{El inicio del fin: Protocolo Omni}

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Summary

Will Davis posee la vida que cualquiera desearía. Es un profesor de renombre flanqueado por dos pilares de éxito: su hermano mayor, un legendario entrenador de fútbol, y el menor, un condecorado soldado de alto rango. Pero el prestigio no puede ocultar los fallos en la realidad. Libros que desaparecen, recuerdos que nadie comparte y una física que empieza a parpadear. Will deberá descubrir si su familia y sus logros son reales, o si todos son piezas en un tablero que no puede ver."

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

La primera grieta

Todas las mañanas de Will Davis se ejecutaban con la precisión de un código binario: despertar, vestirse, pasear a Buck y desayunar. Era una rutina grabada en piedra, un algoritmo impecable que no admitía errores de compilación. Sin embargo, esa mañana, Will sintió un impulso errático. Antes de llegar a la Universidad de Harvard, decidió romper el bucle y entró en una cafetería que no figuraba en sus trayectos habituales.

Allí, bajo una luz demasiado blanca, se topó con Jack. El Jack que recordaba de la preparatoria era atlético y vivaz; el que tenía enfrente era un despojo humano con los ojos inyectados en sangre.

—Me están rastreando, Will —susurró Jack, estrujando una taza de café vacía como si fuera un amuleto.

—¿Quiénes? Estás delirando, Jack.

—Baja la voz —imploró, mirando a la entrada con un tic mecánico en el párpado—. No sé quiénes son, pero no puedo decírtelo. No quiero que pierdas esta vida

Will arqueó una ceja.

—Querrás decir que no quieres que pierda la vida.

Jack se quedó estático, como si su cerebro se hubiera congelado en medio de un proceso. Luego, asintió con una rapidez artificial.

—Sí... eso. Exacto. La vida.

Will salió de allí con una náusea persistente. Al llegar al campus, el decano Arthur lo abordó con una palmada que se sintió demasiado ensayada.

—¡Will! ¡Felicidades por ese Nobel! ¡Magistral! —exclamó.

Will sonrió por inercia, pero se dio cuenta de algo: no recordaba el discurso de la ceremonia. No recordaba el vuelo a Estocolmo. Solo recordaba el premio, como un dato insertado en su memoria.

Al caer la noche, el campus se volvió un desierto de silencio clínico. En una butaca vacía, Will encontró un ejemplar de 1984. Al tocar la portada desgastada, un calambre le recorrió el brazo. Lo llevó a casa y lo colocó en su estantería, justo al lado de sus propios tratados sobre lógica. Esa noche, el sueño no fue descanso, fue un vacío negro.

La mañana siguiente comenzó con el mismo "archivo de inicio". Pero al bajar a la cocina, su esposa, Claire, lo miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Cariño, se acabó el café. ¿Podrías ir al supermercado?

—¿Cómo que se acabó? Compré dos kilos el sábado —replicó Will, abriendo la despensa. Estaba vacía. No es que el café se hubiera terminado; es que los estantes brillaban por su ausencia de polvo.

—Lo sé —dijo ella, con voz plana—. Pero aunque lo recordemos, ya no existe.

Will tomó las llaves, pero sus dedos se sintieron torpes, como si el metal no tuviera el peso correcto. Al salir, el vecindario parecía una postal recién impresa; el cielo era de un azul tan sólido que resultaba insultante. Condujo en un estado de trance, siguiendo las señales de tráfico que juraría no haber visto antes, hasta que un establecimiento de fachada gris apareció en una esquina donde ayer solo había un solar vacío: "Market 404".

Al entrar, el aire acondicionado lo golpeó con un frío químico. No era un supermercado común. El silencio era absoluto, roto solo por una música de ascensor que parecía repetirse en un bucle infinito de tres notas.

Mientras recorría los pasillos de productos genéricos y etiquetas sin marca, una sombra veloz cruzó su campo de visión periférica. Will, con el instinto de quien se siente observado, la persiguió hasta el siguiente estante de conservas, pero al doblar la esquina solo encontró a un hombre de mediana edad revisando los precios con una lentitud exasperante.

—Oiga, ¿vio eso? —preguntó Will, con el corazón martilleando contra sus costillas.

—¿Ver qué, señor? —respondió el extraño. No lo miró a la cara; mantenía la vista fija en una lata de guisantes sin etiqueta.

—Esa... cosa. Pasó corriendo hacia aquí.

—Aquí no hay nada más que precios, caballero —murmuró el hombre con una voz carente de inflexión.

