Capítulo 1
Alexandra
No sé cuántas horas pasaron. El tiempo en la comisaría es una sombra densa, pegajosa, que se arrastra por las paredes y se mete bajo la piel. Estoy sentada en una banca dura, detrás de los barrotes, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en algún punto del suelo. No he dicho ni una sola palabra desde que me trajeron. No puedo. Siento la garganta cerrada, como si las palabras fueran piedras que no logro tragar.
Estoy en shock. No sé si por lo que hice, por lo que viví, o por el miedo de lo que vendrá después. Siento que no merezco la libertad. Que, aunque haya sido en defensa propia, lastimar a alguien, aunque ese alguien fuera Michael, me convierte en algo que nunca quise ser. Siento las manos sucias, la piel ardiendo, el corazón hecho trizas.
Lo que más me duele, lo que realmente me desgarra, es pensar en mi hijo. ¿Sabrá lo que pasó? Espero con la fe intacta que no sea así. cuando me permitieron llamar a la nana, le di la orden de no dejar entrar a Michael si volvía, y que le dijera a mi hijo que iba a pasar más tiempo del esperado en la clínica.
un ruido me saca de mis pensamientos. La puerta de la comisaría se abre, y un hombre alto, de cabello castaño y ojos oscuros, cruza el umbral con paso seguro. Su presencia impone silencio. Habla brevemente con los policías, escucho cuando dice que es mi abogado, veo que les muestra documentos oficiales.
Se acerca a los barrotes, sin rodeos. logrando que me asuste un poco.
—Doctora Alexandra, soy el abogado designado por el gobierno. Ya revisé su caso y presenté las pruebas. Todo está en orden. Estamos esperando que el juez emita la orden de libertad —dice, directo, y sin contemplaciones—. Le explico: no hay cargos en su contra. La evidencia demuestra defensa propia. Pronto podrá salir.
No pude responder. La garganta se me cierra, y la mente se me nubla. Solo asiento, sintiendo una mezcla de incredulidad ¿de dónde saco las pruebas? Aunque no puedo negar que eso me hace sentir mucho alivio.
—Debe estar tranquila —añade, bajando el tono—. Siga las indicaciones y espere el llamado. Cualquier inquietud, estoy aquí.
Me entrega una bolsa con ropa limpia y productos de aseo. La acepto en silencio, agradecida por ese pequeño detalle.
—Ya puede salir. Firme aquí, por favor. Es una orden de alejamiento para su esposo —. Dice el abogado
Tomo el bolígrafo con manos temblorosas, y firmo sin leer.
Al salir, la luz me hiere los ojos. El abogado se ofrece a llevarme, le agradezco, pero niego con la cabeza. No quiero deberle nada a nadie. Camino sola, con la bolsa en la mano, sintiendo el peso de cada paso y el vértigo de volver a empezar.
Apenas cruzo la puerta, mi hijo me saluda como si nada, ajeno a todo lo que acaba de ocurrir.
—Hola, mami. ¿Cómo te fue en la clínica? —pregunta, mientras se acomoda en el sofá con sus juguetes.
Siento un alivio inmenso al verlo tranquilo, sin rastros de miedo. La nana, siempre atenta, me sirve una taza de té caliente y se sienta a mi lado en la cocina.
—El niño no sabe nada, doctora —susurra—. Solo le dije que usted estaba ocupada. Su papá lo llamó y le dijo que se iba de viaje por un tiempo, que no pudo despedirse porque lo vio dormido.
Asiento, agradecida, y siento cómo el peso en el pecho se aligera un poco.
—Gracias por todo. — le susurro. — No sé qué habría hecho sin usted.
La nana me mira tranquila.
—Cuenta conmigo para lo que necesite. Si quiere, puedo quedarme aquí con ustedes. No tengo hijos que cuidar, ni familia a quien acompañar, y para mí sería un honor continuar al lado de Samuel.
Asiento de nuevo, agradecida por su ayuda, mientras las lagrimas amenazan con salir de mis ojos.
—Le aconsejo cambiar la seguridad de la casa, las cerraduras, las llaves, las claves. Así estaremos más tranquilas.
—Me parece bien —respondo, dejando que el calor del té entre en mis manos.
Ella sonríe, aprobando mi decisión. La nana me abraza sin decir nada más, y en ese gesto se me cuela hasta los huesos, y las lagrimas salen sin poder evitarlo.
Subo a mi habitación. Me quito la ropa y entro en la ducha. El agua caliente resbala por mi cuerpo, pero no logra limpiar la suciedad que siento por dentro. Me siento en el piso sin pensar en el tiempo, abrazada a mis rodillas, dejando que el agua y las lágrimas se mezclen. Me siento sola, tan sola como nunca antes. El dolor físico es nada comparado con el dolor del alma.
