El último día normal
El timbre sonó por todo el pasillo.
Un murmullo inmediato llenó la escuela. Mochilas cerrándose, sillas arrastrándose, voces mezclándose en el aire.
Amelis fue la primera en levantarse.
—¡Por fin! —dijo estirándose—. Pensé que esta clase no iba a terminar nunca.
Eryan bostezó, apoyando la cabeza en el escritorio.
—Yo sí quería que terminara… hace como dos horas.
Iris cerró su cuaderno con cuidado.
—A mí me pareció normal.
Eryan giró la cabeza hacia ella.
—Claro, “normal”. Porque tú eres un robot, Doble nombre.
—No soy un robot —respondió ella tranquila.
—Podrías serlo.
Amelis soltó una pequeña risa.
—Ya déjala, Eryan.
Tavren, que había estado en silencio, se levantó y se colgó la mochila.
—¿Nos vamos?
Kaelia ya estaba de pie, esperando cerca de la puerta.
—Sí. Muévanse.
Salieron al pasillo junto a los demás estudiantes. El ruido era mayor ahora, risas, pasos rápidos, conversaciones cruzándose sin parar.
Afuera, el aire se sentía más ligero.
Amelis caminó al frente, girándose hacia el grupo con una sonrisa.
—¡Tengo una idea!
Eryan suspiró.
—Eso nunca es bueno.
—¡Oye! —protestó ella—. Yo digo que vayamos a mi casa a hacer una pijamada.
Iris asintió levemente.
—Me suena bien, Melis.
Eryan levantó una ceja.
—¿Una pijamada? Qué aburrido. Yo voy a estar ocupado con el equipo de baloncesto.
Kaelia lo miró de reojo, sin detenerse.
—¿Esos tarados? No son ni lo mejor que somos nosotros.
Eryan se detuvo en seco.
—¿Perdón?
Kaelia ni siquiera giró.
—Escuchaste.
Tavren soltó una leve risa por lo bajo.
Eryan lo miró.
—No te rías.
—No me estoy riendo —dijo Tavren
—Te estás riendo —dijo Eryan.
—No —dijo Tavren
Amelis negó con la cabeza, sonriendo.
—Ustedes dos no pueden estar cinco minutos sin pelear.
—Ella empezó —dijo Eryan.
—Yo solo dije la verdad —respondió Kaelia.
Kaelia caminó unos pasos más y, sin mirar atrás, añadió:
—Y para hacerlo mejor, vamos a contar cuentos de terror en la pijamada.
Eryan bufó.
—Solo voy a ir porque voy a estar aburrido en mi casa.
Tavren se acomodó la mochila.
—Ya quiero verlos lloriquear con los cuentos de terror.
—Ni en tus sueños —dijo Eryan.
Tavren no respondió. Simplemente caminó unos pasos adelante, sacó su patineta y la dejó caer al suelo con un leve golpe seco.
—¿Desde cuándo—?
Antes de que alguien terminara la frase, Tavren ya se había impulsado y comenzó a avanzar.
—¡Tavren! —gritó Amelis—.¡Espéranos!
Los demás se apresuraron a seguirlo.
El ruido de la calle reemplazó al de la escuela. Autos pasando, conversaciones lejanas, el viento moviendo ligeramente las hojas de los árboles.
Tavren iba unos metros adelante, moviéndose con más seguridad de la que cualquiera hubiera esperado.
Eryan frunció el ceño mientras aceleraba el paso.
—¿Desde cuándo sabes manejar una patineta? Si siempre te caes.
Tavren giró apenas la cabeza, sin detenerse.
—Cállate. Caerme se llama aprender, idiota.
Eryan sonrió.
—Te voy a ver caer otra vez.
—Inténtalo. —dijo Tavren
Amelis finalmente los alcanzó, respirando un poco agitada.
—Van a terminar rompiéndose algo, lo saben, ¿verdad?
—Él primero —dijo Eryan.
—Tú hablas mucho —respondió Tavren.
Iris caminaba unos pasos más atrás, observando en silencio.
Kaelia, en cambio, se adelantó un poco más, mirando el camino como si ya supiera hacia dónde ir.
—Entonces —dijo Amelis, recuperando el aliento—. ¿Sí van a ir todos?
—Ya dije que sí —respondió Eryan—. Pero si es aburrido, me voy.
—No va a ser aburrido —dijo Amelis.
Kaelia giró ligeramente la cabeza.
—Depende de ustedes.
Eryan sonrió de lado.
—¿Vas a asustarte, líder?
Kaelia lo miró directo.
—No —dijo Kaelia.
—Claro —dijo Eryan.
—El que va a llorar eres tú —dijo Kaelia.
—Ni en sueños —dijo Eryan.
Tavren soltó una risa baja.
—Sí va a llorar.
—Cállate —dijo Eryan.
Amelis rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.
—Van a terminar gritándole a las almohadas, ya verán.
—Habla por ti —dijo Eryan.
—Yo no grito —respondió Kaelia.
—Ajá —dijo Eryan.
—Ajá —dijo Kaelia.
Iris caminaba en silencio detrás de ellos, escuchando.
No intervenía… pero tampoco se alejaba.
Siempre a la misma distancia.
Siempre presente.
Amelis se giró un poco mientras caminaba.
—Entonces ya está decidido. Pijamada en mi casa.
—Con cuentos de terror —añadió Kaelia.
—Qué emoción —murmuró Eryan.
Tavren bajó de la patineta y la tomó con una mano.
—A ver si no salen corriendo.
Eryan lo empujó ligeramente.
—El primero vas a ser tú.
—Inténtalo.
Amelis rió.
—No se peleen.
—Él empezó —dijeron Eryan y Tavren al mismo tiempo.
Se quedaron en silencio un segundo.
Luego Eryan sonrió.
—Copión.
Tavren negó con la cabeza.
Kaelia siguió caminando al frente.
Sin mirar atrás.
Como siempre.
Y, por una vez, nadie discutió hacia dónde iban.
Sin saberlo… esa tarde cambiaría todo