Las huellas que el viento no pudo borrar

Summary

En las pintorescas y calurosas calles de Cumaná, donde el aire siempre arrastra un persistente olor a salitre y a pescado fresco, el amor no se escribe en finos pergaminos. Se forja a pulso, resistiendo los embates de una realidad implacable que a menudo arranca las esperanzas. Este relato es la crónica de dos almas aferradas a un sentimiento que se negó a morir bajo la sombra del exilio, el barro de las selvas y el paso de una década entera. A los diecisiete años, Ramón y María descubrieron que el primer amor puede ser tan intenso como el fuego de un buen sancocho de leña. La crisis política y económica que asfixió a Venezuela los empujó por caminos opuestos: ella desafió el infierno verde del Darién buscando el norte; él se quedó en la primogénita del continente, volviéndose un maestro del rebusque para no morir de mengua. A través de la distancia, las decisiones forzadas por la soledad y la llegada de un hijo ajeno, el hilo invisible que los unía jamás llegó a romperse. Con un lenguaje cargado de la sabrosura, el ingenio y el característico humor oriental venezolano, este prefacio abre las puertas a una travesía de supervivencia y perdón. Es la prueba de que el amor verdadero no entiende de fronteras; simplemente se toma un respiro para volver a florecer con mucha más fuerza en el momento del reencuentro definitivo

Genre
Romance
Author
juliolopv
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

El salitre en los labios y la ultima tarde

Hay dolores que no se explican con palabras, se sienten en el tufo del aire caliente de Cumaná, ese que te golpea la cara a las tres de la tarde y te recuerda que estás vivo, aunque por dentro sientas que te estás quebrando en mil pedazos. Dicen que el primer amor nunca se olvida, pero lo que no te dicen las canciones ni los poetas de plaza es que el primer amor duele más cuando el hambre, la necesidad y una maleta mal armada se interponen en el camino.

Teníamos diecisiete años. Diecisiete años de pura intensidad, de costillas que se encontraban al abrazarse porque la situación en el país ya nos estaba chupando los huesos, pero con unas ganas de comernos el mundo que no cabían en el Golfo de Cariaco. María era, y siempre ha sido, un torbellino. Una muchacha de piel canela, tostada por ese sol oriental que no perdona a nadie, con unos ojos guaros, inmensos, que cambiaban de color según el reflejo del agua marina; a veces verdes como el mangle, a veces marrones como la madera de los peñeros que descansan en la orilla de La playa los Bordones.

Esa tarde nos fuimos al monumento de Cumaná. Queríamos despedirnos donde todo había empezado, pero el silencio nos pesaba más que un saco de cemento. El calor era sofocante, de ese que te pone la espalda como un chicharrón y te hace sudar hasta las ideas. Estábamos sentados en el borde de concreto, mirando cómo los pelícanos se lanzaban en picada para buscar su ración de comida, ajenos por completo a la miseria humana y a las fronteras que los hombres inventan.

Yo la miraba de reojo, tratando de memorizar cada peca de su nariz, cada curva de su sonrisa a medio terminar. Sabía que se iba. Lo sabía desde hacía meses, cuando sus padres tomaron la decisión de vender lo poco que les quedaba: la nevera que medio enfriaba, el televisor de cajón donde veíamos las novelas por las tardes y hasta los anillos de matrimonio de su abuela. Todo para comprar un pasaje a la incertidumbre, huyendo de una realidad que nos asfixiaba, donde el salario no alcanzaba ni para una harina pan y los hospitales eran antesalas de la muerte.

Mijo, me voy. No aguanto esta procesión, me dijo de repente, rompiendo el murmullo de las olas. Su voz sonó quebrada, finita, como un hilo de pescar a punto de reventar por el peso de un pez grande.

Yo sentí un frío horrible en el estómago, a pesar de los casi cuarenta grados a la sombra. Para no ponerme a llorar como un carajito frente a ella, apelé a lo único que nos queda a los cumaneses cuando la tragedia nos pisa los talones: el chalequeo, la mamadera de gallo, el humor para no morir de mengua.

¡Oye, loca! ¿Y quién me va a rascar la espalda a mí ahora cuando me pegue la rasquiña de la playa?, le solté, intentando forzar una sonrisa que me salió más torcida que una curva de la vía a puerto la cruz.

Ella me miró y dejó escapar una risita ahogada entre lágrimas. Me dio un manotón en el hombro, de esos que duelen sabroso.

Tú siempre con tus ocurrencias, Ramón. Hablo en serio. Mañana sale el autobús para Caracas y de ahí... de ahí Dios sabrá. Papá dice que tenemos que cruzar por Colombia y luego meternos por esa selva de Panamá. El Darién, le dicen.

Al escuchar ese nombre se me erizó la piel. En el barrio ya se escuchaban historias de terror sobre el Darién. La gente hablaba de ríos crecidos que se llevaban a familias enteras, de animales salvajes y, lo peor de todo, de monstruos humanos que acechaban en la espesura verde para robar lo poco que llevaban los migrantes. Era como un cuento de espantos de los que echaban los viejos en los velorios, pero este era real y se iba a tragar a la mujer de mi vida.

