el hombre cae sobre mí, con los ojos congelados.
―¡Jungkook! ―grita Massimo, uno de mis guardias, mientras me quita el cuerpo de encima―. ¡Cazzo!
Abro la boca para decirle que vaya tras Minie, pero solo sale sangre.
Mi visión se nubla, y cuando se enfoca, miro hacia la cama y veo a Diego.
Le han dado en la cabeza y el pecho, y el insoportable hecho de que mi mejor amigo esté muerto es mi último pensamiento antes de desmayarme.
*¹Cazzo: Mierda*