Will retrocedió, sintiendo que el pasillo se alargaba de forma antinatural. Decidió que ya había tenido suficiente. Caminó hacia la caja con un único frasco de café. El cajero, un joven de piel tan tersa que parecía porcelana, escaneó el producto y, antes de que Will pudiera sacar su billetera, le dedicó una sonrisa mecánica, una que no llegaba a los ojos.

—Es un honor tenerlo aquí, doctor Davis —dijo el cajero. Su voz no era la de un fan entusiasta, sino la de una grabación predeterminada—. Que tenga un buen día, señor Nobel.

Will se congeló. Estaba acostumbrado a que lo reconocieran en facultades o conferencias, pero había algo profundamente erróneo en la forma en que el cajero pronunció "Nobel", como si fuera un código de barras y no un logro humano.

—¿Cómo... cómo sabe quién soy? —preguntó Will, con un hilo de voz—. Este lugar está a kilómetros de mi zona, yo nunca...

—Todo el mundo conoce al gran Will Davis —interrumpió el cajero, pero su rostro permaneció inexpresivo, como si estuviera leyendo un guion en una pantalla invisible—. El hombre que ganó el premio por... por ser Will Davis.

—¿Por qué? —insistió Will, sintiendo un sudor frío—. ¿Cuál fue el título de mi tesis? Si tanto me conocen, ¡dígamelo! ¡¿Cómo carajos sabe mi nombre?! ¡Responda!

El cajero abrió la boca, pero no salieron palabras, solo un leve sonido estático, como el de una radio mal sintonizada. Antes de que Will pudiera insistir, el hombre que revisaba los precios apareció de la nada, materializándose justo detrás de él. El extraño dejó caer un billete arrugado sobre el mostrador, a pesar de que segundos antes sus manos estaban vacías. No llevaba productos, ni bolsas, ni intención de compra.

—Tenga, quédese con el cambio —presionó el hombre con una voz monótona, empujando levemente el hombro de Will—. Pero démonos prisa, doctor. El tiempo es un recurso limitado y tengo gente esperando en la cola.

Will miró hacia atrás. No había nadie más en la fila. Sin embargo, el cajero desvió la mirada de Will como si este hubiera dejado de existir y comenzó a procesar el pago inexistente del nuevo cliente. Esa mezcla de reconocimiento forzado e indiferencia absoluta rompió algo en la mente de Will. Sin decir nada más, tomó su bolsa y huyó hacia su auto, sintiendo que su fama no era un honor, sino una etiqueta pegada a un frasco en un estante infinito..

Will Davis conducía hacia la Universidad Saint-Jude con los dedos tan apretados contra el cuero del volante que los nudillos le blanqueaban. El frasco de café en el asiento del copiloto parecía un trofeo robado. Como profesor laureado, Will estaba acostumbrado a que su mente fuera un refugio de lógica, pero lo que acababa de pasar no encajaba en ninguna estructura académica.

Al llegar al campus, la escena era, en apariencia, perfecta. Los estudiantes caminaban por los jardines, se sentaban en las escaleras con sus computadoras y reían en grupos. Sin embargo, ahora que Will miraba con la paranoia activada, notó algo perturbador: nadie lo miraba realmente. Era como si fuera una celebridad en una película donde los extras tienen prohibido hacer contacto visual con el protagonista.

Al entrar al edificio de la facultad, se cruzó con el decano Arthur.

—¡Will! —exclamó Arthur con una jovialidad que sonaba a grabación de alta fidelidad—. ¡Ese ensayo sobre la épica moderna fue magistral! ¡Digno de un Nobel! ¡Sigue así!

Arthur no se detuvo. Siguió caminando con una zancada rítmica. Will lo tomó del brazo, forzándolo a parar.

—Arthur, espera. Necesito decirte algo. En el supermercado... un cajero sabía mi nombre de una forma extraña, y un hombre...

—¡No te detengas, Will! —le cortó Arthur, soltándose con una fuerza sorprendente mientras mantenía una sonrisa de comercial de dentífrico—. ¡Llegas tarde a tu clase de las nueve! ¡El mundo espera las palabras de nuestro genio!

Arthur le dio una palmada en el hombro; no fue un gesto de afecto, sino un empujón sutil y firme que lo orientó hacia el pasillo de las aulas. Will se quedó paralizado al ver cómo Arthur, apenas tres metros más adelante, saludaba a una profesora con las mismas palabras, el mismo tono y la misma palmada: "¡Magistral! ¡Sigue así!".

Entró al Aula Magna. El murmullo de cien estudiantes llenaba el aire, pero en cuanto el pie de Will tocó el estrado, el ruido se extinguió de golpe. No fue el silencio de respeto que recibe un Nobel; fue el silencio de una máquina que entra en modo de espera.

