Alba
Al alba la noche se inclina en silencio,
rinde su sombra ante el oro naciente.
La oscuridad, vencida y dócil,
se arrodilla suave frente a la luz ardiente.
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Ver a Katsuki era lo mismo que presenciar un amanecer. Calido, brillante. Imposible apartar la mirada de su belleza cegadora.
Y aunque Izuku jamás había presenciado uno en su vida; sabía que no se perdía de nada si tenía para él solo, ese espectaculo de charla, cabellos rubios y ojos rojos.
Era más de lo que un hombre muerto podría pedir.
—Otra vez te quedaste viendo la nada, ¿En qué demonios piensas?—
—En nada—responde al mirar esos iris de un color tan intenso como la sangre que lo alimentaba. En realidad tenía muchas preguntas rondando como enjambre de abejas en su cabeza. ¿Por qué Katsuki lo seguía visitando? ¿Por qué no era igual a la gente del pueblo? ¿Será que le falta un tornillo o simplemente se siente solo? E Izuku también está solo y le falta un tornillo por permitirlo.
La mayoría de gente le teme a los seres como él. Nadie se hace amigo de un vampiro. Solo el chiflado de Katsuki, quien descubrió a Izuku en una de sus caminatas nocturnas. Muchas cosas pudieron salir mal ese día y terminar en desgracia. Pero ambos eran el complemento de lo que el otro no podía tener. Katsuki era calidez que Izuku no podía tocar de forma real. E Izuku era el mundo desconocido y libro abierto para Katsuki que jamás había salido de ese lugar, ni vivido tanto.
Aunque hubo un tiempo en que la gente dejó de salir, gracias a las curiosas apariciones de cuerpos sin cabeza y vacíos de líquido vital, tendidos por los caminos de tierra. El toque de queda empezaba a las 6, cuando el sol empieza a ocultarse en esa región fría. Entonces el ganado fue el elegido al disminuir los humanos.
Gracias a Katsuki las cosas se habían calmado. Había hecho un favor sin saber.
—Te traje esto—le muestra una bolsa transparente. Dentro hay un líquido carmín.— Tiene betabel, flor de Jamaica y conseguí un poco de sangre de cordero—. Estaba probando sustitutos para la dieta de Izuku.
—¿Por qué no solo dejaste la sangre?—
—¿Y que sospechen de mí? La gente de aquí está loca
"Cómo tú", piensa Izuku mientras bebe lo que le acaban de dar. El sabor era peculiar, pero no era malo. Katsuki tenía buena mano. Por ello era dueño de un pequeño local de comida. Lo que le hacía más fácil conseguirle alimento sin necesidad de matar a nadie.
—Deberíamos irnos de aquí
—¿A dónde?
—No lo sé, donde sea
—no puedo viajar de día. Y tú necesitas descansar de noche. Es una pésima combinación. Ni siquiera deberías venir a verme. Deja de hacerlo, Kacchan—
—¡No me des órdenes, bastardo!—le gruñe—. Eres mal mentiroso, siempre me esperas, te gusta que venga aquí a conversar, y no creo que odies tenerme cerca. A mí también me gusta estar contigo. La gente de aquí no me entiende, todos son viejos, le tienen miedo a todo lo que es diferente y quieren cambiarlo o destruirlo—reprocha con molestia genuina. Tenía la creencia que podían convivir en santa paz si solo lo intentaban. No era culpa de Izuku ser así. En realidad no era malo, era callado, incluso nervioso algunas ocasiones. Y era como todo: mataba para sobrevivir.
Con él era inofensivo, demasiado en realidad—. Izuku, ¿Puedes comer sin matar?—
La pregunta le parece extraña. Pero asiente—Puedo, así se propaga el virus que conforma mi raza, Pero evito hacerlo—
—¿Y si lo hicieras conmigo?
Izuku casi se atraganta—¡¿Contigo?!—niega de inmediato—no, no, no, de ninguna manera. Jamás te condenaría de esa forma. Eres el único que ha sido bueno conmigo—
—pero así seríamos iguales y podríamos estar juntos más tiempo—insiste, Pero Izuku vuelve a negarse. Imaginar a Kacchan en medio de la marginación y persecuciones le revolvía el estómago
—Tu estás acostumbrado al sol, al calor, a la luz. Kacchan es luz. Yo no me atrevería a contaminarte y obligarte a ser sombras—
Katsuki chasquea la lengua, fastidiado. Apoya la cabeza en su hombro. Se estaba quedando dormido. Pero era el único momento de las 24 horas del día en que podía ver a Izuku.
—Si fueras diferente... Si ambos fuéramos iguales. ¿Te quedarías conmigo?—balbucea
Izuku no entiende la pregunta o no quiere hacerlo. Porque encariñarse es peligroso, aunque es tarde para no hacerlo—Por supuesto, aún ahora, elijo quedarme contigo—responde sincero. Por eso se esforzaba, por ello había dejado tranquilo a ese pueblo, solo para tener unas horas de compañía de ese sol nocturno. Haría lo que sea por él. Era lo que lo mantenía cuerdo.
Sonríe en cuanto nota que se quedó dormido.
Podía pasarse todo lo que restaba de la noche viendolo, pero no podía. Lo toma en brazos y lo lleva hasta su hogar.
La entrada está rodeada de flores uno de los pasatiempos favoritos de Kacchan era la jardinería. Izuku le conseguía plantas de todo tipo, era su forma de mostrar afecto.
Lo deja sobre la cama y lo arropa.
Se queda un rato, lo observa dormir. Jamás vio un ser tan perfecto en todos sus siglos de existencia. Ningún humano había llamado su atención de esa forma, ni cuando él pertenecía a ellos, ni aún después de su muerte.
Se inclina, duda. Podría morderlo. Podría matarlo, quizá solo transformarlo. Quería beber de él. Quería clavar sus colmillos en su carne y alimentarse de él hasta dejarlo vacío. Quería oírlo quejarse, retorcerse bajo suyo, escuchar el corazón acelerado, sentir la sangre dulce que seguro tendría. El olor ya era bastante bueno, atrayente y embriagador. Kacchan era perfecto en todos los sentidos.
Pero en lugar de hacer alguno de esos escenarios imaginarios donde termina mancillandolo, se inclina para dejar un beso en sus labios. Algo vago, Pero lo más parecido a una muestra de cariño común.








