Chapter 1: El día que todo se rompió
Ryan llevaba todo el día sin responder a mis mensajes.
Y eso no era propio de él. No a dos días de nuestra boda.
Miré por la ventana de mi apartamento. Las luces del atardecer comenzaban a encenderse al otro lado del río Chicago mientras el tráfico avanzaba lentamente entre los edificios del centro.
Comprobé el móvil otra vez.
La pantalla seguía en silencio.
Ni una llamada, ni un mensaje. Ni siquiera el típico estoy ocupado.
A mediodía no le di importancia.
A las cuatro de la tarde empecé a mirar el teléfono más de la cuenta.
A las siete dejé de encontrar excusas.
Noté cómo algo pequeño y frío empezaba a crecerme en el pecho.
Ryan Astor estaba al mando de Astor Holdings, el mayor imperio constructor de la región. Su mundo era una sucesión de decisiones urgentes, contratos que cambiaban destinos y reuniones donde una sola frase podía mover millones. Vivía acelerado, siempre al límite. Yo lo sabía.
Por eso intenté convencerme de que no pasaba nada. Ryan siempre decía que los negocios no esperaban a nadie. Ni siquiera a una novia a dos días de casarse.
Decidí acercarme a su casa y sonreí al imaginar su cara cuando me viera aparecer sin avisar.
Quería darle una sorpresa.
El camino se me hizo extrañamente corto. O quizá fui yo quien no dejó de acelerar.
La fachada de cristal de la casa de Ryan reflejaba los últimos tonos anaranjados del cielo. Al acercarme comprobé que el jardín estaba en completo silencio.
No había música, ni voces. Tampoco elruido habitual del personal entrando y saliendo.
Avancé hasta la puerta principal y levanté la mano para tocar el timbre.
No llegué a hacerlo.
La puerta se abrió desde dentro.
Ryan salió primero, de espaldas. Me quedé inmóvil. Pude ver que estaba sonriendo, pero esa sonrisa sincera no era para mí. Porque Ryan no estaba solo.
Cuando terminó de girarse la vi. Chloe.
Mi mejor amiga.
Su melena rubia caía desordenada sobre los hombros. La blusa estaba mal abrochada, como si hubiera sido puesta con prisa. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y respiraba despacio, todavía pegada a él con una naturalidad que me recorrió la espalda como una corriente helada.
Durante un segundo, mi mente se negó a entender lo que estaba viendo.
Esa misma mañana Chloe me había dicho que pasaría el día cuidando a su madre enferma. Que apagaría el móvil, que me llamaría por la noche. Y me había enviado un corazón al despedirse.
No podía ser lo que parecía.Tenía que haber otra explicación.
Algo relacionado con los últimos detalles de la boda. Me aferré a esa idea.
Hasta que reparé en un detalle imposible de ignorar.
Ryan estaba descalzo. Lo había visto así cientos de veces, pero nunca con otra mujer.
Y su brazo rodeaba la cintura de Chloe con una intimidad que no admitía explicación.
Antes de que pudiera reaccionar, ella levantó la mirada hacia él.
Y entonces... lo besó.No fue un error.No fue un impulso.Fue un beso que ya existía.
Ryan no se apartó. Al contrario.
Deslizó la mano hasta su nuca y la retuvo allí, como si nada más importara.
El mundo se volvió irreal. El sonido de los pájaros desapareció. El aire dejó de entrar en mis pulmones.
No supe cuánto duró. Pero fue suficiente.
Y todo lo que había construido dentro de mí se derrumbó sin hacer ruido.
—¿Ryan...? —susurré.
Chloe fue la primera en verme. Su sonrisa se borró al instante.
Ryan se giró entonces... y el color abandonó su rostro.
Nadie habló. El silencio pesaba.
Hasta que Chloe soltó una pequeña risita.
—Oh, Isabella... —dijo, sorprendentemente tranquila— No pongas esa cara. Tarde o temprano ibas a descubrirlo.
Ryan no retiró la mano de su cintura.
—Chloe... —advirtió en voz baja.
Pero no la soltó.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté. La voz me salió más frágil de lo que esperaba.
Chloe inclinó la cabeza, pensativa.
—¿Cuánto llevamos juntos, Ryan? —sonrió—. ¿Un año?
Un año.La palabra se quedó suspendida en el aire.No encajaba.No podía ser verdad.
No era una infidelidad.Era algo peor.Ni siquiera sabía cómo llamarlo.
—Isabella... —Ryan dio un paso hacia mí—. Iba a decírtelo. Sólo estaba esperando el momento adecuado.
Lo miré fijamente.
—¿El momento adecuado? —dije extrañamente serena—. ¿En la luna de miel?
Ryan abrió la boca. No encontró nada que decir.
—Nos casamos en dos días —continué—. Dos.
—Esto iba a pasar tarde o temprano —añadió Ryan.
Chloe suspiró con evidente fastidio.
—Ay, Isabella... no hagas una escena. No es lo que crees... bueno, en realidad sí.
No reconocía a las dos personas que tenía delante.
Ni a él.Ni a ella.
Los miré.
Esperando algo.Cualquier gesto.
No llegó.
Y entonces lo entendí. Ninguno sentía culpa.
Tragué saliva.
—Tienes razón, Chloe —dije al fin—. No hay ningún drama.
Lentamente me quité el anillo de compromiso.
Ryan frunció el ceño.
—Isabella, no hagas tonterías.
El anillo resbaló de mis dedos y cayó al suelo con un sonido metálico, pequeño y definitivo.
Para ellos quizá solo era una joya.Para mí... era todo.
—La boda se cancela.
Me di la vuelta antes de que pudieran responder. Sabía que, si me quedaba un segundo más, me derrumbaría allí mismo.
Salí de la casa casi sin ver y el aire frío me golpeó el rostro, pero aún así no lograba respirar.
Ryan.Chloe.Un año.
Caminé sin sentir los pies. Las farolas parecían inclinarse sobre mí como si el mundo estuviera a punto de caer. Pensé que tal vez eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.
Hasta que el ruido del tráfico regresó de golpe.
Un claxon.
Luces reflejadas sobre el asfalto húmedo.
Entonces un chirrido brutal de frenos desgarró el silencio.
No tuve tiempo de reaccionar.
Sentí el impacto y un dolor agudo atravesó mi pierna derecha.
El suelo se acercó. Pero antes de que mi cabeza golpeara el asfalto, unas manos firmes me sujetaron.
—No cierres los ojos... todavía no —murmuró una voz desconocida.
Intenté abrirlos.
No lo conseguí.
Y todo se volvió negro.