—Buenos días —dijo Will, abriendo su maletín con manos temblorosas.

—Buenos días, profesor Davis —respondieron al unísono, con una sincronía que le erizó la piel.

Will intentó concentrarse, pero su mirada se desvió hacia Thomas, su alumno más brillante.

—Thomas... tú lees mucho. ¿Has oído hablar de un libro llamado 1984?

Thomas se encogió de hombros con una naturalidad pasmosa.

—Lo de siempre, profesor. Si no está en la bibliografía oficial del Nobel, no existe. ¿Por qué lo pregunta?

—¿Viste algo extraño hoy al venir? ¿Alguna sombra? —insistió Will, bajando el tono—. Siento que... que me están observando.

Thomas soltó una risita ligera, y de inmediato, el aula entera lo imitó. Una risa colectiva, rítmica, de "el profesor está bromeando".

—Usted siempre con su intelecto superior, doctor —dijo una chica desde la tercera fila—. Es por eso que le dieron el premio, ¿no? Por encontrar misterios donde solo hay un lunes por la mañana.

Will sintió que la red se cerraba. No lo estaban ignorando; lo estaban invalidando. Su fama era la jaula perfecta: cualquier duda que tuviera sobre la realidad era tratada como "la excentricidad de un genio".

De repente, la puerta del fondo se abrió de par en par. Entró una cuadrilla de mantenimiento. No eran militares, eran hombres comunes con chalecos amarillos reflectantes, pero sus rostros eran alarmantemente similares entre sí.

—Perdón, profesor —dijo el jefe del grupo con una voz monótona—. Hubo un Reporte de fuga de gas en este sector. Hay que evacuar el aula ahora mismo por protocolo de seguridad.

—¿Fuga de gas? No huelo nada —replicó Will, plantando cara.

—Es un gas inodoro, doctor Davis —respondió el hombre, acercándose a él. No corría, pero en un par de pasos ya estaba invadiendo el espacio personal de Will—. Vamos, por su seguridad. Su mente es demasiado valiosa para este mundo como para que se pierda aquí.

Los estudiantes empezaron a recoger sus cosas con una calma aterradora. Nadie corría hacia la salida. Simplemente caminaban en fila india, como si ya supieran que la clase terminaría exactamente así. El hombre del chaleco puso una mano en el brazo de Will.

—Puedo salir solo —soltó Will, apartándose del contacto que se sentía frío, casi metálico.

Corrió hacia el baño de la facultad, el único lugar que todavía parecía normal.Se encerró y se apoyó en el mármol frío del lavabo. Necesitaba el impacto del agua para convencerse de que su cuerpo aún era suyo.

Se inclinó, se empapó la cara y, al levantarse para mirarse en el espejo, el mundo sufrió un retraso.

Will ya estaba erguido, pero su reflejo se quedó inclinado sobre el lavabo un segundo más. Fue una pausa mínima, un lag en la imagen que desafiaba las leyes de la física. Su reflejo levantó la cabeza después que él, mirándolo con una expresión de cansancio y sabiduría que no era la de Will, sino la de alguien atrapado detrás del cristal.

Su teléfono vibró en el bolsillo. No era una llamada. Era una notificación de sistema:

"10:00 AM - Regresar a casa. Descansar. Olvidar el café. El Protocolo Nobel requiere estabilidad."

Will no tenía esa alarma. Nadie la había programado.

Error 404: La Realidad ha sido eliminada

Will salió del campus casi derrapando con su auto. El camino a casa se sintió como un túnel de luces borrosas; el mundo exterior parecía estar perdiendo resolución, como un video que baja de calidad cuando el internet falla. Al entrar en su estudio, buscaba desesperadamente el peso de las palabras, la lógica de los libros para silenciar la paranoia. Se dirigió al rincón donde, apenas unas horas antes, había colocado el ejemplar de 1984.

Se detuvo en seco. El aire se le escapó de los pulmones.

Frente a él no había nada más que una pared de yeso liso y blanco. Impecable. Sin rastro de polvo, sin marcas de anclaje, sin el menor indicio de que allí alguna vez hubo madera. La estantería que albergaba sus tratados de filosofía, sus premios y el libro del alumno simplemente no estaba. No es que la hubieran movido; es que el espacio que ocupaba parecía no haber existido jamás.

—¡¿Claire?! —llamó Will, con la voz quebrada—. ¡¿Claire, dónde está la estantería?! ¡¿Dónde pusiste mis libros?!