Tú eres fuerte, María, le dije, tomándole las manos. Estaban frías, temblorosas. Eres de Cumaná, carajo. A ti ningún monte ni ninguna culebra te va a echar la partida para atrás.

Nos abrazamos. Fue un abrazo largo, desesperado, donde tratamos de fundir nuestros cuerpos para que el tiempo se detuviera. Podía oler su perfume barato de vainilla mezclado con el salitre del mar, un aroma que se quedaría grabado en mi memoria olfativa durante los siguientes diez años, como un tatuaje invisible en el alma.

Prométeme que no me vas a olvidar, susurró ella contra mi pecho.Te lo prometo por la Virgen del Valle, mi negra. Aunque pasen cien años.

Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo de zinc de mi cuarto, escuchando el crujido del metal al enfriarse y el cantar de los grillos. Pensaba en cómo iba a hacer yo para sobrevivir en este peladero sin ella, sin sus ocurrencias, sin su risa escandalosa que espantaba hasta los pesares más grandes. Pero la vida en Venezuela no te da tiempo para deprimirte; al día siguiente tenía que salir a ver qué inventaba para conseguir el diario, porque el estómago no sabe de desamores ni de nostalgias.

El día de su partida fue una neblina gris. La acompañé al terminal. El autobús era un perol viejo que olía a gasoil y a miedo acumulado de tanta gente que se iba. Cuando el chofer gritó que era hora de abordar, sentí que me arrancaban el corazón sin anestesia. María subió, se sentó del lado de la ventana y pegó su mano al vidrio empañado. Yo levanté la mía, imitando el gesto. El autobús arrancó soltando una nube de humo negro que me hizo toser, ocultando mis lágrimas.

Y así se fue. Ella hacia el infierno verde del Darién y yo me quedé aquí, en la primogénita del continente, empezando mi propio calvario de supervivencia.

Al principio nos comunicábamos por mensajes de texto cuando ella conseguía señal en su travesía por Colombia. Eran textos cortos, llenos de angustia pero cargados de amor. "Te extraño", "Tengo miedo", "Pronto estaremos juntos". Pero a medida que se acercaba a la selva, los mensajes se hicieron más esporádicos, hasta que un día el teléfono simplemente no recibió más respuestas.

Comenzó entonces la etapa del verdadero terror para mí: la incertidumbre. No saber si estaba viva, si comía, si tenía frío. Me levantaba todas las mañanas con el alma en un hilo, yendo a la playa a ayudar a los pescadores a sacar las redes solo para cansar el cuerpo y no pensar. Me pagaban con un par de cabañitas o corocoros que yo corría a vender o a canjear por un poco de arroz.

Hice de todo en esos primeros años de su ausencia para no sucumbir a la crisis que devoraba al país. Fui mototaxista en una moto prestada que no tenía frenos traseros y que chillaba como alma en pena cada vez que bajaba una subida en el barrio Brasil. Hice fletes cargando bultos pesados en el mercado, vendí pepitonas aliñadas en vasitos plásticos a los turistas rezagados en Playa San Luis, e incluso me dediqué un tiempo a reparar ventiladores viejos con piezas que canibalizaba de otros aparatos dañados. Me volví un maestro de la ingeniería del rebusque, un malabarista del día a día.

Pero el vacío de María seguía allí. Por las noches, cuando el silencio se apoderaba de Cumaná y solo se escuchaba el lejano rumor de las olas, yo me sentaba en la acera frente a mi casa a mirar las estrellas. Me preguntaba si ella estaría mirando el mismo cielo, si el norte era tan bonito como decían o si la selva se la había tragado para siempre.

Pasaron los meses y luego los años. Las noticias sobre la odisea del Darién empezaron a inundar las redes sociales y los pocos canales que se atrevían a informar. Imágenes desgarradoras de lodo, de niños llorando, de miradas perdidas. Yo buscaba desesperadamente su rostro en cada video que se hacía viral, temiendo encontrarla pero necesitando saber algo.

Un día, casi dos años después de su partida, logré conectarme al internet intermitente de una plaza y vi una foto que me paralizó. Era una publicación en un grupo de venezolanos en el exterior. Allí estaba ella. Estaba más flaca, demacrada, con la ropa rota y cubierta de barro hasta el cuello, pero viva. Estaba abrazada a su madre a la salida de un campamento de recepción en Panamá. Sus ojos guaros ya no brillaban igual, tenían una mirada profunda, cargada de una madurez forzada por el horror de lo vivido.

Lloré frente a esa pantalla pública como un carajito chiquito. Estaba viva. Había derrotado a la selva. Pero en el fondo de mi corazón, una punzada de dolor me advirtió que la María que yo conocí en el monumento de Cumaná se había quedado enterrada en algún sendero lodoso del Darién, y que la mujer que emergía de allí pertenecía ahora a otro mundo, a una realidad donde yo ya no figuraba.