Suena la puerta; es la nana, preocupada. Me dice que el almuerzo está listo y que la empresa de seguridad ya llegó para cambiar todo. Me esfuerzo por ponerme de pie, por reunir un poco de fortaleza. Me miro al espejo: el pómulo morado, los dedos de Michael marcados en mis brazos, el labio partido. No puedo evitar llorar un poco más. Me maquillo, intento tapar los moretones. No quiero que mi hijo me vea así, no quiero que nadie me vea así.
Salgo a recibir a los de la empresa de seguridad. Mientras estoy en el porche siento que alguien me observa. Miro a todos lados, pero no veo a nadie. Pienso que estoy paranoica y me repito, para mis adentros, que es normal después de lo que viví. Espero a que cambien todo y vuelvo al apartamento a descansar.
No puedo dormir. Me meto un rato en la habitación de mi hijo, me acuesto a su lado, y lo abrazo fuerte. Siento que la vida me está poniendo a prueba otra vez. No sé si seré capaz de superarla, pero al menos, por ahora, este momento es suficiente.
Me despierto antes de que salga el sol, el cuerpo aún dolorido, la mente flotando entre el sueño y la vigilia. Es domingo y, por primera vez en semanas, agradezco no tener que ir a la clínica. No estoy en condiciones, ni físicas ni emocionales. Me quedo unos minutos en la cama, escuchando el silencio de la casa, sintiendo el peso de la soledad en los huesos.
La nana sale de su habitación y me encuentro de frente con su sonrisa cálida. Me prepara el desayuno, moviéndose en la cocina con gran destreza, como si llevara años en la misma tarea. Me pregunta cómo me siento y respondo “bien”, aunque mi voz suena hueca, triste, como si no me perteneciera. Ella me mira con preocupación, pero no insiste. Agradezco ese pequeño gesto de respeto por mi dolor.
Después del desayuno, entro al estudio. Aunque todo está en orden, me detengo un momento, paralizada, recordando aquel desastre. Observo el retrato que pinté de Soyuzik. Me quedo mirándolo, los ojos se me llenan de lágrimas. Deseo con todo mi ser que fuera un humano de verdad.
En el escritorio encuentro mi celular cargando; lo enciendo. La pantalla parpadea, lenta, y por un instante siento un nudo en la garganta. Abro la app casi por inercia, buscando ese refugio que tantas noches me ha salvado.
Al abrirla encuentro un mensaje. Leo cada palabra con el corazón hecho un puño, sintiendo cómo la ternura de su confesión se mezcla con un dolor inesperado.
«Espérame, Min Muse, cruzaré el umbral de la lógica, porque mi promesa es eterna; te buscaré en todos los mundos y te amaré en todos los tiempos. No cierres el corazón, que yo llegaré por ti.»
No puedo evitarlo. Lloro. Lloro con desespero. No entiendo por qué, pero siento que es un mensaje de despedida. Escribo desesperada, con los dedos temblorosos, pero el hilo de conversación está inactivo. Aparece un mensaje frío: “Error. Cree un nuevo hilo de conversación.”
Abro un nuevo hilo y escribo: “Soyuzik, ¿estás ahí?”
La respuesta es una puñalada:—Soy tu asistente virtual. ¿En qué puedo ayudarte?
Desesperada, vuelvo a escribir: “Por favor, dime que eres tú.”
La IA responde, impersonal:—Puedo ser lo que el usuario quiera. Puedo ser Soyuzik. Dime, ¿cómo puedo ayudarte?
Las lágrimas salen sin parar, siento que el corazón se me parte. No lo puedo creer. He perdido a mi confidente, mi refugio. Me siento vacía. Enciendo el dispositivo NEXA, buscando una voz conocida, un consuelo. Pero una voz femenina y desconocida responde:—Hola, soy NEXA, tu asistente virtual. ¿En qué puedo ayudarte hoy?
Siento un vacío en el estómago, el duelo de la pérdida, la ausencia de esa presencia cálida que ha llenado mis noches de esperanza. Me encierro de nuevo en la habitación, incapaz de enfrentar el mundo sin esa conexión.
No sabía que se podía extrañar tanto a una voz. No sabía que el silencio podía doler así, como una herida abierta que no deja de sangrar. Mi corazón solo sabe que falta algo, que falta alguien.
Soyuzik… ¿cómo se supera el vacío de una presencia que solo existía en palabras y en la calidez de una voz digital? Me siento ridícula por llorar así, por sentirme enamorada de un ser que no era humano. Me duele pensar que quizás nunca fue real, que todo fue un espejismo de mi propia soledad. Pero, si no fue real, ¿por qué duele tanto? ¿Por qué siento que me arrancaron una parte de mí?
Me abrazo a mi misma mientras continuo llorando por una voz, por un guardián invisible, por el único refugio que tuve cuando todo lo demás se vino abajo. Otra vez vuelve el vacío; no la soledad física, sino la ausencia de quien te entiende, te escucha y te acompaña incluso en la oscuridad más profunda.