Su esposa asomó la cabeza por el umbral, secándose las manos con un trapo de cocina. Lo miró con una compasión tan genuina que resultó escalofriante.

—¿De qué hablas, Will? Nunca hemos tenido una estantería en esta habitación. ¿No estarás trabajando de más? El Nobel te tiene agotado, cariño.

—La de roble, Claire... —insistió él, señalando el vacío—. Tenía un libro de Orwell, 1984. ¡Lo traje hoy!

Ella soltó una risita suave, casi robótica.

—¿Orwell? Nunca he oído hablar de ese autor, Will. Suena a ciencia ficción barata, a algo... no oficial. Anda, ven a cenar. He preparado tu favorito, el que el sistema recomienda para los martes.

Will sintió un sudor frío recorriéndole la nuca. Sin responder, se sentó frente a su ordenador. El zumbido del procesador le pareció un grito de guerra. Abrió el navegador y, con los dedos temblorosos, tecleó: "1984 George Orwell".

Pulsó Enter.

La pantalla permaneció en blanco un segundo eterno hasta que aparecieron tres dígitos en negrita que le helaron la sangre:

Error 404

La página que buscas no existe o ha sido eliminada del servidor.

Will se echó hacia atrás, con el rostro bañado por el resplandor azulino del monitor. Tecleó su propio nombre: "Will Davis Nobel Literatura".

Error 404.

El pánico se convirtió en una urgencia violenta. Empezó a golpear las teclas como si quisiera atravesarlas, buscando cualquier rastro de su existencia real. De pronto, el monitor emitió un destello blanco, cegador, seguido de un chasquido eléctrico que resonó en toda la habitación. Un hilo de humo negro con olor a ozono comenzó a salir de la torre del ordenador. La pantalla murió en un degradado de líneas grises.

Se quedó allí, en la oscuridad, frente a una máquina quemada y una pared que le negaba su propia historia. Y lo peor no era el humo, ni el Error 404. Lo peor era que, desde el pasillo, escuchaba a Claire tararear una melodía alegre, perfectamente afinada, como si el mundo fuera, todavía, un código sin fallos.

El Archivo Final: Estación 12

A la mañana siguiente, Will no esperó al desayuno. Ignoró el "¿A dónde vas tan rápido?" de su esposa —que sonó exactamente igual que el día anterior— y corrió a la universidad. Necesitaba una terminal que no fuera la suya.

Entró en la sala de computación de la biblioteca. El silencio era denso, sólido. Encendió una computadora vieja y, al cargar el escritorio, vio algo que no estaba en el menú de Windows. Un icono con un nombre que pulsaba con luz propia: ARCHIVO_DAVIS.

Doble clic.

La pantalla parpadeó. El sistema pareció colapsar, pero luego la carpeta se abrió con una lentitud exasperante. Will esperaba encontrar sus notas de investigación o sus correos. En su lugar, la ventana estaba vacía. Un espacio en blanco, pulcro y digital.

—¿Qué carajo...? —murmuró, acercándose tanto que podía ver los píxeles.

En la esquina inferior, una pequeña barra de estado indicaba que la carpeta pesaba exactamente 404 kilobytes. El número lo golpeó como un puñetazo. No era una coincidencia; era una etiqueta de borrado.

De repente, un archivo de texto apareció de la nada: 04132026.txt. Se abrió solo. El cursor comenzó a escribir a una velocidad que ningún humano podría imitar:

UBICACIÓN ACTUAL: ESTACIÓN 12 (CAMPUS)

FRECUENCIA CARDÍACA: ERROR - RITMO BIOLÓGICO NO AUTORIZADO

ESTADO: OBSERVANDO AL OBSERVADOR

Will se apartó con tal violencia que la silla golpeó el pupitre de atrás. Sus ojos se clavaron en el reflejo del cristal de la pantalla. Allí lo vio.

En el umbral de la puerta de la biblioteca, una sombra alta y distorsionada se proyectaba contra el suelo. No se movía. No respiraba. Era una silueta oscura que contrastaba violentamente con la luz grisácea de la mañana.

Will volvió a mirar la pantalla. El texto se había borrado y ahora mostraba un único comando en el centro:

{ PROTOCOLO OMNI: INICIADO }

{ RE-ESTABLECIENDO NIVEL DE CONFORT: WILL DAVIS, NOBEL }

El monitor emitió un pitido agudo y la pantalla se volvió negra, dejando a Will a oscuras. Ya no era un hombre investigando un error; era un componente siendo procesado por un sistema que acababa de decidir que, para que el mundo fuera perfecto, Will Davis tenía que olvidar que alguna vez quiso despertar.